El Manual Definitivo de inversiones de un genio de Wall Street - Capítulo 288

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  4. Capítulo 288 - Síntomas (2)
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De inmediato cancelé en el sitio web el artículo que acababa de pagar.

Luego,

—Uff……

Poco a poco, mi respiración se fue calmando y la presión en el pecho cedió.

Hace un momento sentía como si algo me apretara la garganta, estrechándome el aire, pero en cuanto presioné el botón de “Cancelar pago”, esa presión asfixiante se derritió como si nunca hubiera existido.

‘Así que sí era…… este síntoma.’

El mismo que había sufrido en mi vida pasada: “gastar dinero provoca ansiedad.”

En aquel entonces, con solo pedir un reembolso, los síntomas desaparecían por completo.

Pero ahora seguía quedando una molestia pesada alrededor del corazón.

Como si una baba negra y espesa se pegara a las paredes de mis vasos sanguíneos y bloqueara el flujo.

Como si algún tipo de toxina se metiera lentamente en mis pulmones.

‘Eso no puede ser… ¿o sí?’

Fue entonces cuando caí en cuenta: todavía había una compra que no había cancelado.

‘El regalo de boda de David.’

Lo cancelé de volada también, y el malestar residual se fue drenando como la marea cuando baja.

Junto con eso, toda la ansiedad y la presión desaparecieron como si jamás hubieran existido.

‘Los síntomas son los mismos. En cuanto dejo de gastar, estoy perfecto otra vez.’

Me alivió confirmarlo, pero luego se me frunció el ceño.

‘¿Entonces qué hago con el hotel……?’

En cuanto llegara a Filadelfia, lo primero que necesitaba era un lugar donde quedarme.

El problema era que la Suite Presidencial del hotel cinco estrellas donde solía hospedarme costaba más de 17,000 dólares por noche.

Y por lo que recordaba de mi vida pasada, mientras más grande el gasto, peores se ponían los síntomas.

Si era poco, solo era una oleada breve de incomodidad.

Pero si pasaba de diez mil dólares, se sentía como si la sombra de la muerte se me viniera encima.

Y justo esa habitación costaba diecisiete mil.

Así que no me quedó más que hacer una solicitud rara en el check-in.

—Hoy no la Suite Presidencial, por favor. Quiero la Corner Suite.

—¿Sí? ¿Ocurre algo…?

La cara del gerente se movió entre confusión y decepción.

Después de todo, un cliente que siempre pedía lo más alto, de repente estaba pidiendo un cuarto de categoría bastante menor.

—La ventilación en esa suite no es tan buena para el tamaño del espacio. Se siente un poco seco.

Bueno… no era totalmente mentira.

Era uno de los poquísimos defectos que sí había notado.

Como fuera.

En el momento en que tomé la llave del cuarto mucho más humilde y entré—

—…Uff.

Se me escapó un suspiro.

Era tan chico.

Solo cabía la cama y un silloncito.

Se sentía como entrar a una caja de cerillos.

El vestidor, la sala—

Nada de eso existía aquí.

‘Tanto dinero… y ni siquiera lo puedo gastar.’

Me dije que podía aguantar una noche, pero la claustrofobia no hizo más que apretarme.

Intenté animarme buscando el bar, como siempre… pero claro que no existía.

En vez de la barra de roble enorme con botellas bien acomodadas, lo único que había era un minibar solitario en una esquina.

De ese minibar, como de repisa, me serví un whisky en silencio y me puse a pensar en lo que acababa de pasar.

‘Hay dos posibilidades.’

La primera, y la teoría más probable—

Que este síntoma estuviera ligado a la fortuna especial que me habían concedido.

Antes de morir, yo lo había interpretado así:

La oportunidad y las habilidades que me dieron no eran un regalo para hacerme rico, sino una misión, una orden: curar esta “enfermedad”.

Así que cada vez que gastaba dinero, aparecía este síntoma como advertencia: “para eso no es este dinero.”

Claro, científicamente eso no tenía sentido.

Pero… tampoco lo tenía la reencarnación.

Y yo era la prueba viviente de ese milagro.

Sería ridículo que yo me pusiera exigente con “la ciencia” justo ahora.

Aun así—

Había otra posibilidad.

Que todo esto no fuera más que una ilusión mía.

No que me estuviera inventando síntomas de la nada.

Más bien, que las reacciones físicas que yo sentía fueran los mismos síntomas tempranos que cualquier paciente de Castleman puede presentar.

Y que la ilusión fuera que yo, en mi cabeza, los estuviera conectando con “el dinero”.

‘¿Entonces cuál es la verdad?’

La neta, yo esperaba que fuera la ilusión.

Porque si esto de verdad era una advertencia de mi poder—

Eso significaría que todo lo que había construido hasta ahora no servía de nada.

Los fondos, la riqueza, la reputación, incluso acelerar la tecnología de IA—

Todo eso, y aun así no podía darme el lujo de gastar en algo tan trivial.

Como sea.

La mejor conclusión para mí, en este momento, sería que esto solo fueran síntomas tempranos normales de un paciente de Castleman.

Confirmarlo era sencillo.

Solo tenía que preguntarle a alguien más que sufriera la misma enfermedad.

Por suerte, tenía a alguien así muy cerca.

David.

Agarré el celular para llamarle—

‘Ah.’

Eran las dos de la mañana.

Hasta para mí, preguntarle al novio sobre “síntomas tempranos de un brote” la mañana del día de su boda se sentía pasadísimo de lanza.

Dejé el celular.

‘Se lo pregunto mañana en persona.’

A la mañana siguiente.

Estuve a punto de pedir mi servicio de sedán de siempre, pero al final tuve que cancelarlo.

En cuanto reservé el viaje, la tarjeta guardada se cobró automáticamente…

Y al mismo tiempo, el corazón se me disparó como loco.

‘Otro episodio.’

Cancelé rápido y mejor tomé un taxi, porque era más barato, y con el tiempo el pulso por fin se me normalizó.

Pero el humor no se me arregló.

A diferencia de los sedanes, que siempre estaban impecables y preparados para cada cliente, los taxis eran—

‘Guácala.’

Asientos que quién sabe cuánto tenían sin limpiarse, huellas por todas partes.

Nomás de sentarme sentía que todo mi cuerpo se estaba contaminando.

Así que me fui tieso, sin recargar el cuerpo en el asiento, y aguanté los veinte minutos de camino.

Por fin llegué al lugar.

‘¿Tanta gente…?’

Mi plan era preguntarle a David sobre las señales tempranas antes de un brote cuando todavía hubiera poquitos invitados.

Por eso llegué temprano.

Y aun así, el lugar ya estaba hasta el tope.

—¡Sean! ¡Llegaste!

—Oye, ¿puedo hablar contigo un—

—¡Ahí estás, David! ¡No puedo creer que de veras te vayas a casar!

—¡Tú también viniste! Dame un segundo, Sean—

Encontré a David, pero ni por tantito tuve chance de decirle una sola palabra.

Si esto seguía así, no habría manera de hablar a solas hasta que se acabara la ceremonia.

Apenas estaba pensando cómo jalarlo tantito aparte cuando—

—Sean. Ya tenía rato sin verte.

Esa voz conocida me hizo voltear, y vi una cara familiar.

¿Cómo se llamaba…?

—Joel. Nos ayudaste muchísimo con Amelia en aquel entonces.

Eso.

Joel, el esposo de Amelia.

Sin darme cuenta, mi cara se me iluminó del alivio.

—Ya pasó un buen. La verdad sí me había preguntado cómo estabas.

No es que de verdad me preocupara—pero sí me dio gusto verlo.

Porque si alguien sabía los síntomas tempranos de Amelia, era él.

—He estado investigando señales tempranas antes de un ataque. En algunos casos mencionan ansiedad incluso antes de que empiece el episodio. ¿Amelia alguna vez se quejó de algo así?

Pero la respuesta de Joel fue tajante.

—No. Ni siquiera tosía, y tampoco tuvo algo como depresión.

—¿Y sensaciones como que se le retorcían los órganos o que sentía como si se le fuera la sangre?

—Nunca.

Contestó con convicción, pero luego su expresión se suavizó y se le fue a la tristeza.

—Pero… quién sabe. A lo mejor solo no lo mostraba frente a mí. Siempre quería verse fuerte.

Al final, solo el paciente mismo podía dar una respuesta definitiva de esos síntomas.

‘Entonces tengo que hablar directo con un paciente.’

Con esa idea empecé a recorrer el lugar, buscando a uno.

David ya llevaba un buen rato con la fundación.

Entre los amigos cercanos invitados, tenía que haber pacientes de Castleman también.

Pero el problema era…

—¡Es amigo de la escuela de medicina!

—¡Hemos hecho ciclismo de montaña desde secundaria!

—¡Hace años perdí la cartera en un café y David me ayudó! Desde entonces seguimos en contacto.

…La red de David era ridículamente amplia.

‘Neta…’

Se sentía como si hasta parientes lejanos y vecinos de la infancia estuvieran apretujados en el salón.

Y para colmo—

—¡Sean! ¡Soy fan!

—¡Es un honor conocer al tesoro nacional de Estados Unidos en persona! ¿Nos podemos tomar una foto?

Cada quien que me reconocía traía una petición, y ya me estaba drenando.

—¿Qué tal una foto con Sean en medio haciendo la pose del Rumble?

—¡Sí! ¡Gran idea!

Ahí estaba yo, rodeado como si fuera el centro de un equipo de futbol americano universitario—

—¿Sean?

La que me salvó fue nada menos que Rachel.

Una de las damas de honor de Jessie; traía un vestido azul cielo y se veía… demasiado hermosa.

Todos se quedaron mirando, pasmados, mientras ella me hablaba bajito.

—¿Podemos hablar tantito…?

Rachel me jaló fuera del círculo y susurró.

—Tenía ganas de saludarte, pero te veías ocupadísimo… Normalmente te escondes en algún rincón tranquilo y solo apareces cuando ya va a empezar la ceremonia, pero hoy has estado conviviendo con todo el mundo.

Tenía razón.

Normalmente, no hay forma de que yo me meta a la bola así.

Solo había una razón para hacerlo ahora.

—Tenía la esperanza de que hubiera pacientes de Castleman aquí.

—…¡Ah!

Los ojos de Rachel se abrieron, y luego asintió.

—Claro. Siempre estás hasta el cuello, Sean, así que te cuesta ver pacientes cara a cara. Pero… me temo que ninguno vino hoy.

—¿En serio?

—Sí. Los invitados de hoy son de por aquí, de Filadelfia, pero la mayoría de los pacientes viven lejos… normalmente solo vienen cuando toca tratamiento.

Rachel se veía apenada, pero para mí esa información era útil.

Ahora ya sabía con certeza que no había pacientes aquí.

Así que solo tenía que buscar dónde quedarme fuera de la vista hasta que empezara la ceremonia.

Me quedé el resto del tiempo en la terraza, y cuando empezó la música, regresé al salón.

[¿Juran ambos amarse y respetarse, en la alegría y en la tristeza, en la salud y en la enfermedad, en cualquier circunstancia, por el resto de sus vidas?]

[Sí.]

[Yo acepto.]

Y aun así, no pude evitar sentir algo raro.

Ver a dos de las pocas personas que yo veía con regularidad entrar a un momento que les definía la vida me dejó entre asombro y admiración.

‘De verdad se están casando.’

Casarse con alguien que podría morir en cualquier momento.

Después de las palabras del oficiante, empezaron los votos.

David habló primero, con la voz temblándole como si fuera a llorar.

[La verdad… hubo veces en las que dudé que algún día me pudiera casar. Simplemente no encontraba el valor… Pero gracias por medio obligarme a esto. Por decirme que yo también merezco una felicidad “normal”…]

Se refería a la historia de su pedida.

Casarte con un paciente no es fácil.

En algún punto, David estuvo a nada de renunciar al matrimonio, por no querer cargar a otra persona con su enfermedad.

Pero Jessie se le adelantó: cuando él estaba conectado a una máquina de oxígeno, sin poder ni hablar bien, ella le propuso matrimonio.

Declaró que iba a tomar su silencio como aceptación y prácticamente empujó la boda.

[Mi felicidad es mi decisión. Prefiero vivir una vida corta y llena contigo que una larga y vacía sin ti. Seamos felices juntos.]

Sus votos eran inusuales.

Traían la determinación de abrazar un amor que podía tener final.

‘Aunque no se va a acabar tan pronto.’

En el futuro que yo conocía, David seguía vivo diez años después.

Aun así, la decisión de Jessie de casarse con él sin saber eso era admirable por sí misma… aunque ella y yo jamás estuviéramos destinados a llevarnos bien.

Como fuera, cuando terminó la ceremonia, los novios se acercaron conmigo.

—¡Sean! ¡Gracias por venir a pesar de estar tan ocupado! ¡Jamás imaginé que de veras vendrías en persona!

A diferencia de David, que ya me había saludado, Jessie sí se veía genuinamente sorprendida de que yo estuviera ahí.

Pero verla me recordó lo que Rachel me dijo ayer.

“¿Te acordaste de traer regalo de boda?”

Con la personalidad de Jessie, yo estaba seguro de que en algún momento iba a soltar algo como “por cierto, ¿y el regalo?” así nomás.

…Pero no lo hizo.

Como yo había cancelado el pago, el regalo básicamente desapareció.

Así que antes de que Jessie lo mencionara, desvié la conversación con naturalidad.

—Oigan, por cierto… ¿a dónde se van a ir de luna de miel?

—¿Luna de miel?

Jessie ladeó la cabeza, y Rachel me dio un codito.

—No pueden ir. Hay pacientes que cuidar… Si bajan la guardia y se van, podría pasar otra vez algo como lo de Milo…

Cierto.

Milo murió justo porque todos nos habíamos apartado un momento.

Después de eso, salir de viaje largo era impensable.

—Yo les dije que los cubría unos días para que fueran, pero…

—Pero yo no puedo con todo solo varios días. ¿Te acuerdas de nuestra regla? Nos turnamos. Pero más que eso, Sean, me pegó tantito. Te he dicho varias veces que no pueden irse de luna de miel, y ya se te olvidó.

Sonreí.

—No se me olvidó. Estoy diciendo que sí deberían ir. Rachel y yo los cubrimos.

—¿Qué?

—Ese es mi regalo de boda.

Se me salió la idea, pero no era mala.

Al final, yo necesitaba hablar con pacientes sobre sus síntomas tempranos.

Así tenía la excusa perfecta para verlos, y al mismo tiempo daba un regalo con sentido sin gastar un centavo.

Aunque si esto cuenta como regalo… quién sabe.

Para mi sorpresa, los ojos de Jessie se le llenaron de lágrimas.

—¿En serio? Si hicieras eso… ¡es el mejor regalo de todos! La verdad, la luna de miel solo pasa una vez en la vida y siempre he querido ir…

—Por eso mismo lo dije.

—Jajaja… gracias, de verdad.

Jessie se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y se rió.

—Parece que perdí la apuesta.

—¿Apuesta?

—Aposté con Rachel. Yo decía que Sean seguro iba a preparar un regalo rarísimo. Probablemente algo carísimo pero completamente inútil para nosotros… o peor: algo que nomás nos subiera los costos de mantenimiento. Como un deportivo de lujo o un yate.

No pude evitar estremecerme tantito.

Porque la cámara criogénica que de verdad había preparado era exactamente eso: algo con mantenimiento y consumo que fácilmente superaban el precio del aparato.

Como sea.

Al final, esto resultó ser un regalo mucho mejor… para David y Jessie, y también para mí.

—Tómense una semana completa. Sin prisas. Yo ajusto mi agenda y me quedo en Filadelfia.

Al decirlo, se me cruzó el costo del hotel.

Si me quedaba una semana, el gasto sería fuerte.

Y con ese gasto vendrían los “síntomas”.

Pero la idea de aguantar otra semana en un cuarto chiquito, tipo caja de cerillos, por debajo de diez mil dólares tampoco era atractiva.

Así que añadí con cuidado:

—En ese caso… ¿estaría bien si me quedo en su casa ese tiempo?

—¡¿Qué?!

Jessie se tapó la boca con ambas manos, de verdad impactada.

—¿Sabes? Siempre me pregunté por qué insistías en hoteles cuando te dije que te quedaras en el cuarto de visitas. Pensé que quizá estabas marcando distancia a propósito… o que como ya estás tan acostumbrado a hoteles, nuestra casa se te hacía incómoda…

Le atinó exactito.

Pero yo respondí con una sonrisa.

—Para nada. Solo no quería darles lata.

—¿Lata? ¡Para nada! ¡Rachel se queda varios días cada que viene también!

Jessie me guiñó un ojo, juguetona.

—¡Esta vez, ustedes dos se pueden quedar juntos!

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