Una Segunda Vida para Amarte - Capítulo 95
—¡Ahuyentaré a todos los malos!
Al abrir los ojos debido al ruido, Park Dong-sik se incorporó en aquel entorno que ya le resultaba familiar. Frente a él, Negrito agitaba una rama con sus patas parecidas a motas de algodón.
—¡Atrás, villanos! ¡Les haré probar el infierno! ¡Kiaaa!
Como siempre, aquel pequeño estaba lleno de energía. Siempre feliz. Cada vez que saltaba, el oro que cubría su cuerpo relucía.
Me pregunto si no le pesará.
Sin embargo, ese día no veía a Blanquito por ninguna parte. Mientras Park Dong-sik miraba alrededor, sintió un escalofrío en la nuca y se volvió sobresaltado. Blanquito estaba justo detrás de él, observándolo desde arriba.
Nunca consigo descifrar su expresión. No volverá a pisarme, ¿verdad?
—B-Blanquito, ¿hola?
Cuando alzó una mano para saludarlo, Blanquito se recostó y atrajo a Park Dong-sik hacia su cuerpo con las patas delanteras. Park Dong-sik mostró una expresión desconcertada.
—¿Qué es esto? ¿Por qué estás…?
En ese momento, Negrito también arrojó la rama y corrió hacia ellos, colocando una de sus patas sobre él. De repente, Park Dong-sik se sintió como un huevo que estaban incubando. Enterrado entre su pelaje, descubrió que era sorprendentemente cálido y acogedor.
Entonces Blanquito movió los labios y habló.
—¿Es difícil?
Park Dong-sik lo miró como si acabara de recibir un golpe.
—¿Qué?
—¿Quieres llorar?
—…
—Si quieres llorar, llora, mamá.
¿Eh? ¿Qué? ¿Qué acaba de decir?
Park Dong-sik abrió lentamente los ojos y parpadeó al contemplar el techo conocido. Mientras se incorporaba con dificultad, todavía se sentía aturdido por el sueño. La voz que lo había llamado «mamá» seguía tan vívida que lo conmovió, y se frotó el vientre.
Cuando terminó de despejarse y entró en la sala, encontró la casa vacía y silenciosa. Después de que se llevaran a Kim Tae-han en una ambulancia, había intentado seguirlo, pero los guardias lo detuvieron y lo llevaron de regreso a casa. Aun así, no había logrado tranquilizarse.
«Que haya sido yo y no tú… De verdad estoy agradecido…»
Ese bastardo. Siempre hacía esta clase de cosas para que ni siquiera pudiera odiarlo como era debido.
Mientras lo maldecía para sus adentros y se sentaba en el sofá, escuchó movimiento en la entrada. Aquellos pasos pertenecían sin duda a Kim Jun-han. Tal como esperaba, unos instantes después, Kim Jun-han apareció al final del corredor.
Al verlo acercarse con largas zancadas, Park Dong-sik se sintió ligeramente intimidado. Seguramente estaba enojado porque había ido hasta allí sin decirle nada y había provocado problemas. Cuando lo saludó con la mano de manera torpe, Kim Jun-han se acercó y lo observó en silencio desde arriba. Al recordar a Blanquito en el sueño, Park Dong-sik se encogió inconscientemente.
Forzó una sonrisa y comenzó a justificarse.
—L-Lo siento. Solo pensaba ir a casa de Hee-soo. Lee Seon-jae dijo algo extraño… Me enojé tanto que no pude contenerme. Solo fui allí para gritarle a Kim Tae-han, pero de pronto ese viejo se volvió loco y empezó a blandir un cuchillo… ¡Ah! Los guardias no hicieron nada malo. Yo fui quien insistió, así que no los culpes…
Kim Jun-han se sentó a su lado y lo abrazó con cuidado, procurando no presionar su vientre. Sorprendido por aquella muestra de afecto inesperada, Park Dong-sik se quedó desconcertado.
—¿Qué es esto? ¿Una nueva forma de enojarte? ¿Lo haces a propósito para ponerme nervioso?
—Kim Tae-han está bien. Por desgracia.
—…
—Así que no te culpes. Y definitivamente no te preocupes.
Park Dong-sik agradeció que se lo hubiera dicho sin necesidad de preguntarle. Mientras Kim Jun-han le acariciaba la espalda y le daba suaves palmaditas, las emociones que había estado reprimiendo comenzaron a emerger.
—Si quieres llorar, llora. Ha sido un día difícil.
Le ardió la nariz y parpadeó rápidamente. Apretó los molares, intentando contenerse, pero su visión se volvió borrosa. Había creído que todo estaría bien. Había visto el verdadero rostro de la mujer que era su madre biológica y le había dicho a Kim Tae-han que fuera a pedirle perdón a Lee Hee-soo después de morir. Pensó que se sentiría victorioso y satisfecho, pero no fue así. Sin darse cuenta, él también había resultado herido y llevaba mucho tiempo dejando que esas heridas se pudrieran por dentro.
Park Dong-sik apoyó la frente contra el pecho de Kim Jun-han y respiró profundamente para serenarse. Finalmente, una lágrima cayó. Cuando levantó la cabeza y se secó bruscamente los ojos con el dorso de la mano, Kim Jun-han sacó un pañuelo de la caja y se lo entregó.
Park Dong-sik lo tomó para secarse las lágrimas y sonarse la nariz.
—No le digas a nadie que lloré.
Kim Jun-han sonrió débilmente.
—¿A quién se lo diría?
—A quien sea. No se lo cuentes a nadie porque es vergonzoso. Especialmente a Kim Yoon-ah. Ella cree que soy increíble.
En lugar de responder, Kim Jun-han limpió con un dedo una lágrima que colgaba del extremo de su ceja y lo observó fijamente.
—¿Por qué me miras así?
Kim Jun-han abrió la boca como si fuera a decir algo, pero volvió a cerrarla y negó con la cabeza, diciendo que no era nada. Aquel comportamiento inusual despertó la curiosidad de Park Dong-sik.
—¿Qué pasa? Me estás haciendo sospechar…
—No creo que sea apropiado decirlo en esta situación.
—Dímelo. ¿Qué es…?
—¿Puedo ser sincero?
Cuando Park Dong-sik asintió, Kim Jun-han se inclinó y le susurró al oído con voz seductora:
—De repente pensé que me gustaría hacerte llorar mientras tenemos sexo.
—…
—Y hacerte llorar mucho.
Park Dong-sik lo miró con incredulidad, mientras Kim Jun-han se encogía de hombros como si no hubiera hecho nada malo. Como si quisiera decirle: Tú me pediste que te lo contara.
Después se dirigió al baño, diciendo que se daría una ducha. Al quedarse solo, Park Dong-sik negó con la cabeza.
De verdad tiene ciertas tendencias pervertidas.
Entonces, al notar que le ardían las orejas, se las frotó con las palmas.
—Dios… Dice cosas tan extrañas que hasta se me secaron las lágrimas.
Toc, toc.
Al abrir la puerta, Kim Jun-han encontró a la señora Song sosteniendo la mano de Kim Tae-han y rezando junto a su cama. Tenía el rostro hecho un desastre y los ojos hinchados de tanto llorar.
—¿Viniste…?
La mirada de Kim Jun-han se dirigió hacia Kim Tae-han. Al verlo tendido allí, semejante a un cadáver, muchos pensamientos cruzaron por su mente. Después de terminar su reunión, había recibido una llamada desde la casa. Su padre había apuñalado a Kim Tae-han y Lee Hee-soo había estado presente.
Sintió que el corazón se le desplomaba al escuchar la noticia. Había corrido de inmediato para comprobar el estado de Lee Hee-soo. Verlo fingir que estaba bien a pesar del evidente agotamiento lo había preocupado mucho más de lo que lo había enfurecido.
—¿Cómo está Tae-han?
—Ha estado durmiendo…
La señora Song le hizo un gesto para que salieran. Fueron hasta una banca tranquila, alejada de la gente, y Kim Jun-han le pidió que esperara mientras compraba café en la cafetería del hospital.
Al recibir el café caliente, la señora Song sonrió débilmente.
—Mi hijo es muy considerado. ¿Cómo supiste que a mamá no le gusta el café frío?
Sin embargo, no pudo beberlo. En cambio, comenzó a pellizcarse ansiosamente las yemas de los dedos. Kim Jun-han, que la había estado observando en silencio, le sujetó la mano con firmeza. La señora Song levantó la mirada hacia su hijo. Sus ojos temblaban de ansiedad y parecía estar a punto de romper a llorar.
Respiró profundamente y sus labios se estremecieron.
—Que Tae-han haya terminado así es culpa mía…
—¿Por qué sería culpa tuya, madre?
—Verás, Jun-han. En realidad, yo… Yo… A tu padre…
Incapaz de terminar la frase, cerró los ojos con fuerza. Entonces Kim Jun-han bebió un sorbo de café y dijo algo inesperado.
—No te preocupes. Padre no morirá por los medicamentos que le diste.
La señora Song levantó la cabeza, con el rostro tan pálido como una hoja de papel. La expresión de Kim Jun-han no cambió mientras ella comenzaba a tartamudear.
—¿L-Lo sabías? Jun-han, yo… Eso fue… Quiero decir, tu padre parecía estar volviéndose loco… Temía que pudiera hacerles daño a ti y a Tae-han… Por eso yo… Pero al final… por mi culpa… por mi culpa, Tae-han…
—No es culpa tuya, madre. Cambié los medicamentos.
Los ojos de la señora Song se abrieron de par en par.
¿Qué?
—¿Qué quieres decir…? ¿Por qué los cambiarías…?
Se detuvo a mitad de la frase y se cubrió la boca con horror, mientras la expresión de Kim Jun-han apenas cambiaba, incluso al soltar semejante revelación.
—Por favor, compréndelo. Yo también lo hice para proteger a mis hijos. A partir de ahora, Padre tendrá dificultades para vivir con la mente lúcida. Tendrá que seguir tomando medicamentos. Prepárate. Todo esto fue decisión mía, así que no te culpes ni sufras por ello.
—Jun-han…
—Mañana lo trasladaremos a la villa de Yangpyeong. Tenlo presente.
Aunque había dicho «trasladarlo», aquello era prácticamente un encarcelamiento. La señora Song permaneció en silencio con la cabeza baja, y Kim Jun-han la abrazó por los hombros y la consoló durante un largo rato. Finalmente, terminó aceptando la decisión de su hijo.
Después de enviarla a casa en el automóvil del chofer, Kim Jun-han regresó a la habitación del hospital. Kim Tae-han había recuperado la conciencia y miraba fijamente el techo.
—Hee-soo…
—Está bien.
Al ver la expresión de alivio de Kim Tae-han, Kim Jun-han reprimió los celos que empezaban a surgir en su interior. Hee-soo, no, Park Dong-sik, había llorado. Aquella persona fuerte, que rara vez derramaba lágrimas por cosas comunes.
Quizá había sido por Kim Tae-han, por la acumulación de sucesos difíciles o por los cambios hormonales del embarazo, que le provocaban altibajos emocionales. Fuera cual fuera la razón, no le resultaba agradable.
—Qué lástima, hyung. Habría sido mejor que muriera.
Kim Jun-han no negó sus palabras. Había pensado varias veces que debería haberle dado aquellos medicamentos a Kim Tae-han en lugar de a su padre. Apartó aquellos pensamientos invasivos, temiendo ser consumido por las emociones que crecían en su interior.
—Concéntrate en recuperarte. Tienes que seguir vivo para ver nacer a tus sobrinos.
—Ja, ja…
Kim Tae-han se rio y luego hizo una mueca, pues al parecer le dolía el costado. En circunstancias normales habría respondido que no dijera tonterías, que ni siquiera sabían si los niños eran suyos o de Kim Jun-han. Sin embargo, esta vez solo rio.
—Quizá sea mejor que solo sean mis sobrinos…
Se guardó el resto del pensamiento.
Así podría seguir viendo a Hee-soo.
Kim Jun-han fingió no comprender el significado oculto de sus palabras.