Creo que le gusto a ese hombre mayor - Capítulo 68

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Ese mocoso insoportable ya no volvería a estar cerca de Cha Hyuk.

Sí, él había recibido unos cuantos golpes.

Pero eso no era nada.

El verdadero castigo era para Cha Hyuk.

Porque nunca volvería a ver a Kang Yebon.

—¡Ugh!

Antes siquiera de disfrutar ese pensamiento, una violenta patada se estrelló contra su rostro.

La dura suela del zapato de vestir le desgarró el interior de la boca, y el amargo sabor de la sangre inundó sus sentidos.

—Te pregunté si no tienes ni una maldita pizca de juicio.

—¡L-Lo siento…! ¡Agh!

Intentó disculparse.

Pero otro golpe hizo que su cabeza saliera despedida hacia un lado.

—¿No tienes juicio? ¿Ni siquiera entiendes cuando alguien te habla, maldito?

Cada pausa entre sus palabras iba acompañada de otro brutal golpe.

En algún momento, Cha Hyuk ya se había levantado de la silla.

Ahora descargaba una lluvia de patadas sobre Kim Hyunwoo sin contenerse lo más mínimo.

Ni siquiera esperaba respuestas.

—Maldito hijo de puta. Lee Wonpil o quien demonios sea… al carajo. Debí haberte matado desde el principio.

—P-Por favor… huk… perdóname… ¡AAARGH!

Hyunwoo apenas consiguió lanzar un único grito desgarrador antes de quedarse sin aire.

Y fue entonces cuando comprendió…

Nada estaba saliendo como había imaginado.

Aun tirado en el suelo, destrozado y temblando…

La furia de Cha Hyuk no mostraba el menor signo de disminuir.

Y tenía sentido.

Porque la rabia y la sed de sangre que hervían dentro de Cha Hyuk…

Nunca habían estado dirigidas a Kim Hyunwoo.

Estaban dirigidas…

A él mismo.

Por haber mantenido con vida a Kim Hyunwoo solo para no despertar las sospechas de Lee Wonpil.

Por haber perdido el control hacía un momento y haber aterrorizado a Yebon.

Por darse cuenta…

Demasiado tarde…

De que Yebon le había enviado mensajes.

Todo.

Absolutamente todo.

Lo llenaba de un profundo desprecio hacia sí mismo.

Apretó los dientes con tanta fuerza que le dolieron las encías.

Y, como si todo aquello no bastara…

También había terminado gritándole a Yebon.

A un chico que estaba tan asustado que apenas podía respirar.

En lugar de tranquilizarlo…

En lugar de abrazarlo.

En lugar de decirle que todo estaba bien…

Había perdido los estribos.

Debió consolarlo.

Debió tranquilizarlo.

Pero no.

Solo consiguió empeorar las cosas.

*»Lo siento mucho.

De verdad.»*

Aquella voz apresurada y desesperada seguía resonando en sus oídos.

Como si hubiera sido la despedida definitiva de todo lo que existía entre ellos.

—Ugh…

Cha Hyuk contempló a Kim Hyunwoo con unos ojos completamente negros.

Vacíos de cualquier emoción.

El desgraciado ya se había desmayado.

Permanecía inmóvil sobre el suelo.

Sin decir una palabra…

Cha Hyuk lo agarró del cabello y comenzó a arrastrarlo hacia la salida.

Al verlo, Ma Dongpal se adelantó rápidamente con expresión tensa.

—¿Qué piensa hacer con él?

—No lo sé.

Sin siquiera mirarlo, Cha Hyuk siguió caminando.

Pero Ma Dongpal volvió a interponerse en su camino.

—No puede hacer esto, hyungnim.

Cha Hyuk sabía perfectamente qué era lo que preocupaba a Dongpal.

Lee Wonpil.

Y las sospechas que aquello despertaría.

Soltó una risa burlona y lo apartó de un empujón.

—Me importa una mierda. Intenta volver a cruzarte en mi camino, Dongpal…

Y veremos si no terminas enterrado junto a él.

Había algo completamente trastornado en los ojos de Cha Hyuk.

Como si la mitad de su cordura ya hubiera desaparecido.

Ma Dongpal dudó apenas un instante.

Luego bajó la cabeza.

—…Entendido. Pero al menos déjeme traer el coche. Será más seguro sacarlo por la puerta trasera, hyungnim.

No pensaba rendirse tan fácilmente.

Cha Hyuk lo observó unos segundos con evidente cansancio.

Finalmente…

Soltó el cabello de Kim Hyunwoo.

¡Thud!

La cabeza de Hyunwoo golpeó con fuerza el suelo.

De su garganta escapó un débil gemido.

—…Joder.

Estoy harto de todo esto.

Sin decir nada más…

Cha Hyuk salió solo del Bluemoon.

En su espalda ya no quedaba rabia.

Ni resentimiento.

Solo…

Un agotamiento infinito.

El sonido de unos golpes en la puerta hizo que los párpados de Yebon temblaran.

A diferencia de otros días…

Las cortinas opacas estaban abiertas.

La brillante luz de la mañana inundaba la habitación.

—Yebon-ah, ¿ya despertaste?

—……

Sin responder…

Yebon se cubrió completamente con la cobija y volvió a acurrucarse.

El suéter negro de cuello alto que había usado la noche anterior permanecía arrugado sobre el suelo.

—Voy a entrar.

—…Mmm…

La puerta se abrió.

Su madre entró en la habitación.

Lo primero que hizo fue recoger del piso el cuello alto negro.

Debía de haber estado realmente agotado para quedarse dormido sin siquiera guardar la ropa.

Bajo la cobija solo asomaba un pequeño mechón de cabello.

—Hijo, ya es hora de levantarse.

Apoyó una mano sobre la cobija y lo sacudió suavemente.

Yebon apenas se movió.

Pero, a diferencia de siempre…

No se levantó.

Al final, su madre tiró de la cobija de un solo movimiento.

—Ay…

Sus ojos se abrieron ligeramente.

No esperaba encontrarse con aquella escena.

Yebon estaba acostado usando únicamente el pantalón.

‘¿Habrá quedado demasiado alta la calefacción?’

Sabía que normalmente dormía con una camiseta de manga corta.

Era extraño.

Pero no lo suficiente como para preocuparse.

Pocos segundos después de destaparlo…

Yebon, que permanecía acostado de lado, abrió lentamente los ojos y se dio la vuelta.

Fue entonces…

Cuando la expresión de su madre cambió por completo.

—…Ya me voy a levantar…

—¿Qué es eso?

Incluso al escuchar el tono helado de su madre…

Yebon, todavía medio dormido, solo parpadeó lentamente.

Después siguió la dirección de aquella mirada.

Y comprendió.

Sus ojos se abrieron de golpe.

Inmediatamente levantó la mano para cubrirse el cuello.

Pero ya era demasiado tarde.

—Ah… mamá…

Sintió que toda la sangre abandonaba su rostro.

Con la mirada temblorosa intentó incorporarse.

Pero el rostro de su madre ya estaba completamente deformado por la ira.

—Kang Yebon.

Quita la mano.

—N-No, mamá, escucha… esto…

—¡He dicho que quites la mano!

Ante aquel grito…

Yebon se mordió el labio.

Y terminó bajando lentamente la mano.

Su madre seguía sosteniendo sobre el brazo el suéter negro de cuello alto.

‘Ah…

Debí quitármelo mientras dormía porque tenía calor…’

En cuanto retiró la mano…

El vendaje, medio desprendido, quedó colgando del cuello.

Seguramente se había aflojado cuando se quitó la prenda mientras dormía.

Y ahora…

El largo rasguño sobre su blanca piel quedaba completamente al descubierto.

Aquella herida…

Se reflejó directamente en los ojos de su madre.

Ella lo miró sin siquiera poder cerrar la boca.

Sus ojos estaban llenos de desesperación.

Le suplicaban una explicación.

Pero Yebon era incapaz de pronunciar una sola palabra.

Todavía no había pensado ninguna excusa para explicar aquella herida.

Mentir nunca había sido algo que se le diera bien.

Ni algo que disfrutara hacer.

Simplemente…

Era un instinto de supervivencia.

Algo que necesitaba hacer.

Pero cuando todo estaba a punto de explotar…

Su mente simplemente dejaba de funcionar.

Jamás había considerado la posibilidad de que lo descubrieran de esa manera.

—¡Kang Yebon! ¿No piensas decir nada? ¿¡Qué demonios has estado haciendo estos días!?

—Bueno… es que…

—¡Sales todos los días y vuelves a casa herido! ¿¡Qué estás haciendo exactamente!? ¡Habla de una vez!

Su madre ni siquiera le dio tiempo para pensar.

Mucho menos para responder.

Solo lo miraba con un rostro que parecía a punto de romperse en llanto.

Acababa de despertar.

Y ya tenía que enfrentarse a todo aquello.

Sentía que la cabeza le daba vueltas.

Aunque quisiera explicarlo…

¿Por dónde iba a empezar?

¿Hasta dónde podía contar?

No.

No podía contar absolutamente nada.

Ya sabía perfectamente lo que ocurriría si lo hacía.

Al final…

Yebon volvió a guardar silencio.

—¡Kang Yebon!

—…Lo siento.

Eso era todo lo que podía decir.

Pero su madre negó con la cabeza.

—¿Quién te preguntó si lo sentías? ¡Te pregunté qué pasó!

—……

Un silencio sofocante cayó entre ambos.

Los párpados de su madre temblaban.

Bajó lentamente la mirada.

Y dejó escapar un profundo suspiro que sonó casi como un sollozo.

—…Vamos al hospital.

Levántate.

—Estoy bien… Ya casi sanó…

—¡Vístete y sal ahora mismo!

Ni siquiera quiso escuchar lo que intentaba decir.

Salió de la habitación dando un portazo.

Solo…

En medio del desastre.

Yebon bajó lentamente la cabeza.

Habían ocurrido demasiadas cosas de golpe.

Demasiadas para procesarlas.

Demasiadas para soportarlas.

Estaba…

Completamente agotado.

—No es una herida lo suficientemente profunda como para necesitar puntos. Como recibió primeros auxilios correctamente, solo asegúrese de aplicar bien la pomada para evitar una infección y mantener la herida seca. Parece que tiene un poco de fiebre, así que antes de irse necesitaremos ponerle una inyección.

—Ah… Está bien… Muchas gracias…

Apenas salió del consultorio…

Volvieron a llamarlo.

Dentro de la pequeña sala de tratamientos, separada únicamente por una cortina de cuadros, solo había una camilla sencilla.

—Acuéstese boca abajo y bájese un poco el pantalón.

Yebon obedeció en silencio.

Ahora que estaba en el hospital…

No le quedó más remedio que explicar cómo se había hecho la herida del cuello.

Tomado completamente por sorpresa…

Terminó inventando otra mentira.

Dijo que había salido a beber con unos amigos.

Que entró por accidente en una obra en construcción.

Y que se había raspado el cuello con un clavo que sobresalía.

Una excusa absurda.

Ridícula.

Por suerte…

El médico no pareció sospechar demasiado.

Solo le advirtió:

—No debería meterse en lugares como esos.

Pero la intensa mirada que sentía detrás de él…

La de su madre…

Le quemaba la espalda.

—Muy bien. Ya puede subirse el pantalón y salir.

—Ah… Sí. Gracias.

Tan perdido estaba en sus pensamientos…

Que ni siquiera sintió el pinchazo de la inyección.

Se acomodó rápidamente la ropa y salió.

Su madre seguía allí.

Observándolo en absoluto silencio.

Con una expresión más sombría que nunca.

La idea de volver a casa lo aterraba.

Era imposible que hubiera creído aquella absurda historia del clavo.

—…Haah.

Necesitaba inventar una explicación mejor.

Y rápido.

Pero…

Por alguna razón…

Ya no quería pensar en absolutamente nada.

Mientras su madre estaba en la caja pagando…

Yebon sacó el teléfono.

Nada.

La pantalla de bloqueo estaba completamente vacía.

Ni llamadas perdidas.

Ni mensajes.

Pero había algo que no conseguía borrar de su mente.

Cha Hyuk.

Con los ojos al borde de las lágrimas.

‘¿Qué demonios…

Se supone que debo hacer ahora?’

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