De Goblin a Dios Goblin - Capítulo 309
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- Capítulo 309 - Demonio… ¡no es un sustantivo, es un adjetivo!
A estas alturas, ya no tenía caso que Celeste ocultara nada. Si eso significaba que la expulsaran, estaba lista para aceptarlo. Se giró lentamente y dijo con una expresión solemne:
“Su Majestad, no quise ocultarle la verdad antes. Si me ve como una amenaza, puedo irme ahora mismo. Además, gracias por su generosidad. Si en el futuro aún pudiera mandarme… algunas cosas, se lo agradecería muchísimo.”
En ese instante, todos quedaron en shock. ¡Lo admitió así de fácil! ¡Una miembro de la familia Lucifer, un demonio de alto rango con un poder monstruoso, había estado viviendo entre ellos todo este tiempo!
Los demi-humanos bestia sintieron que el corazón se les aceleraba y las piernas se les aflojaban, al grado de que apenas podían mantenerse de pie.
“Y-yo… ¡yo hasta fantaseaba con ella! Ahorita nomás de pensarlo me dan escalofríos…”
“¿No era la nueva dueña de la Casa Súcubo? ¡Resulta que es un demonio de alto rango!”
“¡Estuve a nada de morirme! ¿Por qué se escondía aquí?”
“¿Pues no es obvio? Cuando un demonio se esconde, nunca es por algo bueno.”
Al oír esos comentarios, Celeste ni se molestó en discutir. Si decía que solo estaba aquí por ocio y por trabajo, nadie le creería. Y aunque le creyeran, solo quedaría en ridículo. Justo cuando iba a abrir una Grieta del Infierno, Lin Tian la detuvo.
“¡Espera! ¿No entendiste algo? Yo nunca dije que los demonios —aparte de las súcubos— no pudieran vivir en la Ciudad Rey Goblin.”
El prejuicio del mundo contra los demonios era bien conocido. Ningún lugar toleraba su existencia, mucho menos les permitiría vivir ahí. Si hubiera sido cualquier otro demonio, Lin Tian lo habría rechazado de inmediato… o hasta lo habría matado.
Pero con Celeste, solo podía tenderle la mano para convencerla de quedarse. Por lo que habían convivido, era claro que no traía malas intenciones. Y si las tuviera, el Sistema de Simulación de Vida lo habría previsto. Como mínimo, ella lo había ayudado hace rato.
Celeste se quedó pasmada. Su rostro delicado, ligeramente maduro, mostró una sorpresa total.
“¿T-tú… estás diciendo que dejas que otros demonios vivan aquí?”
“Antes no lo permitía. Pero ahora estoy diciendo que tú puedes seguir viviendo aquí,” respondió Lin Tian con expresión seria.
Incluso Alice no pudo evitar expresar su preocupación.
“Su Majestad, esto requiere pensarse con cuidado. Ella es un demonio poderoso al que no se puede controlar.”
El Búho Tuerto añadió:
“Los demonios no son solo un tipo de criatura. ‘Demonio’ es un adjetivo. Piénsalo bien antes de decidir.”
Los demi-humanos bestia también se metieron:
“Su Majestad, perdone nuestra insolencia, pero tenemos que advertirle.”
“¡Un demonio es un demonio! ¡Son seres por encima de las bestias mágicas y de cualquier otra criatura! ¡Usted no puede controlarla!”
“Hubo una vez un sacerdote que crió a un demonio joven. ¡Cuando esa cosa asquerosa le crecieron las alas, se lo devoró!”
“¡Hay historias así por montones, Su Majestad! ¡No se deje engañar por la apariencia!”
Los demi-humanos bestia, que normalmente ni se atreverían a soltar una palabra frente a Lin Tian, juntaron valor para hablar. Eso solo demostraba qué tan clavado estaba el miedo a los demonios en este continente.
Un erudito alguna vez concluyó que los demonios no eran seres realmente inteligentes. Los seres inteligentes entendían sociedad, biología, lógica, ética e incluso moralidad. Los demonios, en cambio, eran criaturas sin mente disfrazadas de inteligentes, movidas únicamente por deseos perversos.
Los señores de la Zona Deshabitada eran el ejemplo perfecto.
Ante esas afirmaciones, Celeste quiso refutar… pero se contuvo. Después de todo, no estaban del todo equivocados. Los demonios sí eran criaturas viles, salvo los descendientes de sangre directa de los Ángeles Caídos. Los primogénitos de los siete Dioses Demonio conservaban un pedacito de racionalidad, aunque incluso ellos terminarían corrompiéndose más y volviéndose demonios completos.
Celeste era la primogénita de Lucifer, su tesoro, y por eso la mantenía protegida, sin permitirle contacto con otros. Beelzebub, en cambio, tenía incontables descendientes y ni le importó cuando Nanavis murió.
Entre esos comentarios fríos, el rostro de Lin Tian se oscureció.
“¿Y desde cuándo creen que pueden dictarme mis decisiones? Yo confío en Celeste. Y si alguien se atreve a decir una sola palabra más sobre esto… voy a destruir a toda su tribu.”
Los demi-humanos bestia sintieron el corazón apretado y se callaron en seco, dispersándose de inmediato. Aunque lo decían con buena intención, Lin Tian tenía que montar el espectáculo frente a Celeste. Al final, si ella entraba en razón, a él le convenía sin costo. No tenía por qué cuidar los sentimientos de los demi-humanos bestia.
Tal como esperaba, Celeste miró a Lin Tian con un toque de gratitud.
“Entiendo, Su Majestad. Gracias. Y también… me siento rara ahorita. No sé explicarlo, pero estoy muy agradecida.”
Desde niña, sus deseos siempre habían estado bajo el control de Lucifer. Confianza, amistad… eran cosas que estaba sintiendo por primera vez.
“Bien. Por cierto… ¿esto significa que no eres una súcubo?” preguntó Lin Tian, de pronto curioso.
Celeste se quedó callada un momento y luego asintió, sin intentar ocultarlo.
“Sí… pero no se lo digas a nadie más, ¿sí?”
Con eso, Lin Tian por fin entendió. Todo encajó de golpe: su inocencia torpe, y los sangrados de nariz que le daban con ciertas cosas.
Lin Tian soltó una risita seca.
“¡Me hubieras dicho antes! Esas cosas… hasta yo apenas las aguanto. ¿Y tú, precisamente tú? Chingado…”
Eran las ilustraciones más vendidas, incluso hechas por encargo. De las que hasta las súcubos ven y dicen “uff, qué buena está”.
En cierto modo, Lin Tian tuvo que admitirlo: él fue quien desvió a Celeste del camino. Pero bueno… para bailar se necesitan dos.
Dejando atrás ese momento incómodo, Lin Tian se fue al campo de batalla afuera de las puertas, ahora hecho un desastre total. Levantó un pedazo de cadáver demoníaco negro, apestoso, cubierto de baba pegajosa, y lo olfateó.
“Este olor… prefiero tragarme alimento para puercos antes que tocar esto.”
Al principio había pensado aprovechar esos cadáveres —podían dar experiencia decente— pero con ese hedor y los posibles efectos secundarios, dudaba que hasta los goblins pudieran aguantarlos. Peor: si los consumían, igual se envenenaban y se morían todos.
La única opción era mandar a los soldados goblin a limpiar por completo. Si se dejaban pudrir, contaminarían la tierra, y no crecería ni una brizna de pasto aquí por lo menos en cien años.
…
En la plaza militar, cuando apareció la figura de Lin Tian, la cara de Ladrick se llenó de desesperación.
“¡Imposible! ¡¿Cómo es posible?! ¡¿Lord Beelzebub no te mató?!”
¡Un Dios Demonio! ¡Y esa tormenta negra demoníaca… era obvio que había caído un ejército de millones! ¿Qué imperio podía aguantar una fuerza así?
Y aun así, aquí estaba ese maldito goblin, vivo, con una sonrisa de satisfacción.
“No estoy muerto. ¿Te decepcioné? ¿Te rompí el corazón?” Los labios de Lin Tian se curvaron en una sonrisa burlona.
Ladrick estaba demasiado consumido por el miedo y el shock como para decir algo coherente. Le temblaba el cuerpo mientras tartamudeaba:
“T-tú… tú…”
Enojado y aterrorizado al mismo tiempo.
“No te preocupes,” se burló Lin Tian. “Algún día te voy a traer la cabeza de Beelzebub.”
Por ahora no tenía ganas de perder tiempo con ese idiota. En cambio, le dio órdenes a su ejército goblin de un millón.
“Váyanse a las afueras del oeste de la Ciudad Rey Goblin. Limpien todos los cadáveres demoníacos… ¡y no se los coman!”