Vida de recién casados para un divorcio exitoso - Capítulo 75

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¿Qué debería preparar hoy…? Mmm. Espera, ¿Taecheon no comió ya salmón a la parrilla con arroz integral en la cafetería de la empresa durante el almuerzo con los ejecutivos?

Debido a que el líder de equipo Song lo había enterrado en trabajo, Jiwoon ni siquiera había podido almorzar, pero Min le había comentado que había visto al director comiendo con la junta. Como conocía el menú, quería preparar algo abundante pero diferente, sin repetir el salmón.

Al abrir el refrigerador, encontró hojas frescas para ensalada, tomates cherry y aderezo oriental. Aquello le recordó la pasta fría que Taecheon había preparado en una ocasión, un platillo que aún recordaba con cariño.

¿Quizá podría intentar hacer una ensalada de pasta? Con tomates cherry y hojas verdes, y pechuga de pollo desmenuzada por encima… Parece bastante fácil, ¿verdad? Puedo hacerlo.

Comenzó con entusiasmo. Sin embargo, de inmediato se topó con un obstáculo: ¿en qué plato debía servirla? El refrigerador tenía todos los ingredientes, pero no encontraba un recipiente adecuado, lo bastante ancho y, al mismo tiempo, profundo para contener la pasta.

Qué extraño. Juraría que antes vi uno.

Se agachó para abrir un gabinete inferior. Allí estaba. Perfecto. Pero cuando estiró la mano para alcanzarlo, un dolor agudo le atravesó el abdomen. Su temperatura corporal se disparó como si un fuego se hubiera encendido en su interior, acompañado de una fuerte sensación de tirón hacia abajo en las entrañas.

—¡Ngh…!

Perdió el equilibrio.

¡Crash!

El plato de cerámica se le resbaló de las manos y estalló en pedazos. Pero a Jiwoon no le importó. Se encogió en el suelo, aferrándose el vientre y cubierto de sudor frío.

—Haa… haa…

Intentó respirar profundamente para soportar los calambres. El tormento fue disminuyendo poco a poco y, después de diez largos minutos, la temperatura de su cuerpo comenzó a estabilizarse.

¿Qué fue eso…? ¿Por qué me dolió tanto?

Confundido por unos síntomas que jamás había experimentado, se puso de pie con dificultad, todavía conmocionado. Justo entonces se abrió la puerta principal. Seo Taecheon entró y corrió hacia la cocina, donde encontró a Jiwoon pálido y apoyado contra la encimera.

—¿Qué pasó? ¿Qué te ocurre?

—N-no es nada. Solo… rompí un plato.

Como el dolor ya había desaparecido, Jiwoon pensó que no había razón para preocuparlo. Tal vez solo era el estrés manifestándose físicamente.

—Ten cuidado con los fragmentos…

Se agachó para recogerlos.

—No lo hagas. Yo me encargaré.

—No, está bien. Puedo…

Discutieron suavemente hasta que Jiwoon comenzó a recoger los pedazos rotos con un trapo.

—¿Dónde está la escoba…?

Pero cuando intentó levantarse, Taecheon lo sujetó por la muñeca.

—Espera. ¿Por qué tienes esa cara?

—…¿Qué?

—Estás blanco como una hoja.

Sobresaltado, Jiwoon se tocó las mejillas. Taecheon lo observaba con la preocupación grabada en el rostro. Jiwoon sabía que, si admitía que había sentido dolor abdominal, Taecheon lo llevaría de inmediato a urgencias sin pensarlo dos veces. Así que forzó una leve sonrisa.

—Tal vez solo estoy agotado. La caminata de mañana me ayudará a despejarme.

—…Esto no parece insignificante. Llamaré al médico. O haré que venga esta noche.

—¡No, de verdad! Estoy bien. Además, mañana tenemos que salir temprano para la caminata. No hay tiempo para ir al hospital.

—Mmm.

La gran mano de Taecheon apartó suavemente su cabello. El contacto era cálido y delicado, y aquella ternura hizo que a Jiwoon se le cerrara la garganta por la emoción.

—¿Estás seguro de que no es nada grave?

—De verdad.

—Prométeme algo. Aunque sientas la más mínima molestia, dímelo de inmediato. No me lo ocultes.

Aquella mirada sincera borró tanto el recuerdo del dolor como el estrés provocado por Song. Como si acabara de tomar vitaminas, Jiwoon sintió que recuperaba de inmediato toda su energía.

—Sí, lo prometo. En fin, estaba preparando la cena… Dame solo un momento.

—No. Cenaremos fuera.

—…¿Fuera?

—¿No sería mejor ir a algún lugar agradable?

—¡Trato hecho!

Últimamente habían comido cosas sencillas en casa y ese día Jiwoon ni siquiera había almorzado por culpa del acoso. Salir a un restaurante con Taecheon no solo llenaría su estómago, sino que también le levantaría el ánimo.

—Ponte un abrigo grueso. El aire nocturno está frío.

—Sí. Pero ¿qué vamos a comer?

—Conozco un lugar. Está en Gyeonggi, así que tendremos que conducir un poco. ¿Te parece bien?

—Por supuesto. Mañana es sábado. No tenemos prisa.

Jiwoon se puso el elegante abrigo que Taecheon le había regalado, cálido incluso en medio del frío.

—Vamos.

Cruzaron juntos el jardín. Taecheon condujo con suavidad y la calefacción mantenía el interior del auto agradablemente cálido. En la radio sonaba un villancico tranquilo; la Navidad estaba cerca.

Cálido, somnoliento… cómodo.

Pronto, los párpados de Jiwoon comenzaron a cerrarse.

—Duerme si estás cansado. Te despertaré cuando lleguemos.

—…De acuerdo.

Sintió una punzada de culpa. Dormirse en el auto le parecía descortés. Sin embargo, el cansancio terminó apoderándose de él.

Y, de repente, volvió a soñar con aquel campo. Se estremeció al sentir que una inquietante sensación de déjà vu lo recorría.

Otra vez… Ya soñé con esto.

A lo lejos estaba la versión de sí mismo que aparecía en el sueño. Entre sus brazos no sostenía solo su propia soledad, sino también, una vez más, a aquel bebé. Era diminuto, de apenas unos meses, frágil y vulnerable. Jiwoon le susurraba algo con tristeza, pero las palabras se perdían en la distancia.

¿Qué le está diciendo? ¿Y dónde está Taecheon? La última vez estaba aquí. ¿Por qué ahora solo estamos el bebé y yo?

Aquella diferencia lo inquietó.

De pronto, despertó. Taecheon le sacudía suavemente el hombro.

—Jiwoon. ¿Estabas soñando? Parecías angustiado.

—N-no, solo… no fue nada.

—De verdad estás agotado. Necesitas ir al hospital.

—Ya te dije que estoy bien. Y… ¿este es el restaurante?

Forzando un tono alegre, miró hacia fuera. Habían llegado a un restaurante de estilo tradicional coreano, construido como una amplia casa hanok, con un extenso jardín adornado por pinos cuidadosamente podados. Empleados vestidos con uniformes parecidos al hanbok los recibieron con cortesía y los guiaron con pequeñas lámparas inspiradas en los cheongsachorong¹.

—Qué lugar tan encantador —murmuró Jiwoon.

—Me alegra que te guste.

Los condujeron hasta un pabellón anexo y apartado. En el interior solo había una habitación amplia preparada para ellos, sin ningún otro cliente.

—Aquí podremos comer tranquilos.

—¡Es maravilloso!

La comida llegó de inmediato: un plato tras otro, acompañados de numerosas guarniciones, todos presentados con pulcritud y elegancia.

—Increíble. Me moría de hambre.

—Mientras sea de tu agrado.

—Incluso me salté el almu… Quiero decir, es perfecto para la cena.

¡Cuidado! Casi admito que hoy no comí. Se preocuparía sin parar.

Fingiendo alegría, Jiwoon devoró tortitas jeon, bulgogi y brochetas. Su apetito aumentaba con cada bocado, y todo le sabía divino. Aunque normalmente comía bastante, aquella noche incluso él mismo se sorprendió.

—Comiste tres tazones de arroz. Tienes un apetito excelente.

Satisfecho, Taecheon continuó sirviéndole más guarniciones en el tazón e incluso le ofreció agua a intervalos regulares.

—Estoy lleno. Siento como si hubiera comido por cinco personas.

Jiwoon se acarició el vientre y sonrió con absoluta felicidad. Durante el viaje de regreso conversaron sobre lo ocurrido aquella semana y planearon con entusiasmo la caminata por el bosque del monte Chukryeong que harían a la mañana siguiente.

Nota:

¹ Cheongsachorong (청사초롱): farol tradicional coreano confeccionado con seda roja y azul, utilizado antiguamente en celebraciones y ceremonias. En este caso, el personal del restaurante emplea réplicas para crear un ambiente encantador.

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