El Favorito del Cielo - Capítulo 157

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  4. Capítulo 157 - Dar un paseo; tomar la iniciativa para salvar a alguien
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Después de la siesta del mediodía, Ling Jingxuan cumplió su promesa y salió a pasear con Yan Shengrui. Rara vez tenían ocasión de relajarse, y por si acaso alguien poco sensato se les acercaba para interrumpirlos, escogieron el camino que ellos mismos habían construido junto a la tierra semi-salina. Todo el tiempo, iban tomados de la mano, charlando y riendo, caminando y deteniéndose de vez en cuando. Hacía más de un mes; era la primera vez que veían con claridad la vista completa de la aldea.

—Si plantamos árboles a ambos lados del camino, no hará tanto calor en verano. Después de cenar también podríamos sacar a los niños a pasear bajo la sombra y aumentar la interacción padre-hijo —dijo Ling Jingxuan.

Julio estaba que achicharraba; los dos, con la ropa empapada de sudor, volvían paseando con cierta holgura y, sin evitarlo, algo incómodos.

—Si quieres, podemos contratar a unos muchachos otro día para trasladar algunos plantones de la montaña Xiaogong; quítate el sudor, en verdad debería haberme quedado en la cama contigo —dijo Yan Shengrui mientras lo detenía tras una casita de campo y le secaba el sudor de la cara. Ling Jingxuan sonrió—. Es una buena idea. Pero solo podremos hablar de eso después de recuperar el terreno. Entonces la mano de obra será un poco más barata. Con este calor, te da el golpe de calor hasta de pie en el camino, y si los trabajadores sufren un golpe de calor, ¿no tendremos que pagarles la atención médica?

Aquel tono de broma le divirtió a Yan Shengrui. Se sonrieron mutuamente. Ya estaban llegando al mercado en la entrada de la aldea. Ling Jingxuan rodó los ojos y lo jaló de vuelta al camino:

—Vayamos a ver a Laowang, quiero hablar con él sobre la fabricación de las tinajas.

Al oír que volvía el tema del trabajo, Yan Shengrui frunció el ceño, pero pronto esbozó una sonrisa de resignación. Al parecer, en este clima no había forma de evitarlo.

—¿Cuántas quieres esta vez? —preguntó, ajustándose el paso para alcanzarlo. En su mirada había un afecto sin disimulo. Aunque a veces se quejaba de que él lo desatendía por el trabajo, en realidad le gustaba verlo tan entregado, sobre todo cuando regañaba y educaba a los dos pequeños.

—La vez pasada pedí quinientas más, y aquellas tejas que necesitamos para la casa también las hace Laowang, así que no las ha entregado aún; me temo que todavía no las terminó. Estoy pensando en pedir cinco mil más. Ahora tenemos más manos: recoger frutas silvestres, limpiarlas y decoctarlas puede hacerse a la vez. No habría problema en hacer unos pocos miles de jin en siete días.

Sin darse cuenta, llegaron al puesto de Laowang mientras hablaban. Pero no había nadie. Pensando que estaría en el horno, se dirigieron hacia la aldea Zhao —la aldea Zhao está al lado de la aldea Ling. Laowang fue adoptado en la familia de su esposa; su mujer solo tenía a su madre, bastante abierta—. Aunque Laowang fue adoptado en la familia de su esposa, excepto el hijo mayor que lleva el apellido Zhao, los demás hijos se apellidan Wang. Laowang era trabajador y honesto, muy bien visto en la aldea. La última vez que Yan Shengrui y Ling Jingxuan habían venido ya sabían dónde vivía, pero…

Inesperadamente, tampoco estaba en casa. Al preguntarles a los trabajadores supieron que la esposa de Laowang estaba de parto, así que él estaba con ella. Ling Jingxuan y Yan Shengrui pensaron en volver, pero el trabajador les dijo que la casa no quedaba lejos y ofreció llevarlos, así que lo siguieron.

—¡Ahhh… uoo…!

Antes de entrar en el patio en forma de cuadra, escucharon claramente los gritos de una mujer. El que los guiaba y Yan Shengrui pensaron que no era nada fuera de lo normal: una mujer dando a luz, dolores intensos, el bebé ya saldría. Pero como médico, Ling Jingxuan frunció el ceño. La voz de la mujer sonaba débil, al borde de desmayarse. Si no se equivocaba, Shulan, la esposa de Laowang, estaba en distocia.

—¡Mamá, qué vamos a hacer! ¡Hace un día y una noche que Shulan no puede dar a luz! —dijo alguien en el patio.

Dentro, al escuchar que los gritos se hacían más débiles, Laowang estaba ansioso. Era su quinto hijo; pensaron que todo iría bien, pero… ¡por favor, que no pase nada!

—¡Ay, yerno, deja de andar de un lado a otro! ¡Yo también estoy preocupada! —respondió una mujer de cuarenta y tantos o cincuenta, con el ceño fruncido. La mujer en el interior era su única hija; llevaba ya un día y una noche sin poder dar a luz y la desesperación crecía. Si su hija se iba, ¿en quién confiaría?—.

Chasquido—

De pronto la puerta que había estado cerrada se abrió y salió una partera algo rechoncha. La señora Zhao y Laowang se acercaron de inmediato:

—Tía Zhao, ¿cómo está mi mujer?

La partera, con aire solemne, suspiró y dijo:

—Es una distocia. Ya no tiene fuerzas para aguantar. Vengo a preguntarles: si solo se puede salvar a uno, ¿a quién quieren conservar, a la madre o al niño?

En general, ese tipo de frase equivalía a anunciar la muerte anunciada de la madre o del hijo.

Bam—

Al oír eso, la señora Zhao tambaleó y tuvo que apoyarse en los nietos. Laowang cayó al suelo; sus ojos se quedaron vidriosos. ¿Distocia? Incluso en las grandes casas no podían hacer nada, y menos en un pueblo tan apartado. Parecía que el cielo se les venía encima. Entre los cuatro hijos, el mayor rondaba los diez años y el menor tenía siete u ocho. En familias pobres, los niños aprenden a valerse por sí mismos pronto, así que todos comprendían la gravedad: perder a la madre o al hermano menor sería un golpe durísimo.

—Ambos —dijo de pronto una voz clara desde la puerta. Ling Jingxuan y Yan Shengrui entraron hombro con hombro. Laowang, al saber que él sabía algo de medicina, vio una chispa de esperanza y se lanzó hacia ellos con apuro—. Hermano Ling, ¿tienes alguna solución?

Esos ojos, antes derrotados, se llenaron de esperanza. ¿Quién querría renunciar a los dos si pudiera evitárselo? ¡Su esposa y su hijo… no quería perder a ninguno!

—Claro que hay algo, pero, hermano Wang, será algo arriesgado. Además, después quizá su esposa no pueda volver a quedar embarazada. Piénsalo bien —respondió Ling Jingxuan.

Ling Jingxuan no era de los que se entrometían sin motivo; no actuaba por iniciativa propia. Pero Laowang no era un extraño: desde la primera vez que le hizo las tinajas gratis, habían mantenido buena cooperación. Laowang era un hombre de fiar, así que se hacía una excepción. Sin embargo, no pensaba explicar el procedimiento a los demás: para ellos aquello era increíble.

—¡De acuerdo, no importa! Con el que está en su vientre ya tenemos cinco hijos. No quiero volver a ver sufrir a Shulan —exclamó Laowang, lleno de miedo. Si Shulan fallecía, ¿quién cuidaría a los niños? Su familia se vendría abajo.

—Espera, chiquillo, tú dices que podrés salvar a los dos, pero ni siquiera has examinado la situación. ¿Cómo puedes estar tan seguro? Sabes que si ambos mueren, te pueden acusar y llevar a la cárcel —dijo la partera con desdén, como intentando reclamar el monopolio.

La partera, tras décadas ayudando partos, jamás había escuchado que ambos se pudieran salvar en una distocia así. Aunque fuera verdad, no permitiría que otro llegara a quitarle el mérito: si Ling Jingxuan salvaba a la madre y al niño, ¿quién se atrevería a pedirle después que les trajera su partera?

—Eso es asunto mío. No parece tener que ver contigo. ¿O acaso tienes una mejor solución? —replicó él con desdén, y su semblante se hizo más frío. Aunque él mismo era una persona de sangre fría, frente a un paciente no escatimaba esfuerzos y no abandonaba a nadie a mitad del camino. A esa edad la partera debería haber sido más compasiva; su actitud le repelía.

—¿Qué más se puede hacer? Si quieren proteger a la madre, habrá que usar tijeras y cortar al niño en pedazos para extraerlo; si quieren proteger al niño, mientras la madre siga respirando habría que abrirle el abdomen. No hay otra manera —dijo la partera, con crueldad, y como si hablara razonablemente. Todos fruncieron el ceño; para ellos el feto a término ya era una vida. Cortarlo con tijeras equivaldría a matar.

—Tía Zhao, ¿puede hacer que esta partera entrometida se retire? —pidió alguien—. Hermano Wang, escúchenme. Ahora necesito un jin de flor de Zuixin, veinte gramos de raíz de acónito, raíz de angélica aromática, Angelica sinensis y Ligusticum wallichii, cinco gramos de rizoma de Arisaema, quince gramos de gumbo y Cannabis sativa… Muélanlo todo hasta hacerlo polvo. Vayan ahora al médico del pueblo por esas cosas. Además, necesito un chivo, ¡ahora mismo!

Mirando a la partera, Ling Jingxuan ya no se molestó en hablar más con ella. Dio la orden a Laowang: las hierbas eran para anestesia y el chivo para conseguir hilo de intestino. Iba a practicar una operación cesárea. Afortunadamente, en su vida anterior estaba acostumbrado a llevar herramientas para operaciones —las llevaba por si acaso como armas—, y Zhao Dalong las había forjado para él. Por fin les servirían.

—¡Está bien, voy ahora mismo a comprarlas! —dijo Laowang con prisa—. Hijo mayor, ve a buscar el chivo al corral. Segundo hijo, acompaña a la tía Zhao a pagar y que se vaya. Tercer hijo y cuarta hija, quédense aquí y hagan lo que el tío Ling les pida.

Hábil en los negocios, Laowang reaccionó con rapidez. Les encomendó tareas a los niños y salió corriendo. Antes de irse la partera lanzó a Ling Jingxuan una mirada dura, como quien dice “a ver cómo te quedas”. Lástima que nadie le prestó atención.

—Tío Ling, ¿nuestra mamá va a estar bien? —preguntó la hija menor, agarrando la ropa de Ling Jingxuan, con los ojos llenos de lágrimas. No quería quedarse sin madre; los huérfanos del pueblo lo pasaban muy mal, y más aún si les tocaba una madrastra cruel. Ella solo quería a su propia mamá.

Quizá las palabras tocaron un punto blando en Ling Jingxuan. Estiró la mano para rozarle la cabeza y se agachó a consolarla con suavidad:

—No te preocupes. Todo saldrá bien. Te prometo que tendrás una mamá viva y un hermanito lindo.

En una época de condiciones médicas tan atrasadas, muchas mujeres morían en el parto. Si no le debiera tanto a Laowang, quizá no habría intervenido: allí no había quirófano, ni lámpara quirúrgica especial; la cirugía sería mucho más difícil, y con un descuido podían procesarlo, tal como había alertado la partera.

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