Vida de recién casados para un divorcio exitoso - Capítulo 122

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  4. Capítulo 122 - Llámame por mi nombre IF Extra 6
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Después de que el secretario Park se marchara, Seo Taecheon respiró profundamente. La entrada principal era exactamente como la recordaba. Por supuesto, nada había cambiado y, aun así, le resultaba difícil entrar en la casa. Saber que su esposo, el Omega con quien había discutido la noche anterior, estaba dentro le producía una sensación extraña.

Pero aquella era su casa.

Tenía que entrar.

Abrió la familiar verja y atravesó el jardín. El código de acceso seguía siendo el mismo. En cuanto la puerta se abrió, un olor a quemado le golpeó la nariz, acompañado por una intensa mezcla de especias.

¿Qué demonios es ese olor?

Mientras intentaba averiguarlo, se oyó el estrépito de un plato al romperse. Por el sonido, había ocurrido en la cocina.

¿Un ladrón…?

No. Eso no explicaría el olor a quemado. No parecía un incendio, sino comida quemándose.

Fuera lo que fuera, había un problema.

Con expresión seria, caminó hacia la cocina. La escena que encontró ante sí era todo un espectáculo.

Caos.

Sobre la placa de inducción hervía una olla con una desconocida sopa escarlata, mientras que de la tostadora acababa de saltar una rebanada de pan negra como el carbón. Jiwoon, completamente alterado, intentaba controlar el desastre. Por la forma en que mantenía una mano bajo el chorro de agua fría, debía de haberse lastimado mientras cocinaba.

Había estado preparando comida, pero ¿realmente se le podía llamar cocinar?

Más bien parecía que hubiera destrozado la cocina.

—Ah, Taecheon. Bienvenido a casa.

Al verlo, el rostro de Jiwoon se iluminó de alivio.

Sin embargo, la expresión de Taecheon era sombría, como la de un hombre que acababa de presenciar un desastre natural. Al encontrarse con aquella mirada severa, Jiwoon se encogió. Había querido tener preparada una buena comida antes de que llegara, pero nada había salido según lo planeado.

La olla contenía sopa de tomate. Había buscado una receta en internet y probado distintas especias, pero el sabor había quedado insípido y amargo. Además, la había hervido demasiado tiempo, y la espuma burbujeaba hasta el borde, a punto de derramarse. Al intentar atenderla, se había quemado la mano con la olla caliente. Después había corrido hacia el fregadero y, al mover el codo, había tirado varios utensilios al suelo.

Y Taecheon tenía que regresar precisamente en ese momento.

Más que haber fracasado en preparar un plato decente, lo avergonzaba el estado de la cocina. Se apresuró a poner orden.

En ese instante, un plato apilado de forma inestable sobre la encimera resbaló y se hizo añicos.

—Ah… Lo siento, Taecheon.

—…

—No te acerques. Es peligroso.

Primero tenía que recoger los fragmentos. De lo contrario, Taecheon podría lastimarse.

Sin embargo, quizá porque estaba demasiado alterado, una esquirla afilada le pinchó la palma. Gotas rojas comenzaron a caer sobre el suelo. Jiwoon no les prestó atención y volvió a agacharse para limpiar, pero Taecheon se acercó y le sujetó la muñeca.

El contacto repentino sobresaltó a Jiwoon.

—No lo hagas. Yo lo limpiaré.

—Pero yo lo rompí… y esta es nuestra casa. Déjame…

—Son mis platos.

Pronunció aquellas palabras con tono sereno, trazando claramente una línea entre ambos. La frialdad contenida en ellas hizo que Jiwoon se encogiera.

—…Cierto. Sí. Si así es como lo ves.

Con calma, Taecheon apagó la placa de inducción, arrojó la tostada carbonizada al contenedor de restos de comida, buscó una escoba y barrió los fragmentos.

Cuando terminó y miró la mesa, vio café, fruta y arroz. Tal como había sospechado, Jiwoon estaba preparando la cena.

—Disculpa, ¿todo eso era para mí?

—Sí. Para que comiéramos juntos.

—No tengo apetito. Paso.

Sin añadir nada más, le dio la espalda y se dirigió al estudio. Sintió la mirada de Jiwoon sobre él, pero la ignoró.

Aquella noche, permaneció sentado durante horas ante el pesado escritorio del estudio, incapaz de dormir.

Un secretario digno de confianza había dado testimonio en persona. Había visto el acta matrimonial y las fotografías de la boda. Y había algo más: justo en el centro del escritorio había una fotografía de Jiwoon sonriendo radiante.

Según sus gustos, aquel estudio debía estar decorado completamente en negro. Sin embargo, en esa habitación austera había marcos de colores pastel colocados aquí y allá.

En ellos había fotografías de Jiwoon solo y otras de ambos juntos, incluso una en la que se estaban besando. A Taecheon nunca le había gustado colgar nada en las paredes. Y mucho menos marcos pastel repartidos por todas partes.

Una aberración visual.

Entonces su mirada se detuvo en una fotografía que le resultaba familiar. En ella aparecía un árbol de uno de los complejos turísticos afiliados al grupo. Era famoso por su peculiar forma y siempre llamaba su atención cuando visitaba el lugar. También era un sitio muy conocido para tomar fotografías.

Él jamás se había molestado en fotografiarse allí. Solo contemplaba el árbol.

Entonces, ¿por qué esa imagen estaba enmarcada y colgada en la pared de su estudio?

Mientras la observaba, una silueta imprecisa pareció cruzar fugazmente por su mente.

Estaba con alguien cuando tomaron esa fotografía… ¿Cuándo fue? ¿Cómo terminé tomándomela?

Se concentró, intentando atrapar aquel recuerdo.

Tras sus párpados cerrados apareció una escena borrosa: el viento y el cabello de alguien agitándose bajo él; un pensamiento, qué hermoso; una risa clara extendiéndose por el aire, y aquella voz era como…

—Ugh…

Un dolor de cabeza brutal lo golpeó sin previo aviso. Una punzada desgarradora le partió el cráneo y le impidió recordar nada más.

—Uf…

Suspirando, se levantó y abrió la puerta, pero se detuvo.

Si estaban casados, seguramente compartían cama. Eso significaba que Jiwoon se encontraba en el dormitorio.

No podía acostarse junto a él.

Dormiría en el estudio.

Tras tomar aquella decisión, se tumbó en el sofá cama que ocupaba toda una pared e intentó dormir. Había dicho que volvería al trabajo con normalidad al día siguiente, así que debía descansar a la fuerza y mantener estable su condición.

Sin embargo, aquella incomodidad persistente, como si tuviera algo clavado en el pecho, no le permitió conciliar el sueño.

Al otro lado de la pared, Jiwoon también permaneció despierto hasta el amanecer.

Lloraba conteniendo la respiración, temeroso de que incluso un sollozo pudiera filtrarse por debajo de la puerta. Tumbado de lado, dejó que las lágrimas empaparan la almohada, calientes y saladas.

Lloró y lloró, pero la tristeza no se calmaba.

Bajo el mismo techo, aquella noche se sintió como una separación definitiva, como si ya no existieran el uno para el otro.

Despertó de un ligero sueño antes del amanecer. Le ardían los ojos por la falta de descanso, pero se movió de inmediato. Quería tener preparado el desayuno antes de que Taecheon saliera.

Mientras la cafetera se calentaba, algo llamó su atención: la taza que le había regalado a Taecheon la Navidad anterior.

Estaba torcida, era fea e irregular. Sin embargo, representaba el esfuerzo que Jiwoon había hecho por preparar un regalo con sus propias manos y el amor de Taecheon al aceptar aquella cosa torpe.

—Gracias. La usaré con mucho gusto.

Recordó la alegría en su rostro cuando recibió aquella taza ridícula.

¿Recordará esta taza?

Exhaló profundamente.

No. Ahora no es momento para esto. Siempre se levanta temprano. Tengo que apresurarme.

Tostó los bagels que le gustaban, preparó café y dispuso el desayuno.

Llamó suavemente a la puerta del estudio y recibió una respuesta. Como esperaba, Taecheon ya estaba despierto. Salió con la misma expresión pétrea de la noche anterior. Jiwoon habló con cautela.

—Cari… Quiero decir, Taecheon. El desayuno está listo.

—No, gracias.

La respuesta tajante provocó que una punzada subiera por la garganta de Jiwoon. Antes de que pudiera protestar, Taecheon pasó junto a él y se dirigió al vestidor.

Mientras revisaba las perchas, notó algo extraño. No había ni una sola bata negra. Todas eran blancas, con alguna gris de vez en cuando.

¿Qué ocurre? Yo solo uso batas negras después de bañarme.

Detrás de él, oyó la voz de Jiwoon.

—¿Buscas algo?

—Las batas negras. ¿Sabes dónde están?

—Las tiraste todas.

—¿Las tiré?

Así que tampoco recordaba aquello.

Una amarga punzada atravesó a Jiwoon.

—Sí. Dije que no me gustaban y las tiraste. Después de eso, comenzaste a usar blancas o grises.

Taecheon no respondió.

Jiwoon entró, rebuscó entre la ropa y sacó una de sus camisas favoritas y un abrigo de corte francés.

—¿Qué estás haciendo?

—Oliéndolos. Estoy acostumbrado a dormir a tu lado y, cuando estoy solo, no puedo percibir tu aroma.

Con la cabeza gacha, murmuró:

—Así que pensé… que tal vez abrazar tu ropa me ayudaría.

Taecheon frunció el ceño.

Aunque estuvieran casados, aquel hombre era un desconocido para él. No podía permitir que se llevara su ropa a la cama y la abrazara.

—No. Devuélvela a su sitio.

—…¿Qué?

—Es mía. No la toques.

—¿C-cómo puedes…?

Los ojos de Jiwoon temblaron y, en un instante, se enrojecieron.

Algo punzó el pecho de Taecheon.

Hasta hacía apenas unos días, aquel hombre lo había tratado como si fuera lo más preciado del mundo. Lo había sostenido con cuidado, como si estuviera hecho de cristal, y lo había amado sin reservas.

Y ahora, ese mismo rostro lo miraba con una frialdad más cortante que el hielo.

Jiwoon volvió a sentir lo mismo que en la habitación del hospital: un déjà vu espantoso.

Era como caer de nuevo en agua helada.

—Por ahora, ya que estamos legalmente casados, puedes quedarte aquí —dijo Taecheon, continuando sin esperar una respuesta—. Usa el dormitorio principal como quieras. Pero no toques mis objetos personales.

Tras decirlo, abandonó el vestidor.

—Ah…

Jiwoon se desplomó en el suelo, todavía aferrado a la ropa.

Hundió el rostro en la tela y dejó escapar las lágrimas que no había terminado de derramar la noche anterior.

¿Qué eran las lágrimas? ¿Agua de mar?

Por mucho que llorara, la tristeza no se diluía.

Nota:

Navaja de Occam: principio de razonamiento que favorece la hipótesis más sencilla capaz de explicar los hechos observados. En este caso, Taecheon lo utiliza para aceptar las pruebas de su matrimonio a pesar de haber perdido todo vínculo emocional con Jiwoon.

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