Transmigré después de que el CEO villano quedara en bancarrota - Capítulo 89

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Gu Lin bajó apresuradamente en ascensor hasta el estacionamiento subterráneo y, de un vistazo, reconoció el llamativo auto rosa de la pequeña jefa.

Era un auto que Chu Gege había comprado hacía poco. En aquel momento, Gu Lin había preguntado por curiosidad cuánto costaba y la cifra tenía más ceros que una brocheta de frutas confitadas.

—Pequeña jefa, gracias por venir a recogerme.

Gu Lin subió al auto y le dio las gracias mientras todavía recuperaba el aliento.

Chu Gege seguía tan hermosa como siempre. Con una mano apoyada sobre el volante, miró cómo había llegado corriendo y sonrió.

—Acabo de llegar. ¿Por qué tenías tanta prisa?

Gu Lin se abrochó el cinturón de seguridad.

—Ya te estoy causando la molestia de venir por mí. No podía hacerte esperar.

Chu Gege arrancó el auto y, a través del espejo retrovisor, alcanzó a ver la figura de Pei Sheng.

—¿Le dijiste a Pei Sheng qué vas a hacer?

—No. Si se entera, dejará de ser una sorpresa.

Chu Gege se burló:

—No sé si él se llevará una sorpresa, pero después de comprar eso hoy, tú sí que vas a quedarte en la ruina.

Al mencionar el dinero, a Gu Lin también comenzó a dolerle el corazón.

Pero Pei Sheng le había dado tantas cosas que él tenía que comprarle aquel reloj.

—No. Todavía tengo la tarjeta de nómina de Pei Sheng —dijo Gu Lin.

Así que, al menos, no moriría de hambre.

—Oh… ¿Y cuánto depositan cada mes en su tarjeta de nómina? —preguntó Chu Gege con curiosidad.

—Ocho mil.

Gu Lin nunca había revisado realmente la tarjeta que Pei Sheng le había dado. Como Pei Sheng le había dicho que ganaba ocho mil, simplemente asumió que eso era lo que recibía.

—Ocho mil… —repitió Chu Gege con una sonrisa.

—Pequeña jefa, ¿por qué siento que estás insinuando algo?

Cuanto más la escuchaba, más extraño le parecía.

—¿Yo? Para nada. No soy Zhou Shaoran.

Chu Gege cambió oportunamente de tema.

—¿Y Pei Sheng nunca te ha comprado un auto?

—Ah, me dio su Yadea para que lo use.

Aunque ahora que era invierno, Pei Sheng casi siempre lo llevaba y recogía en auto, así que apenas usaba la motocicleta eléctrica.

—¿Esa pequeña y destartalada moto eléctrica?

—¿Qué tiene de destartalada?

Después de preguntar, Gu Lin recordó que probablemente podrían comprarse quién sabía cuántas Yadea con el precio del auto de la pequeña jefa.

Así que solo refutó en silencio:

No estaba destartalada en absoluto.

—Sales con él sin buscar su dinero ni su apariencia. ¿Entonces solo estás con él porque te trata bien?

Chu Gege observó aquella expresión de Gu Lin, completamente cegado por el amor.

No sería extraño que de verdad estuviera con Pei Sheng únicamente porque lo trataba bien.

—¿No puedo estar con él porque tiene cintura estrecha, piernas largas y además es bueno en la cama?

La réplica hizo reír a Chu Gege.

—Vaya, al final el verdadero desgraciado eres tú. ¿Solo codicias su cuerpo?

—Claro que no. El amor y el deseo no pueden separarse. Además, yo solo lo deseo a él —respondió Gu Lin con total seriedad.

—¿El deseo de los hombres no suele estar separado del amor?

—El mío no.

Gu Lin jamás había considerado que el deseo y el amor fueran cosas separadas.

Precisamente porque le gustaba Pei Sheng quería estar pegado a él.

Después de tantas preguntas, Gu Lin también sintió curiosidad.

—¿Y tú, pequeña jefa? Cuando saliste con tu primer novio, ¿qué buscabas en él?

La sonrisa en los labios de Chu Gege se debilitó un poco.

—No lo sé. Quizá en aquel entonces era igual que tú.

Gu Lin percibió el cambio en su expresión y de repente recordó que Zheng Wei había mencionado que el primer amor de la pequeña jefa había muerto hacía muchos años.

Se dio cuenta de que había dicho algo inapropiado.

Sin embargo, como nunca le había preguntado personalmente a Chu Gege sobre aquello, fingió no saberlo.

Bajó la cabeza y miró su teléfono.

Pei Sheng le había enviado un mensaje.

NoL: ¿Adónde vas? ¿Por qué saliste corriendo así?

Era la primera vez que Pei Sheng le preguntaba adónde iba.

LL: A divertirme con la pequeña jefa.

Pei Sheng estaba sentado dentro de su auto, debatiéndose entre ir personalmente a averiguar qué estaba haciendo su pequeño novio o quedarse en casa esperando a que regresara.

Al ver la respuesta de Gu Lin, no conseguía imaginar qué clase de diversión podían tener aquellos dos juntos.

¿Preparar té con leche?

¿O hacer un recorrido de dos personas interpretando NPC en la casa embrujada?

NoL: Un novio competente debe aprender a informar sinceramente de sus planes. 🙂

NoL: [Artículo reenviado de una cuenta oficial: «Estas seis señales indican que estás sufriendo indiferencia emocional»]

NoL: [Captura de pantalla]

Gu Lin abrió la captura y vio que Pei Sheng había marcado con una línea roja la parte que decía: «No informar de los propios planes».

Gu Lin se echó a reír.

A veces Pei Sheng realmente estaba mal de la cabeza. Ni siquiera sabía de dónde sacaba aquellas cosas.

LL: ¡No aprendas de los ancianos a reenviarles artículos de cuentas oficiales a los jóvenes!

LL: De verdad salí a divertirme. (perrito sincero.jpg) ¡Luego te llevaré algo rico! Te compraré un pastelito.

NoL: Bien. 🙂

Gu Lin miró aquella carita sonriente al final del mensaje.

Parecía que, cada vez que Pei Sheng la usaba, en realidad significaba:

«Entendido, pero no estoy nada contento».

Gu Lin le respondió con un beso.

Pei Sheng leyó el mensaje.

Y respondió:

NoL: 🙂

Gu Lin podía imaginar perfectamente la expresión de disgusto que debía tener en ese momento.

Seguramente estaba con el rostro frío mientras abría una bolsa de papas fritas o de galletas de osito y las devoraba con saña.

Dentro del auto, Pei Sheng abrió precisamente un paquete de galletas que Gu Lin había comprado para él la última vez que fueron al supermercado. Había dejado varios paquetes en su auto.

Estaba considerando si darle a su adorable novio un poco de libertad o ir directamente a traerlo de regreso.

Después pensó que Chu Gege y él tampoco tenían mucho que hacer juntos.

Mejor ir a echar un vistazo.

Pei Sheng encendió el auto y salió.

*

Chu Gege llevó a Gu Lin, que apestaba a romance por todos los poros, hasta el centro comercial.

Gu Lin caminó rápidamente a su lado.

—Pequeña jefa, ¿qué quieres beber? Yo invito.

Chu Gege hizo un gesto con la mano.

—Nada. Beber interferiría con mi apreciación de los hombres guapos.

Cuando llegaron a la tienda de relojes y vieron a siete u ocho empleados apuestos en el interior, los ojos de Chu Gege prácticamente brillaron.

Gu Lin recordó la primera vez que la pequeña jefa lo había llevado a una agencia de modelos masculinos.

Los modelos también la habían mirado exactamente así.

—Xiao Song, estás todavía más guapo.

Gu Lin comenzó a sentir que era el guardaespaldas personal de la pequeña jefa.

Chu Gege lo llevó hasta uno de los mostradores.

—Compañero Gu Xiaolin, deja de mirar hombres guapos y ven a ver el reloj.

Gu Lin simplemente se había quedado aturdido por el lujo del lugar. Nunca había entrado en un sitio tan extravagante.

Al escucharla llamarlo, se acercó rápidamente y explicó en voz baja:

—No estaba mirando hombres guapos.

—También es verdad. Ninguno de estos es tan guapo como Pei Sheng.

Chu Gege, que tenía una obsesión extrema por las apariencias, reconocía plenamente el atractivo de Pei Sheng.

Gu Lin sintió la mirada del empleado del mostrador sobre él y cambió rápidamente de tema, señalando uno de los relojes.

—¿Cuál era? ¿Este?

Señaló uno con esfera de un negro intenso y agujas de un blanco extremo, muy parecido al modelo que Chu Gege le había mostrado anteriormente.

—Sí, es exactamente este.

Chu Gege le indicó al empleado que lo sacara.

—¿Quieres probártelo?

Gu Lin extendió la mano y se lo puso.

Su muñeca era fina, así que el reloj se veía delicado en él.

Pero en Pei Sheng seguramente tendría una elegancia mucho más distinguida.

—A Pei Sheng seguramente le quedará mejor. ¿Compramos este?

Chu Gege podía ver cuánto le gustaba.

—Mm, sí.

Gu Lin se quitó el reloj.

—Este. Por favor, envuélvalo.

Sacó su tarjeta bancaria.

Allí tenía los cien mil yuanes que había ahorrado.

Chu Gege observó cómo aquel pequeño avaro estaba a punto de entregar todos sus ahorros sin mostrar siquiera demasiado sufrimiento. Sentada en un taburete alto, apoyó la barbilla sobre la mano y lo miró.

—¿De verdad no te duele gastar todo eso? ¿Y no tienes miedo de que algún día te deje?

Gu Lin también se sentó.

—Mm… Puede ser. Pero este también es mi regalo de cumpleaños para él.

En su mundo original, una de las últimas cosas que había aprendido era que, si querías regalarle algo a alguien, debías hacerlo.

Porque el año en que murió su madre, el Día de la Madre había pasado frente a una florería.

Había querido comprarle un ramo de claveles.

Se detuvo durante un momento.

Pero finalmente se marchó sin comprarlos.

Y después de eso nunca volvió a tener ninguna oportunidad de regalarle nada.

Al ver la sonrisa juguetona de la pequeña jefa, Gu Lin se apresuró a decir:

—¡Si pasa algo, iré a refugiarme contigo, pequeña jefa! ¡De día prepararé té con leche y por la noche trabajaré en tu casa embrujada!

Chu Gege contempló a Gu Lin.

Desde el fondo de su corazón, sentía que era una persona que sabía valorar lo que tenía.

Muchas personas solo comprendían realmente el significado de «apreciar» después de haber sufrido una pérdida.

Pensó en aquella persona que había muerto.

Las palabras que había querido decirle y las cosas que había querido regalarle se habían quedado sin entregar por culpa de su orgullo y de todas las posibilidades negativas que había imaginado.

Gu Lin comenzó a sentirse incómodo al ver que ella no dejaba de mirarlo.

—¿Qué pasa? ¿Ya no quieres acogerme? ¿Acaso ya no soy tu subordinado?

Chu Gege soltó una risa.

—Sí, lo eres. Hermanito Gu, ayúdame a escoger uno también.

—¿Para quién?

Gu Lin sabía que la pequeña jefa había tenido muchos novios.

—Para mi primer amor —respondió Chu Gege—. Tenía gustos bastante parecidos a los tuyos.

Gu Lin se quedó inmóvil.

—¿Tu primer amor?

—Sí. Supongo que Zheng Wei y los demás ya te contaron que murió hace varios años.

Antes, Chu Gege detestaba hablar de aquella persona con los demás.

Sin embargo, frente a Gu Lin no sentía aquella misma resistencia.

Podía percibir que, en lo más profundo de su corazón, Gu Lin también había perdido a alguien sumamente importante.

Gu Lin nunca había sido bueno consolando a los demás.

—No sé cómo consolarte, pero puedo entender tu dolor.

—Yo también puedo entender el tuyo.

Chu Gege tomó la tarjeta de Gu Lin y se la entregó al empleado.

—Cóbralo.

Después de pagar, Gu Lin miró el mensaje del banco que mostraba el gasto y el saldo restante.

Saldo: 10.31 yuanes.

Gu Lin pensó que todavía le alcanzaba para comer algo barato.

Entonces llegó otro cobro.

Era un pago diferido de Pinduoduo por 9.9 yuanes.

Gu Lin miró su nuevo saldo.

0.41 yuanes.

Después volvió la mirada hacia la pequeña jefa, que seguía comprando como si nada.

Sintió que el sufrimiento de ambos definitivamente no estaba al mismo nivel.

¡Definitivamente no!

Cuando Chu Gege terminó de comprar el reloj, recibió una llamada.

—Papá. Sí, enseguida regreso.

Colgó y se volvió hacia Gu Lin.

—Surgió algo en casa. ¿Puedes regresar tú solo en taxi?

—Sí. Ten cuidado en el camino —le recordó Gu Lin—. Avísame cuando llegues.

Antes de marcharse, Chu Gege le metió una de las bolsas en las manos.

—Regalo de Año Nuevo.

Luego añadió:

—Ah, y cuando conocí a mi primer amor fingí que no tenía dinero para acercarme a él. Además, de verdad tienes gustos muy parecidos a los suyos.

Tras decirlo, se alejó rápidamente sobre sus tacones altos.

Gu Lin contempló su espalda.

Sentía que la pequeña jefa también era una persona bastante inexplicable.

¡Él ni siquiera había preguntado cómo había conocido a su primer amor!

Guardó ambos relojes en la mochila y recorrió un rato el centro comercial.

En una pastelería que parecía especialmente buena, compró algunos postres y pastelitos.

Por supuesto, pagó con la tarjeta de nómina de Pei Sheng.

Con sus 0.41 yuanes, él apenas podía alimentarse del aire.

Cuando terminó de comprar, decidió regresar en metro.

El problema era que no encontraba la estación.

Aquel centro comercial no estaba conectado directamente con el metro.

Siguió la ruta del navegador durante un rato y, al llegar a una esquina, alguien le bloqueó el camino.

Al mismo tiempo, sintió algo afilado presionándole la cintura.

Todo el cuerpo de Gu Lin se enfrió.

Era un cuchillo.

—Ven conmigo.

El hombre llevaba mascarilla y gorra. Vestía ropa gris completamente corriente, de esas que no llamaban la atención en absoluto.

Gu Lin reconoció su voz.

Era el mismo hombre que, en el cine, lo había obligado a escuchar la llamada de Li Chunhua.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó Gu Lin con calma.

—Camina.

Los ojos triangulares del hombre estaban cargados de intención asesina.

Le pasó un brazo por los hombros mientras mantenía el cuchillo pegado a su cintura.

Gu Lin comenzó a sudar frío por todo el cuerpo.

Sin embargo, bajo aquel miedo extremo, sentía que su mente estaba más lúcida que nunca.

¿Li Chunhua quería verlo?

Entonces…

¿Tal vez podría recuperar los cinco millones?

Gu Lin supuso que aquel hombre probablemente no lo lastimaría.

Después de todo, todavía necesitaban obtener de él la contraseña de aquella tarjeta bancaria.

Lo llevaron hasta un lugar apartado, oculto y sin cámaras de vigilancia.

La mano enguantada del hombre le sujetó el cuello y, una vez más, le puso un teléfono junto al oído.

—Gu Lin, parece que has atendido bastante bien a Pei Sheng. Cada pocos días entran quinientos veinte mil yuanes en la tarjeta. Tu trasero sí que vale dinero.

La voz de Li Chunhua le produjo náuseas.

Pero Gu Lin también se quedó sorprendido.

¿Cada pocos días entraban quinientos veinte mil yuanes?

Eso significaba que Pei Sheng seguía transfiriendo dinero a aquella tarjeta.

Pero Pei Sheng ya sospechaba de Li Chunhua.

Con lo inteligente que era, debía saber que aquella tarjeta estaba en sus manos.

Entonces…

¿Qué estaba haciendo a sus espaldas?

—Ahora que ya tienes a Pei Sheng completamente atrapado, ¿qué tal si hacemos un trato?

—¿Qué trato? —preguntó Gu Lin con calma.

—Dame la contraseña de esta tarjeta y eliminaré todas las pruebas que tengo guardadas.

—¿Qué pruebas tienes?

Gu Lin quería saber si Li Chunhua poseía algo que pudiera utilizar para amenazar a Pei Sheng.

—Enséñaselo.

El hombre que lo sujetaba sacó el teléfono y abrió una fotografía.

Gu Lin la miró.

Era una foto de la ocasión en que Pei Sheng lo había llevado a la universidad y él, sentado sobre su regazo, lo estaba besando.

La imagen era muy nítida.

El perfil de Pei Sheng podía verse perfectamente.

—¿Esto es suficiente?

El corazón de Gu Lin pareció caer dentro de una cueva de hielo.

—Sí. Pero quiero hacer el intercambio cara a cara.

—Primero dame una muestra de sinceridad. Nunca he llevado un reloj de más de cien mil yuanes.

Apenas Li Chunhua terminó de hablar, el hombre agarró la mochila de Gu Lin.

Gu Lin comprendió de inmediato que aquel sujeto lo había estado siguiendo todo el tiempo.

El hombre tiró con tanta fuerza que una de las correas de la mochila se rompió.

Gu Lin comenzó a forcejear violentamente.

—¡¿Sinceridad, dices?! ¡Vete al demonio!

Le lanzó una patada directamente a la entrepierna.

El hombre reaccionó con rapidez.

La patada se desvió y solo alcanzó su pierna.

Pero fue suficiente para crear distancia entre ambos.

Gu Lin agarró la mochila e intentó correr.

El hombre reaccionó inmediatamente y lo sujetó por el hombro.

Gu Lin levantó el brazo por instinto para protegerse.

La hoja le cortó el antebrazo.

El dolor agudo hizo que se detuviera un instante.

El hombre volvió a intentar agarrarlo por el cuello.

Gu Lin consiguió esquivarlo, pero su cuerpo chocó contra un viejo bote de basura que había a un lado.

Tropezó un par de pasos sin lograr recuperar todavía el equilibrio.

Entonces solo alcanzó a ver una figura corriendo hacia ellos.

Al instante siguiente, el hombre salió despedido como una cometa a la que le hubieran cortado el hilo.

Cayó violentamente contra el suelo.

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