Tras romper mi compromiso, fui adorado por un magnate interestelar - Capítulo 172

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  4. Capítulo 172 - Extra — Lo recordó todo 2
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No podía dormir.

Simplemente no podía.

—Lailai, deja de jugar.

En el baño, Bai Xuelai estaba recostado entre los brazos de Yu Tingwan, dejando que el Alfa lo ayudara a lavarse.

Hundió la mano en el agua. Sus dedos suaves y delicados, todavía impregnados del calor que no había terminado de disiparse, rozaron ligeramente la piel del Alfa.

Era un contacto tan suave como el beso de una mariposa al posarse.

No llegaba a tocarlo con firmeza, pero precisamente por eso provocaba un cosquilleo difícil de ignorar.

—No quiero. Voy a seguir molestándote.

Cuanto más le decía Yu Tingwan que dejara de jugar, más ganas tenía Bai Xuelai de hacerlo.

El agua tibia y cristalina reflejaba la sonrisa libre y desenfadada del joven. Bai Xuelai se dio la vuelta para mirar al Alfa que estaba detrás de él.

La luz del baño iluminaba su rostro con especial claridad.

El Omega, que hacía apenas un momento había llorado desconsoladamente, ya había dejado de hacerlo, aunque sus ojos todavía permanecían ligeramente enrojecidos.

Era como el rojo de las flores de ciruelo extendiéndose sobre un campo de nieve: hermoso y llamativo, capaz de cautivar el alma.

Bai Xuelai contempló a Yu Tingwan con atención, sus ojos brillando como si quisiera grabar a su Alfa para siempre en ellos.

Las estrechas comisuras de los ojos de Yu Tingwan se curvaban ligeramente hacia arriba, mostrando una ternura profunda que nadie más había tenido oportunidad de ver.

En aquellos ojos insondables parecía ocultarse un vasto universo, lo bastante inmenso para aceptar todos los caprichos y travesuras de Bai Xuelai.

El corazón de Bai Xuelai latió con fuerza.

Se acercó un poco más a Yu Tingwan.

—Antes… cuando todavía era tu alumno, solo había soñado con que me miraras así.

El Alfa frío y elegante había sido como una luna brillante suspendida entre las nubes.

Inalcanzable, distante y aparentemente indiferente a cualquier sentimiento.

Bai Xuelai amaba a Yu Tingwan.

Aquel amor secreto que había escondido en lo más profundo de su corazón había crecido desenfrenadamente en lugares donde Yu Tingwan no podía verlo.

Una vez que alguien reconocía sus propios sentimientos, inevitablemente comenzaba a fantasear.

¿Cómo sería Yu Tingwan cuando amara a alguien?

No podía seguir mostrando aquella misma expresión fría de siempre, ¿verdad?

¿Ni siquiera sonreiría?

Frente a la persona que amara, ¿acaso su serio y distante profesor también mostraría alguna sonrisa tierna que Bai Xuelai jamás hubiera visto?

Cada vez que lo imaginaba, Bai Xuelai sentía una mezcla insoportable de amargura y celos.

Por un lado, se alegraba de que Yu Tingwan nunca hubiera amado a nadie.

Por otro, soñaba con que Yu Tingwan algún día se enamorara de él.

En su vida anterior, hasta el momento de su muerte, siempre había creído que aquella luna jamás había derramado su luz sobre él.

Desde el principio hasta el final, todo había sido un amor unilateral.

Aquellos pequeños detalles que alguna vez le hicieron creer que quizá Yu Tingwan también sentía algo por él no habían sido más que fantasías nacidas de su propio deseo.

Pero en esta vida, antes de recuperar sus recuerdos, había tenido un sueño.

En aquel sueño, el Alfa sostenía entre sus brazos su cadáver helado y lloraba desconsoladamente.

¿Realmente aquella era la misma luna que, en sus recuerdos, siempre había permanecido suspendida muy por encima de las nubes?

Quizá lo que Yu Tingwan sentía por él no había sido simplemente ese poquito de afecto que Bai Xuelai se había atrevido a imaginar durante aquellas noches.

Los dos regresaron del baño a la gran cama del dormitorio.

Una tenue lámpara nocturna iluminaba suavemente la habitación. Yu Tingwan había cambiado nuevamente las sábanas y las mantas.

Ambos se envolvieron entre las mantas y se recostaron contra el cabecero, disfrutando de aquel breve instante de tranquilidad e intimidad.

Bai Xuelai jugueteó con los dedos de Yu Tingwan.

Había querido hacerlo desde la época en que todavía era su alumno.

Su profesor tenía unas manos muy hermosas, con dedos largos y articulaciones bien definidas.

Elegantes por naturaleza, poderosas y gentiles.

Bai Xuelai levantó la cabeza para mirar al hombre que estaba a su lado.

Yu Tingwan también lo observaba, como si estuviera esperando a que hablara.

Ese era su Alfa.

Su profesor.

Bai Xuelai apretó ligeramente los labios y pellizcó con los dedos la articulación del índice de Yu Tingwan.

—Profesor, ¿antes también te gustaba?

—Sí —respondió Yu Tingwan—. Me gustabas.

Una sonrisa apareció inmediatamente en el rostro de Bai Xuelai.

Miró a Yu Tingwan con fingido reproche y un tono mimoso.

—Qué cruel. Cuando me rechazaste, no tienes idea de lo triste que estuve… Pero…

Cambió de tono y volvió a sonreír.

—Aunque antes también pensaba que te gustaba. Tu bestia compañera siempre quería estar cerca de mí.

Al decir aquello, Bai Xuelai no pudo evitar extender la mano y pellizcar suavemente el mentón de Yu Tingwan.

—Tu bestia compañera era mucho más sincera que tú.

—Mm. Fue culpa mía.

—No digas eso…

Bai Xuelai frunció el ceño.

—No te permito hablar así de ti mismo.

Abrazó a Yu Tingwan y le pidió al Alfa que apagara la luz.

Estaba un poco cansado.

Le dolía la cintura y sentía las piernas débiles.

Pero su corazón estaba completamente tranquilo.

En realidad, ¿quién había tenido razón o quién se había equivocado en el pasado?

Ahora que podía mirar hacia atrás, Bai Xuelai reconocía que su antiguo yo había sido realmente demasiado ingenuo.

Su familia lo había protegido tan bien que siempre había creído que las demás personas del mundo serían tan buenas como ellos.

Después de dejar a sus padres para ingresar en la academia, sus compañeros y alumnos mayores también lo habían tratado muy bien.

Sin embargo, toda aquella «bondad» desapareció ante una situación de vida o muerte y se convirtió únicamente en un abandono despiadado durante una huida desesperada.

Yu Tingwan le había advertido claramente que no concediera bendiciones a otras personas a la ligera.

Pero cuando vio a sus compañeros llorando y suplicándole que los ayudara a escapar, aquel joven señorito Omega, bondadoso e ingenuo gracias al amor con el que sus padres lo habían criado, no pudo evitar bendecirlos.

Deseó que sus compañeros pudieran escapar del campo de batalla y regresar vivos a la academia.

Sin embargo, cuando corrió detrás de ellos dando tumbos y finalmente cayó al suelo, llorando y suplicándoles que lo esperaran…

Aquellas personas simplemente volvieron la cabeza para mirarlo.

En sus ojos llenos de pánico apareció un destello de despiadada determinación.

Ninguno detuvo sus pasos.

Ninguno dejó de huir.

Durante aquel breve instante de desconcierto, Bai Xuelai finalmente comprendió que lo habían abandonado.

Era como una flor que acababa de abandonar un invernadero y que, en el instante mismo de entrar en contacto con el mundo real, había sido marchitada por un viento cruel y helado.

Durante aquellos últimos minutos antes de morir, Bai Xuelai finalmente lo comprendió.

La severidad y el enojo de Yu Tingwan habían sido, en realidad, por su propio bien.

Bai Xuelai nunca había culpado a su profesor.

Jamás.

Después de recuperar sus recuerdos, la vida de ambos no cambió demasiado.

Compraron una casa en un pequeño planeta ecológico y habitable, situada en una pequeña ciudad de aire limpio y fresco.

No era ninguna residencia aislada del mundo.

Todo lo contrario.

El lugar tenía una ubicación excelente y buenas conexiones de transporte.

A poca distancia se encontraba el animado centro de la ciudad, y bastaba caminar unos pasos para llegar a todo tipo de centros comerciales.

Sin embargo, la razón por la que Bai Xuelai había elegido vivir allí era extremadamente sencilla.

Era muy cómodo pedir comida a domicilio.

La comida que preparaba Yu Tingwan era deliciosa, pero de vez en cuando Bai Xuelai también quería comer toda clase de comida a domicilio.

Y en cuanto a aquellas pequeñas trivialidades de la vida cotidiana, Yu Tingwan nunca tenía ninguna objeción.

Siempre hacía lo que Bai Xuelai quisiera.

—Tingwan, ¿todavía existe el pequeño patio donde vivíamos antes? —preguntó Bai Xuelai con curiosidad.

—Sí —respondió Yu Tingwan.

Los ojos de Bai Xuelai se iluminaron.

Tiró suavemente de la manga del Alfa.

—¡Llévame a verlo!

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