Creo que le gusto a ese hombre mayor - Capítulo 1

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—Yebon-ah, hyung lo siente. Pero últimamente he estado muy ocupado y, además, hay que tener en cuenta la posición social…

Debía elegir muy bien sus palabras. Yebon tenía el rostro completamente arrugado en una mueca y la cabeza gacha.

Jung Woochan le acarició con suavidad la mejilla, como si intentara calmar a un niño.

Yebon no apartó su mano, pero el ceño seguía profundamente fruncido.

El callejón estaba embarrado y estrecho por la lluvia que había caído hasta esa misma mañana. Bajo el cosquilleo del aliento de Woochan sobre su frente, Yebon inclinó aún más la cabeza, como si fuera un criminal.

La figura de Woochan se reflejaba borrosa sobre el asfalto mojado. Yebon fijó la vista en aquella silueta negra.

—Estoy seguro de que Yebon entenderá todo.

La recompensa por soportar meses de angustia y ansiedad fue únicamente aquello.

Desde que Woochan había empezado a trabajar en una gran empresa, sus llamadas y mensajes se habían vuelto cada vez más escasos. Incluso cuando lograban verse, solo comían juntos; el sexo y hasta el contacto físico que antes compartían habían desaparecido por completo.

Aun así, Yebon había confiado en él. Pensó que todo se debía a que Woochan estaba ocupado adaptándose a su nuevo trabajo.

Pero esa confianza lo había llevado hasta allí. Aprovechando una de las pocas veces que Woochan se puso en contacto con él, salió corriendo en mitad de una reunión de orientación solo para ser rechazado con frialdad en el callejón de un bar.

Habría sido mejor que simplemente dijera que había dejado de quererme.

Al escuchar la manera indirecta en que Woochan intentaba justificar lo injustificable, Yebon levantó la vista con el ceño fruncido.

Woochan llevaba la misma sonrisa amable y cálida que a Yebon siempre le había gustado.

—Nuestro Yebon es mucho más maduro y comprensivo que los demás chicos de su edad. Lo sé. Estoy seguro de que pronto lo entenderás. No es porque te odie. Sigues siendo alguien muy importante para mí.

Qué mierda.

Aquella grosería solo resonó dentro de su cabeza.

Si de verdad era tan importante para él, habría intentado retenerlo de alguna manera. Abrumado por la traición que crecía en su pecho y por la falsedad de Woochan incluso en el momento de romper con él, Yebon terminó derramando lágrimas.

Woochan mostró una expresión de dolor al verlo llorar. Giró ligeramente la cabeza y, de pronto, se sobresaltó.

Siguiendo la dirección de su mirada, Yebon se volvió y vio a un hombre corpulento de pie en la entrada del callejón, imponente como un león. El penetrante olor a cigarrillo rozó su nariz.

Woochan retiró inmediatamente la mano de la mejilla de Yebon.

Parecía que aquel desconocido, a quien jamás había visto antes, era más importante que Yebon, el hermano menor de su vecino durante cinco años y su amante durante dos.

—Entonces me voy. Gracias por todo.

Woochan parecía ansioso por marcharse. La punta de sus zapatos ya apuntaba hacia la salida del callejón.

¿Ni siquiera ahora podía darme prioridad por un momento? ¿Nuestra relación era tan superficial que un desconocido en la calle era más importante que yo?

—Si alguna vez quieres… puedes llamarme.

Los ojos de Woochan se abrieron de golpe cuando ya había dado un paso.

En un abrir y cerrar de ojos, los labios de Yebon se posaron sobre los suyos.

Fue un impulso.

Ninguno de los dos cerró los ojos durante aquel beso, y Yebon vio cómo el rostro de Woochan se deformaba con una expresión aterradora.

¡Paf!

Un impacto brutal golpeó su mejilla izquierda y Yebon cayó pesadamente al suelo.

Woochan observó a Yebon, desplomado sobre el barro, con una expresión que jamás le había mostrado.

El hombre que había sido un amante afectuoso y gentil ahora lo miraba como si acabara de probar algo repugnante.

—Joder. Solo dije que eras lindo, lindo… ¡y resulta que eras un maldito maricón…!

Incluso mientras gritaba lleno de rabia, Woochan lanzó rápidas miradas hacia la entrada del callejón. Sus ojos, ligeramente temblorosos, se entrecerraban como si intentara distinguir mejor a la persona que estaba allí.

Yebon apretó la mandíbula con tanta fuerza que le dolía. Sus puños temblaban, pero no pudo pronunciar una sola palabra.

—Maldito loco. Si vuelvo a verte, estás muerto.

Tras dejar aquella amenaza, Woochan abandonó el callejón a toda prisa, dejando tras de sí un silencio absoluto.

Yebon seguía sentado en el suelo.

Sus pantalones estaban completamente empapados; incluso los glúteos se le habían mojado. Las manos, apoyadas sobre el barro, ya estaban cubiertas de suciedad.

—…Joder, qué hijo de puta.

Solo cuando Woochan se hubo marchado consiguió maldecirlo.

Aquel desgraciado… El mismo que me consoló y me apoyó cada vez que tenía problemas.

¿Cuánto me esforcé por no hacer preguntas cuando desaparecía durante días? ¿Cuánto esperé sin quejarme, fingiendo que no me dolía incluso cuando nos veíamos y apenas hablábamos…?

Las pocas lágrimas que habían caído hasta entonces comenzaron a deslizarse sin detenerse.

Las palabras que quería gritar terminaron convirtiéndose en agua que resbalaba por sus mejillas. Se secó los ojos con brusquedad y finalmente dejó escapar un fuerte:

—¡Joder!

La mejilla le dolía con solo mover la boca.

Permaneció sentado un rato hasta que se dio cuenta de que aquella mirada seguía clavada sobre él.

Giró la cabeza con irritación y vio que el hombre corpulento seguía observándolo.

Normalmente, cuando dos personas cruzaban la mirada, alguna de las dos terminaba apartándola. Pero aquel hombre no parecía tener esa intención. Permanecía inmóvil mientras el humo blanquecino del cigarrillo ascendía lentamente a su alrededor.

Yebon ya estaba de un humor de perros, y que un desconocido se quedara mirándolo solo hizo que la rabia le revolviera aún más el estómago.

—¿Qué demonios miras? ¿Tengo algo tan interesante?

El hombre no respondió.

Era como si entre ambos hubiera una cortina invisible. No se movió ni un centímetro.

La luz de los letreros de neón solo dibujaba su silueta, impidiendo distinguir su expresión. Pero para Yebon aquello no importaba.

Sabía perfectamente a qué se refería Woochan cuando hablaba de la posición social. Sabía cómo la gente veía a los homosexuales.

Aunque el rostro del hombre permanecía oculto entre las sombras, Yebon imaginó automáticamente una expresión llena de desprecio.

Ya había gastado todas sus maldiciones con Woochan y no le quedaba paciencia para soportar la mirada de odio de otro desconocido.

—¿Qué? ¿Te doy asco? Pues si tanto asco te doy, deja de mirar, imbécil de mierda.

Joder… ¿Quieres que también te reviente la boca de una bofetada?

Ante aquel grito cargado de furia, el hombre, que había permanecido fumando en silencio, finalmente se movió.

Aplastó el cigarrillo contra la pared del edificio y dejó caer la colilla dentro de una lata cercana.

Yebon creyó que se marcharía.

Pero, en lugar de eso, comenzó a caminar hacia él.

Un paso.

Luego otro.

A medida que la intensa luz del enorme cartel publicitario iba quedando atrás, los rasgos del hombre empezaban a distinguirse con claridad.

Desde lejos ya parecía enorme, pero al acercarse resultó evidente que no solo era alto.

Era gigantesco.

La mirada de Yebon descendió por sí sola.

Los zapatos negros del hombre brillaban, quizá por el agua.

Aquel cuerpo descomunal, la camisa negra tensándose sobre su torso, los pantalones de vestir, los zapatos impecables…

La mente de Yebon se despejó de golpe.

En su cabeza, el hombre que tenía delante empezó a tomar la forma de alguien extremadamente peligroso.

Chap.

El sonido de los zapatos mojados sobre el suelo parecía resonar justo al lado de su oído.

Los zapatos negros se detuvieron frente a él.

Un escalofrío recorrió su cuero cabelludo.

Yebon tragó saliva con dificultad y tensó los hombros.

—Chico.

Su voz era áspera, profunda, impregnada del olor del tabaco, como si reptara por el suelo húmedo.

Sintió que el corazón se le hundía hasta el estómago mientras latía con fuerza.

Pensando que ignorarlo solo lo enfurecería más, Yebon levantó lentamente la cabeza.

El hombre era tan alto que tuvo que echar la cabeza hacia atrás hasta que le dolió el cuello para encontrarse con sus ojos.

—No vayas por ahí hablando de darle bofetadas a la gente.

Quizá por las sombras, sus ojos parecían un abismo oscuro.

Entre sus labios entreabiertos asomaban unos dientes blancos y afilados.

El hombre inclinó ligeramente la cabeza hacia la derecha y curvó una comisura de los labios en una sonrisa.

Un escalofrío recorrió la espalda de Yebon.

Entonces se agachó y extendió una mano hacia él.

Las muñecas que sobresalían bajo la manga de la camisa eran gruesas, y sus manos, grandes y ásperas. Un amargo olor a tabaco permaneció en el aire cuando su mano pasó junto al rostro de Yebon.

Sin apartar la vista de la cara del hombre, Yebon permanecía completamente alerta.

Todo a su alrededor parecía moverse a cámara lenta.

Separó apenas los labios, que había mantenido fuertemente cerrados.

—…¿Por qué?

En lugar de responder, el hombre sujetó su antebrazo.

Como llevaba una camiseta de manga corta, la piel quedó expuesta, y la palma del hombre se sintió áspera al contacto.

Lo levantó del suelo de un solo tirón.

Yebon seguía observándolo con los ojos muy abiertos.

Era como un herbívoro incapaz de apartar la vista de un depredador, temiendo que este se abalanzara sobre él en cuanto desviara la mirada.

El hombre examinó a Yebon, que permanecía lleno de cautela. Luego le apoyó una mano sobre el hombro y se inclinó hasta quedar muy cerca.

Un intenso aroma a almizcle mezclado con un olor penetrante envolvió el cuello de Yebon.

—¿Por qué? Porque sería un desperdicio dejar algo como esto sin aprovechar.

Como si lo esperara.

Los ojos negros del hombre atravesaron la mirada de Yebon. La larga cicatriz que cruzaba una de sus gruesas cejas se contrajo levemente.

Después se enderezó.

—¿Nos volveremos a ver?

Le dio dos suaves palmadas en el hombro antes de abandonar el callejón.

El tono ambiguo de aquellas palabras hizo imposible saber si se trataba de una amenaza… o de una invitación.

Solo entonces Yebon se dejó caer contra la pared.

Al respirar profundamente, el aire húmedo le pareció extrañamente dulce.

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