Caballero en eterna Regresión - Capítulo 370
Ondas.
El agua se agitó.
Una sola fuente de luz iluminaba la negrura absoluta, derramando su resplandor alrededor. Mientras Enkrid seguía el rastro de esa luz, vio una figura con un farol, de pie sobre una barca angosta.
Él estaba a bordo de un ferry largo que se deslizaba por el río.
¿Era su imaginación, o el barco se había vuelto más grande y más largo que antes?
Ya tenía tiempo desde la última vez que tuvo ese sueño.
El barquero estaba en el extremo opuesto, sujetando el remo.
—Ha pasado tiempo —dijo Enkrid.
Ahora podía ver ojos, nariz y boca: el rostro del barquero era visible.
Su piel parecía tierra reseca por la sequía, agrietada y sin vida, de un gris cenizo sin rastro de humanidad.
Su expresión seguía siendo imposible de leer, pero comparado con su primer encuentro, ahora había más que ver.
Por lo menos ya se distinguían los rasgos.
Y ahora incluso podía hablar.
La boca del barquero se abrió: apenas una línea delgada que se separó un instante y volvió a cerrarse.
Era imposible leerle los labios.
—Este muro será entretenido —dijo.
Su voz, profunda y pesada, golpeó como un martillo romo.
Las palabras, una vez dichas, llegan al otro al instante.
No hay arma más rápida que el habla.
Antes de que Enkrid siquiera pensara en defenderse, las palabras del barquero le dieron como un martillazo en el corazón.
El impacto se expandió por todo su ser. Su cuerpo tembló. Vibraciones lo atravesaron, despertándole el miedo primario de la humanidad.
Ese era el poder del barquero.
Y Enkrid…
—Lo espero con ganas.
…lo abrazó.
En este lugar no existía Corazón de Valentía, ni concentración absoluta, ni sentidos aumentados, ni un cuerpo pulido.
Solo quedaba su esencia.
Respondió con voluntad, con convicción, con determinación.
Y no mentía.
De verdad, en lo más profundo, disfrutaba esto.
Desde el fondo del corazón lo decía en serio.
El temblor del corazón, el choque transmitido por el cuerpo… todo eso serviría como escalón para lo que venía.
Una emoción que superaba al miedo.
¿Llegaría un día en que nada de esto fuera un escalón?
Tal vez.
Pero también… nunca.
Una contradicción.
Una paradoja.
Y aun así, para Enkrid, tenía todo el sentido del mundo.
“Hay algo que aprender incluso de una flor que florece en el campo.”
Y hay algo que aprender de las estrellas que brillan en el cielo nocturno.
Incluso de una semilla de diente de león que flota con el viento.
Contemplar.
Reflexionar.
Luchar.
Pensar y pensar otra vez: no olvidar nunca que todo puede volverse tu espada.
Sus maestros. Sus instructores. Mercenarios.
Rem, Ragna, Jaxon, Audin.
Esther, Dunbakel, Teresa.
Crang, Andrew.
Incluso Aisia, recientemente.
Y todos los demás… incluso los que murieron por su espada.
Los soldados enemigos de su primer “día repetido”.
Los espadachines de la familia Hurrier.
Magos, magia, hechicería, trampas de estrategia.
Todo había sido una lección.
—¿Locura o determinación? —dijo el barquero.
Su forma se desdibujó en los bordes.
Este lugar era un sueño: un mundo interior.
Pronto despertaría.
—¿O es solo el manoteo de un necio ignorante?
Los ojos del barquero cambiaron de color—
De azul a rojo, de rojo a negro absoluto, luego a un violeta profundo antes de oscurecerse hasta el tono de la corteza vieja.
Solo entonces Enkrid se dio cuenta—
Era la primera vez que de verdad le sostenía la mirada al barquero.
—Así que ahora también puedes mirarme a los ojos.
La voz del barquero llevaba un matiz tenue de admiración.
Y con eso, Enkrid despertó.
—Ha pasado tiempo.
Había pasado muchísimo desde que soñó con el barquero por última vez.
Se sintió como si hubieran pasado eras desde su último encuentro.
¿Se había relajado porque no había “repetido” hoy en un tiempo?
No.
No mientras cazaba a la Bestia de la Luz Lunar.
No mientras peleaba con Aisia.
Pensar en Aisia le trajo el recuerdo de su duelo… y el pesar profundo que venía con eso.
Si hubieran peleado un poco más, habría sido todavía más divertido.
Aún había mucho que aprender de ella.
Pero se fue.
La esgrima de Aisia tenía una disciplina que ni Rem, ni Ragna, ni Jaxon poseían.
—¿Será porque entrenó en la orden de caballeros?
Suave, pero inquebrantable.
Aunque blandía una espada ilusoria, su estilo no se parecía en nada a la esgrima mercenaria de Valen.
—La esgrima ilusoria está hecha para engañar y confundir al oponente.
Pero la suya no era solo engaño: explotaba el enfoque del rival contra él mismo.
Contra la mayoría de guerreros de alto nivel, eso no funcionaría.
Quizá contra un aprendiz de caballero o incluso un escudero, ignorarían su técnica y simplemente golpearían con la suya.
A veces, la ignorancia hacía que alguien pareciera audaz.
Claro, alguien tan débil ni siquiera valdría el esfuerzo de usar la técnica.
Incluso en un periodo corto, Enkrid aprendió mucho.
Igual que en su sueño.
“Hay algo que aprender de una semilla de diente de león que flota.”
Todo lo que ocurría a su alrededor era su maestro.
Si había una lección, la contemplaría, la estudiaría y la dominaría.
Enkrid nunca lo pensaba de manera consciente, pero su deseo de mejorar no se detenía.
Hacerse más fuerte.
Avanzar más.
Pulir habilidad, capacidad y técnica.
Esa mentalidad lo volvía proactivo por naturaleza.
Y más que eso… lo hacía mirarse a sí mismo.
Porque ahora entendía—
A veces, descansar era necesario.
A veces, dar un paso atrás para observar era igual de importante.
Nunca lo había captado entrenando con incontables instructores.
Pero ahora… ahora lo veía.
Ahora lo entendía.
Ahora lo grababa en sí mismo.
El tiempo que había pasado no fue desperdiciado.
Con esos pensamientos, se levantó y comenzó su rutina habitual.
Salió y saltó en su lugar para calentar el cuerpo.
Luego hizo ejercicios para aflojar articulaciones y una técnica de aislamiento especializada para estirar músculos.
Después, se plantó frente a una pila de piedras de jardín que Andrew había preparado, las agarró con ambas manos y levantó.
El movimiento fortalecía isquiotibiales, núcleo y cuádriceps mientras se agachaba y se incorporaba.
En algún punto, olvidó el sueño del barquero.
En algún punto, olvidó su hambre de mejorar.
Lo único que quedó—
Fue pura determinación.
—¿Nunca te cansas de esto? —Andrew, que acababa de llegar, chasqueó la lengua.
—¿De qué? —Enkrid estabilizó la respiración, se tomó un descanso corto y preguntó.
—De esto. No… de todo esto.
Entrenar el cuerpo por la mañana.
Luego dejarse aporrear por las piedras de Dunbakel o los puños de Rem para entrenar más.
Luego practicar esgrima y todo tipo de armas.
Luego volver a combatir, una y otra vez.
Luego entrenar a otros en el tiempo libre.
Todos los días, seguía ese horario brutal como si nada.
Andrew, honestamente, se preguntó si siquiera era humano.
Sobre todo después de volver de pelear contra la Bestia de la Luz Lunar…
Como si hubiera sido un paseo nocturno cualquiera.
—La neta —dijo Enkrid.
—¿La neta? —Andrew lo animó cuando no continuó.
—Es tan divertido que podría morirme.
Los labios de Andrew se abrieron un poco y se cerraron.
Luego se abrieron otra vez.
Luego se cerraron.
No tenía palabras.
Pero si no decía algo, la pura locura de ese momento lo iba a asfixiar.
Así que giró un poco la cabeza y murmuró:
—…Maldito loco.
Aunque lo dijo bajito, Enkrid lo escuchó con claridad.
Jaxon, que había llegado sin que nadie lo notara, habló detrás.
—Él escucha todo.
—¿Ah? —Andrew se sobresaltó y giró.
—El capitán tiene buen oído —explicó Jaxon, servicial.
La mirada escéptica de Andrew se fue hacia Enkrid.
—Yo no te escuché llamarme “maldito loco”.
—Ah.
Andrew soltó un suspiro.
—Empecemos el entrenamiento.
Ese día, la Técnica de Aislamiento fue ajustada específicamente para Andrew.
El cuerpo humano se adapta. Si entrenas con la misma intensidad todos los días, naturalmente te vuelves más débil.
Así que la solución era empujar más. Volverlo más cruel, más exigente, más implacable.
Enkrid le dio a Andrew justo ese regalo.
—¿Por qué nosotros?
Los cinco aprendices también tuvieron que soportar el aumento de intensidad.
Una ligera chispa de resentimiento apareció en sus ojos.
—¿Oh? ¿Y esas caritas, chamacos? —Rem soltó una risita al verlos. ¿De dónde sacaban esos ojitos lastimeros? ¿Resentimiento? ¿Rrrresentimiento?
—Bien. Me gusta.
Rem se carcajeó, y con eso, los cinco se pusieron pálidos.
Ragna solo apareció en el campo de entrenamiento ya entrada la mañana.
Comparado con antes, parecía otra persona.
Parecía que hoy sería un día normal.
Excepto por una cosa: mañana era la ceremonia de investidura del título de Crang.
Pero había algo distinto.
Enkrid podía sentir el cambio en el aire rozándole la piel.
—Hm… está demasiado tranquilo.
Rem, afinado a esos instintos, percibió lo mismo. Dunbakel también.
—Ármense.
La voz de Enkrid fue firme. Rem asintió sin decir palabra, y los demás empezaron a moverse. Enkrid también comenzó a reunir su equipo.
‘Seis dagas silbadoras.’
Serían útiles mientras el momento fuera el correcto.
Tres espadas, una armadura tipo vendaje enrollada al cuerpo, y encima un peto de cuero.
El forro interior era de tela resistente.
Se pegaba rígido al cuerpo, limitando un poco el movimiento, pero no lo suficiente como para ser un estorbo real.
Era un regalo de Andrew.
—Equípense.
Fue justo después del entrenamiento matutino. A la orden de Enkrid, Andrew y los cinco aprendices se reunieron también.
—¿Qué pasa? —preguntó Mack. ¿También había notado el aire inquietante? ¿O solo se puso nervioso al ver la reacción de Enkrid y los demás?
—Algo no cuadra.
Dunbakel fue quien respondió. Ragna, a un lado, se amarró la espada y se colgó una espada corta al cinturón.
Luego se ajustó con fuerza las agujetas de las botas.
Enkrid revisó su equipo, empezando por el cinturón de la espada, escaneando los alrededores de la mansión y escuchando con atención.
—¿Nada, eh?
Había una razón por la que Rem dijo que estaba “demasiado” tranquilo.
Las palabras de Enkrid hicieron que Jaxon asintiera.
Él había cambiado su espada larga por una hoja del largo del antebrazo en la cintura.
En cuanto Jaxon sintió algo raro, empezó a escanear el entorno.
El perímetro de la mansión estaba inquietantemente vacío. Un camino que normalmente tenía algo de tránsito no tenía ni un perro callejero.
Más allá del camino de piedra azul, barrido con esmero, había algunas personas asomándose desde sus casas.
¿Alguien había despejado el área? No: los vecinos simplemente estaban evitando este lugar.
Eso significaba que ya estaban rodeados por tropas.
Los guardias eran lo más evidente: uniformados, armados con lanzas y espadas, más de veinte.
Enkrid los ignoró. No había forma de que hubieran venido solo con ese número para actuar.
Entonces, ¿cuál era su jugada?
Su respaldo era Crang. Y Marcus. ¿De verdad iban a moverse ignorando eso?
‘Me pregunto qué planean.’
Una sensación de anticipación le subió por dentro.
Mientras esperaba, Esther alzó la cabeza de pronto.
Su mirada se cruzó con la de Enkrid.
Había estado echada sin hacer nada, pero algo le pinchó los sentidos.
‘¿Un hechizo?’
Más precisamente: una perturbación de maná.
Alguien había hecho algún truco mágico aquí.
Todavía no pasaba nada, pero lo que fuera que habían preparado acabaría activándose si lo dejaban.
Había un dicho viejo: en una pelea entre magos, gana el que se prepara.
Así de cruciales eran el conocimiento y las contramedidas en la guerra mágica.
‘¿Me conocen?’
Desde la perspectiva de un usuario de magia, seguramente sí. Aunque rara vez se mostraba, ella había derribado a Galaph, quien dominaba las vías acuáticas.
Podía haber un discípulo entre ellos que reconociera sus rastros.
‘¿Quién será?’
Más que curiosidad, era competitividad.
Por algo alguna vez la llamaron la Bruja de Batalla.
Esther nunca le sacó a una pelea.
Los rumores se habían esparcido de que se había debilitado por una maldición.
Si su oponente venía con esa idea, pronto se arrepentiría.
Esther dio un paso adelante, pasando de su forma de leopardo a humana.
Su pelaje desapareció, dejando piel lisa y blanca, y luego, a medio camino, se transformó en un abrigo largo.
Abrochó el frente del abrigo y recorrió con la vista alrededor.
—Si te quedas mirando mucho, vas a perder un ojo.
En ese momento, se vio a Enkrid agarrándole la barbilla a Andrew, girándole la cara hacia otro lado.
—Bien hecho.
Esther soltó un elogio corto y avanzó.
—Regreso en un momento.
Enkrid no preguntó a dónde. Ella lo resolvería sola. Si había magia de por medio, iba a neutralizarla.
No estaba preocupado, pero sí quiso despedirla con un empujoncito.
—No dejes que te pongan en tu madre.
—¿Y tú por quién te estás preocupando?
Con una sonrisa confiada, el cabello negro largo amarrado en un moño apretado, Esther saltó el muro.
En algún momento, bajo el abrigo, se había puesto pantalones largos de cuero y una camisa blanca.
Ahora que se había sacudido los efectos de la maldición, crear ropa encantada para protección no era difícil.
No era como si hubiera estado echada sin hacer nada todo este tiempo.
Esther había estado preparándose.
No todos los usuarios de magia eran profetas, pero los verdaderamente hábiles siempre desarrollaban un sentido del peligro que se aproxima.
Esther no era la excepción.
No había previsto este instante exacto, pero había hecho preparativos.
Y ahora era hora de enseñárselos.
En cuanto Esther se fue, Enkrid giró la cabeza hacia cierta dirección, le tembló un poco la oreja y habló.
—Andrew, deja a algunos adentro para defender la mansión.
—¿Ah?
—Son bastantes.
Andrew no preguntó nada: solo obedeció.
—¡Métanse!
Un puñado de sirvientes, incluidas unas cuantas criadas y asistentes que quedaban, además de Mack y los cinco aprendices, corrieron hacia adentro. Andrew, sin embargo, se quedó en el patio de entrenamiento.
Cuando Enkrid lo miró, Andrew respondió:
—Alguien tiene que echar la mano, ¿no?
Enkrid dijo que eran muchos.
No le apetecía defender mientras peleaba al mismo tiempo, pero Andrew no caería fácil.
Los aprendices y Mack deberían aguantar, al menos un rato.
No es que Enkrid tuviera intención de dejar que alguien entrara a la mansión en primer lugar.
Thud-thud-thud-thud.
Un temblor helado empezó a sacudir el suelo.
La tierra retumbó bajo sus pies; la vibración se sentía contra la piel.
Se levantó una nube de polvo y pronto la caballería tronó sobre el camino de piedra azul.
Todas las miradas se fueron a la entrada de la mansión, donde una unidad fuertemente blindada bloqueó el paso.
Al frente, un hombre con una armadura ornamentada habló:
—Soy Polman Vertes. ¿Hay aquí un hombre llamado Enkrid?
—…¿El alguacil? —murmuró Andrew al oír el nombre.
—Ese soy yo.
Enkrid levantó la mano: una mano con guantelete reforzado de cuero y placas de acero.
Una señal clara de que estaba armado.
Los ojos del alguacil lo notaron de inmediato.
La fuerza que rodeaba la mansión era de más de veinte hombres. Esta nueva unidad de caballería sumaba más de treinta, y luego venía más infantería, llevando el total a más de cien.
Parecía que toda la guardia de la ciudad se había reunido.
Entre ellos, Enkrid vio al capitán de la Puerta Sur, al que había visto en el incidente de la Bestia de la Luz Lunar.
El rostro del capitán estaba mortalmente pálido.
—El cargo es asesinato: la muerte del Vizconde Bentra. Queda usted bajo arresto.
El alguacil lo anunció desde su caballo.
Qué estupidez tan descarada.
Solo la expresión de Enkrid ya lo decía todo.
—Qué estupidez.
Rem, en cambio, lo dijo en voz alta.
El rostro del alguacil se puso rojo por la brutal franqueza.
Un contraste total con el capitán de la Puerta Sur, que se había quedado blanco como papel.