El Favorito del Cielo - Capítulo 255
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- Capítulo 255 - Calmar los ánimos; una charla ligera (2)
—Esa es una buena sugerencia. No solo para el condado; también podría aplicarse en los yamén de todos los niveles, incluso en los ejércitos. Es algo parecido al trabajo de los censores, pero este método sería más fácil de aceptar. Los civiles son la base de un reino. ¿Y quién puede hablar con más verdad y fiabilidad que ellos? —dijo Yan Shengrui.
Lo que comenzó como una simple discusión entre esposos se transformó, sin darse cuenta, en un debate serio. Yan Shengrui, sin notarlo, mostró su lado de príncipe preocupado por su pueblo.
—La idea es buena, pero temo que algunos funcionarios se encubran entre ellos —intervino Chu Yan, el niño de nueve años, con una madurez que sorprendió a todos. Nacido en la familia imperial, conocía las sombras del funcionariado mejor que nadie.
—Jeje… a mayor rango, más severo el castigo. ¿No ha sido popular el castigo colectivo en todas las dinastías? —replicó Ling Jingxuan, con los ojos fijos en el pequeño—. Bastaría con que Su Majestad emitiera un decreto imperial estableciendo que todo aquel que se encubra o use el buzón de quejas para cometer actos ilegales será castigado con la decapitación de toda su familia. No creo que nadie se atreva a arriesgar la vida de los suyos por eso.
Mientras pronunciaba esas palabras, su mirada seguía posada en Chu Yan. Si algún día el niño realmente llegaba a ocupar ese tipo de posición, esperaba que aprendiera más cosas, al menos lo suficiente para protegerse y no dejarse derribar a mitad del camino.
La mayoría se horrorizaría al escuchar algo tan brutal como “decapitar a toda la familia”, pero Chu Yan y Yan Shengrui solo asintieron con aprobación.
—Quizás así… realmente podríamos escuchar muchas voces distintas en el futuro… —dijo Yan Shengrui, pero a mitad de la frase frunció el ceño.
¿“El futuro”? ¿Qué quería decir con eso? ¿Acaso, en el fondo, deseaba recuperar sus recuerdos y volver al mundo al que pertenecía?
Ling Jingxuan lo miró de reojo y bebió un sorbo de té. No era que no comprendiera esas cosas, simplemente no quería decirlas en voz alta. La identidad de Yan Shengrui ya era más que evidente; tarde o temprano tendría que regresar. Lo único que le preocupaba era si, llegado ese momento, él seguiría aferrado a su relación. La respuesta llegaría pronto, y Jingxuan, pese a todo, la esperaba.
—Ya es hora. Jingpeng, irás conmigo esta tarde. Qingzi, quédate aquí y ayúdame a cuidar a los niños. Hermano Zhao y Han, que uno de ustedes nos acompañe. No olviden llevar el dinero. Si logramos ver al magistrado sin problemas, es posible que podamos hacer los trámites esta misma tarde —dijo Ling Jingxuan, mirando el cielo.
Ya casi eran las dos, y el yamén del condado debía haber reanudado su jornada. Durante el almuerzo ya había pedido preparar el carruaje, así que era el momento justo para partir.
—Hmm. Hermano Long, ve tú. Este es nuestro dinero, un total de tres mil taeles. Guardé el cambio para contratar gente más adelante —dijo Han Fei, sacando una bolsa de dinero y entregándosela. Dentro había tres mil taeles en notas bancarias que había preparado con antelación.
En el primer reparto, habían recibido mil novecientos; de esos, gastaron doscientos en comprar esclavos y levantar muros, cien en el campo de arroz, y otros cien cuando los abuelos de Tiewa fueron a hacer un escándalo, dándoles el dinero para cortar todo lazo y que no los molestaran más. Con los gastos diarios, les quedaban mil cuatrocientos. En el segundo reparto, obtuvieron dos mil más; en total, justo lo necesario para comprar las tierras salinas.
A ojos de Ling Jingxuan, la decisión de Han Fei de usar casi todos sus ahorros en esas tierras semiestériles era una muestra de apoyo total hacia él. Hasta el momento, nadie salvo Jingxuan estaba seguro de que realmente podrían cultivar algo en ellas.
—Bueno, ya que rara vez tenemos la oportunidad de venir al condado, te compraré algo cuando vuelva —dijo Zhao Dalong mientras guardaba cuidadosamente la bolsa de dinero en el pecho. Era un hombre rudo, poco dado a las palabras dulces, pero aun así se preocupaba por su esposa y su hijo.
—No, no necesitamos nada. No desperdicies dinero. Todavía debemos contratar gente para abrir los terrenos baldíos con los pocos cientos de taeles que nos quedan —le respondió Han Fei, sonrojándose y lanzándole una mirada.
Zhao Dalong se rascó la cabeza, algo avergonzado, pero en el fondo se sintió afortunado de haber decidido casarse con él. El tiempo le había demostrado que, en efecto, era el mejor compañero posible.
—Jingxuan, ¿te compro un prendedor o una corona de oro? —susurró Yan Shengrui, apartando al pequeño bollito de su regazo y acercándose al oído de su pareja. Cada vez que repartían dinero, él recibía cien taeles de sobra y nunca sabía en qué gastarlos.
—¿Tú crees que me van esas cosas? Si te sobra el dinero, dámelo, no me quejo —replicó Ling Jingxuan, lanzándole una mirada de fastidio. Ni un prendedor ni una corona de oro le servían para nada. En lugar de comprarle baratijas, prefería que le consiguiera un par de titulares más para su negocio… o unas tijeras grandes para cortarse el cabello corto y así no tener que cuidarlo tanto. Aunque, desde aquel día, quien se lo cuidaba era Yan Shengrui.
—Jeje… Tienes razón, no te quedarían. Entonces les compraré algo a nuestros hijos. Y cuando regrese por la noche, te “enviaré” algo mejor —contestó él con una sonrisa traviesa.
Ling Jingxuan lo miró de reojo. Su sonrisa lo decía todo: ese “regalo” no era precisamente algo que pudiera mostrarse en público.
—Oh, espero con ansias verlo —respondió con ironía, empujándole la cabeza que se apoyaba en su hombro. Luego se levantó y asintió a Zhao Dalong y a Ling Jingpeng.
Cuando Ling Jingpeng estaba por tomar la jarra de vino de alta calidad que habían preparado como obsequio para el magistrado, Ling Jingxuan lo detuvo:
—No hace falta. Lo he pensado mejor. No es apropiado llevar regalos la primera vez que nos reunimos. Si malinterpreta nuestras intenciones y nos acusa de soborno, sería un problema. Déjalo para la próxima vez.
En realidad, Jingxuan tenía otros planes para esa jarra de vino, así que solo podía disculparse con el magistrado en silencio.
—Hmm —asintió Ling Jingpeng. Para él, lo que su hermano mayor decía era como un decreto imperial. Zhao Dalong, hombre parco en palabras, tampoco dijo nada.
Antes de partir, Ling Jingxuan le recordó a Yan Shengrui que debía invitar al encargado de Baiyunge a reunirse con ellos en el restaurante Xinyuan antes de su regreso, y finalmente dejó un beso en las mejillas de sus tres pequeños bollitos antes de marcharse.