Creo que le gusto a ese hombre mayor - Capítulo 2
Al oír a su madre llamarlo desde afuera, Yebon abrió con dificultad los ojos hinchados.
Palpó a tientas sobre la cama, con la vista todavía borrosa, hasta encontrar su teléfono. En cuanto lo encendió, aparecieron numerosas notificaciones de mensajes. La mayoría eran de Lee Seunggu.
「20XX 09 XX」
「Lee Seunggu: Oye, ¿por qué no vienes???」(10:01 p. m.)
「Lee Seunggu: En serio, ¿te escapaste????」(10:07 p. m.)
「Lee Seunggu: ¡¡¡¡¡Kang Yebon!!!!! ¿De verdad te fuiste!!!!」(10:08 p. m.)
「20XX 09 XX」
「Lee Seunggu: Oye… ¿pasó algo??? ¿Por qué no contestas el teléfono?」(11:34 a. m.)
「Lee Seunggu: No pasó nada, ¿verdad? Al menos respóndeme cuando veas el mensaje」(11:35 a. m.)
…
…
…
「Lee Seunggu: ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Kang Yebon!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!」(10:33 p. m.)
Desde la noche del viernes hasta ese domingo, Yebon había mantenido el teléfono apagado. Le aterraba terminar contactando a Woochan por accidente.
En su interior se mezclaban el resentimiento al preguntarse si de verdad estaban terminando, las ganas de suplicarle que no lo abandonara porque él podía esforzarse más y el cariño persistente que lo impulsaba a preguntarle si ya no le gustaba.
Incapaz de dejar de llorar, sollozó hasta el amanecer del sábado y solo entonces consiguió quedarse dormido.
Con los ojos hinchados, Yebon apoyó el teléfono frío sobre sus párpados hasta que unos golpes en la puerta lo obligaron a levantarse y salir de la habitación.
—Ay, ¿qué vamos a hacer?
Su madre, que se encontró con él apenas salió, observó su rostro inflamado con preocupación.
El sábado, Yebon había tenido que fingir que estaba enfermo de gripe porque su madre se había alarmado tanto que incluso lo llevó al hospital.
Lo único bueno era que la mejilla donde Woochan lo había golpeado solo estaba hinchada y no se había amoratado.
—Hijo, ¿de verdad ya estás bien? Solo estás enfermo, ¿verdad?
—Sí. Creo que estaba un poco cansado porque hacía tiempo que no volvía a clases. No te preocupes demasiado, mamá. Saldré después de darme una ducha rápida.
—¡Si de verdad pasa algo, tienes que decírmelo enseguida!
Yebon entró de inmediato al baño.
Por fortuna, su madre no volvió a hacerle preguntas, ni siquiera de camino a la iglesia.
Solo lo miraba de vez en cuando, y eso hacía que Yebon se sintiera todavía más asfixiado.
Mientras el pastor daba su sermón, Yebon mantuvo la mirada perdida en el atril donde descansaba la Biblia. No registró una sola palabra de lo que se decía.
Desde entonces, el único contacto de Woochan había llegado durante la madrugada del sábado.
「Yebon, estoy muy decepcionado de ti. Comprendo tus sentimientos, pero ¿de verdad tenías que expresarlos de esa manera?
A pesar de todo lo que vivimos y de que nuestros padres se conocen, quería terminar las cosas de buena manera, pero parece que te juzgué mal. Es decepcionante.
A partir de ahora, procuremos no cruzarnos, y espero que no vuelvas a contactarme.
Aun así, lamento haberte golpeado. Pero me sorprendiste mucho. ¿Cómo pudiste hacer algo así en público? Tú lo sabes tan bien como yo.」
Era un mensaje muy propio de Woochan.
Hasta el final se había mostrado pulcro y sereno, tal como Yebon siempre lo había admirado, y eso solo hizo que llorara con más fuerza. Sentía que él había sido el único que amó de verdad.
Que sus sentimientos se habían enfriado, que estaba demasiado ocupado o que se debía a la posición social…
De todas las razones posibles, aquella era la peor.
En el momento en que Woochan se justificó de esa manera, Yebon ya no pudo aferrarse a él.
Y, en medio de todo aquello, empezó a arrepentirse de haberlo besado impulsivamente después de escuchar que hyung estaba decepcionado de él.
Yebon tragó saliva con fuerza para impedir que las lágrimas volvieran a acumularse y levantó la cabeza.
Entonces, su mirada se detuvo en algo negro situado en el extremo izquierdo.
Era un hombre de baja estatura que llevaba una camiseta negra sin mangas, pero desde aquel día, cada vez que Yebon veía algo de color negro, ese hombre venía a su mente.
Un hombre con los ojos más oscuros y siniestros que el cielo nocturno, impregnado de una intensa colonia y con una voz áspera.
Alguien perteneciente a un mundo con el que Yebon jamás debía involucrarse.
—Nos volveremos a ver.
¿Aquellas últimas palabras habían sido solo una broma?
Yebon esperaba que así fuera mientras murmuraba «amén» junto con el resto de la congregación.
Su voz tembló.
No sabía si se debía al miedo de que aquel hombre aterrador fuera a buscarlo o a la culpa que pesaba sobre él.
No mucho después, Yebon volvió a encontrarse con aquel hombre aterrador.
En un lugar completamente inesperado y bajo una identidad que jamás habría imaginado.
—¿Sabes lo preocupado que estuve?
—…Ya te dije que lo siento. De verdad.
Yebon se disculpó sin demasiada sinceridad con Seunggu, que estaba aferrado a su brazo. Ahora estaba pagando las consecuencias de haberse marchado en mitad de la reunión de orientación y de no haber dado señales de vida hasta el miércoles.
Forzó una sonrisa mientras intentaba apaciguarlo.
—No fue nada grave, ¿verdad? Tu teléfono estuvo apagado todo el tiempo. Estuve a punto de ir hasta tu casa.
Seunggu parecía querer una explicación más detallada, pero Yebon no dijo nada más.
Al final, siempre era Seunggu quien cedía primero.
—Bueno, me alegra que ya estés bien —dijo, encogiéndose de hombros.
—Pero dijiste que tienes clase, ¿no?
—Sí, una materia optativa.
Yebon y Seunggu entraron al edificio de Humanidades y subieron al elevador.
Aunque no asistían a la misma clase, Seunggu entró con él de manera natural, probablemente porque quería acompañarlo hasta el aula.
—Puedes irte primero.
—La orientación debería terminar temprano. Comamos juntos después. Esperaré por aquí.
—…Podría terminar tarde.
Las puertas del elevador se abrieron y Yebon salió con un largo suspiro.
—¿Qué clase es?
—El desarrollo de la filosofía mundial.
Al oír el nombre de la materia, que ya sonaba aburrida, Seunggu hizo una mueca que parecía preguntar por qué demonios había elegido algo así.
—No la escogí porque quisiera. Perdí todas las materias que prefería, así que no tuve otra opción.
Yebon no entendía cómo los demás siempre conseguían buenas clases basándose en las reseñas.
Él nunca había logrado inscribirse en una, ni siquiera al llegar a segundo año. Tampoco podía abandonar aquella materia porque necesitaba los créditos.
Mientras se acercaban al aula, Yebon se preguntó cuánto tendría que sufrir esta vez. Seunggu, que todavía caminaba a su lado, jugueteaba con el teléfono.
—Oye, las reseñas de esta clase son una locura. Dicen que es un infierno.
No era necesario que se lo dijera.
Seunggu era una buena persona, pero a veces conseguía irritarlo. Yebon sabía que intentaba ayudar, así que no lo detuvo.
—Ah, aunque no hay trabajos grupales. En cambio, tienes que entregar un informe cada semana sobre un tema que asigne el profesor. Además, el profesor es estricto y tanto el examen parcial como el final son de desarrollo, así que es realmente difícil. ¿Crees que podrás soportarlo?
Su tono parecía más burlón que informativo.
Tal vez porque Yebon había estado demasiado sensible últimamente, le pareció que se estaba mofando de él.
Al final, incapaz de seguir soportando la molestia, Yebon fulminó a Seunggu con la mirada. Este entrecerró los ojos y sonrió.
Al parecer, sí lo estaba molestando.
—Yo conseguí dos materias fáciles.
—…Vaya, qué envidia.
—Estoy pensando en abandonar una. ¿Quieres tomarla tú?
—¿En serio?
La irritación desapareció de inmediato del rostro de Yebon, que se volvió hacia Seunggu con una sonrisa radiante. Seunggu se encogió de hombros, conteniendo una sonrisa.
—Qué bien, ¿verdad? ¿No te sientes afortunado de tener un amigo como yo?
Seunggu sacó pecho y puso una expresión descarada, instándolo a que lo alabara cuanto antes.
Yebon sabía perfectamente lo que buscaba, pero también era consciente de que su fuerte reacción había atraído algunas miradas.
De inmediato recuperó su habitual sonrisa tranquila.
—Sí, está bien. Avísame un día antes de que termine el periodo de inscripciones si vas a abandonarla.
—¿Vaya, eso es todo? Eres muy frío. Pareces una persona cálida, pero en realidad no lo eres, ¿eh?
—Sí, gracias.
Seunggu siguió quejándose, pero su tono era ligero y no parecía realmente molesto.
Cuando Yebon llegó al aula y estaba a punto de entrar, Seunggu lo sujetó del hombro.
—¿Qué? ¿De verdad vas a asistir a la orientación?
Yebon se volvió y asintió.
—Aunque abandones la materia por mí, no hay garantía de que logre conseguirla. Cuando termine, envíame un mensaje…
De pronto, Seunggu miró detrás de Yebon con la boca abierta.
Yebon siguió la dirección de su mirada y terminó poniendo la misma expresión.
Cabello peinado hacia atrás, cejas gruesas, una altura imponente y un cuerpo enorme.
Camisa negra, pantalones de vestir, zapatos negros y… aquellos ojos tan oscuros que parecían engullirlo todo.
Era ese hombre.
El del callejón.
Aquel que desprendía una sensación de peligro imposible de olvidar.
Todo el cuerpo de Yebon se tensó. El hombre, que lo miraba directamente, alzó ligeramente las cejas.
¿No te dije que volveríamos a vernos?
La voz áspera pareció deslizarse lentamente dentro de sus oídos.
El corazón de Yebon comenzó a latir más rápido.
El hombre lo recorrió con la mirada de la cabeza a los pies antes de entrar al aula.
Solo cuando desapareció de su vista, Yebon se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración.
¿Me reconoció?
El hombre parecía saber perfectamente quién era.
De lo contrario, no le habría sonreído antes de entrar.
Seunggu, que aún tenía una mano apoyada en el hombro de Yebon, exhaló y susurró:
—Vaya… Es la primera vez que lo veo en persona. Su presencia es impresionante.
¿La primera vez que lo veía en persona?
No había dicho que fuera la primera vez que veía a un gánster, sino específicamente que nunca lo había visto en persona. Aquello le resultó extraño.
Yebon se volvió hacia él.
—¿Lo conoces?
Seunggu lo miró como si no pudiera creer que estuviera haciendo esa pregunta.
Yebon, incapaz de entender su reacción, preguntó con brusquedad:
—¿Qué pasa con él?
Su tono fue más duro de lo habitual debido a la ansiedad.
—Desde principios de año se armó un alboroto enorme por él en Eta.
Para Kang Yebon, Eta no era más que una aplicación que usaba para consultar sus horarios y, de vez en cuando, leer reseñas de las materias.
¿Entonces el alboroto era por un profesor y no por un gánster?
Ahora que lo pensaba, aquel hombre había entrado precisamente al aula a la que él debía ir.
Yebon intentó recordar el nombre del profesor que había visto por encima.
Kwak… ¿Kwak Cheolyong?
Creía que ese era el nombre.
Le quedaba bien y, al mismo tiempo, no le quedaba en absoluto.
—¿Es un profesor nuevo de este año?
—Vaya, de verdad no sabes nada. No es profesor…
Seunggu se cubrió un lado de la boca con la mano y se acercó al oído de Yebon.
—Es estudiante de primer año. Del Departamento de Psicología.
—Estás mintiendo. En serio.
La respuesta salió casi por reflejo.
Sin embargo, Seunggu pareció genuinamente ofendido y las cejas se le arquearon hacia abajo.
—¿Por qué iba a mentirte con algo así? Es verdad. Tengo un amigo en Psicología. Me contó que ese tipo apareció en la orientación de primer año y que todos estaban tan intimidados que no pudieron hacer nada bien.
Seunggu hablaba en susurros y parecía completamente sincero.
Yebon cerró los ojos con fuerza y dejó escapar un suspiro.
Así que aquel gánster estudiaba en la misma universidad que él.
Sin saberlo, Yebon había besado a Woochan delante de un gánster que asistía a su misma escuela.
—…¿Tiene muchos amigos…?
Yebon esperaba que no.
Al menos así podría ignorarlo, tomar la materia optativa que Seunggu le ofrecía o buscar cualquier otra clase.
Seunggu frunció el ceño mientras lo pensaba y luego se encogió de hombros.
—No sé si tiene muchos amigos, pero escuché que hay mucha gente que quiere acercarse a él.
—…¿Por qué?
—Porque destaca bastante. La mayoría de la gente reconoce su rostro.
Lo sorprendente es que tú no supieras quién era.
Ese comentario hizo que Yebon comprendiera lo grave que era su situación.
Alguien de la universidad conocía un secreto que él deseaba ocultar desesperadamente.
Aunque no fueran amigos, el simple hecho de que alguien cercano supiera su secreto lo hacía sentir intranquilo.
Y aquel hombre le había dicho…
—Nos volveremos a ver.
Ahora esas palabras sonaban como una amenaza.
Como una advertencia dirigida a alguien que había descargado su ira contra él.
¿Qué va a pasar ahora que realmente volvimos a encontrarnos?
Yebon ni siquiera podía imaginarlo.
Aunque quería ignorar la situación y salir corriendo, no podía hacerlo porque no tenía forma de saber qué rumores podían difundirse a sus espaldas.
El sudor empezó a acumularse en sus palmas.
Al ver que Yebon permanecía en silencio, Seunggu añadió en un tono todavía más confidencial:
—No es seguro, pero dicen que es mucho mayor que nosotros y que quizá sea un gánster.
Nota
OT: Reunión de orientación.