Tras romper mi compromiso, fui adorado por un magnate interestelar - Capítulo 168

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  4. Capítulo 168 - 【Extra de la vida pasada 014】 Sí, lo extraño
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Faltaba poco más de un mes para el examen final y, desde todos los rincones del espacio interestelar, las preguntas y sondeos relacionados con Bai Xuelai comenzaron a llegar sin cesar a Yu Tingwan, como copos de nieve arrastrados por el viento.

¿Qué significaba la existencia de un Omega de primer nivel cuya bestia compañera era una carpa koi?

En aquellas incontables cartas, repletas de preguntas indirectas y supuesta preocupación…

Yu Tingwan solo veía dos palabras:

Utilizarlo.

Algunos querían convertir a aquel Omega de primer nivel en una especie de máquina reproductora que produjera sin cesar descendientes con aptitudes excepcionales.

Otros codiciaban la buena fortuna y las bendiciones que poseía su bestia compañera.

Parecía que, a los ojos de aquellas personas, Bai Xuelai no era un ser humano.

Sino un «objeto» lleno de tesoros, del que incluso las lágrimas convertidas en perlas podían venderse por dinero.

Si aquellas personas llegaban a enterarse de que Bai Xuelai ya había despertado la capacidad de semibestializarse en sirena, probablemente ni siquiera esperarían a que abandonara la academia antes de empezar a actuar en secreto.

Antes de Bai Xuelai, ya había existido en el mundo un Omega capaz de semibestializarse en sirena.

El creador de Hai Xing, el planeta más poderoso del mundo.

El Emperador del Mar, capaz de controlar los océanos.

Aunque también era un Omega, nadie se atrevía a poner sus ojos sobre él.

Solo cuando Bai Xuelai fuera lo bastante fuerte podría garantizar su propia libertad y seguridad en el futuro.

No importaba cuántas personas estuvieran observando al Omega desde las sombras.

Mientras Bai Xuelai permaneciera al lado de Yu Tingwan, nadie se atrevería a actuar contra él fácilmente.

Ahora que había despertado su capacidad de semibestialización, seguramente obtendría excelentes resultados en el examen final.

Las posibilidades de que pudiera quedarse y continuar estudiando eran muy altas.

Pero…

¿Qué pasaría si Bai Xuelai rendía mal durante el examen?

¿Y si apenas conseguía aprobar?

¿O incluso suspendía?

De pie junto a la ventana, Yu Tingwan observó al Omega que jugaba con el fénix blanco fuera del patio.

Su cabello rojo, semejante a la seda, ondeaba libremente con el viento.

La brisa llevó hasta él la risa alegre y cristalina de Bai Xuelai, junto con el tenue aroma de las feromonas exclusivas del Omega.

El Alfa, que siempre había sido justo, estricto y extraordinariamente indiferente, sintió surgir en su interior un intenso deseo egoísta.

Incluso si Bai Xuelai suspendía el examen…

Lo mantendría a su lado.

Hasta que Bai Xuelai fuera lo suficientemente fuerte…

Yu Tingwan respondió con dureza a todas las cartas que preguntaban por él. Al pensar en la codicia oculta detrás de aquellas palabras, su estado de ánimo se volvió más irritable que nunca.

El Alfa, que hasta entonces había mantenido una actitud relativamente relajada con el entrenamiento de Bai Xuelai, de repente se volvió especialmente estricto.

Como el examen final estaba cada vez más cerca, Bai Xuelai tampoco se quejó demasiado.

Sin embargo, al percibir de pronto cuánto esperaba Yu Tingwan de sus resultados, el Omega, que originalmente planeaba seguir tomándose las cosas con calma, comenzó a pensar de otra manera.

No quería ver a Yu Tingwan decepcionado.

Solo imaginar que tendría que abandonar el lado de su profesor hacía que su corazón se encogiera inexplicablemente.

Por las noches, acostado de lado sobre la cama, Bai Xuelai leía novelas a escondidas.

Una de ellas contaba precisamente la historia de un profesor y un alumno que rompían aquel tabú, se enamoraban y permanecían juntos.

Bai Xuelai no podía evitar imaginarse a sí mismo y a Yu Tingwan en el lugar de los protagonistas.

Antes había rechazado con todas sus fuerzas la idea de asistir a la academia.

Ni siquiera se atrevía a mirar directamente a Yu Tingwan.

Y ahora, día tras día, había terminado encariñándose con aquella sencilla vida en la cima de la montaña.

Cada noche, antes de cerrar los ojos para dormir, esperaba con ilusión que llegara la mañana siguiente para volver a ver al Alfa.

No era tonto.

Lo sabía.

Se había enamorado de alguien de quien no debía enamorarse.

No se atrevía a esperar que el Alfa correspondiera a sus sentimientos.

Mucho menos se atrevía a contarle a Yu Tingwan aquellos deseos imposibles que guardaba en su corazón.

Así que, manteniendo su identidad de alumno, escondió su amor secreto en lo más profundo de su corazón.

Mientras pudiera ver a Yu Tingwan todos los días, ya se sentía feliz.

Hasta que un día…

El Alfa descubrió accidentalmente el secreto oculto entre las páginas de uno de sus libros.

Aquello que Bai Xuelai más temía terminó ocurriendo.

Frente a las preguntas cargadas de ira de Yu Tingwan, Bai Xuelai sintió que le ardía la nariz y contuvo con todas sus fuerzas las lágrimas que estaban a punto de desbordarse.

—¿Qué tiene de malo que me guste alguien?

Solo le gustaba Yu Tingwan.

No había cometido ningún crimen imperdonable.

Bai Xuelai se dio la vuelta y salió corriendo.

Más allá de la ira y la tristeza, lo que más sentía era miedo.

Miedo de ver el rostro frío e indiferente de Yu Tingwan.

Miedo de escuchar más reprimendas y palabras de rechazo del Alfa.

Yu Tingwan observó cómo el Omega se alejaba corriendo. Sujetaba con fuerza el libro donde Bai Xuelai había escondido su secreto, mientras emociones complejas cruzaban por sus ojos oscuros.

Ira.

Confusión.

E incredulidad.

Murmuró para sí:

—Lo hago por tu bien…

Nunca, bajo ninguna circunstancia, había imaginado que Bai Xuelai pudiera enamorarse de él.

Aunque su identidad era especial y no podía considerarse un profesor profesional en el verdadero sentido de la palabra…

Mientras Bai Xuelai permaneciera a su lado, seguía siendo su alumno.

Dentro de todas aquellas reglas que había aceptado durante tantos años, dentro de la moral del Alfa…

Profesor y alumno no debían.

No podían.

Yu Tingwan estaba enfadado porque Bai Xuelai no tenía la menor conciencia de los peligros que existían en el mundo exterior.

Porque, en lugar de escucharlo, entrenar seriamente y hacerse más fuerte, se había entregado a sentimientos románticos justo bajo sus propios ojos.

El Yu Tingwan frío e implacable del pasado debería haber hecho que el Omega abandonara la academia.

Pero el Yu Tingwan de ahora…

No podía hacerlo.

Una vez más, había desarrollado un deseo egoísta.

Antes del examen final, Bai Xuelai debía realizar entrenamientos prácticos junto con los demás estudiantes.

Usando aquello como motivo, Yu Tingwan permitió que Bai Xuelai regresara a su antiguo dormitorio.

Tanto él como Bai Xuelai…

Necesitaban calmarse.

El pequeño patio sin el joven pelirrojo volvió a quedar en completo silencio.

Ya no se escuchaban sus risas cristalinas fuera de la ventana.

En el estanque junto a la cascada tampoco aparecía aquella cola roja que brillaba bajo el sol.

Al amanecer, cuando el cielo apenas empezaba a clarear, Yu Tingwan preparó personalmente el desayuno.

Por costumbre, miró hacia la habitación oscura situada frente a la suya.

La puerta se abrió.

El joven pelirrojo, todavía medio dormido, salió bostezando con pasos perezosos.

Al verlo, mostró una dulce sonrisa.

—¡Profesor! ¡Huele delicioso! ¿Qué preparó hoy…?

Había leche de soya, panecillos crujientes rellenos y yogur que él mismo había preparado.

Al yogur le había añadido miel y frutos secos.

Era dulce.

A Bai Xuelai seguramente le gustaría.

Las rígidas comisuras de los labios de Yu Tingwan se elevaron ligeramente.

Pero cuando volvió en sí…

No había nadie frente a él.

La puerta de aquella habitación completamente oscura seguía cerrada.

Nadie la había abierto.

En el patio vacío tampoco había una segunda persona aparte de él.

A un lado, el pequeño pájaro blanco dejó escapar un canto lleno de tristeza.

Batió las alas y voló hasta la puerta de la habitación donde Bai Xuelai había vivido antes.

Después giró la cabeza y miró a Yu Tingwan.

—Lo extrañas, ¿verdad?

Sí.

Lo extraño.

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