Cultivo: Estudié en el extranjero en los tiempos modernos - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - ¿Beneficios por unirse?
Zheng Fa observó al mayordomo Wang retirarse, con la postura algo rígida y el rostro tranquilo.
A sus espaldas, la madre de Zheng habló con un dejo de preocupación:
—Vino a suavizar las tensiones entre nuestras familias. Nos vemos a menudo; rechazarlo así podría no ser buena idea.
Zheng Fa sabía que su madre tenía un carácter bondadoso y siempre prefería evitar los conflictos.
En cambio, su hermanita Zheng Shan, que estaba cerca, fue mucho más tajante con su opinión:
—Unos cuantos cochinos cobres, ¿quién los quiere? ¡La familia de Wang Gui no sirve para nada!
Claramente no había olvidado cómo Wang Gui la había acosado en la entrada de la aldea.
Zheng Fa le dio una palmada en la cabeza a su hermanita y le explicó a su madre:
—El mayordomo Wang seguramente no tiene buenas intenciones. Acabo de ser escogido por la señora como asistente de estudio del Séptimo Joven Maestro. Si ahora acepto descaradamente dinero de alguien, ¿qué dice eso de mí?
Esto era completamente distinto a los regalos de la familia de Huang Yu.
El padre de Huang Yu había enviado cosas sencillas pero útiles: implementos de caligrafía y unos cuantos rollos de tela basta. No eran valiosos, pero sí prácticos.
¿Y el mayordomo Wang? Un fardo entero de plata… demasiado llamativo.
Se sentía más como una trampa que como buena voluntad.
Al final, un regalo había sido dado con sinceridad, y el otro con mala intención.
La madre de Zheng se quedó atónita un instante, antes de que la comprensión le iluminara el rostro. Al mirar a Zheng Fa, sus ojos se suavizaron con orgullo.
—Te estás volviendo muy sensato.
Zheng Fa sonrió y asintió sin modestia.
—No te preocupes, madre. Yo mismo ganaré ese tipo de plata para ti en el futuro.
Sabía que su madre solía estar intranquila. Mientras más confiado se mostrará él, más tranquila se sentiría ella.
En realidad, quizá lo estaba asustando a propósito. Independientemente de si el mayordomo Wang tenía o no malas intenciones, no valía la pena arriesgarse por esa plata.
Zheng Shan intervino, asintiendo con fuerza:
—¡Madre, yo también ganaré dinero para ti! ¡No necesitamos dinero de los Wang!
Su carita estaba llena de determinación.
La madre de Zheng puso los ojos en blanco.
—¡Me daré por bien servida con que dejes de ser tan glotona!
Zheng Fa cargó a su hermanita y la lanzó un poco al aire jugando.
—¡Ya pesa más! Y también está más alta.
De pronto se le ocurrió algo.
—Madre, con la tela que mandó la familia Huang, hazme dos trajes, y el resto para ti y para mi hermana.
La madre de Zheng dudó.
—Esos eran para ti. Además, vas a necesitar más ropa para dar buena impresión en la residencia Zhao.
—Ser asistente de estudio no es un gran cargo. ¿A quién le importa la apariencia? —bromeó Zheng Fa, pellizcando el pequeño moño de cabello de su hermanita—. Además, ya tiene años que no tenemos ropa nueva.
—¡Ropa nueva!
Su hermanita levantó los dos brazos y vitoreó emocionada desde sus brazos.
La madre de Zheng al final cedió, aunque con tono firme:
—Está bien, te haré dos trajes y el resto para tu hermana. Para mí no guardaré nada.
Después de pasar una noche en casa, Zheng Fa se puso la ropa que su madre había cosido en una sola noche y se preparó para volver a la finca.
Esta vez, los ojos de su madre estaban enrojecidos.
De acuerdo con las reglas de la familia Zhao, Zheng Fa debía acompañar al Séptimo Joven Maestro seis días de estudio y entrenamiento marcial, regresando a casa solo una vez por semana. Si seguía en ese puesto, seguramente pasaría la mayor parte de los próximos años en la residencia Zhao.
Zheng Shan había estado inusualmente feliz esos días, disfrutando de la buena comida y de su ropa nueva. Incluso Wang Gui no se había atrevido a molestarla.
Pero ahora, aferrada a la pierna de Zheng Fa, rompió en llanto.
—¡No quiero comer carne de la ciudad!
—¡No quiero ropa nueva!
—¡No quiero que mi hermano se vaya con los Zhao!
El mismo anciano que conducía el carro de bueyes vino a recoger a Zheng Fa otra vez. Fumando de su pipa, observó la escena y comentó con cautela:
—Joven Zheng, deberíamos irnos. No podemos hacer esperar a los señores importantes.
Zheng Fa alzó a su hermanita y la dejó en los brazos de su madre. Asintió a su madre llorosa, que no dijo nada.
Los llantos de la niña se hicieron más fuertes, pero Zheng Fa resistió la tentación de mirar atrás.
El viejo chasqueó el látigo suavemente contra las ancas del buey y, como si charlara de cualquier cosa, le dijo a Zheng Fa:
—¿Es la primera vez que sales de casa, muchacho?
—Mm —Zheng Fa no tenía ganas de hablar mucho.
—Recuerdo cuando salí por primera vez a conducir un carro de bueyes. Mi madre me miraba igual… —dijo el anciano, dando una calada a su pipa—. Pero ya sabes, los jóvenes siempre quieren salir de casa, hacer algo de sí mismos. Aun así, si tienes oportunidad de voltear, más vale que lo hagas.
Zheng Fa giró la cabeza y alcanzó a ver a su madre y su hermana aun mirando el carro de bueyes.
El viejo siguió divagando:
—Yo, por mi parte, ya de viejo, daría lo que fuera por ver a mi madre una última vez.
Zheng Fa abrió el fardo que llevaba y sacó uno más pequeño.
—La vez pasada dijiste que te gustaba la comida de mi madre. Ella volvió a hacer esto.
El viejo se quedó quieto, luego lo miró de reojo.
—¿De verdad creíste que me gustaba la comida de tu madre?
—Mi madre lo cree.
—¿Y no le dijiste lo contrario?
—Dejarla hacer esto la mantiene tranquila.
El viejo hizo una pausa antes de tomar uno de los panes planos del fardo y darle una mordida.
—Eres mejor de lo que yo era a tu edad.
Cuando llegaron a la residencia Zhao, entraron como siempre por la puerta trasera.
Esta vez, Gao Yuan ya lo esperaba.
Gao Yuan vestía una túnica confuciana y llevaba a la espalda una delicada caja de bambú para libros.
Zheng Fa, en cambio, vestía de tela basta y cargaba un gran fardo azul que su madre había preparado. Al cruzar miradas, Gao Yuan pareció sentirse un poco avergonzado.
—Date prisa. El Séptimo Joven Maestro nos espera —apuró Gao Yuan, y ambos se dirigieron a su destino.
La residencia Zhao era enorme, y la vivienda del Séptimo Joven Maestro estaba en lo más profundo del lugar.
Cuando llegaron, Zheng Fa ya tenía la espalda empapada de sudor.
El patio del Séptimo Joven Maestro —más bien, su mansión— era un complejo de tres pisos. Detrás tenía un jardín privado, lo que lo convertía prácticamente en una finca dentro de la finca.
Era una muestra clara del estatus y favoritismo del Séptimo Joven Maestro dentro de la familia Zhao.
A la derecha de la puerta principal colgaba una tablilla de madera con tres grandes caracteres: “No Envidiar a los Inmortales”.
Zheng Fa pensó que, en un mundo dominado por las Sectas Inmortales, esa frase estaba lejos de ser humilde.
Las puertas estaban entreabiertas. Gao Yuan dio un paso al frente y tocó suavemente.
Una sirvienta asomó la cabeza por la rendija. Al verlos, entendió enseguida.
—¿Los nuevos asistentes de estudio? Pasen, el joven amo los espera.
Dentro del patio, lo primero que notó Zheng Fa fue la atmósfera peculiar: no había un solo hombre presente.
Las guías, las limpiadoras, las sirvientas que iban y venían, todas eran muchachas jóvenes.
Zheng Fa mantuvo la calma, pero Gao Yuan parecía nervioso, con la mirada fija al frente mientras seguían a la doncella.
El estudio del Séptimo Joven Maestro estaba en el patio exterior. La sirvienta los condujo hasta la puerta, donde encontraron a un joven absorto en un libro antiguo.
La luz del sol se filtraba por las ventanas vidriadas sobre su túnica blanca, que brillaba tenuemente con un resplandor plateado. Sus rasgos delicados quedaban aún más realzados por el fulgor.
Aunque la reputación del Séptimo Joven Maestro no era buena, Zheng Fa no pudo evitar admitirlo: aquel tipo era guapo.
El joven alzó la cabeza al escuchar sus pasos.
Al verlos, sonrió, dejó el libro a un lado y se acercó con entusiasmo.
—¿Así que ustedes son mis nuevos asistentes de estudio? ¿Gao Yuan?
Señaló a Gao Yuan y luego se volvió hacia Zheng Fa.
—¿Y Zheng Fa, verdad?
Ya se había aprendido sus nombres.
—¡Tenía muchas ganas de conocerlos! —exclamó con una gran sonrisa. Tiró el libro a un lado e incluso ayudó a Gao Yuan a cargar su caja de libros.
El rostro de Gao Yuan se encendió de emoción.
—Dejen sus cosas aquí. ¡Los voy a invitar a una comida en la Torre Yan Yu para celebrar su llegada!
Zheng Fa se quedó un momento atónito por el entusiasmo del joven amo.
Por otro lado, la Torre Yan Yu —conocida como el burdel más famoso de la ciudad de Jingzhou— parecía una elección disparatada para darles la bienvenida.
Hasta Gao Yuan se puso pálido y tartamudeó:
—Joven amo, ¿no fue a su anterior asistente de estudio a quien castigaron y echaron precisamente por haberlo persuadido de ir a la Torre Yan Yu?
El Séptimo Joven Maestro se detuvo a medio paso, luego arrojó la caja de libros al suelo con un golpe seco. Dio unas palmadas, la sonrisa desapareció de su rostro.
—Bien informado, ¿eh? —su expresión se ensombreció—. Entonces, ¿quieren irse por su cuenta o prefieren acabar como ese idiota, golpeados y echados?
La caja de libros crujió contra el piso, reflejando la misma expresión rota en el rostro de Gao Yuan.