Cancelaron mi compromiso y terminé casándome para atraer buena fortuna a una familia rica - Capítulo 132
Fu Hanjun ya había terminado de empacar casi todas sus pertenencias y planeaba mudarse a Jardines del Lago Gui al día siguiente.
Como el anciano señor Fu no confiaba en dejarlo al cuidado de personas ajenas a la familia, dispuso que el tío Wang y la tía Wu, quienes lo habían visto crecer desde pequeño, se mudaran también para encargarse de la casa.
Ante la inminente partida de su nieto, que estaba a punto de extender las alas y emprender su propio vuelo, el anciano rechazó excepcionalmente todos sus compromisos de trabajo aquella noche. Abuelo y nieto se sentaron frente a frente a la mesa.
Durante todos aquellos años, especialmente desde que Fu Tingqing y su esposa se mudaron unos años atrás para quedarse con aquella residencia junto al río, en la antigua mansión solo habían quedado ellos dos, haciéndose compañía mutuamente.
Sin embargo, el anciano estaba tan ocupado con sus asuntos que, la mayor parte del tiempo, Fu Hanjun comía solo en aquella mesa.
Más adelante, cuando también comenzó a participar en los proyectos de la empresa, las ocasiones en que ambos podían coincidir para comer se volvieron todavía más escasas.
Si ya se veían tan poco viviendo bajo el mismo techo, ¿qué ocurriría cuando uno de ellos se mudara?
Aunque el anciano señor Fu no lo demostraba, era inevitable que sintiera cierta tristeza.
Cuando los niños son pequeños, uno siempre desea que crezcan un poco más rápido, y luego otro poco más. Pero cuando finalmente crecen, resulta muy difícil seguirles el paso.
Al contemplar al joven de expresión serena sentado frente a él, el anciano no pudo evitar suspirar para sus adentros.
De verdad se estaba haciendo viejo.
Fu Hanjun siempre había sido una persona fría.
Normalmente, aparte de Fu Cong, incluso su propio abuelo se sentía a veces un poco intimidado por él.
Sin embargo, aquel día la dureza y la frialdad de su rostro se habían atenuado considerablemente. Sus ojos negros mostraban una calidez poco habitual y se comportaba con especial docilidad ante el anciano.
Le servía sopa, le ponía comida en el plato, le llenaba la copa de vino…
Ni siquiera le llevó la contraria una sola vez.
Fu Hanjun ya había hablado de antemano con el viejo mayordomo Liu Shuan y le había dejado claras todas las instrucciones necesarias.
Los empleados de la casa eran, en su mayoría, personas mayores. Casi todos llevaban muchos años trabajando en la antigua residencia, y algunos incluso habían dedicado allí media vida.
No había motivos para desconfiar de ellos.
Fu Hanjun sabía perfectamente que, aunque él no estuviera, seguirían cuidando muy bien de su abuelo.
Después de cenar, abuelo y nieto salieron a pasear por el jardín, disfrutando de la brisa nocturna para facilitar la digestión.
Se acercaba el Festival del Medio Otoño. Aunque durante el día todavía hacía bastante calor, el viento de la noche ya traía consigo un ligero frescor.
Caminaron lentamente junto al lago artificial, conversando sobre asuntos personales de los que rara vez hablaban. De vez en cuando, también recordaban alguna anécdota divertida de la infancia de Fu Hanjun.
—El Grupo Fu… —El anciano había bebido unas copas de más aquella noche y no pudo evitar ponerse sentimental—. Al final, todo quedará en tus manos.
Fu Hanjun bajó la mirada hacia el sendero de guijarros, que reflejaba tenuemente la luz plateada de la luna, y permaneció en silencio.
El camino parecía un río resplandeciente que se extendía silenciosamente hacia la distancia.
—Solo que, después de la muerte de tu padre, ocurrieron algunos cambios en la empresa —continuó lentamente el anciano—. Y tu tío también está involucrado…
En realidad, Fu Hanjun conocía aquellos asuntos desde hacía mucho tiempo.
Después de todo, el Grupo Fu pertenecía a la familia Fu. Era un hecho que nadie podía negar ni cambiar.
Por eso, algunas personas que deseaban obtener mayores beneficios para sí mismas no habían tenido más remedio que buscar otro camino.
Apoyar el ascenso de Fu Tingqing, un hombre sin talento y fácil de manipular, era sin duda la forma más sencilla y segura de satisfacer sus propios intereses.
En realidad, si Fu Tingqing hubiera tenido criterio y hubiera sido capaz de defender los principios de la empresa, por muchas intrigas que urdieran los demás, les habría resultado difícil conseguir sus objetivos.
Pero tanto él como Lin Jingya se amparaban en su condición de mayores de la familia y estaban empeñados en apoderarse de la compañía después de la jubilación del anciano, para convertirla en su propiedad privada.
Los intereses de ambas partes coincidieron de inmediato, lo que acabó provocando divisiones internas y la formación de facciones dentro del Grupo Fu.
Como consecuencia natural, también surgieron problemas más graves de corrupción y deficiencias en la calidad de las obras.
De hecho, ya había estallado más de un escándalo.
Durante unos instantes, el aire quedó sumido en el silencio. Solo se escuchaba el susurro de las hojas de bambú al rozarse unas con otras mientras el bosque se mecía con el viento.
Por muy estúpido, incapaz o codicioso que fuera un hijo, seguía siendo su hijo.
Era natural sentirse decepcionado, enfadado y frustrado al verlo desperdiciar su potencial. Pero, si llegaba el momento de hundirle personalmente el cuchillo, nadie podía sentirse bien.
Incluso alguien como el anciano señor Fu, que había atravesado innumerables tormentas a lo largo de su vida, no era diferente de cualquier otra persona cuando se trataba de sus descendientes.
Sin embargo, finalmente preguntó:
—¿Quieres encargarte tú mismo o prefieres que tu abuelo intervenga por ti?
No se trataba únicamente de Fu Tingqing, sino también de sus antiguos compañeros.
Muchos de ellos habían estado a su lado desde que fundó la empresa…
A decir verdad, todos habían contribuido considerablemente a su desarrollo y los unían muchos años de profunda amistad.
Por eso, mientras no afectaran a la situación general, el anciano había optado por hacer la vista gorda durante todos aquellos años, sin emprender nunca una purga a gran escala.
Porque, en el pasado, aquellas personas le habían sido más leales que nadie.
Sin ellos, que habían trabajado incansablemente a su lado contra viento y marea, el Grupo Fu no habría podido desarrollarse con tanta rapidez en sus comienzos.
El anciano señor Fu nunca había olvidado aquellos vínculos.
Sin embargo, con el paso de los años, a medida que conocían más mundo, sus deseos y su apetito también habían crecido. Además, uno tras otro habían formado familias numerosas, con hijos y nietos…
¿Quién no querría aprovechar sus últimos años para obtener tantos beneficios como fuera posible?
Los beneficios anuales del Grupo Fu eran tan elevados que…
A decir verdad, aunque cada uno malversara varios millones al año, si nadie se dedicaba a investigar constantemente, resultaría muy difícil descubrirlo.
Por no hablar de los beneficios que podían conseguir gracias a su relación con el Grupo Fu.
¿Quién no querría reservar un poco más para sí mismo y repartir otra parte entre sus hijos y nietos?
No solo el anciano señor Fu conocía aquellas circunstancias.
Fu Hanjun las sabía desde muy pequeño. Aunque siempre había observado todo con indiferencia, en realidad comprendía perfectamente lo que ocurría.
—Yo lo haré.
La voz del joven era fría y clara como la luz de la luna, que parecía escarcha sobre el suelo. No mostraba la menor vacilación.
—Yo me encargaré.
La respuesta sorprendió un poco al anciano, pero, al pensarlo detenidamente, le pareció completamente natural.
Aunque aquel muchacho tenía una apariencia fría, en el fondo siempre había sido amable con las personas que le importaban.
No quería que su abuelo tuviera que romper definitivamente con su propio hijo y con aquellos antiguos compañeros que habían luchado a su lado. Por eso, sin vacilar, había decidido cargar con todos aquellos problemas.
El anciano volvió la cabeza para mirarlo.
Fu Hanjun tenía la piel muy blanca y las cejas y los ojos intensamente negros. Bajo la luz de la luna, su mirada era fría y firme…
Aquella expresión distante había regresado.
—Entonces, me permitiré descansar —dijo el anciano con una sonrisa. Después preguntó—: ¿Cuántos años calculas que necesitarás? ¿A qué edad esperas haber alcanzado ese objetivo?
Fu Hanjun reflexionó unos instantes.
—A los veintiocho, supongo.
Luego afirmó con mayor seguridad:
—A los veintiocho años.
En agosto acababa de cumplir veintiún años y había comenzado oficialmente su tercer año de universidad.
Si no surgía ningún imprevisto, cursaría una maestría o quizá incluso un doctorado.
Aunque todavía no lo tenía del todo decidido, al hacer los cálculos, los veintiocho años parecían un momento bastante apropiado.
Por un lado, su abuelo todavía no era demasiado mayor y conservaba bastante energía, así que no había necesidad de apresurar su jubilación.
Y en cuanto a su tío…
Las capacidades de su tío eran ciertamente limitadas.
Durante los próximos ocho o diez años, mientras el anciano siguiera al frente y nadie los acorralara hasta obligarlos a actuar desesperadamente, no tendrían manera de provocar grandes trastornos.
Solo podrían continuar erosionando la empresa poco a poco y a escondidas.
—Bien.
El anciano asintió.
Luego, como si de pronto hubiera recordado algo, preguntó:
—Hace unos días me encontré con el viejo Xiao en una recepción. Me contó que Wanli ha encontrado una pareja bastante buena. ¿Y tú?
Fu Hanjun: «…».
Su voz dejó traslucir un ligero matiz de resignación.
—¿Podrías dejar de imitar a Fu Cong?
—A mí me parece que Anruo, de la familia Zhang, es una buena opción —continuó el anciano, sin hacerle caso—. Le gustas desde que eran pequeños y, si hablamos de posición familiar, no hay otra familia que encaje mejor con la nuestra. El viejo Zhang ya me lo ha insinuado más de una vez.
Fu Hanjun sabía que su abuelo seguía sintiendo tristeza ante su partida y temía que, cuando él faltara, su nieto terminara quedándose completamente solo.
Además, había otra consideración.
Si lograban establecer una alianza con la familia Zhang, las profundas reformas que Fu Hanjun tendría que emprender en el Grupo Fu resultarían mucho más fáciles en el futuro.
Involuntariamente, una frase acudió a su mente:
Cuanto más se ama a alguien, más se piensa en su futuro.
Su tono se suavizó sin que se diera cuenta.
—Abuelo, acabo de cumplir veintiún años. No hay prisa.
La noche avanzaba y el viento se volvía cada vez más frío. Solo la luna creciente brillaba con mayor intensidad en el cielo, envolviendo todo el jardín con su resplandor plateado, semejante a una gasa de niebla.
Fu Hanjun tuvo que recurrir a toda clase de palabras cariñosas y persuasivas, como si estuviera convenciendo a un niño pequeño, antes de conseguir acompañar al anciano hasta su dormitorio.
Después subió las escaleras, se sentó junto a la ventana y abrió su computadora portátil.
Sin embargo, al contemplar la fría luz de la luna al otro lado del cristal, no pudo evitar sentir también cierta tristeza por la separación.
Aquella noche, como siempre, Fu Hanjun repasó mentalmente los recuerdos de sus padres.
Había adquirido aquella costumbre cuando era muy pequeño, después de descubrir por primera vez que algún recuerdo relacionado con ellos comenzaba a volverse borroso.
Los recuerdos eran como la arena fina sostenida entre las manos.
Con el paso del tiempo, siempre acababan escapándose inadvertidamente entre los dedos, hasta que finalmente no quedaba nada.
Por eso, desde entonces, todas las noches antes de dormir repasaba una y otra vez aquellos recuerdos de su infancia, tan escasos y preciados, para intentar afianzarlos en su memoria.
Pero, aun así, algunas cosas habían seguido deslizándose poco a poco entre sus dedos.
Incluso el rostro de su madre parecía haberse vuelto borroso en su mente.
Hasta el punto de que, cada vez que veía a sus padres en sueños, sus sonrisas también aparecían difusas.
Fuera del verano, Fu Hanjun solía dormir bastante bien y rara vez soñaba.
Quizá porque repasaba sus recuerdos de infancia antes de conciliar el sueño, cuando soñaba, la mayoría de las veces veía a sus padres.
Sin embargo, aquella noche, no sabía si porque su abuelo había mencionado la posibilidad de concertarle un compromiso o por alguna otra razón, soñó con cosas difíciles de confesar.
Fue un sueño intenso, apasionado…
Mucho más allá de cuanto Fu Hanjun hubiera imaginado.
Él siempre había sido una persona extremadamente fría. Normalmente no prestaba atención a esa clase de asuntos ni sentía demasiado interés por ellos.
Por eso, aquel sueño fue como una llave que abría las puertas de un mundo completamente nuevo.
Le hizo comprender de repente que también existía en él una faceta tan apasionada y desenfrenada.
Durante todo el sueño, por mucho que se esforzara, parecía incapaz de distinguir el rostro de la otra persona.
Solo sentía que aquel cuerpo que estrechaba entre sus brazos, en medio del calor sofocante, era suave y ligeramente fresco, y le hacía pensar en la expresión «piel de hielo y huesos de jade».
Hasta que, al final, a través de aquella bruma húmeda y pegajosa, semejante a una llovizna, la persona que tenía entre sus brazos abrió de pronto los ojos.
Eran de un ámbar claro, como la luz dorada del sol.
En un instante, desgarraron la interminable cortina de lluvia que envolvía el sueño…
Y el mundo entero se iluminó de repente.
Fu Hanjun despertó sobresaltado.
Había apartado la ligera manta de una patada hasta los pies de la cama y una fina capa de sudor le cubría la frente.
Conocía aquellos ojos, porque acababa de verlos durante el día.
Pero tampoco podía decir que le resultaran familiares, ya que apenas los había contemplado fugazmente.
Sin embargo, en aquel momento, bajo la luz de la luna que entraba por la ventana como una capa de escarcha plateada, el corazón de Fu Hanjun latía con fuerza.
El rostro del muchacho al que acababa de conocer volvió a aparecer ante sus ojos.
Unos hermosos ojos color ámbar, ligeramente curvados por una sonrisa, brillantes y cálidos, pero también extraordinariamente serenos.
Más abajo, la punta de una nariz respingada, un pequeño hoyuelo que aparecía al sonreír en la comisura de sus labios y aquellos labios rosados, tan hermosos como pétalos de flores…
Era muy diferente de la imagen extraordinariamente nítida que había visto en el último instante de su sueño.
En el sueño, aquellos ojos eran igual de hermosos, pero su mirada estaba empañada y se curvaban hacia él con un tenue brillo de lágrimas.
Sus labios también estaban intensamente rojos, como si los hubieran teñido con carmín…
Involuntariamente, Fu Hanjun levantó una mano y apoyó la palma sudorosa sobre su pecho, donde el corazón seguía latiendo como un tambor.
Una oleada de estremecimiento recorrió su cuerpo y, siguiendo el ritmo de sus latidos, llegó hasta las puntas de sus dedos como una corriente eléctrica.
Jardines del Lago Gui contaba con una excelente seguridad y ofrecía una gran privacidad.
Era una de las pocas zonas residenciales de villas situadas dentro de la ciudad, con excelentes conexiones de transporte y un entorno todavía más hermoso, semejante a un pequeño parque botánico.
Sus residentes eran personas adineradas o de familias influyentes, y pocos se dedicaban a entrometerse en la vida de sus vecinos.
Por eso, era un lugar especialmente adecuado para alguien como Fu Hanjun.
Y, lo más importante, tampoco quedaba demasiado lejos de la antigua residencia.
La casa llevaba varios años desocupada, pero ya estaba equipada con todo lo necesario.
Así que Fu Hanjun solo tuvo que llevar sus pertenencias personales y no tardó demasiado en instalarse.
Aquel día no tenía clases.
Sin embargo, después de terminar de ordenar sus cosas por la tarde, salió en automóvil casi sin darse cuenta.
Cuando reaccionó, ya había tomado la avenida que conducía a la Escuela Secundaria Número Uno de Longcheng.
Algo se agitó en su corazón.
Nunca había sido una persona indecisa. Por el contrario, siempre había actuado con determinación.
Por eso, no tardó en aceptar el hecho de que se había enamorado de un muchacho con una sola mirada.
Aunque, si aquello le hubiera ocurrido a cualquier otra persona, sin duda habría pensado que debía de haber recibido una patada de burro en la cabeza.
Al mismo tiempo, comprendió tardíamente que aquella sensación que había experimentado al ver a Jian Xia por primera vez, como si el mundo entero hubiera dejado atrás su habitual oscuridad y opresión para volverse cálido y luminoso, quizá era lo que todos llamaban «sentir que el corazón se acelera por alguien».
Aquella emoción no nacía de la hermosa apariencia de Jian Xia ni de su elegante porte, sino de su esencia cálida, serena, limpia y pura.
De aquella mirada franca y natural, libre de adulación y de deseos de aprovecharse de los demás, que llevaba muchísimo tiempo sin encontrar.
Era una mirada tan apacible y, sin embargo, semejante a una hoja afilada y ardiente.
Y, al encontrarse con aquella hoja, su corazón se derritió de inmediato como la mantequilla.
El trayecto en automóvil desde Jardines del Lago Gui hasta la Escuela Secundaria Número Uno solo duraba veinte minutos.
Durante aquellos veinte minutos, Fu Hanjun aclaró rápidamente sus pensamientos y reafirmó lo que sentía.
Después de reflexionar una y otra vez, la parte racional de su mente confirmó sus sentimientos, mientras que su lado emocional hacía que el pecho se le llenara de una calidez desbordante.
Era una sensación novedosa que nunca había experimentado en toda su vida.
Le hacía sudar ligeramente las palmas de las manos y, por primera vez en tantos años, le permitía mirar el futuro con ilusión.
Era como si vivir hubiera adquirido finalmente un sentido.
Cuando estacionó frente a la entrada de la escuela, coincidió con la hora de salida.
Aunque sabía que era muy probable que no consiguiera ver a Jian Xia, permaneció observando tranquilamente la puerta, sin apartar la mirada ni un instante.
Por fortuna, el cielo finalmente decidió favorecerlo una vez.
Cuando la multitud que salía de la escuela comenzó a dispersarse, Jian Xia apareció por fin con el violín a la espalda.
La luz del atardecer caía sobre él, como si el propio muchacho desprendiera luz.
Involuntariamente, las comisuras de los labios de Fu Hanjun se elevaron ligeramente.
Bajo sus espesas pestañas, teñidas de un dorado pálido por el sol, sus ojos rebosaban una sonrisa luminosa.
Si Fu Cong lo hubiera visto, sin duda habría exclamado que aquello era cosa de fantasmas o habría saltado lejos de él para examinarlo detenidamente y asegurarse de que no estaba poseído.
Fu Hanjun estaba precisamente pensando en utilizar a Fu Cong como excusa para acercarse.
Pero, justo cuando iba a abrir la puerta del automóvil, vio que otra figura se apresuraba a recibir a Jian Xia.
Aquella persona tomó con familiaridad y naturalidad el violín que llevaba y después le quitó también la mochila para colgársela de su propio hombro.
La sucesión de movimientos fue tan fluida que resultaba evidente que estaba acostumbrado a hacerlo.
Fu Hanjun se quedó inmóvil un instante, con sus largos dedos apoyados sobre la manija de la puerta, mientras observaba cómo Jian Xia se reunía con aquella persona.
Era evidente que tenían una relación muy estrecha.
Jian Xia le había entregado el violín y la mochila sin la menor ceremonia y ahora hablaba con él, sonriendo con los ojos curvados.
Jian Xia parecía ser un muchacho al que le encantaba sonreír.
Cuando lo hacía, el hoyuelo de la comisura izquierda de sus labios se marcaba profundamente y le daba una dulzura inexplicable.
La preparatoria podía considerarse una de las etapas más duras de la vida estudiantil.
Después de cenar, la mayoría de los alumnos regresaban a la escuela para prepararse para las sesiones nocturnas de estudio.
Pero Jian Xia no tenía que hacerlo.
Como pronto se incorporaría al equipo de rodaje, últimamente necesitaba aprovechar el tiempo para estudiar y practicar el violín.
Aquel día, su profesor de violín había tenido un imprevisto, así que excepcionalmente disponía de toda la noche libre.
En principio, había pensado asistir a clases con sus compañeros, pero Wei Cheng lo llamó para que saliera.
—¿Para qué vas a ir? —le dijo Wei Cheng—. Sal a descansar y relajarte un poco. Últimamente estás demasiado tenso. Exigirte en exceso puede terminar siendo contraproducente.
En realidad, lo que decía Wei Cheng tenía bastante sentido.
Jian Xia se dejó convencer y salió alegremente a su encuentro.
—¿Adónde vamos? —preguntó. Luego añadió—: ¿Llevas mucho tiempo esperándome?
—No —respondió Wei Cheng mientras lo conducía hacia donde estaba estacionado el automóvil de su familia—. Salí tarde y había tráfico durante todo el camino. Acababa de llegar cuando te vi. Primero te llevaré a comer algo rico y después podemos ir a jugar billar. ¿Qué te parece…?
De pronto, se detuvo a mitad de la frase y tiró bruscamente de la manga de Jian Xia.
—¡Xiaxia!
A la mayoría de los muchachos les gustaban los automóviles, pero a Wei Cheng le apasionaban especialmente.
—Mira ese auto de enfrente.
Abrió exageradamente la boca y tardó un buen rato en conseguir pronunciar dos palabras:
—¡No jodas!
A Jian Xia también le gustaban los automóviles, aunque ni de lejos tanto como a Wei Cheng.
Al escucharlo, siguió inmediatamente la dirección de su mirada.
Era un deportivo azul cielo, de líneas extraordinariamente hermosas y aspecto espectacular.
Jian Xia solo consiguió reconocer la marca: Aston Martin.
Pero Wei Cheng pudo identificar perfectamente el modelo.
—Es una edición limitada mundial —exclamó—. Cuesta casi veinte millones.
No pudo evitar chasquear la lengua, tan envidioso que casi se le detenía el corazón.
—¡Veinte millones, Xiaxia! ¡No jodas! ¿Quién demonios tiene tanto dinero?
Mientras hablaba, tomó involuntariamente a Jian Xia de la muñeca, dispuesto a acercarlo para observar el automóvil con más detenimiento.
Sin embargo, Jian Xia sonrió y tiró de él para detenerlo.
—No vayamos, hermano. Si hay alguien dentro, sería una falta de respeto.
Los cristales del automóvil tenían una película de privacidad, por lo que, en principio, era imposible distinguir lo que había en el interior.
Sin embargo, como los rayos del atardecer incidían oblicuamente sobre ellos, los cambios de luces y sombras resultaban especialmente evidentes.
En el instante en que Wei Cheng le tomó la muñeca, Jian Xia creyó ver que una sombra se movía dentro, como si alguien hubiera cambiado ligeramente de postura.
—Pero… —Wei Cheng se resistía a marcharse sin acercarse a mirar, después de haber tenido la suerte de encontrarse con aquel automóvil.
—Vamos —insistió Jian Xia.
Sus ojos sonrientes no pudieron evitar dirigirse una vez más hacia el deportivo.
Lo que no vio, al otro lado del parabrisas, fue un par de ojos negros, alargados y ligeramente sombríos, que permanecían fijos en la muñeca que otra persona le estaba sujetando.