Creo que le gusto a ese hombre mayor - Capítulo 4
El tintineo de la campanilla sonó cuando entraron. El empleado que estaba sentado detrás del mostrador levantó la vista con una sonrisa radiante… y se quedó inmóvil.
Cha Hyuk ni siquiera le dedicó una mirada. Se dirigió directamente a la vitrina refrigerada junto al mostrador, repleta de pasteles.
De pie frente a la vitrina, le indicó con la mirada a Kang Yebon que se acercara.
Tras vacilar unos instantes, Yebon se colocó rápidamente a su lado y bajó la vista hacia los pasteles cuidadosamente acomodados en el expositor. Sus ojos claros brillaban como si nunca hubieran estado apagados.
De pie uno junto al otro, entre Yebon y Cha Hyuk parecía haber espacio suficiente para que cupieran dos cabezas.
Las comisuras de los labios del empleado, que al principio estaban levantadas, empezaron a temblar ligeramente. Lo mismo ocurría con sus ojos.
Yebon iba de un lado a otro frente a la vitrina, observando los pasteles de matcha, cheesecake, cookies & cream y chocolate con fresa. Finalmente frunció un poco el ceño y le preguntó al empleado:
—¿Ya se terminó el pastel de chocolate con avellanas?
—Ah… Sí. Es uno de nuestros productos más populares, así que se agotó esta mañana…
Aunque el empleado tenía el cuerpo orientado hacia Yebon, sus ojos no dejaban de desviarse hacia Cha Hyuk.
Los dedos que mantenía entrelazados con cortesía no dejaban de moverse con nerviosismo.
—¿Quiere que preparemos uno rápidamente?
—No, está bien.
Cuando Yebon estaba a punto de escoger otro pastel, Cha Hyuk se acercó hasta quedar justo a su lado.
El empleado retrocedió inmediatamente un paso.
—¿De verdad estás bien con eso?
—¿Eh? Sí, no pasa nada.
Yebon levantó la vista con curiosidad.
Entonces una gran mano se acercó a su rostro.
Antes de que pudiera apartarse, dos dedos le pellizcaron las mejillas y las estiraron hacia abajo.
—¿Qué estás haciendo?
Yebon frunció ligeramente el ceño y levantó la mirada. Cha Hyuk lo observaba con los ojos entrecerrados y una sonrisa divertida.
—No vuelvas a comportarte como un niño.
—…
Yebon sujetó la muñeca de Cha Hyuk y apartó su mano.
Aquella muñeca gruesa, demasiado grande para abarcarla con una sola mano, y la firmeza de su piel bajo la palma hicieron que el ceño de Yebon se relajara sin darse cuenta.
—…No estoy haciendo eso. Es solo que hacía mucho calor en el restaurante y no comí porque solo había vísceras.
—Está bien. Entonces elige rápido.
Yebon le lanzó una mirada de reproche a Cha Hyuk, que ya se había colocado con total naturalidad frente a la caja registradora, y volvió a concentrarse en los pasteles.
En medio de todo, el empleado le susurró:
—¿De verdad está bien sin el de avellanas?
Yebon se mordió el labio y negó con fuerza.
Sin pensarlo demasiado, terminó eligiendo todo lo que le llamó la atención.
Tres porciones.
Al sentirse un poco avergonzado, intentó devolver algunas, pero Cha Hyuk ya estaba pagando.
Sacó un billete de cincuenta mil wones sin pestañear siquiera ante aquel precio que, para Yebon, era bastante elevado.
Cuando finalmente les sirvieron los pasteles y se sentaron, Yebon tomó el tenedor, pero dudó.
Cha Hyuk, sentado frente a él, había pedido un americano caliente a pesar del calor. Al ver que Yebon seguía sin probar bocado, preguntó:
—Estás molesto porque no había ese pastel de avellanas o lo que sea.
—¡Ay, ya basta!
Yebon perdió el control y alzó la voz.
Al darse cuenta de que prácticamente lo habían obligado a gritar, se quedó desconcertado.
—No es eso… Solo iba a darte las gracias por comprarme los pasteles…
Cha Hyuk soltó una risa baja y asintió levemente, como si lo entendiera.
Yebon lo miró de reojo antes de pinchar un trozo de pastel y llevárselo a la boca.
Aunque no hubiera pastel de chocolate con avellanas, los demás también estaban deliciosos.
Mientras disfrutaba de aquel golpe de azúcar después de tanto tiempo, lanzó una mirada a Cha Hyuk.
El café seguía intacto frente a él.
Tampoco parecía tener intención de probar el pastel, pues ni siquiera había tocado el tenedor.
Con los brazos cruzados y recostado en la silla, Cha Hyuk observaba algún punto bajo la mesa con una expresión imposible de descifrar.
Tal vez por el aspecto feroz que tenía, Yebon sintió que seguramente estaba pensando en algo bastante inquietante.
¿Por qué había entrado a la universidad? ¿Cuántos años tenía? ¿De verdad era un gánster?
Todo tipo de especulaciones llenaban la cabeza de Yebon cuando Cha Hyuk levantó lentamente los párpados.
Sus ojos negros se clavaron directamente en él.
—¿Tienes algo que decir? ¿Por qué me miras tan fijamente?
Mientras masticaba el bizcocho y la crema que se derretían en su boca, Yebon apartó la vista y luego volvió a mirarlo de reojo.
—Ahjusshi… ¿cuántos años tienes?
Las cejas de Cha Hyuk se movieron ligeramente.
¿Lo estaba haciendo a propósito?
Pero el rostro de Yebon era demasiado inocente como para pensar que se burlaba.
Cha Hyuk guardó silencio un momento antes de inclinarse hacia delante.
—¿Cuántos años aparento?
Yebon examinó cuidadosamente a Cha Hyuk.
Solo por el rostro parecía tener unos veintiocho o veintinueve años, pero el aura tan particular que desprendía hacía imposible calcular su edad.
A veces parecía rondar los treinta y tantos.
Otras, apenas unos años mayor que el propio Yebon.
Su forma de hablar era extrañamente educada y brusca al mismo tiempo.
Tenía facciones marcadas. Las venas de sus muñecas y del dorso de las manos sobresalían bajo las mangas remangadas de la camisa.
Llevaba las uñas cortas y las palmas llenas de callos.
Después de estudiarlo como si analizara un objeto de investigación, Yebon volvió a levantar la vista hacia su rostro.
Sus ojos se encontraron de inmediato.
A diferencia de sus labios, curvados con pereza, la mirada que lo observaba de frente era firme e inescrutable.
Yebon tuvo la sensación de que Cha Hyuk lo había estado examinando exactamente igual.
El calor subió de golpe a su rostro y bajó la cabeza.
—¿Ya terminaste de mirarme?
—…Sí.
—Entonces, ¿cuántos años aparento?
—…¿Treinta y cinco?
Su voz sonó insegura.
Cuando levantó la vista con cautela, el rostro de Cha Hyuk estaba completamente rígido.
—…¿Treinta y cinco, eh? Entonces llamarme ahjusshi es apropiado.
Murmuró aquello para sí mismo y volvió a guardar silencio.
Por eso, Yebon siguió sin saber su edad exacta.
Solo pudo deducir que era menor de treinta y cinco.
¿Quizá veinticinco?
No se atrevió a volver a preguntar porque Cha Hyuk parecía haberse puesto de mal humor.
Cha Hyuk volvió a reclinarse en la silla, todavía más relajado que al principio.
Yebon terminó comiéndose dos porciones de pastel y se quedó mirando la última, que seguía frente a Cha Hyuk.
Poco después, Cha Hyuk empujó el plato hacia él.
Yebon inclinó la cabeza en señal de agradecimiento y enseguida hundió el tenedor en el pastel.
—Pero, ahjusshi.
—¿Sí?
—¿Por qué me compras comida y pastel?
Cha Hyuk observó los labios de Yebon sujetando el tenedor y luego el trozo de pastel, que ya iba por la mitad.
—¿Por qué crees tú que lo hago?
Las cejas de Yebon se crisparon.
Sus ojos, con un ligero doble párpado, dejaban ver claramente su descontento, aunque probablemente él creyera que lo estaba ocultando.
Parecía tener muchas cosas que decir, pero no abrió la boca.
Aquel hombre nunca respondía las preguntas de forma directa.
Tras un rato, contestó con sequedad:
—¿Cómo voy a saberlo?
—Qué decepción.
Y, una vez más, Cha Hyuk cerró la boca.
Yebon estaba cada vez más frustrado.
Abrió la boca varias veces, pero terminó limitándose a refunfuñar para sí.
Cha Hyuk giró ligeramente la cabeza y se cubrió la boca con una mano.
Oculta tras ella, una sonrisa apareció en sus labios.
—Chico.
Yebon seguía mirándolo con expresión malhumorada.
Ni siquiera respondió.
—Tus ojos dicen que quieres ser amigo mío. Pero yo no soy tan fácil.
—…
Yebon bajó la vista en silencio.
Aquel hombre era impredecible. Su humor cambiaba de un momento a otro.
Refunfuñó para sus adentros y pensó que quizá había sido demasiado directo, así que mantuvo la cabeza baja y terminó de comerse el pastel en silencio.
Cha Hyuk no apartó la mirada de la pequeña cabeza de Yebon hasta que este terminó el último bocado.
Cuando salieron de la cafetería ya había pasado bastante tiempo.
Yebon se sorprendió.
No esperaba haber pasado tantas horas con Cha Hyuk, y todavía le resultaba más increíble que no hubieran hablado del asunto principal.
Ya no podía seguir posponiéndolo.
—Ahjusshi.
Cha Hyuk, que caminaba unos pasos delante, se detuvo y se dio la vuelta.
—Que me hayas invitado a comer y me compraras pastel significa que guardarás mi secreto, ¿verdad?
Cha Hyuk abrió lentamente la boca.
—Bueno…
Yebon dio un paso hacia él y levantó la cabeza con expresión decidida.
—Por favor, guárdalo en secreto.
—Está bien.
Aquella respuesta inmediata hizo que los ojos de Yebon se abrieran de par en par.
—¿De verdad?
—Sí.
De pronto, Yebon sintió una oleada de frustración y tomó una profunda bocanada de aire.
Cha Hyuk lo observaba con los ojos ligeramente entrecerrados, como si disfrutara de toda la situación.
Yebon soltó el aire con brusquedad. Su nuez subió y bajó.
No se había equivocado.
Aquel hombre se estaba divirtiendo molestándolo a propósito.
Yebon nunca se relacionaba con personas así.
Si tenía amigos, eran personas como Lee Seunggu: alegres, sociables.
Ellos también bromeaban, pero no insistían una y otra vez de aquella manera.
Cuando era muy pequeño, como solía decirle su difunta abuela, tenía un carácter terrible.
Era testarudo, lloraba por cualquier cosa y se pegaba a cualquiera, causando todo tipo de problemas.
Con aquel temperamento naturalmente irritable, Yebon detestaba situaciones en las que jugaban con sus sentimientos, como estaba ocurriendo ahora.
—…¿Qué tengo que hacer para que guardes el secreto?
Cha Hyuk permaneció en silencio un momento antes de responder con una sonrisa profunda.
—Ya te dije que te golpearía si eso era lo que querías.
Los ojos de Yebon vacilaron.
Cha Hyuk se acercó lentamente.
Más concretamente, había dicho que golpearía sus labios.
Aunque Yebon quería replicar, los labios no le respondieron.
—Me resultas un poco interesante. Así que, si de verdad quieres eso…
Una gran mano se posó sobre su hombro.
Después, Cha Hyuk se inclinó.
Sonrió levemente al ver a Yebon completamente rígido y le susurró al oído:
—Tendremos que conocernos un poco mejor.
Por ejemplo… ¿tres horas todos los miércoles?
De camino a casa, Kang Yebon envió un mensaje por KakaoTalk a Lee Seunggu.
Le dijo que le cediera aquella materia optativa tan buena a otro amigo.
Su intuición le decía que Cha Hyuk probablemente no hablaría de él.
Pero tampoco podía ignorar ese uno por ciento de ansiedad que seguía oprimiéndole el pecho.
Lo único que quería era vivir una vida tranquila, pasar desapercibido.
Ese siempre había sido el deseo de Kang Yebon.
Apoyó la cabeza contra la ventana del autobús mientras regresaba a casa.
Observó durante largo rato el número de Jung Woochan antes de apagar el teléfono.
«Si alguna vez tienes problemas, cuéntamelo siempre, Yebon. Hyung siempre estará a tu lado.»
Eso fue lo que Jung Woochan le dijo el día que murió su padre.
Las lágrimas volvieron a llenar sus ojos.
¿Siempre? Qué tontería. Menudo mentiroso.
Yebon lamentó no haber terminado la relación antes.
Solo ahora comprendía cuánto había dependido de Jung Woochan.
Pero…
«Me resultas un poco interesante. Así que, si de verdad quieres eso…»
Seguramente solo estaba bromeando… ¿verdad?