Tras romper mi compromiso, fui adorado por un magnate interestelar - Capítulo 121
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- Capítulo 121 - Cuando una sirena llora, derrama pequeñas perlas
Como Bai Xuelai y Yu Tingwan todavía se encontraban en territorio del Imperio Estrella de Mar, naturalmente tenían que asistir al funeral del anciano emperador.
Y también, poco después, a la ceremonia de coronación del nuevo emperador.
Bajo un cielo gris y lluvioso, una fina llovizna empapaba la tierra y dejaba la lápida especialmente limpia.
Albert, el próximo heredero del Imperio Estrella de Mar y futuro nuevo emperador, permanecía de pie frente a la lápida.
Tenía los ojos enrojecidos, pero no derramó ninguna lágrima.
Elok vaciló antes de acercarse y decirle algo en voz baja.
Albert volvió la cabeza hacia Elok y pareció esbozar una leve sonrisa.
—La última vez que lo vi, era incluso más joven que su nieto Albert. Debía tener poco más de diez años —comentó Yu Tingwan con un ligero suspiro.
Vestía un traje negro y sostenía un paraguas en la mano.
Bai Xuelai, que normalmente prefería vestir de manera informal, también se había puesto un traje negro igual que el suyo.
De pie a su lado, escuchó a Yu Tingwan continuar:
—Cuando volvimos a encontrarnos, ya se había convertido en un anciano incapaz de caminar.
Yu Tingwan y el difunto emperador nunca habían tenido una amistad especialmente profunda.
Por eso, detrás de aquellas palabras parecía haber más bien una reflexión sobre el paso del tiempo, la vida y la muerte.
Bai Xuelai apretó inconscientemente una esquina de la ropa de Yu Tingwan.
Saber algo en teoría y presenciarlo con tus propios ojos eran dos experiencias completamente distintas.
Al principio, la palabra «muerte» no era para él más que un concepto.
Bai Xuelai sabía que, después de morir, una persona dejaba de respirar, perdía la temperatura corporal y jamás volvía a abrir los ojos.
Pero saberlo era una cosa.
Presenciarlo con sus propios ojos era otra completamente diferente.
Yu Tingwan siempre le había asegurado que el Nirvana tendría éxito, que no existía posibilidad alguna de fracasar.
Bai Xuelai intentaba creer en el Alfa.
Sin embargo, había otra razón.
Todo este tiempo había estado huyendo, sin atreverse a enfrentar las consecuencias de que el Nirvana de Yu Tingwan pudiera fracasar.
El anciano emperador, que apenas unos días atrás estaba perfectamente bien y lo había saludado con una sonrisa…
De repente yacía frío y rígido dentro de un ataúd.
Aunque Bai Xuelai apenas había intercambiado unas cuantas palabras con él, experimentar una muerte tan real y cercana, ocurrida a alguien que había conocido personalmente, seguía resultándole impactante.
¿Podría sucederle algo así a Yu Tingwan?
El Alfa que hoy estaba perfectamente bien a su lado…
¿Desaparecería algún día de repente, para no volver a encontrarlo nunca?
Bai Xuelai no se atrevía a pensarlo.
En cuanto aquella aterradora idea emergió en su mente, sintió como si su corazón hubiera caído en un abismo helado en pleno invierno.
Frío.
Asfixiante.
Hasta respirar se volvió difícil.
—Lailai…
Alguien lo sujetó del brazo y una voz familiar resonó junto a su oído.
Bai Xuelai salió de su trance.
Levantó la cabeza y contempló al Alfa que lo miraba con preocupación.
El apuesto rostro de Yu Tingwan ocupó todo su campo de visión, y en sus ojos podía distinguir claramente la inquietud.
Sin saber en qué momento, ya habían abandonado el cementerio imperial del Imperio Estrella de Mar y regresado a la nave espacial.
Bai Xuelai levantó una mano y tocó la mejilla del Alfa.
La piel bajo las yemas de sus dedos era suave y cálida, y su respiración era tranquila y estable.
—No… no es nada…
Bai Xuelai se abalanzó sobre él y rodeó con fuerza la cintura de Yu Tingwan.
Cerró los ojos con fuerza y apoyó la mejilla contra el pecho del hombre. Desde allí podía escuchar con absoluta claridad los latidos constantes del corazón del Alfa bajo la piel y los huesos.
El pánico que sentía fue disminuyendo poco a poco.
Bai Xuelai levantó la cabeza, miró al Alfa que todavía tenía el ceño profundamente fruncido y sonrió.
—¿Quieres beber?
Yu Tingwan ya conocía perfectamente la tolerancia de Bai Xuelai al alcohol.
Una sola copa bastaba para emborracharlo.
Y cuando estaba borracho, revelaba un lado de sí mismo que normalmente nadie podía ver.
Justo como ahora.
—¿Quién eres?
Después de beber media botella, no pasó mucho tiempo antes de que Bai Xuelai mirara fijamente a Yu Tingwan con una expresión completamente desconcertada.
—Soy Yu Tingwan. Lailai, ¿ya no te acuerdas de mí?
Las mejillas del Omega estaban sonrojadas por el alcohol. Su piel, normalmente blanca, se había teñido de un embriagador tono rojizo.
Seductor y adorable.
Parecía un melocotón maduro que, con un solo mordisco, derramaría un jugo dulce y fragante.
—Yu Tingwan… sí me acuerdo…
Bai Xuelai asintió lentamente.
De pronto, levantó las comisuras de los labios y le sonrió al Alfa.
—¡Eres mi esposo! ¿Verdad?
Yu Tingwan no pudo evitar soltar una carcajada. Extendió los brazos y atrajo hacia sí al pequeño borracho.
—Sí. Lailai acertó, así que merece una recompensa —dijo Yu Tingwan entre risas—. ¿Qué quiere Lailai?
Con el cuerpo completamente flácido y sin fuerzas, Bai Xuelai permaneció recostado en los brazos del Alfa mientras utilizaba su cerebro entumecido por el alcohol para intentar analizar las palabras de Yu Tingwan.
De pronto soltó una risita tonta.
Sujetó el cuello de la ropa del Alfa con ambas manos y, como un enorme gato feroz, declaró:
—¡Te quiero a ti!
—Pero yo ya soy tuyo.
—¡Yu Tingwan, quiero que me beses!
Era demasiado feroz.
Hasta había hecho un puchero con los labios.
—Mi Lailai es demasiado adorable. De verdad eres demasiado adorable…
Sin poder contener la risa, Yu Tingwan inclinó la cabeza y depositó un beso sobre los labios de Bai Xuelai.
—Ya te besé. ¿Lailai está satisfecho?
—¡No! Yu Tingwan, ¿es que ya no puedes? ¿Es porque eres demasiado viejo y ya no te funciona?
El pequeño borracho soltó aquellas palabras escandalosamente atrevidas mientras miraba con ferocidad a Yu Tingwan, como una pequeña bestia.
Sujetando la ropa del Alfa con ambas manos, Bai Xuelai comenzó a sacudirlo con fuerza mientras se quejaba:
—¡Obviamente dormimos todos los días en la misma habitación, en… en la misma cama! ¡Yu Tingwan, qué te pasa! ¡Todos los días solo me abrazas! ¿Y lo demás?
—¿Lo demás? ¿A qué se refiere Lailai con «lo demás»?
Un instante antes estaba perfectamente bien, pero de repente dos hileras de lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
Como un niño pequeño, Bai Xuelai se abrazó a Yu Tingwan mientras lloraba y hacía un berrinche.
—Hasta estuve esperando en secreto durante varios días y, al final… al final solo me abrazaste… Solo me diste algunos besos…
Cuanto más lo pensaba, más triste se sentía.
Después de emborracharse, todas aquellas cosas que normalmente no se atrevía a decir salieron de su boca de golpe.
—Solo me abrazas cuando estoy en mi periodo de celo… Hasta lo busqué en la Red Estelar. Ellos… ellos dicen que los Alfas mayores ya no tienen suficiente energía…
—Buaaa… Yo todavía soy tan joven… No quiero quedarme viudo teniendo esposo…
Yu Tingwan inhaló bruscamente, entre enfadado y angustiado.
—Así que esto es lo que Lailai ha estado pensando… Fue culpa mía. Siempre me preocupó que normalmente pudieras tener miedo…
Sin saber si había escuchado siquiera las palabras de Yu Tingwan, Bai Xuelai siguió llorando y hablando por su cuenta:
—No quiero divorciarme de ti… y tampoco quiero quedarme viudo…
—Yu Tingwan, no te mueras, ¿sí? Tengo mucho miedo… De verdad tengo mucho miedo…
Las lágrimas que brotaban incesantemente de sus ojos comenzaron poco a poco a convertirse en pequeñas perlas.
Pequeñas perlas cristalinas y brillantes fueron cayendo una tras otra al suelo, produciendo sonidos nítidos al chocar contra él.
Sin darse cuenta, el pequeño borracho que lloraba acurrucado entre los brazos de Yu Tingwan había adoptado una forma parcialmente bestial.
Una larga y hermosa cola de pez se extendía por el suelo, mientras que sobre su espalda y sus brazos podía distinguirse vagamente el hermoso brillo de unas escamas.
La única sirena de toda la galaxia.
Una criatura proveniente del océano, capaz de seducir a los humanos y arrastrarlos hasta las profundidades del mar.
Levantó la cabeza.
Lloraba de una manera tan lastimosa como adorable.
Yu Tingwan extendió una mano para recoger las pequeñas perlas que caían y dijo con voz grave:
—Sé a qué le tienes miedo… No te preocupes, Lailai… Eso que tanto temes jamás sucederá.
Ver morir con sus propios ojos a la persona que amaba.
La respiración que desaparecía.
La sangre escarlata.
La piel helada.
Aunque ya había pasado por un Nirvana y perdido todos los recuerdos de su pasado…
Aquel dolor desgarrador, enterrado en lo más profundo de su memoria…
Incluso ahora seguía siendo tan claro como entonces.
¿Cómo podría Yu Tingwan soportar hacer que Bai Xuelai experimentara algo semejante?
—Lailai, sigo vivo y seguiré vivo en el futuro.
Yu Tingwan inclinó la cabeza y besó los labios temblorosos del Omega.