El esposo carne de cañón que todos codician - Capítulo 53

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  4. Capítulo 53
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Yu Qi cerró la puerta detrás de sí.

La mirada de Liang Min siguió su espalda. Yu Qi no tenía idea de cuándo había entrado sin hacer ruido.

—Te llevaré de regreso.

Liang Min rodeó la muñeca de Yu Qi con una mano. Al recibir una mirada cortante, difícil de interpretar, aflojó de inmediato la fuerza.

—¿Fuiste tú quien hizo que ese caddie se quedara tanto tiempo aquí?

Liang Min quiso negarlo por reflejo, pero, cuando las palabras llegaron a sus labios, terminaron convirtiéndose en:

—Quería darte más tiempo para hablar con Bi Qing.

Yu Qi lo miró con suspicacia.

¿De verdad era tan amable?

—Suéltame.

Liang Min supo detenerse a tiempo y retiró la mano.

Yu Qi le dio la espalda y cerró la cortina. Dos minutos después salió del vestuario con la ropa que llevaba al llegar.

No se despidió de Liang Min, pero este tampoco era tan torpe como para necesitar una invitación. Aunque Yu Qi no le dijo nada, se levantó por su cuenta y lo siguió.

El Mercedes negro de Liang Min estaba estacionado fuera del campo de golf.

Yu Qi abrió la puerta del copiloto, subió y sus esbeltos dedos encontraron la hebilla del cinturón de seguridad.

Clic.

Ya que tenía un chofer gratuito, no había razón para no aprovecharlo.

Apoyó la nuca contra el suave reposacabezas y cerró los ojos para descansar, rechazando cualquier oportunidad de conversar con Liang Min.

Liang Min contempló su perfil durante largo rato. La mano que sostenía el volante se tensó ligeramente.

Hasta que Yu Qi habló:

—A la Torre Anyang, chofer Liang.

El chofer Liang apartó la mirada a regañadientes y volvió a concentrarse en el camino.

Pisó el acelerador y el Mercedes se incorporó a la carretera.

La noche descendió.

Luces de todos los colores pasaban junto a las ventanillas y se reflejaban dentro del coche, llenándolo de destellos multicolores. Parecía una sala de baile reservada únicamente para ellos dos.

El campo de golf estaba en las afueras y quedaba a una hora y media de la Torre Anyang.

Durante los primeros cuarenta minutos, Yu Qi consiguió mantenerse despierto.

Sin embargo, el interior del coche era demasiado silencioso y la corriente del aire acondicionado demasiado suave. Escuchando aquel murmullo de apenas unos cuantos decibeles, se aferró a un último hilo de lucidez mientras el sueño lo envolvía poco a poco.

Liang Min ni siquiera se atrevía a respirar demasiado fuerte, temeroso de romper aquella paz momentánea.

Cuando llegaron, estacionó frente a la planta baja de la Torre Anyang.

Se recostó de lado en el asiento y recorrió lentamente con los ojos cada detalle de Yu Qi.

No lo despertó.

De pronto, la cabeza de Yu Qi se inclinó hacia un costado.

Liang Min reaccionó con rapidez y la sostuvo con la palma. Con movimientos extremadamente delicados, la acomodó en un ángulo más cómodo.

Pestañas densas y curvadas.

Puente nasal fino.

Labios color rosa apagado, suaves como pétalos de durazno.

La yema áspera de su pulgar recorrió uno por uno aquellos rasgos.

En sus ojos negros, normalmente tan inmóviles como un pozo antiguo, brillaba una fascinación que ni él mismo percibía.

Yu Qi despertó de golpe.

Lo primero que vio fue el rostro frío y agrandado de Liang Min frente a él.

Liang Min parecía no haberse dado cuenta de que había despertado.

O quizá no quería salir de aquel hermoso sueño.

Acercó el mentón.

Yu Qi giró bruscamente la cabeza.

El beso fresco de Liang Min terminó sobre su lóbulo. La piel tersa tenía una textura suave, similar a la gelatina.

—Lo siento.

Liang Min volvió a sentarse correctamente y se disculpó por haberlo ofendido.

Yu Qi lo miró con expresión indescifrable.

Las personas que decían una cosa y hacían otra eran las más detestables.

Se quitó el cinturón de seguridad y bajó del coche.

Con una mano en la cintura, levantó la cabeza.

Los trece pisos de la Torre Anyang estaban completamente a oscuras.

Todos los empleados ya habían terminado la jornada y regresado a casa.

Yu Qi todavía debía subir para trabajar horas extra y preparar una propuesta mucho más detallada.

Fuera del horario laboral no molestaría a los empleados.

Por suerte, siempre tenía la costumbre de mantener los archivos organizados y documentaba cada paso del progreso del proyecto.

Sin darse cuenta, pasó una hora.

Yu Qi escribió el último signo de puntuación y se estiró.

Guardó una copia de la propuesta, envió el archivo original a su teléfono y, después de terminarlo todo, apagó la computadora.

Eran las diez y media de la noche.

Cuando volvió a encender el teléfono apareció una notificación:

Zhao Mingyun lo había llamado.

Cada cierto tiempo, cuando tenía un momento libre, Zhao Mingyun iba a buscarlo.

Calculándolo bien, llevaban varios días sin verse.

Yu Qi deseaba sinceramente que siguiera ocupado.

—¿Hola?

Para evitar que aquel hombre mayor perdiera la cabeza y arruinara sus planes, Yu Qi le devolvió la llamada.

—Baja.

Zhao Mingyun solo dijo esas dos palabras.

El pecho de Yu Qi se tensó.

Caminó rápidamente hasta la ventana.

Abajo, frente a la Torre Anyang, estaba estacionado un Maybach familiar que desde aquella altura parecía tan pequeño como la palma de una mano.

En un instante, innumerables malos pensamientos le invadieron la mente.

El anuncio de la enorme pantalla roja del edificio de enfrente se reflejaba sobre su rostro pálido.

¿Cómo sabía Zhao Mingyun que estaba allí?

¿Atacaría a Shenglan?

Yu Qi jamás se lo permitiría.

—¿Para qué querías verme?

Yu Qi habló con Zhao Mingyun a través de la ventanilla y no entró al coche.

Durante los dos minutos que tardó en bajar ya había recuperado la calma.

Aunque su estudio todavía no podía compararse con el Grupo Zhao, Nian Anjing era accionista.

Zhao Mingyun no se atrevería a actuar precipitadamente.

Como Yu Qi se negaba a entrar, Zhao Mingyun no tuvo más remedio que sacar la mano por la ventanilla.

Acarició su rostro frío y sintió la baja temperatura de su piel.

—¿Quién te hizo enfadar?

Yu Qi estudió su expresión.

Apoyó una mano sobre la puerta y, en la oscuridad, sus pupilas desprendían un frío inquietante.

Zhao Mingyun ya lo sabía.

Lo sabía todo.

—Si necesitabas dinero para invertir, ¿por qué no me lo dijiste?

Su pregunta resultaba difícil de interpretar.

Dejó escapar un sonido grave por la nariz.

—¿Mm?

El rostro de Yu Qi quedó atrapado en la gran mano de Zhao Mingyun. La poca carne de sus mejillas se hundió entre sus dedos.

—Podía conseguir el dinero por mi cuenta.

—¿No me necesitas?

Zhao Mingyun hizo una breve pausa.

—¿Es que no lo necesitas o no lo quieres?

»Xiao Yu, quiero oírtelo decir.

No le molestaba que Yu Qi tuviera su propia carrera.

Incluso, si lo deseaba, podía gastar millones y millones en él.

Pero Yu Qi no se lo había pedido.

Se lo había ocultado.

Y había acudido precisamente a su rival.

—Te dije que te mantuvieras alejado de Nian Anjing, pero tú fuiste a buscarlo por iniciativa propia.

La puerta se abrió de pronto desde dentro.

Yu Qi fue arrastrado al interior y cayó contra el cuerpo del hombre, impregnado de una intensa presencia masculina.

Los músculos de la mandíbula de Zhao Mingyun se tensaron.

—¿Dejar que Nian Anjing te toque te resulta tan agradable?

»¿Mm, Xiao Yu?

»¿De verdad tienes que…?

La reputación de Nian Anjing era pésima a ojos de Zhao Mingyun.

No creía que, si Yu Qi se ofrecía voluntariamente ante él, aquel hombre fuera capaz de contenerse.

—Respóndeme.

Los brazos de Zhao Mingyun lo rodearon con cada vez más fuerza.

—¿También consigue hacerte sentir bien en la cama?

Durante un instante, Yu Qi sintió que Zhao Mingyun realmente quería asfixiarlo.

Una sensación de ahogo lo envolvió como la marea.

Con desesperación pensó:

¿Por qué, justo cuando las cosas empezaban a mejorar, tenía que enfrentarse a la posibilidad de perderlo todo?

Entonces, ¿para qué habían servido todos sus esfuerzos?

Nadie conseguiría bloquear su camino.

¡Paf!

La bofetada desvió el rostro de Zhao Mingyun.

Presionó la punta de la lengua contra el interior de la mejilla y percibió un ligero sabor metálico.

—¿Así es como me ves?

Yu Qi apoyó un codo sobre el asiento trasero.

La palma con la que lo había golpeado ardía y permanecía caída junto a su cuerpo.

Su mirada estaba llena de dolor y furia.

—¿Como una puta que vende su cuerpo a cambio de dinero?

»Zhao Mingyun, ¿eso es lo que piensas de mí?

Zhao Mingyun guardó silencio.

Sus pupilas negras lo contemplaron fijamente.

—Me arrepiento de haberte conocido.

La voz de Yu Qi se quebró al final.

Hizo una pausa evidente antes de continuar con firmeza:

—Cuando dos personas están juntas o se casan, ¿quién querría que a sus espaldas lo señalaran como una enredadera materialista que solo sabe aferrarse a los poderosos?

»¿Te parece agradable?

—¿Casarse?

Zhao Mingyun bajó la mirada hacia los hermosos ojos húmedos de Yu Qi.

Una sensación extraña y opresiva surgió en su pecho.

Con la yema del dedo limpió el brillo acuoso que había aparecido en el rabillo de su ojo.

Después de calmarse, se arrepintió de haber perdido el control.

Sobre todo al escuchar a Yu Qi hablar de estar juntos.

De casarse.

—¿Qué sentido tiene hablar de eso ahora?

Yu Qi cruzó los brazos con frialdad y apartó su rostro, negándose a mirar al hombre frente a él.

—Lo siento.

Zhao Mingyun suavizó el tono.

Una sombra oscura cruzó sus ojos.

—Nian Anjing es una persona de carácter deplorable. Relacionarte con él no te traerá nada bueno.

»¿Ya firmaron un contrato, Xiao Yu?

—Sí.

—¿Cuánto tendrías que pagar por incumplirlo?

Yu Qi le dirigió una mirada extraña.

—Yo pagaré la indemnización —dijo Zhao Mingyun.

Esta vez la expresión de Yu Qi se resquebrajó.

Su voz clara mostró evidente desacuerdo.

—El dinero es lo de menos.

»Pero, cuando mi reputación quede dañada, ¿quién volverá a querer colaborar conmigo?

—Si yo intervengo, nadie se atreverá a rechazarte.

Zhao Mingyun habló con absoluta prepotencia.

La atmósfera dentro del coche ya no era tan tensa como antes.

—¿Eres un bandido?

Yu Qi no pudo contenerse y soltó una risa.

—Entonces tú serás la esposa del bandido.

El atractivo rostro de Zhao Mingyun tenía líneas afiladas como talladas con un cuchillo. La mitad permanecía oculta en la oscuridad de la noche.

Bajó la cabeza y tomó la mano que Yu Qi mantenía caída.

—¿Te dolió al golpearme?

Zhao Mingyun era poco sensible al dolor.

Sin embargo, aquella bofetada había sido lo bastante fuerte para que sus dientes le cortaran el interior de la mejilla.

Yu Qi debía haber usado bastante fuerza.

Él ya tenía más de treinta años y una piel resistente.

Yu Qi apenas superaba los veinte; unos años atrás todavía estaba creciendo y conservaba una piel delicada, casi juvenil.

—Se me entumeció.

Yu Qi no mostró expresión alguna.

Zhao Mingyun apretó su palma con ternura.

—Cásate conmigo.

»Entonces nadie se atreverá a decir algo así de ti.

Zhao Mingyun no sabía que Yu Qi fuera tan sensible.

Pero en aquel momento estaba tan embriagado por sus dulces palabras que, incluso si Yu Qi le pidiera acciones del Grupo Zhao, se las entregaría con ambas manos.

—Que no se atrevan a decirlo no significa que no lo pensarán.

Yu Qi lo analizó con detenimiento.

—Existe una expresión: ser de familias equivalentes.

Zhao Mingyun sonrió.

—Resulta que el secretario Yu también es bastante tradicional.

Fuera o no tradicional, Yu Qi tenía su propia lógica para actuar y no era fácil convencerlo de lo contrario.

—Todavía no termino una propuesta.

»Déjame bajar.

»Cuando esté libre dentro de unos días, iré a buscarte.

Empujó ligeramente la ancha espalda de Zhao Mingyun.

—Quédate otros cinco minutos.

Rara vez Yu Qi decía que iría a verlo por iniciativa propia.

Zhao Mingyun se sintió exultante.

Incluso comenzó a imaginar dónde celebrarían la boda.

Compraría la primera plana del periódico más importante de Shanghái durante un mes entero.

Toda la ciudad sabría que Zhao Mingyun y Yu Qi se habían casado.

Bajó la cabeza y besó el dorso de su mano.

Yu Qi vigiló la hora en su reloj.

En cuanto transcurrieron los cinco minutos, cambió de actitud sin el menor remordimiento, abrió la puerta y bajó.

La propuesta ya estaba terminada.

La excusa solo había servido para evitar regresar con Zhao Mingyun.

No necesitaba pensar demasiado para saber qué ocurriría si lo acompañaba.

Bajo la luz amarillenta de la farola, Yu Qi se secó las lágrimas inexistentes del rabillo de los ojos y curvó los labios con ironía.

Aquello le recordaba que debía acelerar el proyecto.

Cuanto más tardara, más fácil sería que surgieran problemas inesperados.

Si todo avanzaba rápido, el sitio web podría tener una estructura inicial antes de que terminara la semana.

Si la evaluación técnica de los servidores de Zhongqing Communications salía bien, podrían lanzarlo al mercado a finales de mes.

No solo Zhao Mingyun.

Todos ellos eran como bombas de tiempo capaces de explotar en cualquier momento.

Shenglan era la única esperanza de Yu Qi.

Cuando tuviera su propia carrera, estaría en igualdad de condiciones con ellos.

Ya no sería una planta flotante obligada a depender de otra persona.

Él mismo sería su propio árbol.

Mientras hacía cálculos, caminó sin rumbo fijo.

Después de organizar todos sus pensamientos, consiguió relajarse un poco y la tensión de sus hombros disminuyó.

El cansancio tardío apareció entre sus cejas.

Yu Qi se frotó el puente de la nariz.

Cuando levantó la mirada, se encontró de frente con Liang Min, que todavía no se había marchado.

—¿Por qué sigues aquí?

Bajó de un pequeño escalón de piedra.

—Te llevaré de regreso a Anlan.

Una sonrisa apareció involuntariamente en el rostro de Yu Qi.

—¿Solo porque te llamé así una vez ya te tomaste en serio lo de ser el chofer Liang?

A Liang Min no le importaba ningún título.

Reprimió con todas sus fuerzas el deseo posesivo que hervía en sus huesos y habló con voz baja y estable.

—Pareces muy cansado.

»Necesitas descansar temprano.

Dentro de su cabeza luchaban dos voces.

Una decía:

«Estás agotado y aun así tienes que lidiar con esos hombres. ¿Por qué no quieres aceptarme, esposa?».

La otra le decía:

«A tu esposa le gusta esta vida. Aunque esté cansado, es lo que desea. Debes respetarlo y darle libertad. No actúes impulsivamente. Ya aprendiste la lección».

La razón permitió que la segunda voz venciera por un estrecho margen.

Liang Min no podía soportar perder otra vez a Yu Qi.

Solo podía digerir los celos por su cuenta y mostrarle una actitud que respetara sus límites.

De camino a Anlan, Yu Qi levantó los ojos y miró rápidamente por el retrovisor.

La expresión de Liang Min era completamente normal.

Parecía haberse limitado a desempeñar el papel de chofer.

—Tu juego se está vendiendo muy bien.

Yu Qi había oído hablar de ello.

Crow’s Curse seguía ocupando el primer puesto de las listas de juegos para computadora.

Gracias a ese éxito, Huanqi Technology había ascendido de golpe hasta situarse entre las tres principales empresas de videojuegos del país.

No sería exagerado decir que Liang Min había pasado de ser un desconocido a alcanzar la cima.

—Se debe en gran parte a que la interfaz que diseñaste era atractiva.

»Eso llamó la atención de muchos jugadores.

Aquellas palabras parecían destinadas a atribuirle parte del mérito a Yu Qi.

Este se sorprendió.

El mundo empresarial realmente cambiaba a las personas.

Jamás habría imaginado que una frase tan cercana a la adulación pudiera salir de la boca de Liang Min.

Aduladora…

Pero agradable de escuchar.

—Ahora también sabes bromear con los demás.

Yu Qi se relajó en el asiento y habló en tono medio burlón.

—No estoy bromeando.

Liang Min pisó el freno.

Pronunció cada palabra con absoluta seriedad.

—Siempre has sido extraordinario.

Bajó la mirada.

—Como tú mismo dijiste, carezco de sentido estético.

»Si hubiéramos usado aquella primera interfaz, quizá Crow’s Curse nunca habría llegado tan lejos.

Liang Min volvió a mirarlo.

—De verdad eres extraordinario.

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