Creo que le gusto a ese hombre mayor - Capítulo 85
Yebon sabía que cuanto más tiempo pasaran sin hablar, más difícil sería arreglar las cosas.
Entendía que su madre pudiera estar resentida con él, pero se negaba a creer que lo odiara lo suficiente como para romper el vínculo que los unía como madre e hijo.
En el fondo, su madre era una persona amable, aunque también muy terca a su manera y extremadamente propensa a sentirse insegura y ansiosa. Siempre intentaba hacer lo mejor posible, pero precisamente por eso terminaba pensando demasiado las cosas y dejando que sus preocupaciones la consumieran.
Por eso Yebon estaba convencido de que ella también estaba sufriendo con toda esta situación. Probablemente estaba prolongando el silencio no porque no quisiera hablar con él, sino porque no era capaz de dar el primer paso.
Al principio, Yebon había sido igual de obstinado y se había negado a ceder por orgullo. Sin embargo, con el paso del tiempo comprendió que aquello ya no tenía nada que ver con el orgullo.
El mayor golpe llegó cuando su madre dejó de obligarlo a ir a la iglesia.
Incluso el fin de semana posterior a la muerte de su padre lo había llevado a la iglesia. Todavía recordaba cómo ella le había sujetado las manos con fuerza mientras rezaba con una desesperación que él no alcanzaba a comprender.
«Cuanto más difíciles se ponen las cosas, menos puedes permitirte derrumbarte.»
Eso le había dicho entonces.
Y, sin embargo, ahora lo había dejado completamente solo.
Ni siquiera volvió a mencionarlo.
Fue en ese momento cuando el miedo comenzó a invadirlo.
¿De verdad se había rendido con él como hijo?
Frunció el ceño mientras la ansiedad crecía dentro de él.
Y, de repente, se puso de pie.
Todo su instinto le gritaba una sola cosa.
Esta es tu oportunidad.
Sin vacilar, abrió la puerta de su habitación y salió en silencio hacia la sala.
Su madre miraba la televisión con el rostro inexpresivo, sin dedicarle siquiera una mirada.
No sabía si todavía no se había dado cuenta de que estaba allí o si simplemente estaba fingiendo ignorarlo.
Pero ahora que había salido…
¿Qué debía decir?
Se quedó inmóvil junto a la puerta de su habitación al darse cuenta de algo.
Nunca había sido él quien iniciara una conversación.
Siempre era su madre quien hablaba primero, y él simplemente respondía:
—Lo siento. No volverá a pasar.
Eso bastaba para que ella dejara de insistir.
Yebon vaciló mientras la observaba de reojo.
No parecía especialmente enfadada, pero…
¿Y si en realidad no quería hablar con él?
Las palmas de sus manos comenzaron a sudar mientras apretaba con fuerza la tela de sus pantalones.
En ese momento, su madre tomó el control remoto y apagó el televisor.
Un pesado silencio envolvió la sala.
La respiración de Yebon se detuvo por un instante cuando los ojos marrón claro de ella vacilaron ligeramente antes de girar la cabeza y encontrarse con los suyos.
Su expresión seguía siendo completamente inescrutable.
Yebon sintió que se encogía sobre sí mismo y apretó con fuerza los labios.
—Yebon-ah.
Sin embargo, su voz era la de siempre.
Los ojos de Yebon se abrieron con sorpresa mientras la miraba.
Entonces ella se puso de pie y habló.
—¿Quieres ir conmigo a algún sitio hoy?
—¿Adónde…?
Yebon dejó la pregunta inconclusa, pero enseguida asintió.
Ya no importaba el lugar.
Fuera donde fuera, aquella invitación era la forma en que su madre le estaba tendiendo la mano para reconciliarse.
Habían pasado treinta minutos desde que Yebon se subió al coche que conducía su madre.
El trayecto estaba siendo mucho más largo de lo que esperaba.
Tal vez el lugar quedaba más lejos de lo que había imaginado.
Dentro del coche sonaba un programa de radio lleno de historias divertidas que llenaban el silencio.
Cuanto más avanzaban, más bajos se volvían los edificios y menos tráfico había.
Parecía que se dirigían hacia las afueras de Seúl.
Yebon pensó en preguntarle adónde iban, pero su madre permanecía tan callada, concentrada únicamente en conducir, que al final decidió guardar silencio y limitarse a observar el paisaje por la ventanilla.
—Antes… ¿Qué era lo que querías decirme?
—Ah…
La mirada de Yebon tembló como si un terremoto acabara de sacudirlo.
Su cabeza se llenó de innumerables palabras, pero todas desaparecieron de inmediato, dejando su mente completamente en blanco.
Al final soltó lo primero que se le ocurrió.
—¡La otra vez…! La otra vez… hablé demasiado duro contigo. ¡Lo siento!
Más que una disculpa sincera, aquello sonó como un estallido desesperado.
Al darse cuenta de que había levantado demasiado la voz, cerró con fuerza la boca.
No obtuvo respuesta.
Así que miró de reojo a su madre.
—Ya llegamos. Baja.
Al mismo tiempo, el coche se detuvo.
Yebon inclinó la cabeza mientras miraba por la ventanilla.
Habían llegado a una iglesia enorme.
No era la iglesia a la que normalmente iban él y su madre.
Era la primera vez que estaba allí.
—¿Por qué estamos…?
Antes de que pudiera terminar la pregunta, su madre ya había bajado del coche.
Desconcertado, Yebon salió apresuradamente tras ella.
Ella entró con naturalidad en la iglesia y se dirigió directamente al ascensor.
El interior era impecable, revestido de mármol, y el techo estaba pintado con un profundo cielo azul lleno de querubines.
—Yebon.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, su madre volvió a llamarlo.
—…¿Sí?
—¿Sabes qué día es hoy?
Los ojos de Yebon comenzaron a moverse de un lado a otro.
¿Qué día era?
Solo faltaban dos días para terminar marzo, pero no recordaba nada especial.
El cumpleaños de su madre era en mayo.
El suyo, en abril.
Marzo… ¿Había alguna fecha importante hoy?
Inquieto, dudó antes de responder.
En ese momento, las puertas del ascensor se abrieron.
Y todo su cuerpo se quedó inmóvil.
—Hoy es el cumpleaños de tu padre.
Frente a él se extendía un columbario.
Ni una sola vez.
Ni una sola vez en toda su vida había estado allí.
Si alguien escuchara que nunca había visitado el lugar donde descansaban los restos de su padre, seguramente pensaría que era un hijo desalmado o que se trataba de una situación absurda.
Pero había un motivo.
Su madre jamás lo había llevado allí.
Nunca le había dicho dónde estaba.
Apenas hablaba de su padre delante de él.
Con el paso del tiempo, los únicos recuerdos que permanecían en la mente de Yebon eran los del carácter egoísta e impulsivo de su padre.
Los momentos en que había hecho sufrir tanto a él como a su madre.
Y, como nunca había intentado recordarlo deliberadamente, era imposible que conservara en la memoria algo como la fecha de su cumpleaños.
Incluso allí, de pie frente a su madre, delante del columbario, seguía sin comprender la situación.
¿Por qué lo había llevado justo ahora, después de tantos años?
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—…Ya te traje hasta aquí, pero si es demasiado difícil para ti, podemos regresar.
Su madre sonrió con suavidad, como si realmente hablara en serio cuando decía que podían marcharse.
La razón por la que nunca había llevado a Yebon antes era muy sencilla.
Él había sido quien encontró el cuerpo de su padre.
Ella sabía perfectamente lo traumático que había sido aquello para él, y por eso lo había mantenido alejado de ese lugar durante todos esos años.
Pero quizá porque había pasado tanto tiempo…
Yebon se sorprendió al descubrir que estaba más tranquilo de lo que esperaba.
—Yo…
La verdad era que solo estaba mejor de lo que había imaginado.
No estaba realmente bien.
Si era completamente sincero, lo único que quería era darse la vuelta y marcharse.
Su padre no había sido una buena persona.
E incluso después de morir seguía aferrándose a su madre como una carga de la que ella no podía desprenderse.
«Si quieres liberarte de algo, míralo de frente y sigue caminando. En cuanto lo hagas, ya formará parte del pasado y no podrá perseguirte nunca más.»
Eso era lo que Cha Hyuk le había dicho cuando apenas se conocían.
Había sido su manera de consolarlo.
Pero quizá…
Cha Hyuk solo pudo decir algo así porque él mismo también estaba huyendo de algo.
«Nunca lo consideré mi padre. Así que no me arrepiento de nada.»
Yebon respiró profundamente antes de exhalar lentamente.
Cuanto más siguiera evitándolo, más difícil sería enfrentarlo.
—No, estoy bien.
—…No tienes que obligarte.
—¿Después de traerme hasta aquí?
Yebon la reprendió en tono medio juguetón.
Su madre sonrió con timidez, como si acabara de darse cuenta de lo contradictorio de sus propias palabras.
—Tienes razón. La verdad es que siempre quise traerte aquí al menos una vez antes de que crecieras demasiado.
Ahora que lo pensaba, todos los años, por esa época, había un día en que su madre llegaba tarde a casa.
Él simplemente nunca se había dado cuenta.
Cada mes de marzo estaba demasiado ocupado con su propia vida.
Mientras caminaban, ella no dejaba de observar discretamente la expresión de Yebon.
Cuanto más se internaban en el columbario, más nombres conocidos comenzaban a aparecer.
Y entonces apareció.
Un nicho cuadrado, de tamaño modesto, que guardaba una urna blanca.
En el centro, grabado con letras bien visibles, estaba el nombre:
Kang Taehyun.
Su padre.
La mirada de Yebon tembló ligeramente, pero no apartó los ojos.
En lugar de eso, dio un paso al frente, sin dejar de mirar aquel nombre.
Cuando estuvo lo bastante cerca, descubrió una pequeña fotografía enmarcada.
En ella aparecía un joven Kang Taehyun sonriendo ampliamente mientras sostenía en brazos a un niño pequeño que también sonreía con alegría.
Yebon no necesitó preguntar quién era ese niño.
—…Soy yo.