El Manual Definitivo de inversiones de un genio de Wall Street - Capítulo 306
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- Capítulo 306 - La Carrera de los Cien Mil Millones (2)
Pierce estaba gritando por dentro.
‘¿Por qué se movió tan rápido…?’
Jamás esperó que Ha Si-heon armara otro escándalo tan pronto.
La guerra de la IA apenas había terminado, así que pensó que por lo menos tendrían unos meses de paz.
‘¿Este tipo no entiende el concepto de periodo de enfriamiento?!’
Sin darle chance a nadie de respirar, Ha Si-heon ya estaba insinuando que venía otra tormenta en el horizonte.
‘No me digas… ¿que ya hasta quitó los “cooldowns”?’
Con solo pensarlo, a Pierce se le heló la espalda.
Eso significaba que incluso esos pocos meses de paz que a veces disfrutaban podrían desaparecer por completo.
Una catástrofe tras otra.
Pierce temía pasar el resto de su vida limpiando los desmadres de Ha Si-heon, sin oportunidad de descansar.
‘Bueno… por lo menos hay recompensa.’
Pierce ya estaba construyendo una reputación como “el solucionador de problemas de Ha Si-heon”.
Por eso, su nombre incluso empezaba a mencionarse como posible sucesor del puesto de CEO en Goldman.
Así que, en principio, no le molestaba arreglar el caos de Ha Si-heon.
Pero esta vez era distinto.
‘Este… no me conviene.’
La posición ideal de Pierce era clara.
Quería ser el “agente de seguros” que aparece cada vez que pega el tifón Ha Si-heon: el que llega al sitio del desastre diciendo: “¡Mantenga la calma, señor! ¡Por aquí es la salida!” mientras minimiza el daño.
Pero lo que Ha Si-heon quería ahora era otra cosa.
—Si se puede, me gustaría que todo el capital quedara asegurado dentro de este trimestre.
Lo que quería era levantar capital: una ronda masiva de recaudación.
Eso significaba que Pierce tendría que presentar personalmente a Ha Si-heon con los inversionistas y convencerlos de entregarle miles de millones.
‘Eso… no está bien.’
O sea, no le estaban pidiendo ser “agente de seguros”.
Le estaban pidiendo ser vendedor: el que anda correteando clientes diciendo: “Por favor, tiene que comprar esto”, mientras “vende” al propio Ha Si-heon.
Él sería quien llevaría el tifón directo a la sala de sus casas.
En resumen: un servicio exprés de entrega de desastres.
Y si ese tifón acababa destruyendo sus casas, el que cargaría con la culpa sería Pierce.
‘No… cálmate. No tiene por qué acabar en desastre.’
Después de todo, ¿Pierce no era prueba viviente?
Nadie perdía dinero invirtiendo con Ha Si-heon.
Al final, siempre había ganancia.
El problema era que siempre existía ese periodo oscuro, aterrador, en medio—cuando sentías que lo ibas a perder todo antes de que se volteara la tortilla.
Pero ni siquiera eso pasaba siempre.
De hecho, las inversiones de Ha Si-heon en salud habían ido suaves—hasta discretas—y aun así con retornos ridículamente altos.
Si esto resultaba ser una de esas “tranquilas” otra vez…
Pierce ni siquiera alcanzó a terminar la idea.
Simplemente no podía imaginar un “Ha Si-heon tranquilo”.
Tenía el presentimiento de que venía otra catástrofe.
Y lo peor: sus instintos nunca se habían equivocado.
—Sí, es Son Jeong-ik… o, mejor dicho, Masayoshi Son.
En cuanto escuchó ese nombre, Pierce cerró los ojos por reflejo.
‘Maldita sea. Tenía razón.’
Masayoshi Son.
Un hombre considerado una leyenda viviente en el mundo de la inversión.
Empezó distribuyendo software, pero fue de los primeros en prever la llegada de la era de internet—y apostó fuerte.
Montándose en la ola del boom de internet y telecomunicaciones, se elevó como cohete.
Para los 2000, ya era uno de los más ricos del mundo.
Pero tan dramática como su subida fue su caída.
Cuando tronó la burbuja punto-com, la acción de su empresa, SoftFinance, se desplomó 99% de la noche a la mañana.
Masayoshi Son se volvió un símbolo de pérdida financiera histórica.
Y aun así, lo que más dejó en shock a la gente fue su actitud después.
Saben, entre más dinero tenía, menos felicidad sentía. Hubo un tiempo en el que una comprita me hacía feliz, pero cuando llegué arriba, podía comprar una tienda departamental completa y no sentir nada.
Entonces empecé a preguntarme: ¿qué sentido tiene todo esto? ¡Y de repente el problema se resolvió solo! La mera fuente de mis preocupaciones desapareció, ¡jajaja!
Empezar de cero se siente bien. Hasta recuperé las alegrías de antes, las que ya había olvidado.
En vez de colapsar en desesperación, encontró energía nueva en las ruinas.
Y en 2014, tuvo un regreso dramático—como si se levantara de la tumba.
Su retorno estuvo marcado por la salida a bolsa de Alibaba en China.
Cuando el listado fue un éxito, vino otra revelación impactante: Masayoshi Son ya tenía 30% de las acciones de Alibaba.
Era el resultado de una de sus jugadas tempranas en los 2000.
Había conocido al fundador de Alibaba y, en cinco minutos, declaró: “Se le ve en los ojos”, e invirtió veinte millones de dólares ahí mismo.
Esa decisión se convirtió en una ganancia de sesenta mil millones.
Fue la inversión tecnológica más rentable de la historia.
A esas alturas, el mundo no tuvo opción más que reconocer su visión casi sobrenatural.
Su vida entera era un drama.
Pero a diferencia de la mayoría de los grandes inversionistas—que se enfocan en minimizar pérdidas y evitar riesgo—Masayoshi Son abrazaba el riesgo.
Si creía en algo, apostaba más fuerte que nadie, incluso metiéndose en apalancamiento brutal sin dudar.
Su desempeño se iba de un extremo al otro.
A veces atrapaba la ola de innovación y se llenaba de oro; otras veces se equivocaba y se comía pérdidas aplastantes.
Había sufrido fracasos públicos humillantes más de una vez.
Pero su sello verdadero era este: nunca temblaba.
Nunca perdía los nervios.
Cada vez que veía otra oportunidad, se lanzaba otra vez.
Su proyecto más reciente era el Visionary Fund.
En octubre de 2016, anunció planes para invertir en el futuro de la infraestructura global con un fondo total de la increíble cantidad de cien mil millones de dólares.
Nadie en la historia había levantado tanto en una sola ronda.
Pero para Masayoshi Son, el precedente no importaba.
Wall Street estaba mirando con lupa.
¿De verdad lograría construir un fondo de cien mil millones?
Y si lo lograba—¿a dónde se iba a ir todo ese dinero?
Hasta el simple movimiento de esa cantidad podía sacudir el mercado global completo.
Y sobre todo…
¿Sería otro éxito—u otro fracaso espectacular?
Esa era la presencia única de Masayoshi Son.
Un profeta del cambio.
Un apostador que puede caer en la ruina y aun así levantarse.
En resumen—un loco.
Y ese loco acababa de lanzar el guante de cien mil millones.
‘¿Y él planea meterse a eso?’
Pierce se sintió mareado.
Ha Si-heon estaba igual de loco que Masayoshi Son—tal vez peor.
Dos locos, y el doble de dinero desquiciado juntándose alrededor.
Esto era pura locura.
Pero Ha Si-heon solo sonrió, sereno.
—No es un mal evento, ¿no crees? Un duelo de verdad—vamos a ver quién levanta cien mil millones primero.
Pierce no pudo responder.
La neta… sonaba interesante.
Si no estuviera metido hasta el cuello, Pierce hasta habría apostado en privado.
No—definitivamente lo habría hecho.
Pero ahorita no era momento de ser espectador.
Su carrera estaba en juego.
‘Esto no puede pasar.’
Si no quería quedarse etiquetado como “el corredor de seguros que sigue tifones”, tenía que detener a Ha Si-heon.
Había guardado un “favor” pendiente con Ha Si-heon justo para emergencias como esta, pero…
‘Si lo uso ahorita, solo lo voy a empeorar.’
Después del incidente de La Golondrina Paga un Favor, Pierce ya había borrado esa opción.
Ha Si-heon era el tipo de hombre al que no podías obligar a nada.
Había que convencerlo.
Rogarle, incluso.
Pierce estabilizó la respiración y habló con cuidado.
—¿Una carrera, eh…?
—Si no te interesa, siempre puedo pedírselo a alguien más —respondió Ha Si-heon.
O sea: si no ayudas, me voy con otro banco de inversión.
Pero Pierce tampoco podía permitir eso.
Era desesperante, pero perder a Ha Si-heon era perder su reputación exclusiva de “el hombre que mejor lo entiende”.
Peor aún: se correrían rumores—susurrando que se habían peleado.
Su credibilidad profesional se derrumbaría.
—¿Que no me interesa? ¿Entre tú y yo? Jamás —dijo Pierce con una seguridad forzada—. Te ayudo, pase lo que pase.
Soltó el aire despacio y añadió:
—Solo… me preocupa que tu supuesta carrera no sea justa. Una competencia de verdad significa que todos empiezan al mismo tiempo, ¿no? Pero tú claramente llegas tarde.
Era cierto.
Masayoshi Son ya llevaba más de un año moviéndose.
Había levantado sesenta y cinco mil millones solo en Medio Oriente.
—Y dicen que ya amarró otros diez mil millones de Anple —continuó Pierce.
Eso significaba que el rival ya llevaba setenta y cinco mil millones de cien.
Ese argumento debería convencerlo.
Pero Ha Si-heon ni parpadeó.
—Está bien. La victoria del underdog siempre hace más emocionante la carrera, ¿no crees?
En sus ojos había una anticipación real.
Como si de verdad creyera que ir atrás solo lo volvía mejor.
A Pierce se le secó la garganta.
—Por lo menos considera el riesgo de imagen. Son no va a pelear contigo. Prácticamente ya ganó—no tiene razón para engancharse. Pero si tú lo persigues y lo retas, ¿qué va a pensar la gente?
Era la última esperanza de Pierce.
Si Masayoshi Son se negaba a entrar, quizá la “competencia” se desinflaría.
Y esa suposición tenía fundamento.
—Antes, tal vez se habría confiado —dijo Pierce—, pero ya no.
Todos los nombres grandes que Ha Si-heon había tumbado antes—cada uno—lo subestimaron.
Todos pensaron que el “novato” no hacía daño.
Y todos pagaron el precio.
Pero ahora era distinto.
Ha Si-heon ya había aplastado a White Shark, a Ackman y a una cadena de macro-funds famosos.
Masayoshi Son no cometería el mismo error.
Sería cauteloso—sobre todo ahora que ya tenía setenta mil millones asegurados y estaba cerca de la meta.
¿De verdad aceptaría un reto directo en esas condiciones?
Ha Si-heon solo sonrió.
—No importa. Aunque no quiera.
—¿Cómo que no importa? —preguntó Pierce, frunciendo el ceño.
Ha Si-heon hizo una pausa, como eligiendo palabras.
—Piénsalo. El Visionary Fund de Masayoshi Son es como el Titanic —empezó—. Solo por su tamaño, el mundo se quedó boquiabierto y todos voltearon a verlo. Ser el primero en su tipo lo volvió todavía más icónico.
Levantó una comisura.
—Pero imagina esto: ¿qué pasa si, unos meses después, otra compañía anuncia que está construyendo un segundo Titanic, exactamente del mismo tamaño?
—Claro, el original puede sonreír educadamente y decir que no es competencia, que ambos barcos solo están tomando rutas distintas hacia la grandeza. ¿Pero tú crees que el mundo lo verá así?
Claro que no.
Cuando dos proyectos colosales sacuden al mundo al mismo tiempo, la gente los compara.
Preguntan cuál es más grande, más fuerte y cuál dura más.
—Y si resulta que ambos capitanes son asiáticos—y encima inmigrantes coreanos, nada menos—¿no crees que el mundo se va a volver loco con esa historia?
En otras palabras, dijera lo que dijera Masayoshi Son, no podría escapar de la carrera.
A Pierce se le erizó la piel de los brazos.
‘Este cabrón da miedo…’
Ese era el verdadero horror de Ha Si-heon.
Por más que otros intentaran evitarlo, terminaban moviéndose dentro de sus cálculos.
Cuando él decidía montar el escenario, siempre convertía su guion en realidad.
Masayoshi Son estaba destinado a enfrentarlo.
Pierce casi sintió lástima por el hombre.
Ha Si-heon sonrió una última vez.
—Prepárate—en tres días.