Caballero en eterna Regresión - Capítulo 213
Marcus sí era un político.
Solo después de entrar a la ciudad, Olf se dio cuenta de que Marcus venía acercándose, y en el instante en que recibió el informe, le dieron náuseas.
Se le iba la cabeza.
¿La retirada fue una trampa?
No. No había peligro. Solo algo de caballería los había seguido como escolta.
‘Me empujó hasta meterme a la ciudad.’
Y luego el cerco… ¿de verdad este tipo está loco?
Cuando el shock se le bajó, la rabia llegó sola.
Aun sintiéndolo, mantuvo la cabeza fría. Si perdía la razón ahí, se acababa.
¿Podía, organizándose desde dentro, derrotar al ejército de la Guardia Fronteriza?
Ni de chiste. Apenas acababan de perder, aunque habían peleado con todo.
La moral estaba por los suelos, y organizarse bien requería tiempo.
Marcus le había arrebatado ese tiempo a Olf.
Tiempo para aclarar la mente.
Tiempo para prepararse.
Tiempo para pedir refuerzos.
Aun así, Olf apenas logró sostenerse y convocó una reunión militar.
—¡Díganles que entren todos!
Su voz salió fuerte, urgente. Fue un alivio que no le temblara.
Al poco rato, se reunieron todos los involucrados en la operación militar.
—Yo salgo y los hago retroceder. ¡Denme cien infantes y la caballería!
Dijo uno de sus tenientes, furioso.
¿Este güey está cuerdo?
Si se pudiera “hacerlos retroceder”, ¿para qué los habían apaleado tan feo en el campo de batalla anterior?
Era el sucesor de Greg.
—Cállate.
Respondió Olf, ignorándolo. Por más que escojas con cuidado, siempre se te cuelan los tontos y los inútiles.
Era impresionante que a ese tipo lo hubieran ascendido a teniente.
—Fue maniobra política. Gracias a que se ocultaron bien…
Un teniente bueno para adular intentó calmarlo, pero Olf no estaba de humor para escuchar.
Sentía el trasero pesadísimo sobre la silla.
Y el corazón aún más pesado.
Las manos y los pies no le respondían como quería.
¿De quién era esa unidad sin insignias?
Era del conde Molsen. La fuerza principal era el ejército del vizconde Bentra bajo el conde, pero incluso los espadachines personales del conde habían muerto.
Algunos sobrevivientes del ejército del vizconde Bentra se regresaron en cuanto se enteraron de la derrota.
Se iban con cara de derrotados… y lo mismo pasaba con el ejército de Martai.
A Olf le brincó un tic en el ojo.
¿De verdad se lo iban a tragar así, sin más?
Fuera de la ciudad, Marcus iba armando el cerco lentamente.
¿Cuánto llevaba preparándolo? ¿Lo planeó desde el inicio?
Estaban levantando campamento. Empezaron a plantar tiendas, y decían que cinco de ellos estaban de pie frente a las tiendas, mirando las murallas de Martai.
Al mapa de estrategia le habían clavado pines por todas partes, de forma desordenada. Uno se había caído y quedó de lado, y Olf sintió que ese pin era él.
‘Malditos locos.’
De pronto se le vinieron a la mente los cinco que habían destrozado el campo de batalla, y la rabia se le subió como fuego. Eran los culpables principales del desastre.
Olf apretó los dientes. Se tragó las náuseas.
¿Cuándo pierdes una pelea? Cuando pierdes la voluntad y el valor.
El espíritu mercenario del este se lo recordó.
Aunque no pudiera ganar la batalla en este momento, tenía que romper, por lo menos, la daga de Marcus.
—Todos… afuera.
Dijo Olf.
Era hora de sacar la carta bajo la manga que había preparado “por si acaso”, pero que nunca había usado.
—¿Qué?
El teniente tarado volvió a preguntar.
Definitivamente lo mataría cuando esto acabara.
De pronto extrañó a Greg.
Claro, Greg estaba muerto. La compañía de asalto había sido la primera en ser aniquilada por completo, y Greg había dirigido ese batallón.
El único que quedaba relativamente entero era el comandante del segundo batallón, Zimmer.
Zimmer, captando el ambiente, habló:
—El General ya habló. Todos, afuera.
Con esas palabras, el grupo de tenientes se apuró a salir.
Zimmer fue el último. Antes de irse, se volteó.
—General.
—Déjame pensar. Quédate afuera.
Al oírlo, Zimmer, aunque no traía espada, se llevó la mano a la cintura e inclinó la cabeza.
Olf asintió apenas.
Cuando los tenientes se fueron, Olf habló.
—Sal.
Le habló al aire vacío, y desde la sombra detrás de él sobresalió algo largo.
Ese “algo” parecía parte de la sombra… o como hollín extendiéndose con la luz del fuego.
Como fuera, la masa negra se alzó del suelo y se volvió una forma tridimensional.
Luego se convirtió en una persona con túnica negra. No se veía ninguna cara dentro de la capucha, pero el dorso de la mano expuesta era blanco y la piel, lisa.
—¿Ya tomaste una decisión?
Preguntó el hombre de la túnica negra.
Su voz sonaba como un clarinete: clara, suave.
Dicen que tratar con un mago es como tratar con el diablo. Eso era lo que Olf sabía.
No obtienes nada sin pagar un precio.
—Ya.
Respondió Olf.
El costo del contrato era pesado. Pero no podía quedarse de brazos cruzados para que le pegaran y le arrebataran la ciudad. Eso, ni pensarlo.
‘Encrid.’
Recordó al que gritó su nombre en el campo de batalla. Cabello negro asomando entre el casco, y alrededor de él, las fuerzas de Martai cayendo a tajos y estocadas.
Olf conocía la causa de su derrota. Por eso creía que, si lograba quebrar la espada que la había provocado, todavía había una oportunidad.
—Nomás rodearlos así no va a resolver nada.
Dijo Encrid mientras calculaba la altura de las murallas de Martai.
‘¿Nos trepamos?’
No tenían máquinas de asedio: ni mangoneles, ni torres de asalto, ni trabuquetes. El único medio para atacar las murallas eran escaleras.
Pero parecía que tampoco habían preparado escaleras.
¿Entonces no pensaban trepar?
¿Usarían fuerza bruta?
Vio la puerta de la ciudad. Tampoco había foso.
Si Audin se ponía serio y le daba con el martillo, ¿no podría tumbar una parte?
Era una puerta gruesa, de madera café oscura. Se veía resistente… pero los brazos de Audin también.
No, se veían todavía más resistentes.
‘Si nos colamos de noche, igual ni necesitamos escaleras.’
Las murallas, gastadas por el tiempo, tenían huecos y salientes por todos lados.
Había de dónde agarrarse. Si de verdad querían escalar, no era imposible. Las escaleras no eran indispensables.
Encrid recorrió mentalmente lo que pasaría de noche.
‘Si yo puedo escalar…’
Rem, Ragna, Jaxon y Audin también podrían.
Con que crucen cinco, se acabó. Audin abriría la puerta y el resto aguantaría la posición.
‘¿Y si tienen arqueros esperando?’
¿Cómo bloquear eso? No parecía que con solo esquivar se resolviera.
¿Entonces cargamos escudos?
No era mucha “estrategia”, pero peleaban manteniendo formación.
Antes ya habían usado formaciones parecidas y se movían como unidad, pero esta vez era completamente distinto.
La destructividad… ser el centro de la formación… controlar todo de principio a fin.
Era una experiencia nueva.
La experiencia hace crecer a una persona. Encrid estaba creciendo otra vez.
Tácticas y estrategia: considerando el poder de los cinco, incluyéndose a sí mismo, ¿qué podían lograr?, ¿qué podían conseguir?
Que unos pocos definieran el rumbo de una batalla… esa era la razón por la que los Caballeros podían cambiar el flujo de un campo de batalla.
Encrid lo estaba comprendiendo con su propio cuerpo, a fondo.
—¿Y tú por qué te preocupas por eso?
Dijo Rem a su lado, rascándose la oreja.
—Andas jugando a ser comandante.
Rem se rió ante el chiste raro en Encrid.
—Comandante de una compañía de menos de diez… Mejor llenemos la panza.
Se movieron a toda prisa. Entre sangre, cadáveres, sesos, huesos, ojos, brazos y dedos cercenados regados por el campo, ellos iban armando su propio caos.
No les dio hambre al instante. Pero tampoco podían ir a la batalla con el estómago vacío.
Había que olvidar lo que hubiera que olvidar y comer cuando tocaba comer.
—Primero, vamos a limpiarnos tantito.
Fuera de la puerta de la ciudad había un pozo que usaban los campesinos.
Si estaba envenenado, sería un problema, pero ¿quién iba a tener tiempo de hacer eso?
Sacaron agua y se lavaron a conciencia. Rem, Ragna, Jaxon y Audin también se quitaron la armadura y se echaron agua encima.
El agua chorreaba y salpicaba por todos lados.
Habían puesto unas piedras en el suelo, así que no tenían que pisar lodo. Encrid lo agradeció.
—Se ve bien.
Dijo Finn, que había llegado sin que nadie lo notara, levantando el pulgar.
Todos solo se cubrían la parte de abajo.
—Sí… se ve bien.
A un lado estaban la comandante de la Compañía de las Hadas y Krais. Detrás, Dunbachel se mantenía impasible.
Kyarrurur.
Esther también había llegado sin que nadie lo notara. Parpadeaba sus ojos azules, como observando los cuerpos de los cinco.
—¿Dónde andabas?
Dijo Encrid, ignorando las miradas y los murmullos de Finn y de la comandante de las Hadas.
La pantera negra alzó la pata delantera y se rascó el cuello.
‘Ni finge que escucha, ¿eh?’
Bueno… ¿y qué?
No era como si la ausencia de Esther fuera a hacer que los mataran.
—Comandante, si se abre un lugar en tu unidad, por favor métame.
Mientras esperaban para lavarse, unos soldados platicaban por platicar.
Era su tiempo de mantenimiento personal.
Como no había batalla inmediata, todos estaban algo relajados. Pero no bajaban la guardia: la Unidad de Reserva de la Guardia Fronteriza era de nivel alto; eso significaba que hacían su chamba en serio.
—¿Neta lo dices?
El soldado solo sonrió, torciendo la boca.
Encrid soltó una risita y siguió con lo suyo.
Aunque lo dijera en serio, no podía aceptarlo. Unos cuantos soldados al azar no harían gran diferencia para una compañía, y menos para la fuerza total.
‘Con que no terminen como juguetes de Rem… ya es ganancia.’
Después de lavarse, revisó su armadura. El cuero empapado de sangre no iba a perder el olor ni el color. Solo le puso un poco de brillo y lo dejó así.
Con eso bastaba. Tras revisar guanteletes y botas, tomó su espada.
Una espada es acero. Si no la mantienes, se oxida rápido.
Y una espada manchada de sangre requería todavía más cuidado.
—Usa esto.
En medio de todo, un soldado de la Primera Compañía le tendió una ollita de barro cocido, del tamaño de la palma.
—Es aceite de linaza. Vale un buen.
—…¿Y por qué me das algo tan valioso?
—Nomás úsalo.
El soldado le dejó el frasco y se fue rápido.
—Verte pelear así en el campo de batalla… no pude evitar sentir respeto. Es un gesto. Respeto y honor.
Dijo Krais, que miraba cerca.
¿Ah, sí? No era para tanto.
Mientras Encrid limpiaba su espada con el aceite de linaza, Rem se acercó y extendió su hacha.
—Mira esto, trae una muesca.
¿No era más impresionante que siguiera entera después de usarla tan duro?
—Esta cosa dice que también quiere tantito aceite. Aceite, aceite, por favor.
Después de haber topado con espadas malditas de verdad, Encrid dudaba que un arma encantada hablara así.
—Úsalo.
Había suficiente para compartir.
Cuando terminó con su espada, Encrid sacó la espada que había recogido en el campo.
Sling.
No tenía nada especial. La levantó porque tener solo una espada se sentía… incompleto.
Había sido de un comandante, pero el dueño ni siquiera la desenvainó antes de que Jaxon le perforara el cuello y lo matara.
‘Ese movimiento…’
¿Era esa estocada “no letal”?
Borrar la intención de matar y la presencia. Y después… solo queda la acción.
A veces lo ves venir, pero te quedas mirando, preguntándote si es real.
La estocada de Jaxon daba esa sensación.
Se veía lenta y simple, como para esquivarla sin problema.
Una estocada lenta, directa.
Pero cuando reaccionas, ya traes el cuello perforado.
¿Cómo era posible?
Lo había visto de cerca. Con su perspectiva ya afilada, vio cosas nuevas.
‘Aceleración momentánea.’
Justo antes del golpe, la espada de Jaxon acelera y desaparece un instante. Parecido al hacha “a velocidad luz” de Rem… o incluso más rápido.
‘Creo que puedo usar esa técnica.’
Se veía… alcanzable.
Había mucho que aprender de Ragna, Rem, Audin… y de todos a su alrededor.
Y no solo eso. De los enemigos que mataba, de los que pasaban cerca… siempre había algo que aprender.
Cosas que antes eran invisibles, ahora se veían.
Al repasar la batalla recién terminada, sintió que había sido un ensayo para un salto nuevo.
—¿Vas a practicar espada justo después de la batalla?
Preguntó la comandante de la Compañía de las Hadas, acercándose sin que se notara. Por su expresión, era difícil saber qué pensaba.
Verlo cortar el aire con la mano: cualquiera que conociera a Encrid entendería lo que estaba haciendo.
—Es interesante.
—Ya veo. No habrá batallas por un tiempo. La orden es que todos descansen. Prometido.
—Sí. Entendido.
El sol iba cayendo. El campamento de la Guardia Fronteriza ya tenía varias tiendas levantadas.
Pero no parecía que poner tiendas fuera el final.
‘No aseguraron líneas de suministro.’
¿Tendrán comida para cuatro días?
Probablemente ni eso.
Encrid tenía curiosidad por lo que Marcus traía en la cabeza, pero por ahora no hubo junta de estrategia.
Algunas unidades harían guardia nocturna, y el resto podría olvidar la victoria y rendirse al cansancio.
Como no había alcohol dentro de los suministros, Encrid se tomó un poco de sidra de manzana que traía guardada.
—Dijiste que ya no había.
Gruñó Rem, y Encrid le pasó un frasquito.
—Te rifaste.
—Tú también, capitán. Hasta con los dedos temblando peleaste bien.
¿Lo vio todo?
Los músculos le temblaban por sobreusar el Corazón de la Gran Fuerza.
Ni modo.
Tenía que mantenerse a la altura de esos guerreros. Esa era la carga. Pero ya estaba bien. Su recuperación mejoraba.
Encrid abrió y cerró la mano para checar su estado.
Estaba bien.
—Has crecido un chingo, capitán.
Murmuró Rem.
A veces se te salen palabras sin pensarlas. Encrid sintió que era una de esas veces.
—Siempre he estado más alto.
Rem negó con la cabeza como diciendo: “¿Estás bromeando?”
Jaxon fingió no escuchar, y Ragna comentó con calma:
—Los chistes también se practican.
Qué tontería.
En cuestión de ingenio, compararse con esos tipos era un insulto.
—Reza.
Mientras Audin empezó a rezar a un lado, Encrid se quedó callado.
Al final, ellos habían seguido sus órdenes al pie de la letra hoy.
Le dieron ganas de preguntarles por qué, pero se mordió la lengua.
Era una pregunta inútil.
Si hubiera vivido cuestionando cada acción y cada motivo, no habría llegado hasta aquí.
Solo cruzó miradas con cada uno, rápido.
—Yo también puedo pelear.
Mientras miraba alrededor, Dunbachel habló.
—Lo sé.
Pero si la mandaba ahorita, la iban a matar.
Si la hubiera aceptado como “escudo de carne”, no la habría tomado desde el principio.
Si la aceptó, lo correcto era usarla bien.
Apoyó el mentón en la mano, miró alrededor una vez más y se recostó en la cobija gruesa. Ya tocaba dormir bien.
Sentía la textura de las piedras y el suelo disparejo debajo… pero no era suficiente para impedirle dormirse.
Mientras cerraba los ojos y se iba quedando, sintió que Esther se metía en sus brazos.
Encrid abrazó con suavidad a la pantera negra con la mano.
Cuando llegó el amanecer temprano, mientras todos dormían profundo, Esther se deslizó fuera del abrazo de Encrid.
Una energía extraña se estaba asentando sobre la tienda.
Era algo estrechamente ligado al mundo de Esther: algo llamado misterio e invocación… o, en otras palabras, magia.