Transmigré después de que el CEO villano quedara en bancarrota - Capítulo 99
Pei Sheng bajó la mirada hacia el rostro de Gu Lin, que por fin volvía a mostrar una sonrisa, y respondió:
—Mm. Gu Lin, uno debe cumplir lo que promete.
—¿Qué prometí? —Gu Lin no reaccionó de inmediato.
—Que siempre me necesitarás.
Pei Sheng levantó la mano y apartó los mechones de cabello que caían sobre su frente.
—Tienes que cumplir tu palabra.
Gu Lin apoyó la barbilla sobre su hombro.
—Pei Sheng, últimamente no dejo de tener pesadillas.
Pei Sheng sabía lo que quería decir, así que simplemente permaneció en silencio y lo escuchó.
—Sueño que regreso a mi mundo original y que, por más que busco, nunca logro encontrarte.
Gu Lin reveló abiertamente la ansiedad que llevaba dentro.
El brazo con el que Pei Sheng lo rodeaba se apretó instintivamente.
Tal como había imaginado, Gu Lin estaba soñando con eso.
—Por eso no dejo de preguntarme si tú eres un sueño o si mi vida anterior era el sueño.
Durante los últimos días, aquellas pesadillas caóticas habían atormentado tanto a Gu Lin que incluso tenía miedo de dormir.
Pei Sheng miró las ojeras bajo sus ojos y le dio un pellizco en la cintura.
Gu Lin inmediatamente aspiró entre dientes.
—¡Duele!
—Parece que anoche todavía no te follé lo suficiente como para que dejes de preguntarte si soy un sueño.
Pei Sheng lo miró fijamente, aunque aflojó la fuerza de sus manos y comenzó a masajearlo.
Gu Lin cerró ligeramente los ojos, disfrutando de lo cómodo que se sentía.
—Casi me follaste hasta matarme. Pei Sheng, anoche te volviste loco. Incluso ahora siento como si todavía pudiera sentirte dentro de mí.
La mirada de Pei Sheng se oscureció al escucharlo.
Le sujetó la barbilla con los dedos.
—¿No te gustó?
—Sí.
El rostro de Gu Lin se tiñó de rojo y sus ojos brillaron.
—Me gustó mucho.
Aunque en ese momento su cuerpo se encontraba prácticamente medio inutilizado.
Gu Lin volvió a acurrucarse entre sus brazos.
—Pero anoche casi no me besaste.
Levantó un poco la cabeza con la intención evidente de besarlo, pero Pei Sheng se quedó quieto, como si no entendiera lo que pretendía.
Solo le sostuvo la barbilla y dijo en voz baja:
—Deberías pensar en todas las cosas que dijiste anoche. Pedías a gritos que te diera una paliza.
—Oh… Pero ahora ya no me la merezco.
Gu Lin lo miró expectante.
Pei Sheng no pudo ocultar la sonrisa en sus ojos.
—¿Quieres que te bese?
—¡Mm, mm!
Gu Lin asintió feliz y levantó el rostro, sacando ligeramente los labios.
Sin embargo, Pei Sheng no lo besó.
Solo presionó con el pulgar su labio inferior.
—Gu Lin, ¿puedes prometerme que no te irás?
Gu Lin vio la preocupación que aparecía en sus ojos y volvió a asentir.
—Te lo prometo.
Aunque sabía que aquella promesa era frágil, en ese momento comprendía perfectamente cuál era la respuesta que Pei Sheng necesitaba escuchar.
La mirada de Pei Sheng permaneció sobre sus ojos.
Finalmente bajó la cabeza y rozó sus labios.
—Gu Lin, quizá yo no esté en tus sueños. Pero si algún día desapareces, definitivamente iré a buscarte.
Los dos se besaron bajo las cálidas mantas, rozándose lenta, tranquila y tiernamente.
Afuera, el viento helado seguía aullando.
Dentro de la casa, todo continuaba tan cálido como siempre.
Una vez más, Pei Sheng consiguió que Gu Lin se quedara dormido.
Esta vez volvió a tener el mismo sueño.
Pero ya no sintió pánico.
Sabía que Pei Sheng iría a buscarlo.
Pei Sheng despertó después de dormir junto a Gu Lin durante dos horas.
Miró la hora.
Ya eran las seis de la tarde.
Afuera había oscurecido por completo, y el pronóstico meteorológico anunciaba una alerta roja por tormenta de nieve para aquella noche.
Pei Sheng abrió una aplicación de comida a domicilio.
Muchos restaurantes ya habían cerrado.
Fue hasta el refrigerador, lo abrió y observó las verduras que había dentro. Después revisó el congelador.
También tenían carne.
Pero él no sabía cocinar.
Pei Sheng se tocó la nariz y miró los fideos instantáneos.
Él podía comerlos.
Pero Gu Lin probablemente no.
Sacó el teléfono e hizo una videollamada a Wang Yang.
Zheng Wei fue quien contestó.
—Hermano Pei, ¿qué pasa? Wang Yang está cocinando.
Pei Sheng guardó silencio un instante.
—Tengo algo importante que preguntarle.
—Está bien, le llevo el teléfono.
Zheng Wei corrió hasta la cocina y le pasó el teléfono a Wang Yang.
Wang Yang estaba cortando verduras y le pidió a Zheng Wei que apoyara el teléfono verticalmente junto a un tazón.
—Hermano, ¿qué pasa?
—¿Cómo se preparan las gachas de cerdo magro con huevo centenario? —preguntó Pei Sheng.
Zheng Wei, que todavía no se había marchado, reaccionó como si acabara de escuchar que el mundo había explotado.
—¡No! ¡Wang Yang, ese de la pantalla no es el hermano Pei! ¡Es imposible que el hermano Pei cocine! ¡Seguro los fideos instantáneos poseyeron su cuerpo!
Pei Sheng:
—…Zheng Wei, ¿ya no quieres cobrar tu salario durante todo un año?
Zheng Wei huyó inmediatamente con el rabo entre las piernas.
Pei Sheng mantuvo el rostro inexpresivo.
—Envíame las instrucciones.
Y colgó despiadadamente la videollamada.
Wang Yang rio con impotencia, tomó el teléfono, buscó directamente un video y se lo envió.
Fei L o nadie: Si lo filtras 🔪
Fei L o nadie: .
Wang Yang miró el nuevo nombre de WeChat de Pei Sheng y después aquel arrogante y distante punto solitario.
Tuvo ganas de reír.
Jamás habría imaginado que alguien que antes prefería morir de hambre antes que cocinar entraría voluntariamente a la cocina.
Técnicamente, aquella tampoco era la primera vez que Pei Sheng entraba a una cocina.
Después de todo, para preparar fideos instantáneos también tenía que entrar.
Esta vez tomó el huevo centenario y la carne magra y entró.
Miró a su alrededor, eligió una tabla de cortar y un cuchillo y comenzó a seguir las instrucciones del video.
No era malo haciendo cosas con las manos.
Sin embargo, en lo referente a la cocina, realmente carecía de talento.
Ni siquiera había terminado de pelar el primer huevo centenario cuando este cayó gloriosamente al suelo.
Lo recogió, lo tiró a la basura y, con absoluta tranquilidad, sacó el segundo.
Cuando Gu Lin despertó y salió lentamente de la habitación, vio a Pei Sheng en la cocina.
—¿Otra vez vas a comer fideos instantáneos?
Caminó hacia él mientras hablaba.
Pei Sheng giró la cabeza.
Entonces Gu Lin vio que tenía las mangas remangadas y estaba cortando carne magra.
Se quedó atónito.
—Tú… ¿estás cocinando?
Gu Lin se acercó sorprendido.
Vio los trozos de huevo centenario que había cortado y después bajó la mirada hacia el cubo de basura, donde descansaban quién sabía cuántos huevos que habían muerto en acto de servicio.
Pei Sheng empujó instintivamente el cubo para apartarlo de su vista.
—Todavía falta.
Gu Lin observó su progreso.
Ni siquiera había lavado el arroz todavía.
A juzgar por aquello, las gachas iban a tardar bastante.
—Creo que quiero comer fideos instantáneos —dijo Gu Lin de manera diplomática.
—No. Espera mis gachas.
Pei Sheng consideraba que el comienzo de cualquier cosa debía ser bueno.
Era la primera vez que cocinaba en serio.
Gu Lin tenía que terminarse lo que preparara.
Así que Gu Lin solo pudo responder:
—Oh.
Pei Sheng salió, le trajo un pequeño taburete y le puso el termo en las manos.
—Siéntate y espera.
Después se lavó las manos y continuó trabajando.
Gu Lin se quedó allí observando cómo cortaba unos cuantos pedazos de carne y se lavaba las manos; tocaba otra cosa y volvía a lavárselas; hacía cualquier cosa y otra vez se lavaba las manos.
Higiénico sí que era.
El sabor… ya se vería.
Cuando finalmente metió todo en la olla arrocera y activó el modo para preparar gachas, Pei Sheng volvió a lavarse las manos.
Tomó un pañuelo de papel para secarse el sudor de la frente y, al girarse, encontró a Gu Lin con la barbilla apoyada en la mano, mirándolo con una sonrisa.
—¿Qué miras?
Pei Sheng terminó de secarse las manos y bajó ligeramente los ojos hacia el rostro de Gu Lin, que ya había recuperado algo de color.
Gu Lin extendió los brazos y lo rodeó por la cintura.
Lo miró lleno de expectativas.
—Pei Sheng, la próxima vez que cocines, ¿puedes hacerlo sin camiseta y usando únicamente un delantal?
Pei Sheng imaginó aquella escena y entrecerró los ojos.
Le sujetó la barbilla.
—¿Quieres comprobar si te desnudo por completo y te dejo únicamente el delantal a ti?
Gu Lin se comportó de inmediato.
Pero en su cabeza siguió imaginando en secreto a Pei Sheng sin camiseta y con un delantal puesto.
Su rostro se puso rojo.
¡La próxima vez definitivamente conseguiría que Pei Sheng se vistiera así para él!
El pronóstico meteorológico había acertado.
Afuera, el viento helado soplaba desenfrenadamente y comenzó a caer una intensa nevada.
En apenas unos minutos, el exterior quedó cubierto por un manto plateado.
El resultado final de las gachas de Pei Sheng fue bastante aceptable.
El problema era que había preparado demasiadas.
Los dos se acabaron un tazón enorme cada uno.
Por supuesto, para Pei Sheng aquello no era suficiente, así que Gu Lin terminó preparándole otro tazón de fideos.
Cuando terminaron de comer, Pei Sheng metió todos los platos y utensilios en el lavavajillas.
Entonces vio a Gu Lin pegado al cristal de la puerta del balcón, contemplando la nieve del exterior.
—¿Quieres salir a verla? —preguntó Pei Sheng.
—¿No nos enterrará la nieve?
Era la primera vez que Gu Lin veía nevar con tanta intensidad.
Parecía como si aquella nieve fuera a sepultar el mundo entero.
Pei Sheng respondió con seriedad:
—Yo te desenterraré.
Al escucharlo, Gu Lin exclamó inmediatamente:
—¡Entonces voy a cambiarme!
Regresó rápidamente a su habitación, se vistió bien y se puso tanto el gorro como la bufanda.
Pei Sheng también se puso una chaqueta de plumas.
—Los guantes.
—No tengo.
Gu Lin escondió las manos dentro de las mangas.
—Puedo hacer esto.
Pei Sheng lo miró con los hombros encogidos y tuvo ganas de reír.
Se quitó sus propios guantes y se los entregó.
—Póntelos.
—¿Y tú?
Pei Sheng metió las manos en los bolsillos para mostrarle lo que pensaba hacer.
Gu Lin curvó los labios en una sonrisa y asintió, indicando que aquello estaba bien.
Pei Sheng le puso la correa a Laduo y salieron.
Al llegar abajo, Laduo y Gu Lin corrieron hacia la nieve como dos criaturas liberadas de una jaula.
Pei Sheng caminó detrás de ellos sin prisa.
Miró la hora en su pulsera.
Estaban a punto de dar las nueve.
Zheng Wei le había enviado un mensaje diciendo que ya estaba preparado.
Pei Sheng respondió.
Fei L o nadie: Si hay algún problema, escríbeme.
Zheng: Hermano Pei, tu nombre de WeChat sigue siendo muy de pareja.
Fei L o nadie: Mm. Desde luego, mucho más que «Xiao Wang».
Zheng: …¡Haré que él también se lo cambie!
Fei L o nadie: Lo que se consigue a la fuerza siempre seguirá siendo forzado 🚬
Zheng: Adiós.
Pei Sheng guardó el teléfono.
Al levantar la mirada, descubrió que Gu Lin y Laduo realmente estaban a punto de quedar enterrados bajo la nieve.
Gu Lin estaba acostado boca arriba, formando el carácter «大» con el cuerpo, con brazos y piernas extendidos.
Laduo lo había imitado y también estaba tirado junto a él.
—¡Pei Sheng! —lo llamó Gu Lin.
Pei Sheng se acercó sosteniendo el paraguas.
Lo miró desde arriba y vio la punta de su nariz enrojecida por jugar.
—De verdad quieres obligarme a desenterrarte.
—Sí.
Gu Lin cerró los ojos.
—Pei Sheng, cuando cierro los ojos, la nieve cae sobre mis párpados. Está tan fría… Me gusta mucho esta sensación.
Pei Sheng contempló su sonrisa tonta.
No quiso arruinarle la diversión.
Pero cuando Laduo intentó volver a tumbarse junto a él, Pei Sheng lo levantó.
—Tú no puedes acostarte.
Laduo gimoteó dos veces y arañó con las patas el pantalón de Pei Sheng.
—Cuando tú te enfermas, cuesta más que cuando se enferma Gu Lin —lo rechazó Pei Sheng sin piedad.
Gu Lin, que acababa de descubrir que valía menos que un perro, abrió los ojos y lo miró indignado.
—¡Cuando yo me enfermo también gastas dinero!
—Cuando Laduo se enferma, son mínimo dos mil yuanes —respondió Pei Sheng con una sonrisa.
Gu Lin:
—…
Efectivamente.
Valía menos que el perro.
Así que Gu Lin también le dio una patadita en el trasero a Laduo.
—Tú tampoco te acuestes. Dos mil yuanes.
Laduo no tuvo más remedio que comportarse y limitarse a correr y jugar por la nieve.
Pei Sheng dejó de prestarle atención.
Se agachó junto a Gu Lin, que ya estaba medio enterrado.
Una fina capa de nieve se había depositado sobre sus pestañas, como la escarcha que cubría las ramas de los árboles en las profundidades de una montaña.
Gu Lin notó su mirada.
Abrió los ojos, lo miró y extendió una mano.
Pei Sheng la sujetó para ayudarlo a levantarse.
Pero Gu Lin se lanzó primero contra él.
Lo derribó sobre la nieve.
Los copos continuaron cayendo a su alrededor, envolviendo a ambos en un mundo completamente blanco.
Gu Lin bajó la cabeza.
Su gorro bloqueaba la nieve que caía sobre ellos.
Su voz estaba llena de alegría.
—Pei Sheng, hace un momento pedí un deseo.
Un copo cayó sobre los párpados de Pei Sheng.
Realmente estaba frío.
Pei Sheng contempló los ojos sonrientes de Gu Lin.
En su corazón estaba convencido de que seguramente había deseado permanecer junto a él toda la vida.
Después de todo, una nevada tan intensa probablemente era capaz de cumplir cualquier deseo.
A propósito, preguntó:
—¿Qué deseaste?
Gu Lin respondió:
—¡Espero volverme rico de la noche a la mañana!
Pei Sheng:
—…¿?
Al instante siguiente, Gu Lin recibió una palmada en la frente con una mano llena de nieve.
Pei Sheng lo miró con desagrado.
—Despierta. Esto es nieve, no una estrella fugaz.
Gu Lin se enfadó y le metió un puñado de nieve por el cuello.
Así comenzó una guerra de bolas de nieve.
Quizá porque estaban divirtiéndose demasiado, poco a poco comenzaron a aparecer más personas abajo.
Había niños, hombres y mujeres.
Gu Lin ya había dejado de perseguir a Pei Sheng.
Ahora estaba construyendo pequeños muñecos de nieve.
Aunque, en realidad, no eran muñecos.
Eran perros de nieve.
Dos.
Uno grande y otro pequeño, estrechamente pegados el uno al otro.
Gu Lin levantó la cabeza y vio a Pei Sheng no muy lejos, mirando el teléfono mientras escribía rápidamente con una sola mano.
Miró la hora en su pulsera.
Ya eran las 21:30.
Sabía que Li Chunhua ya debía haber publicado las fotografías.
Probablemente todo había estallado en internet.
Sin embargo, su teléfono no había recibido ninguna notificación.
Gu Lin sabía que Pei Sheng ya había descubierto el mensaje que Li Chunhua le había enviado.
Una vez más, estaba bloqueando todo lo malo para impedir que llegara hasta él.
Pei Sheng siempre hacía muchísimas cosas por él en silencio.
—¡Pei Sheng! —lo llamó Gu Lin—. ¡Mira!
Pei Sheng levantó la cabeza.
Vio los dos perros de nieve que Gu Lin había construido, acurrucados estrechamente el uno contra el otro.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de Zheng Wei.
Zheng: Hermano Pei, están jugando sucio. Ya no podemos contener la opinión pública.
Pei Sheng respondió inmediatamente.
Fei L o nadie: Yo me encargo.