¡Esto no es un Omegaverso! - Capítulo 71
Ian cerró los ojos con fuerza y gritó que le gustaba.
Jiha estuvo a punto de retroceder por la impresión, pero logró mantenerse de pie por muy poco. Lo que lo sobresaltó no fueron las palabras de Ian, sino lo que de pronto le tendió hacia delante.
Cuando Jiha volvió en sí, vio las flores en las manos de Ian, marchitas por el frío cortante.
Lo que alguna vez debió de ser un pequeño y colorido ramo ahora estaba completamente caído. Las flores se habían doblado y el gran lazo colgaba sin vida.
Igual que Ian.
Con la cabeza agachada, incapaz de levantarla.
—Ian…
—Sal conmigo. Por favor…
¿Era por el frío? ¿O por otra cosa?
La voz de Ian temblaba con fuerza.
Atraído por aquel sonido tan lastimero, Jiha dio un paso hacia él sin darse cuenta. Pero entonces recordó de pronto lo que llevaba en la mano y se apresuró a esconderlo detrás de la espalda, retrocediendo torpemente.
El ruido de sus pasos hizo que Ian levantara la cabeza.
Su expresión se desmoronó de inmediato, como si hubiera entendido otra cosa.
—Aunque vuelvas a decir que no… ya no voy a escucharte.
—Ian. Yo…
—Solo responde sí o no. ¿Te gusto o…? Espera. ¿Qué tienes detrás de la espalda?
—Ah… eh…
—¿Qué estás escondiendo? Dámelo.
—No es nada importante…
—Entonces ¿por qué lo escondes? Siempre me ocultas cosas, ¿verdad? Esta vez no voy a dejarlo pasar. No me ocultes nada…
Enojado, Ian se abalanzó sobre él, le sujetó el brazo y le arrebató la bolsa de papel.
Empujándole el ramo contra el pecho, abrió la bolsa de inmediato y parpadeó con los ojos muy abiertos al ver lo que había dentro.
Por supuesto.
Dentro estaban los cuatro panes con forma de pez que Jiha había comprado hacía un rato, empapados y blandos por la condensación.
—¿Por qué ocultarías esto?
—Es que… sentí que arruinaría el ambiente en una situación como esta…
—¿Eres idiota?
—¿Te das cuenta recién ahora? Olvídalo. Los compré para ti. Solo tómalos. Tengo frío, me voy adentro.
Dios.
Qué vergüenza.
¿Quién aparece con panes con forma de pez cuando alguien se le está confesando con flores?
Con el rostro ardiendo de vergüenza, Jiha comenzó a caminar a grandes pasos.
Ian lo siguió de inmediato, completamente incrédulo.
—¿Por qué harías algo que nunca haces precisamente hoy?
—¡Como si supiera que ibas a hacer esto!
—¡Deberías haber captado las indirectas!
—¡¿Cuándo diste alguna indirecta?!
—¡Literalmente te dije que estaría esperándote afuera porque tenía algo que decirte!
—¡No sabía que era para esto!
—¡Entonces qué otra cosa haría esperar a alguien afuera con este frío!
—¡Es que tú haces cosas raras de vez en cuando!
—¡¿Perdón?!
—¡Ah, solo camina!
Jiha tomó la mano de Ian y tiró de él hacia adelante.
Detrás de él, Ian siguió quejándose sin parar.
Que había pasado todo el día nervioso intentando crear el ambiente adecuado.
Que Jiha había arruinado por completo la situación.
Que ni siquiera podía darle una respuesta clara.
Que aquello no se parecía en nada a la escena que había imaginado.
Y aun así, aunque sus manos estaban heladas, no dejaba de hablar.
Jiha mantuvo la vista fija al frente para ocultar el intenso rojo que le cubría las orejas y, en cuanto llegaron, empujó rápidamente a Ian hacia el interior de la casa.
—Ugh… qué frío. Espera, voy a encender la calefacción.
—Espera.
Todavía de pie en la entrada, sin siquiera quitarse los zapatos, Ian le sujetó el brazo.
Su voz estaba tranquila ahora.
Muy distinta de la de hacía un momento.
Jiha se volvió.
La luz del sensor se apagó y volvió a encenderse.
—Olvídate del ambiente o de lo que sea… hablo en serio. No lo ignores.
—…
—Todavía me gustas.
—Entra primero. Tienes frío.
—Me gustas, Lee Jiha.
—Tus manos también están heladas…
—Me gustas.
—…
Lo miraba con tanta determinación que parecía dispuesto a quedarse allí toda la noche si no obtenía una respuesta.
Aún sostenía aquella bolsa de papel con tanta fuerza que parecía que iba a romperla.
Jiha no pudo evitar fijarse en cómo las manos de Ian temblaban lastimosamente por el frío.
Con un pequeño suspiro, le acarició la mejilla.
La piel, castigada por el viento, estaba áspera y fría, muy distinta al rubor de su rostro.
Jiha apoyó su frente contra la de él.
—Gracias.
—Mm.
—Hablemos adentro. Te estás congelando.
—…
—No puedo pensar en nada más cuando estás temblando así.
—Está bien.
Solo entonces Ian asintió obedientemente.
Se dejó llevar hacia el interior.
Jiha dejó sobre la mesa las flores que Ian le había entregado y la bolsa de panes que había arruinado por completo el ambiente, luego encendió rápidamente las luces y la calefacción.
Ian se sentó frente a la mesa, todavía con el abrigo y la bufanda puestos, mirando al vacío.
Jiha se sentó a su lado.
—Esto fue un desastre. Todo quedó arruinado. ¿Y ahora qué?
—No se arruinó.
—Claro que sí. Mira.
Ian refunfuñó mientras abría la bolsa arrugada.
Los panes estaban húmedos y pegados entre sí, con un aspecto poco apetitoso.
Con expresión sospechosa, tomó uno por la cabeza.
El pequeño pez aplastado quedó colgando tristemente.
—Normalmente nunca compras esto.
—Hoy no había fila. Pensé que quizá nunca los habías probado.
—Qué considerado. Pero yo soy del tipo que come primero la crema por la cabeza.
—¿Eh? ¿En serio?
—¿Por qué te sorprende tanto?
—No tenías gustos cinematográficos, pero sí preferencias sobre cómo comer panes con forma de pez. ¿No te parece raro?
—Quizá el autor estaba obsesionado con esas pruebas de personalidad de los panes.
—Dios mío.
Sentados uno al lado del otro, mordieron sus panes mientras miraban distraídamente al vacío.
Era realmente lamentable.
Sobre la mesa había panes empapados y un ramo tan aplastado por haber sido apretado con demasiada fuerza que no quedaba ni el más mínimo rastro de romanticismo.
—Ah, lo encontré. Mira. Las personas que comen primero la cabeza son optimistas, abiertas, tercas y competitivas.
—Ese eres tú.
—Las personas que empiezan por la cola son cautelosas, consideradas y atentas, pero demasiado densas para darse cuenta de que alguien está enamorado de ellas.
—¿Ese soy yo?
—Ahora mismo te lo estás comiendo por la cola.
—Nunca me fijé en cómo los como.
—No importa. De todas formas te queda perfecto. Sobre todo la parte de ser denso.
De verdad creía en las cosas más extrañas.
Bueno, quizá el autor sí se había inspirado en algo así para crear a Ian.
Ojalá hubiera invertido ese tiempo en inventarle una familia.
Por lo menos podrían haberle dado un apellido.
Jiha le pasó otro pan de crema a Ian y tomó el ramo que este le había dado.
La cinta torcida parecía haber sido anudada mal desde el principio.
—No hace falta que lo mires tan de cerca.
—¿Lo hiciste tú?
—Sí. Lo notaste enseguida…
—Si Minhyuk hyung lo hubiera hecho…
—No sabía que era tan malo haciendo lazos. Hyung tampoco quiso ayudarme. Dijo que este tipo de cosas debía hacerlas uno mismo.
—Pareces alguien habilidoso con las manos.
—Pero elegí todas las flores yo mismo. Es una obra de esfuerzo. Deberías perdonarle un poco lo desprolijo.
—Claro, claro.
La calefacción calentó rápidamente la habitación.
Jiha pasó perezosamente el pulgar por el borde desigual de la cinta, sintiendo la mirada de Ian fija sobre él.
El silencio descendió.
Un silencio pesado.
Incómodo.
El tipo de silencio que nace cuando una persona espera una respuesta y la otra intenta escapar de ella.
Jiha no pudo soportarlo y bajó la cabeza.
Algo se apoyó en su hombro.
Ian.
Apoyándose contra él, susurró suavemente:
—¿Y bien?
—¿Qué?
—¿No vas a responder?
—…
—¿Me estás rechazando otra vez?
Ian se acercó más, aferrándose a su brazo como un niño mimado.
Su calor familiar.
Su olor.
Todo lo envolvía.
Atraído por ello, Jiha levantó ligeramente la cabeza.
Con solo girarse un poco podría ver el cabello amarillo de Ian.
Tan suave que tenía ganas de tocarlo.
—¿Cuál es el problema esta vez? Ya sabes que encontrar un Alfa no resuelve nada.
—Bueno…
—Ahora tengo miedo. No quiero obligarme a estar con alguien que ni siquiera conozco.
—Sí.
—Entonces ¿sigues pensando en entregarme a un Alfa?
—…
Aquella voz suave dejó a Jiha sin palabras.
¿Qué debía hacer?
¿Cuál era la mejor opción?
Sabía qué respuesta deseaba Ian.
Pero no podía convencerse de que fuera realmente la correcta.
—Me gustas.
—…
—Ahora quiero besar y acostarme solo con la persona que amo.
—Sí.
—Quiero estar contigo, Lee Jiha.
Su susurro era suave.
Pero llegó con claridad hasta Jiha.
Incluso contenía una ligera desesperación.
No había forma de fingir que no lo había oído.
Ni de cambiar de tema y escapar.
De todos modos, Ian tampoco lo dejaría escapar tan fácilmente.
Jiha repasó una y otra vez todas las respuestas posibles.
Finalmente dejó escapar un largo suspiro.
—¿Por qué te gustaría alguien como yo…?
Con ese suspiro salió su respuesta.
Como si hubiera dejado caer toda la carga.
Y, aun así, no era una respuesta de verdad.
Frustrado, se dejó caer contra la cama y se pasó la mano por el rostro.
Otro suspiro.
Mientras tanto, Ian se quitó el abrigo y volvió a acercarse, casi abrazándolo.
De él emanaban una calidez agradable y un aroma suave.
Un aroma y una calidez que hacían que Jiha quisiera estrecharlo entre sus brazos.
—Eres alguien que me gusta. Así que no hables así de ti.
—Haah…
—No compliquemos las cosas. Es normal que dos personas que se gustan salgan juntas, ¿no?
—¿Y qué cambiaría eso?
—Nada. …Pero al menos podría abrazarte sin buscar excusas.
—¿Con eso te basta?
Jiha volvió la cabeza y encontró los ojos de Ian.
En ellos vio reflejado su propio rostro.
Ambos temblaban de incertidumbre.
Quizá realmente era tan sencillo como Ian decía.
Pero Jiha no podía olvidar la crisis que Ian había sufrido durante su celo.
Tampoco podía deshacerse de la idea de que él era demasiado insignificante.
Demasiado mediocre para alguien como Ian.
«¿Por qué le gustaría alguien como yo?»
«¿Por qué precisamente yo entre todas las personas del mundo?»
Quizá Ian estaba confundiendo la costumbre con el amor.
Quizá, en cuanto apareciera alguien mejor, esos sentimientos desaparecerían.
Jiha tenía miedo.
Amaba la forma en que Ian lo miraba.
Y le aterraba ver desaparecer ese amor.
Le asustaba el día en que aquellos ojos tan queridos se volvieran hacia otra persona.
Decían que las relaciones arden, se enfrían y terminan.
Pero Jiha no podía imaginar ese final con Ian.
Recordaba al Ian de la novela.
Alguien que se enamoraba fácilmente y se aburría con la misma rapidez.
Pero para Jiha nada de esto era sencillo.
Era la primera vez que se enamoraba.
La primera vez que sus sentimientos no se desvanecían, sino que se acumulaban dentro de él.
La primera vez que sentía que se ahogaba en sus propias emociones.
Todo era tan nuevo.
Y tan aterrador.
Quería apartarse.
Tanto del corazón de Ian como del suyo propio.
—¿Y si vuelves a enfermar?
Era una excusa.
Jiha era tan cobarde que incluso utilizaba el celo de Ian para ocultar su verdadero problema.
La verdad era que no quería enfrentarse al hecho de que no era especial.
Ni extraordinario.
Ni capaz de aliviar un celo.
Jiha era solo un extra en este mundo.
Pero el único lugar donde no quería ser un extra era junto a Ian.
Y si eso era todo lo que podía ser, entonces habría sido mejor no existir como personaje.
Era miserable descubrir que uno se creía el protagonista cuando, en realidad, solo era un peldaño para el verdadero protagonista.
—Intentaré superarlo.
—No era algo que debieras tener que superar.
—Fue la primera vez que se puso tan mal, así que sí, entré un poco en pánico. Pero ahora que lo sé, me las arreglaré de alguna manera. Ya verás.
—Qué respuesta tan…
—Al final, es un problema que debo superar yo.
Ian era distinto de Jiha.
No huía.
Sin importar lo que ocurriera.
—La verdad, odio mostrarte esa parte de mí… Pero no volveré a apartarte sin pensar, como hice antes. Así que… quédate a mi lado.
—…
—Cuando estás a mi lado me siento tranquilo. De hecho, incluso aquel día… realmente quería que te quedaras.
Ian extendió la mano.
Su mano pálida y delicada sostuvo ambas mejillas de Jiha.
Como si estuviera tocando algo precioso.
Como si consolara a un niño asustado.
—Así que quédate a mi lado. Eso es todo lo que necesito.
—Ian…
—Me gustas, Lee Jiha. Me gusta tu cuerpo, tu cara tampoco está nada mal, me gusta que seas bueno conmigo, que seas amable conmigo…
—…
—Me gusta cómo te sonrojas cuando te hago el más mínimo cumplido. Es adorable.
—No te burles de mí.
—También me gustan las reacciones tan divertidas que tienes cuando te molesto.
Incapaz de soportar la vergüenza, Jiha acabó enterrando el rostro en el hombro de Ian y aferrándose a él.
Ian rodeó la cabeza de Jiha con los brazos, pero no dejó de hablar.
Continuó enumerando todas las razones por las que le gustaba.
Desde su voz agradable.
Hasta sus adorables hábitos al dormir.
Incluso cosas absurdas y completamente inútiles, como que le gustara que Jiha comiera los panes con forma de pez por la cola.
—Me gusta que me completes…
—…
—Mi nombre, mi familia, incluso mis gustos… tú me diste todo eso. Sabes que soy un personaje de una novela y aun así me llamas adorable.
Ian lo abrazó todavía con más fuerza.
Como si fuera él quien necesitara ser abrazado.
Había algo tan lastimero en su cuerpo que Jiha no pudo evitar corresponderle.
—Hay tantas razones.
Sus corazones, pegados uno al otro, latían inquietos.
—Si no eres tú, entonces no será nadie.
Jiha amaba la forma en que Ian se aferraba a él mientras le susurraba únicamente palabras dulces.
Incluso la ligera forma en que su cuerpo temblaba por la inseguridad le parecía adorable.
Tan adorable que no quería pensar en nada más.
Atrajo a Ian hacia sí, como si quisiera fundirse con él.
Hundió la nariz en su cuello y aspiró profundamente.
Una idea absurda cruzó su mente.
Que quizá moriría asfixiado por el dulce aroma de su piel.
—Cuando estoy contigo, empiezo a creer en una ilusión.
—¿Qué clase de ilusión?
—Que soy alguien especial. Aunque no sea nada.
—Entonces es perfecto. Cuando estás conmigo, te conviertes en alguien especial. Así que quédate a mi lado. Yo haré de ti alguien especial.
—Eres un tonto.
—Aun así, soy mejor que tú.
Ian acarició suavemente el cuello de Jiha, su mandíbula y su mejilla.
Guiado por ese contacto, Jiha levantó la cabeza.
Sus frentes se tocaron.
—Me gustas, Lee Jiha.
—Mm.
—Tú también me quieres, ¿verdad?
—Sí.
—Me gustaría mucho… que fueras mi novio.
Jiha no estaba seguro de haber respondido correctamente a aquellas últimas palabras susurradas.
Sus oídos parecían ensordecidos por el estruendo de su propio corazón.
O quizá fue porque sus labios se encontraron inmediatamente después.
En lugar de una respuesta clara, Jiha lo besó.
Cuando atrapó los suaves labios de Ian y se adentró con cuidado, Ian abrió los labios, como si dijera que aquella respuesta cobarde era suficiente.
Jiha e Ian se besaron despacio.
Con cuidado.
Suavemente.
Sus lenguas se entrelazaron como si exploraran el aliento y el aroma del otro.
Con las mejillas sostenidas delicadamente entre sus manos.
Y aun después de probarse durante largo rato, volvieron a unir sus labios varias veces antes de separarse finalmente, respirando con dificultad.
—Te tardaste demasiado. Para ser Lee Jiha, eres innecesariamente exigente.
—Cállate.
—Abrázame un poco más. Ese será tu castigo.
—Está bien.