Una Segunda Vida para Amarte - Capítulo 119

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Park Dong-sik se levantó la camiseta frente al espejo.

Sentía el pecho hinchado y tenso, diferente a como había estado antes.

Aunque los omegas masculinos podían producir leche después del parto, la cantidad era demasiado escasa para alimentar a un bebé. Sin embargo, si no la extraían con regularidad, terminaban sintiendo dolor.

—Esto no es ordeñar una vaca. ¿Cuánto tiempo más tendré que seguir haciendo esto?

Mientras refunfuñaba y se sujetaba el pecho, escuchó movimiento fuera de la habitación.

Cuando salió a ver qué ocurría, descubrió que Kim Jun-han acababa de llegar.

—Bienvenido, hyungnim.

Se inclinó respetuosamente en un ángulo de noventa grados.

Kim Jun-han frunció el ceño, mientras Park Dong-sik sonreía con descaro.

—Voy a llamarte hyungnim hasta que encuentre una forma mejor de dirigirme a ti. ¿Qué te parece? Después de todo, eres tres años mayor que yo. Así que será hyungnim.

Kim Jun-han parecía haber esperado apelativos cariñosos como «cariño» o «amor», pero Park Dong-sik todavía no era capaz de pronunciarlos.

Con el tiempo acabaría acostumbrándose.

Algún día le saldrían con total naturalidad.

—Cada vez que me llamas hyungnim, siento que soy el jefe de una banda. Es bastante extraño.

—Ja, ja… ¿Un gánster?

Pensándolo bien, le quedaba bastante bien.

No todos los gánsteres tenían que ser ignorantes.

Si existieran gánsteres inteligentes y con buena educación, probablemente serían como él.

Mientras lo recorría de arriba abajo con la mirada, un delicioso aroma procedente de la cocina atrajo su atención como un imán.

Su rostro se iluminó al descubrir la caja sobre la mesa del comedor.

Había mencionado por casualidad que tenía antojo de pollo sazonado, y Kim Jun-han lo había recordado.

Tragándose la saliva, se volvió…

…solo para descubrir que Kim Jun-han había desaparecido.

Lo encontró en la habitación de los niños.

Park Dong-sik corrió hasta allí y encendió el interruptor del móvil que colgaba sobre la cuna.

Los muñecos de tela, con forma de animales de colores pastel, comenzaron a girar lentamente al ritmo de la melodía de la caja musical.

—¿Qué te parece? ¿No es lindo?

Preguntó mientras tocaba uno de los muñecos.

—¿Lo colocaste tú mismo?

Cuando Park Dong-sik asintió, Kim Jun-han frunció el ceño.

Le había dicho que se limitara a descansar sin hacer nada, así que era evidente que no le agradaba que hubiera desobedecido.

—No empieces a regañarme. Solo instalé el móvil. Ya no soportaba seguir acostado sin hacer nada.

Ya se imaginaba a los niños acostados en la cuna, observándolo con aquellos ojos brillantes.

Solo pensarlo lo llenaba de ilusión.

Sin embargo, Kim Jun-han seguía mostrando una expresión bastante indiferente.

Llegados a ese punto, Park Dong-sik empezó a preguntarse si alguna vez llegaría a querer realmente a los niños.

Por otro lado, también le preocupaba que Kim Jun-han siguiera comportándose así porque todavía dudaba de que fueran sus hijos.

Quizá sí debieron haber hecho la prueba de ADN.

Mientras su mente divagaba entre aquellos pensamientos, Kim Jun-han salió de la habitación.

Park Dong-sik lo siguió.

Sentado a la mesa mientras comía pollo, sintió aún más ganas de beber alcohol.

Eso de que tener hijos volvía madura a la gente resultó ser una completa mentira.

Haciendo un enorme esfuerzo por resistirse, bebió agua en lugar de soju.

Frente a él, Kim Jun-han no dejaba de mirarlo.

A diferencia de la expresión que había mostrado frente al móvil, ahora sus ojos rebosaban afecto.

—¿Está bueno?

—Prueba un poco, hyungnim.

—Paso. Me basta con verte comer.

—¿O prefieres comerme a mí?

Ante aquella broma cargada de insinuación, Kim Jun-han no la negó.

Solo arqueó una ceja y sonrió de lado.

Park Dong-sik también estaba consumido por el deseo, pero el médico les había prohibido mantener relaciones sexuales por el momento, así que no había nada que hacer.

Entonces recordó la conversación que había tenido ese mismo día con Kim Yoon-ah.

—Escuché que la madre de Lee Hee-soo vino a verte hace unos días… ¿Por qué no me lo dijiste?

—¿Quién te contó eso?

—No intentes cambiar de tema. Yo también tengo mis fuentes. Vigilo todo lo que haces y todos los lugares a los que vas.

Mientras señalaba sus propios ojos con dos dedos, Kim Jun-han soltó una carcajada.

Pero seguía sin mencionar lo importante.

—¿Adónde los llevaste? ¿A la villa?

—¿Por qué das por hecho que los encerré?

Park Dong-sik levantó un muslo de pollo con expresión escéptica.

—¿Los mataste…?

—¿Qué clase de persona crees que soy? ¿Un asesino?

—Lo digo porque tienes antecedentes. Sé sincero. ¿Dónde los enterraste?

—Pensaba dejarlo pasar porque dijiste que tú te encargarías, pero no podía quedarme mirando. En realidad no me preocupaba que fueran a la empresa. Lo que ocurrió fue que dijeron cosas que jamás debieron decir. Si los hubiera dejado libres, habrían seguido causando problemas como perros rabiosos, así que solo los até durante un tiempo. No los maté. Y, aunque todavía no sé cuándo, pienso liberarlos.

A Park Dong-sik le pareció aún más aterrador aquello de «todavía no sé cuándo».

¿Qué era exactamente lo que habían dicho que no debían decir?

Podía imaginarlo, así que no se molestó en preguntar.

Después de terminar el pollo y limpiarse la boca, volvió a sentir el pecho tenso por no haberse extraído la leche antes.

Instintivamente se frotó esa zona con la palma de la mano.

Kim Jun-han lo miró con preocupación.

—¿Qué pasa? ¿Te duele?

—Todavía produzco un poco de leche. Se me pasa si me la saco.

—¿Todavía produces?

Park Dong-sik asintió.

Decían que normalmente desaparecía alrededor de un mes después del parto.

Pero en su caso seguían saliendo unas cuantas gotas y, de vez en cuando, aquel dolor en el pecho lo atormentaba silenciosamente.

Incómodo, se limpió las manos y la boca y fue al baño para extraerse la leche.

Kim Jun-han entró detrás de él.

Mientras se acomodaba la ropa, Kim Jun-han se situó a su lado.

—¿P-por qué entraste?

—Voy a ayudarte.

—No hace falta.

—Ya lo hice por ti cuando estabas en el hospital, ¿recuerdas?

—Porque allí estaba débil. Ahora estoy bien.

Park Dong-sik le hizo un gesto para que saliera.

Sin embargo, Kim Jun-han le sujetó los hombros, lo giró hacia él y le robó un beso fugaz.

Luego sonrió.

—Sabes a pollo.

Después, su mano se deslizó naturalmente bajo la camiseta de Park Dong-sik y comenzó a acariciarle el pecho.

Sujetó con delicadeza el pecho hinchado mientras lo masajeaba.

De repente, inclinó la cabeza y la escondió bajo la camiseta.

Park Dong-sik se sobresaltó e intentó apartarlo.

Pero la boca de Kim Jun-han ya había atrapado uno de sus pezones.

Lo succionó con firmeza, moviendo lentamente la mandíbula.

Park Dong-sik sintió cómo la leche comenzaba a salir y cómo el dolor iba desapareciendo.

Estaba a punto de decir que ya era suficiente cuando Kim Jun-han empezó a rodear el pezón con la lengua.

Aquella estimulación hizo que un intenso placer recorriera todo su cuerpo desde la punta de los pies.

Cuando dejó escapar un gemido sin darse cuenta, Kim Jun-han se detuvo y retiró la cabeza.

Mientras Park Dong-sik intentaba averiguar si lo que quedaba en sus labios era leche o no, Kim Jun-han volvió a inclinarse para besarlo.

Pero Park Dong-sik le cubrió rápidamente la boca con la mano.

Los ojos de Kim Jun-han se entrecerraron.

Park Dong-sik sonrió con esfuerzo.

—No deberíamos seguir.

—Solo un beso.

—No. No pongas a prueba mi fuerza de voluntad.

Finalmente consiguió empujarlo hacia fuera.

Entonces reparó en el evidente bulto bajo los pantalones de Kim Jun-han.

Ah… eso se ve incluso más apetitoso que el pollo…

Solo quiero probar un poquito…

Reuniendo toda su fuerza de voluntad, Park Dong-sik logró mantener la compostura y cerró la puerta.

Cuando volvió la vista hacia el espejo, vio reflejados unos ojos llenos de deseo insatisfecho.

No pudo evitar preguntarse si contenerse tanto terminaría haciéndole daño.

—¡Ayuda! ¡¿Hay alguien ahí?! ¡Por favor, sálvennos!

A pesar de gritar con todas sus fuerzas, no obtuvo respuesta.

Lee Seon-jae se dejó caer al suelo, completamente abatido.

Había perdido la cuenta de cuántos días habían pasado.

Yoo Hyeon-oh, la madre de Lee Hee-soo, junto con Lee Hoon-jae y Lee Seon-jae, habían ido al Grupo Daesan y se marcharon con Kim Jun-han en un automóvil.

Durante el traslado a otro vehículo perdieron el conocimiento.

Cuando despertaron, descubrieron que estaban encerrados dentro de una enorme jaula cuadrada de hierro.

Al principio intentaron desesperadamente romper la jaula y buscar una forma de escapar.

Pero conforme pasaban los días, los tres fueron agotándose.

Encerrados en aquella oscuridad, sin ninguna noción del tiempo, ni siquiera sabían cuántos días llevaban allí.

Cuando Lee Seon-jae volvió a intentar gritar, Lee Hoon-jae dio una fuerte patada a la jaula.

—¡Maldita sea, cállate de una vez! ¡Por mucho que grites, nadie va a venir!

Yoo Hyeon-oh, casi sin fuerzas, murmuró desde un rincón.

—Déjalo. Quién sabe… quizá alguien que pase cerca nos escuche y nos salve.

—¡Si alguien pudiera oírnos, ya habría venido hace mucho! ¿Todavía no entiendes la situación? ¡No va a venir nadie!

Al escuchar aquello, Yoo Hyeon-oh se levantó furiosa.

—¡Todo esto es culpa tuya! ¡Te dije que no provocarás a Kim Jun-han! ¡Ni siquiera sabemos de quién son esos niños! ¡No debiste decir semejantes cosas!

—¡Pero era la verdad! ¿Acaso mi madrastra no me lo dijo personalmente?

—¡Bah! Olvídalo. ¿De qué sirve hablar contigo? Idiota.

Mientras discutían, la puerta se abrió con un chirrido.

Un haz de luz inundó el interior.

Los tres se abalanzaron contra los barrotes como perros esperando a su amo.

Un hombre alto entró caminando.

Los tres comenzaron a gritar al mismo tiempo.

—¡Aquí! ¡Aquí hay gente! ¡Por favor, ayúdenos! ¡Llame al 112!

El hombre avanzó con pasos pesados.

Tenía un aspecto rudo, llevaba el cabello recogido y sostenía una bolsa negra en una mano.

Abrió una pequeña compuerta en la parte superior de la jaula e introdujo la bolsa.

—¿Q-qué es esto? ¡Maldita sea! ¿Trabajas para Kim Jun-han?

—¡Sácanos de aquí! ¡Te pagaremos! ¡¿Cuánto quieres?!

—¡Señor! ¡Yo soy inocente! ¡No tengo nada que ver con esos dos!

Mientras los tres suplicaban por turnos, el hombre dio media vuelta y se marchó sin decir una palabra.

A través de la rendija de la puerta alcanzaron a ver lo que había afuera.

Era un bosque espeso.

Los tres quedaron paralizados.

Habían pensado que estaban encerrados en algún edificio.

¿Resultaba que estaban en medio de la montaña?

Con el rostro lleno de desesperación, Lee Seon-jae abrió la bolsa negra.

Dentro había pan y agua.

Después de olerlos, empezó a devorar el pan con avidez.

Lee Hoon-jae lo insultó, preguntándole cómo podía tragarse aquello.

Yoo Hyeon-oh observó atentamente cómo Lee Seon-jae comía el pan y bebía el agua.

Solo cuando comprobó que no ocurría nada extraño, llevó el pan a la boca.

—Coman. Necesitamos fuerzas. ¿Cuánto tiempo cree que podrá mantenernos encerrados? ¡Después de casarse con mi hijo, cómo se atreve a tratarme de esta manera! ¡Ese arrogante! Ya verá. Cuando salga de aquí, contaré todo y lo arruinaré.

Yoo Hyeon-oh apretó los dientes con fuerza.

Lee Hoon-jae, que hasta entonces había permanecido callado, pareció contagiarse de aquel deseo de venganza y empezó a comer el pan.

Los ojos de los tres brillaban con resentimiento.

En ese momento, todavía conservaban la esperanza de escapar muy pronto de aquel lugar.

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