Una Segunda Vida para Amarte - Capítulo 5

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Mientras caminaba desde la residencia de invitados hasta la mansión principal, Dong-sik no podía dejar de preguntarse cómo una casa podía tener un comedor con una mesa tan enorme.

En el centro había un lujoso arreglo floral, y a cada lado se alineaban cinco sillas.

Hasta los respaldos parecían sacados de un palacio real.

Mientras observaba el lugar distraídamente, su mirada se cruzó con la de las tres personas sentadas frente a él.

Había memorizado por encima sus nombres gracias a los documentos.

Su suegra, Song Mi-jin, mantenía una expresión fría e impenetrable.

Su cuñada, Kim Ah-ra, estaba completamente absorta en su teléfono.

Y su cuñado, Kim Tae-han, llevaba una sonrisa extraña dibujada en los labios.

¿Por qué demonios no deja de sonreír?

Apenas tomó asiento, sintió un pie rozándole por debajo de la mesa.

Al principio intentó apartarse, pensando que había sido un accidente.

Pero el pie comenzó a deslizarse lentamente por su espinilla con una intención demasiado evidente.

Ni siquiera necesitó mirar para saber de quién era.

Tal como esperaba…

Kim Tae-han lo observaba desde el otro lado de la mesa con una sonrisa.

—¿Cómo te encuentras, cuñada? Todavía te ves muy pálido.

Quita el pie de una vez, desgraciado.

Qué poca vergüenza…

Está coqueteando conmigo delante de su propio hermano.

Las ganas de insultarlo eran enormes.

Pero ahora ya no era Park Dong-sik.

Mientras reprimía su ira, lanzó una mirada de reojo hacia Kim Jun-han, sentado a su lado.

Sin embargo…

Él parecía no prestar la menor atención a lo que ocurría.

—El presidente ya viene.

Todos se pusieron de pie.

Dong-sik hizo lo mismo, completamente desconcertado.

Tac… tac…

El sonido de un bastón golpeando el suelo resonó por el comedor.

Poco después apareció el presidente del Grupo Daesan, Kim Doo-sik.

En persona transmitía una impresión mucho más amable que la que daba en televisión o en los periódicos.

Tomó asiento en la cabecera de la mesa.

La cena comenzó.

—Hee-soo, ¿cómo te encuentras? ¿Estás bien?

Dong-sik tragó el arroz que tenía en la boca.

Incluso alguien como Park Dong-sik, que nunca había temido a nadie, no podía evitar sentirse intimidado frente a una persona así.

—Sí…

Respondió casi en un susurro.

El presidente se volvió hacia Song Mi-jin.

—El niño todavía parece muy afectado. Habla con el doctor Park para que le recete algunos medicamentos.

—Que le dé todo lo mejor.

—No escatimen en gastos.

Los labios de Song Mi-jin se fruncieron apenas un instante.

—¿Qué más se puede hacer cuando el muchacho es tan débil? Ya decía yo que acercarse al agua… Tsk.

Su desaprobación era evidente.

Kim Ah-ra intervino enseguida.

—Cuñada, ¿de verdad perdiste la memoria? ¿No estarás fingiendo?

Ahora entiendo por qué dicen que una cuñada entrometida es peor que una suegra.

Además…

Cada vez que lo llamaban «cuñada» le resultaba insoportable.

¿No podrían llamarme simplemente oppa?

Mientras forzaba una sonrisa, el presidente Kim habló con severidad.

—Las dos, basta de tonterías.

—Coman.

Vaya…

Parece que mi suegro realmente aprecia a su nuera.

Sintiendo una satisfacción secreta, tomó una costilla.

Estaba deliciosa.

Los demás platillos tampoco tenían desperdicio.

A pesar del ambiente incómodo, terminó rápidamente un tazón de arroz y llamó a uno de los empleados que esperaba cerca de la cocina.

—Disculpe… ¿podría servirme otro tazón?

Los presentes lo miraron con los ojos muy abiertos.

Incluso Kim Jun-han mostró una leve sorpresa.

—Jajaja… es que el arroz está muy bueno…

Kim Ah-ra chasqueó la lengua.

—Qué raro.

—¿Perder la memoria también cambia el apetito?

—Jamás te había visto comer más de medio tazón.

—Y además odias la carne.

—Solo te gustaban las verduras.

Sin pensar, Dong-sik respondió:

—¿Cómo puede vivir alguien solo de verduras?

—No somos conejos.

—¿Perdón?

Kim Ah-ra arqueó una ceja.

—¿Acabas de hablarme de manera informal?

Fuiste tú quien empezó, mocosa.

Y, además, eres muchísimo menor que yo.

Mientras entre ambos comenzaban a saltar chispas, Kim Tae-han, que hasta entonces había permanecido en silencio, dejó una costilla sobre el arroz de Dong-sik.

—Cuñada tiene razón.

—Necesitas comer carne para recuperar fuerzas.

—También deberíamos salir a caminar y hacer algunas excursiones.

Dong-sik fingió no ver aquella sonrisa insinuante y se metió la costilla en la boca.

Mientras tanto…

Kim Jun-han seguía sin mostrar el menor interés por ninguno de los dos.

Cuanto más observaba aquella familia…

Más extraña le parecía.

Sin embargo, aquel cuerpo no podía comer tanto como el suyo.

O el estómago era demasiado pequeño…

O simplemente se llenaba enseguida.

Resignado, terminó la cena.

Los miembros de la familia comenzaron a levantarse uno tras otro.

Cuando Dong-sik estaba a punto de regresar a la residencia de invitados, un hombre de mediana edad, con el cabello perfectamente peinado, se acercó a él.

—Soy el mayordomo Yoon.

—Estoy a cargo de esta casa.

—Aunque imagino que no me recordará.

¿Cómo iba a recordarlo?

Mientras sonreía con incomodidad, una empleada doméstica se acercó con una bandeja de té por indicación del mayordomo.

—Es para el presidente.

—Siempre toma té después de cenar.

—¿Por qué yo…?

—El señor Lee Hee-soo era quien se lo llevaba.

Ah…

Con tanta gente en la casa… ¿quieren que sea yo quien le sirva el té?

Al verlo completamente perdido, incluso tuvieron la amabilidad de indicarle dónde estaba el despacho del presidente.

Con la bandeja entre las manos, Dong-sik subió al segundo piso.

Esta casa es absurdamente grande.

Después de caminar un buen rato refunfuñando, llegó hasta la última puerta.

Llamó.

—Adelante.

Al abrir, descubrió un amplio despacho.

El presidente Kim descansaba en un sofá, fumando un puro.

Dong-sik dejó la bandeja con nerviosismo y estaba a punto de retirarse cuando la voz del anciano lo detuvo.

—Ven.

—Siéntate un momento.

Sobresaltado, se dio la vuelta.

—¿Yo?

El presidente señaló el asiento frente a él con un leve movimiento de la mirada.

Dong-sik se acercó con cautela y tomó asiento.

Después de dar un sorbo al té, el anciano sonrió.

—¿Hay alguna parte de tu cuerpo que todavía te moleste?

Su voz amable alivió un poco la tensión.

Dicen que los suegros adoran a sus nueras…

¿Será que ahora va a darme algo de dinero?

Con esa esperanza oculta, respondió con calma.

—No…

—Estoy bien.

—Gracias por preocuparse.

—He oído lo que ocurrió.

—Dicen que te lanzaste al agua por voluntad propia.

Dong-sik levantó la vista, sorprendido.

Todos creían que Lee Hee-soo se había arrojado deliberadamente.

¿Qué demonios ocurrió realmente?

¿Será que él también sabe lo del intercambio de cuerpos?

Mientras lo observaba con cautela, el presidente chasqueó la lengua.

—¿Intentabas suicidarte?

—…

—Habría sido mejor que lo hubieras conseguido.

Por un instante creyó haber escuchado mal.

Pero la expresión del anciano era completamente seria.

—Al menos tu padre era útil.

—¿Y tú?

—¿Qué has hecho desde que entraste en esta familia?

—¿Conquistar el corazón de Jun-han?

—¿Darnos un nieto?

—Ahora que ni siquiera tienes a tu familia para respaldarte…

—Llevo tiempo preguntándome qué hacer contigo.

¿Qué demonios está diciendo este viejo?

—Así que…

—¿Qué te parece si ahora empiezas a ser útil para nuestra familia?

¿Útil…?

¿Así que Lee Hee-soo era completamente inútil para ellos?

Su actitud era totalmente distinta a la de la cena.

Delante de todos había mostrado preocupación.

Había ordenado que le dieran los mejores medicamentos.

Pero aquello no era más que una fachada.

El presidente Kim se levantó.

Se sentó justo al lado de Dong-sik.

Su mano gruesa y arrugada se posó con total naturalidad sobre su hombro.

Llevaba un enorme anillo adornado con piedras preciosas que brillaban bajo la luz.

Antes de que Dong-sik pudiera reaccionar…

Aquella mano descendió lentamente.

Hasta apoyarse sobre su muslo.

Y comenzó a acariciarlo.

En ese instante comprendió que algo iba muy mal.

Mientras masajeaba lentamente la parte interna de su muslo, el anciano murmuró junto a su oído:

—¿Qué opinas?

—Creo que tú también podrías hacer algo útil por mí.

El gesto descaradamente sexual…

Y aquel tono cargado de insinuaciones…

Hicieron que Dong-sik apretara el puño por puro instinto.

Pero enseguida volvió a relajarlo.

Después de todo…

Aquel hombre era el presidente del Grupo Daesan.

Se puso de pie de golpe.

El anciano frunció el ceño.

—¿No te gusta?

—Y-yo…

—Debo bajar…

—¿Por qué?

¿Todavía pregunta por qué?

¿A usted le gustaría que un viejo verde le estuviera sobando el muslo?

Pero no tenía el valor de enfrentarse al presidente de uno de los mayores conglomerados del país.

Así que soltó la primera excusa absurda que se le ocurrió.

—¡Tengo que ir al baño!

—¡Es urgente!

Nada más pronunciar esas palabras…

Salió huyendo.

Abrió la puerta de golpe y prácticamente se lanzó escaleras abajo.

En la sala estaba Song Mi-jin.

Lo observaba con una mirada helada.

Ah…

Ahora entiendo por qué me detestaba tanto.

No era solo porque fuera mi suegra.

Dong-sik cruzó apresuradamente el jardín hasta la residencia de invitados.

Subió al segundo piso.

Entró en su habitación.

Cerró la puerta.

Y se dejó caer pesadamente sobre el sofá.

Alternaba la mirada entre el hombro y el muslo donde el presidente lo había tocado mientras soltaba una lluvia de maldiciones.

—Maldita sea…

—¿Cómo puede estar ocurriendo esto…?

—¿Es que todos en esta familia están locos?

—Primero el cuñado…

—Y ahora el suegro…

Al final no pudo evitar reírse.

—Dicen que la realidad supera a los dramas más exagerados…

—Y resulta que es verdad.

Dios… necesito un cigarrillo.

Solo entonces recordó que llevaba mucho tiempo sin fumar.

Revolvió toda la habitación.

No encontró ni una sola cajetilla.

Sin otra opción, volvió a dejarse caer sobre el sofá.

Permaneció unos minutos con los ojos cerrados.

Entonces recordó el teléfono móvil que había visto antes en el vestidor.

Se levantó inmediatamente.

Entró en el vestidor.

Abrió el cajón.

Sacó el teléfono.

Lo conectó al cargador.

Al cabo de unos segundos…

Se encendió.

El lector de huellas lo reconoció de inmediato y el dispositivo se desbloqueó automáticamente.

Aquello confirmaba que pertenecía realmente a Lee Hee-soo.

—¿Cuándo fue la última vez que usó esto…?

Comenzó a revisar el contenido.

La galería estaba completamente vacía.

No había fotografías.

Ni prácticamente rastro alguno de actividad.

Solo permanecían el historial de llamadas y los mensajes.

Lo curioso era que solo existía un único contacto guardado.

Su mano comenzó a moverse más despacio mientras leía la conversación.

Los mensajes llegaban hasta hacía apenas un mes.

Y el contenido era dulce.

Íntimo.

Como la conversación entre dos amantes.

—No parece que sea su marido…

Si tenía que apostar por alguien…

El candidato más probable era Kim Tae-han.

De lo contrario, jamás se habría mostrado tan descarado con él.

Espera…

¿Cuándo fue la última llamada?

Golpeó distraídamente un par de veces la parte superior del cajón.

Luego, tras vacilar unos segundos…

Pulsó el botón de llamada.

El teléfono comenzó a marcar.

Pero, por desgracia…

Solo respondió una grabación automática informando que la otra persona no podía atender la llamada.

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