Creo que le gusto a ese hombre mayor - Capítulo 77

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Mientras Yebon estaba perdido en sus pensamientos, los oscuros ojos de Cha Hyuk parecieron hundirse aún más, adquiriendo un tono todavía más sombrío.

Así como Yebon rara vez hablaba de su familia, Cha Hyuk tampoco le había contado jamás a nadie la historia de la suya.

—No tengo hermanos.

—Entonces tú también eres hijo único, ¿eh?

Yebon ya lo había supuesto, pero escucharlo directamente de boca de Cha Hyuk seguía resultándole extrañamente sorprendente.

—Tampoco he conocido nunca a ningún familiar, así que no sabría decirte. Pero supongo que deben de estar viviendo en algún lugar.

No llevarse bien con los parientes era una cosa, pero no haberlos conocido nunca era otra muy distinta. Yebon no supo qué decir, así que optó por guardar silencio.

A Cha Hyuk no pareció incomodarle aquel silencio y continuó hablando, como si solo estuviera pensando en voz alta.

—Mis padres murieron. Mi madre… probablemente justo después de darme a luz. Y mi padre… cuando yo estaba en la preparatoria.

Los ojos de Yebon se abrieron de par en par.

Como Cha Hyuk nunca mencionaba a sus padres, siempre había supuesto que estaban muertos o que simplemente no tenían relación. Pero enterarse de que su padre también había fallecido cuando él apenas era un estudiante de preparatoria hizo que se le encogiera el corazón.

Yebon no sabía cómo había sido la relación de Cha Hyuk con sus padres, pero seguían siendo su familia. Perderlos siendo tan joven debió de ser un golpe enorme.

—…Debió de ser muy duro. Incluso yo, aunque mi relación con mi papá era… por decirlo suavemente, pésima, tardé mucho tiempo en superarlo.

—…

—Ah… Mi padre también murió cuando yo estaba en la preparatoria. En segundo año.

Cha Hyuk dio unos ligeros golpecitos con el dedo índice sobre el volante. Sus labios, normalmente relajados, permanecían firmemente apretados, y aquello no auguraba nada bueno.

Yebon no lograba adivinar qué estaba pensando, y esa incertidumbre comenzó a inquietarlo.

—…¿Hyung?

—Yo no… sufrí.

—Ah.

Yebon estuvo a punto de decir «Qué alivio», pero las palabras murieron antes de salir de su boca. En realidad, aquello no era algo por lo que pudiera sentirse aliviado.

Mientras buscaba desesperadamente qué responder, Cha Hyuk volvió a hablar.

—Él nunca me vio como su hijo, y yo nunca lo vi como mi padre. Y yo…

De pronto se quedó callado.

Yebon esperó a que continuara, pero no salió ninguna palabra más.

Quiso preguntarle qué quería decir, pero la expresión de Cha Hyuk se había endurecido tanto que no fue capaz de insistir.

Dentro del coche reinaba un silencio absoluto.

No había radio ni música.

Yebon solo podía lanzar miradas furtivas hacia Cha Hyuk, intentando adivinar su estado de ánimo.

¿Qué era lo que estaba a punto de decir?

La pregunta daba vueltas una y otra vez en su cabeza, pero nunca llegó a cruzar sus labios.

Sin darse cuenta, el coche ya se había detenido frente al edificio de apartamentos de Yebon.

Con cierta inquietud, volvió a mirar a Cha Hyuk.

Para su sorpresa, él sonreía con la misma calidez de siempre.

—Entra. Y luego avísame cómo salió todo, Yebon.

Cuando Yebon asintió, Cha Hyuk depositó un suave beso sobre su frente.

Su voz y sus gestos seguían siendo tan cariñosos como siempre, pero aquella extraña sensación de inquietud no desaparecía.

Había algo inestable en la forma en que esos ojos negros lo observaban.

Movido por una preocupación que ni él mismo sabía explicar, Yebon levantó una mano y acarició la mejilla de Cha Hyuk.

—Hyung, tú también puedes contarme las cosas con confianza. No importa lo que me digas, nunca me sentiré decepcionado de ti.

La mirada de Cha Hyuk vaciló intensamente.

Con una sonrisa brillante, Yebon hizo exactamente lo mismo que Cha Hyuk acababa de hacer con él.

Le dio un beso ligero en los labios y luego se apartó.

Después abrió la puerta del coche y bajó.

Cuando volvió la vista atrás, Cha Hyuk seguía sentado allí, completamente inmóvil.

Yebon soltó una pequeña risa y levantó la mano para despedirse.

Solo entonces Cha Hyuk respondió al saludo.

—¡Conduce con cuidado! ¡Te escribiré!

Yebon siguió alejándose del coche mientras Cha Hyuk observaba su figura desaparecer poco a poco.

—¿No te sentirás decepcionado…?

¿De verdad Yebon sería capaz de decir lo mismo después de conocer toda la verdad?

Ya se había llevado una gran impresión al verlo golpear brutalmente a alguien.

Había conseguido aceptarlo antes de lo que Cha Hyuk esperaba, pero…

Lo que había estado a punto de confesar hacía un momento no era algo tan simple como una pelea.

Por un instante casi lo dijo en voz alta.

En el mismo momento en que aquellas palabras llegaron a la punta de su lengua, sintió que el corazón se le congelaba.

¿Cuántas personas en este mundo podrían seguir mirándolo igual después de enterarse de que él era el responsable de la muerte de su propio padre?

Técnicamente, Cha Jungsoo había muerto porque, mientras huía, tropezó y se golpeó la cabeza.

Pero, si no hubiera muerto en ese momento…

Cha Hyuk se habría asegurado de matarlo él mismo.

Se pasó una mano con brusquedad por los ojos.

No creía que existiera una sola persona en el mundo capaz de escuchar una historia así y permanecer indiferente.

Ni siquiera él podía evitar sentir repulsión por esa parte de sí mismo.

Y si algún día Yebon llegaba a mirarlo de esa manera…

Si alguna vez lo veía como alguien despreciable, alguien imposible de redimir…

Cha Hyuk sabía que no sería capaz de mantenerse entero.

Había sido él quien le había dicho a Yebon que se sincerara con él.

Pero, irónicamente, quien era incapaz de ser honesto era él mismo.

Aunque el desprecio hacia sí mismo siguiera devorándolo por dentro, no tenía la menor intención de contarle jamás la verdad a Yebon.

Yebon tragó saliva con dificultad mientras permanecía de pie frente a la puerta.

Era incapaz de acercar la mano al teclado.

Simplemente se quedó contemplando la puerta, como si fuera una obra maestra expuesta en un museo.

En el fondo deseaba que su madre no estuviera en casa.

Pero las probabilidades de que eso ocurriera un jueves a las nueve de la noche eran inferiores al veinte por ciento.

A menos que hubiera salido, lo más probable era que estuviera sentada en la sala viendo la telenovela de siempre.

Por un instante sintió un impulso irrefrenable de darse la vuelta y echar a correr.

…Aunque, tal vez…

Solo tal vez…

Esta vez su madre se hubiera detenido a pensar también en cómo se sentía él.

Nunca antes se había rebelado.

Siempre había hecho lo que ella quería sin cuestionarla.

Al menos, así era como él lo veía.

Quizá era inevitable que algo así terminara ocurriendo tarde o temprano.

Sí, marcharse de casa de aquella forma había sido impulsivo.

Pero ¿acaso no había llegado el momento de hablar de verdad?

Era curioso.

Hasta hacía poco, jamás se le había ocurrido intentar conversar seriamente con su madre.

Pero después de pasar tiempo con Cha Hyuk, sentía que, de algún modo, había reunido el valor para hacerlo.

Respiró hondo y marcó el código.

Los pitidos del teclado resonaron mucho más fuertes de lo habitual en el silencioso pasillo.

Durante un segundo pensó que su madre abriría la puerta de golpe en cuanto se oyera el clic de la cerradura.

Pero, por suerte, eso no ocurrió.

La cerradura se desbloqueó.

Cuando Yebon abrió la puerta, las luces encendidas de la sala confirmaron que su madre estaba en casa.

Sin embargo…

Había algo extraño.

No se oía absolutamente nada.

No estaba puesta la telenovela que siempre veía.

Después de quitarse los zapatos, caminó despacio hacia la sala.

—…

—…

Sus miradas se encontraron.

Su madre estaba sentada en el sofá con los brazos cruzados.

Ninguno de los dos habló primero.

Su rostro era aterradoramente inexpresivo.

Tan carente de expresión que un escalofrío recorrió la espalda de Yebon.

Todos los músculos de su cara parecían completamente rígidos, dejando claro hasta qué punto estaba furiosa.

Durante un largo rato, Yebon permaneció inmóvil.

No era capaz ni de avanzar ni de retirarse hacia su habitación.

Antes de entrar se había prometido que mantendría su postura y diría todo lo que necesitaba decir.

Pero ahora, frente a ella, se sentía como un criminal que hubiera cometido un pecado imperdonable.

—¿Te divertiste?

—…

—Me dejaste una nota, desapareciste toda la noche y te fuiste por ahí a divertirte. Así que te lo vuelvo a preguntar… ¿te divertiste?

Cada palabra destilaba ira y sarcasmo.

Yebon apretó con fuerza el borde de su camisa antes de reunir el valor para responder.

—…Perdón por irme de esa manera. Pero si no lo hubiera hecho… ¿hasta cuándo pensabas seguir impidiéndome salir?

No había pensado discutir.

Pero las emociones que llevaba acumuladas terminaron afilando su voz más de lo que pretendía.

La expresión de su madre se oscureció aún más, incapaz de creer lo que estaba escuchando.

—¿Qué clase de actitud es esa? ¿Crees que hiciste lo correcto? ¡Deberías estar suplicándome que te perdone, no plantarte delante de mí con esa arrogancia! ¿Tienes idea de cuánto me preocupé? ¿O ya ni siquiera te importa si me consumo de ansiedad dentro de esta casa?

—¿Por qué lo dices de esa manera? ¿Acaso intentaste entender cómo me sentía? ¡Solo estás enfadada porque no hice lo que tú querías!

Aquello ya no era una conversación.

Los labios de su madre temblaron de rabia antes de levantarse bruscamente del sofá y avanzar hacia él con pasos pesados.

—¡¿Cómo iba a entenderte si nunca me cuentas nada?! ¡Tienes que hablar conmigo para que pueda comprenderte! ¡No solo hoy, siempre! ¡Nunca sé qué haces ni qué está pasando en tu vida!

Yebon se mordió el labio.

Ella no estaba equivocada.

Todo lo que decía era cierto.

Y, aun así…

Lo único que él quería hacer era rechazar cada una de sus palabras, refutarlas y destrozarlas.

—…¿De verdad tengo que contarte absolutamente todo? ¿Tengo que explicarte cada cosa que hago? ¿Por qué nunca piensas que quizá tenga mis propios motivos para no hablar? ¿Por qué siempre haces como si fueras tú la que está sufriendo y me obligas a decir algo?

Los ojos castaño claro de su madre vacilaron violentamente.

La intensidad de las emociones que reflejaban hizo que Yebon se quedara inmóvil por un instante.

Pero ya era demasiado tarde.

Sus manos, cerradas en puños, temblaban a ambos lados del cuerpo.

—¿Tú… de verdad piensas eso?

La voz de su madre se quebró levemente.

—¿Soy una carga tan grande para ti? ¿No es normal hablar con tu propia madre? ¡Los demás hijos ni siquiera necesitan que se lo pidan, simplemente les cuentan todo a sus padres! ¡Pero tú…! ¿Por qué nunca…? ¡Aunque estuvieras enfadado, al menos deberías haberme dicho algo antes de irte de casa así!

—¡¿Y tú qué?! ¿Crees que eres como las demás madres? ¿De verdad piensas que eres alguien con quien puedo hablar con tranquilidad? ¡No lo eres! ¡Aunque hubiera sido completamente sincero, igual me habrías prohibido salir! ¡Ya no soy un niño! ¿Por qué tienes que asfixiarme de esta manera? ¡Cada vez que vuelvo a casa siento que no puedo respirar…! ¡Solo quiero escapar…!

Aquellas palabras fueron la gota que colmó el vaso.

Apenas terminaron de salir de su boca…

¡Paf!

La cabeza de Yebon se giró violentamente hacia un lado.

Durante un instante, el tiempo pareció detenerse.

Los ojos de su madre se abrieron de par en par, horrorizada por lo que acababa de hacer.

Su mano seguía suspendida en el aire.

Yebon, completamente atónito, solo pudo mirarla con los ojos igual de abiertos.

Ninguno de los dos esperaba que aquello ocurriera.

Y ninguno de los dos sabía qué hacer a continuación.

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