Transmigré después de que el CEO villano quedara en bancarrota - Capítulo 77
Gu Lin sentía que el calor de su cuerpo ya no era normal, como si alguien hubiera encendido una llama en su interior.
El fuego le provocaba una sed insoportable. Se humedeció los labios resecos y dijo con el aliento ardiente:
—Quiero agua.
Pei Sheng sacó una botella de agua del compartimento del reposabrazos, la abrió y se la dio.
Gu Lin bebió más de la mitad. Como antes también había tomado cerveza, su vientre quedó un poco hinchado. La palma de Pei Sheng descansaba justo sobre él, sintiendo aquella suave barriga ligeramente abultada.
—Ya estás lleno antes de que siquiera te haya dado de comer.
Sus palabras siempre eran así, ambiguas y capaces de despertar toda clase de asociaciones.
Gu Lin sintió que se estaba burlando de él y apartó su mano.
—Ya me llené de tanto beber. No me toques.
Pei Sheng se comportó como todo un caballero y se recostó contra el asiento, retirando la mano y dejándola tranquilamente frente a su cuerpo. Sin embargo, los ojos ocultos tras sus lentes parecían esconder anzuelos. Aunque no dijera una sola palabra, bastaban para dejar completamente embelesado a Gu Lin, cuyo cuerpo ya ardía.
Como un animalito al que habían dejado de prestarle atención, Gu Lin volvió obedientemente a arrojarse a sus brazos. Tomó la mano de Pei Sheng, la abrió y se acurrucó contra su pecho por iniciativa propia.
—Abrázame fuerte.
—¿No acabas de decir que no te tocara?
—Puedes abrazarme.
Gu Lin obligó a Pei Sheng a rodearlo con los brazos, como si estuviera abrazando a un niño.
—Fuerte.
Pei Sheng lo complació. Le sujetó la capucha y se la puso sobre la cabeza, aprovechando aquel pequeño espacio oculto para besar los labios enrojecidos de Gu Lin.
La punta de su lengua rozó suavemente su paladar. Gu Lin quedó aturdido por el beso y, cuando finalmente lo soltaron, todavía no había recuperado la razón. La punta de su lengua, enrojecida por las succiones, permanecía fuera, como si esperara que Pei Sheng volviera a enredarse con ella.
Pei Sheng le recordó en voz baja:
—Ya casi llegamos.
—Está bien. Nos besamos cuando lleguemos a casa.
Gu Lin asintió y enterró el rostro en su hombro. Su cálido aliento atravesaba la tela y calentaba la piel de Pei Sheng.
—¿Tienes mucho calor? —Pei Sheng le tocó la espalda y descubrió que estaba empapada en sudor.
—Mm.
En realidad, Gu Lin no solo tenía muchísimo calor; también estaba duro.
Entonces recordó los dos tazones de sopa que había bebido y comprendió dónde estaba el problema.
—¿Con qué prepararon esa sopa?
—¿Por qué no lo buscas?
Pei Sheng le entregó el teléfono. Gu Lin hizo una búsqueda y, en cuanto vio que entre sus supuestos efectos estaban fortalecer la función sexual masculina y tonificar los riñones, se avergonzó y enfureció.
—¡Me dejaste beber dos tazones! ¡Y tú ni siquiera tomaste!
—Dijiste que estaba rica. —Pei Sheng vio que estaba a punto de erizarse por completo—. Además, ¿estás seguro de que podrías soportarlo si yo la hubiera bebido?
Gu Lin le clavó un dedo en el pecho.
—Lo hiciste a propósito. Eres un desgraciado.
En realidad, Pei Sheng no lo había hecho deliberadamente. Simplemente le había parecido divertido verlo beber sin entender nada.
—¿Y qué se siente después de beberla? —preguntó Pei Sheng.
Él tampoco la había probado nunca y sentía cierta curiosidad.
Gu Lin estaba sofocado. Bajó un poco la ventanilla para que el viento enfriara su rostro ardiente y pronunció una sola palabra, casi sin voz:
—Duro.
Pei Sheng soltó una risa profunda.
—Aguanta un poco.
Por fortuna, no tardaron en llegar a casa.
En cuanto la puerta se cerró, Pei Sheng empujó a Gu Lin contra ella y bajó la cabeza para besarlo.
Ese día Gu Lin llevaba unos pantalones deportivos grises. Pei Sheng le bajó un poco la cintura del pantalón y su palma, todavía fría por el exterior, tocó aquella zona ardiente y endurecida, provocándole un escalofrío.
—Está muy fría.
Gu Lin encogió el cuerpo y apoyó las manos contra los hombros de Pei Sheng, intentando apartarlo. Echó el cuello hacia atrás y dejó al descubierto el pequeño lunar rojo intenso que tenía a un lado.
Pei Sheng besó suavemente aquel lunar mientras sus dedos recorrían al pequeño Gu Lin.
—¿Ya está caliente?
—Me da cosquillas…
Gu Lin sentía todo el cuerpo suspendido en una insoportable excitación. Estaba incómodo y acalorado.
Miró a Pei Sheng a los ojos y, jadeando, extendió la mano para quitarle los lentes. Los dejó a un lado.
—Bésame.
Pei Sheng bajó la cabeza y lo besó. Entreabrió los labios para atrapar el labio superior de Gu Lin, mientras su lengua se adelantaba para invadir su boca y enredarse húmedamente con la suya.
Gu Lin jadeó mientras se lamía los labios. En las comisuras de sus ojos había un brillo húmedo y el alcohol hervía dentro de su cuerpo.
—Tus labios son muy suaves.
—Mm. —Pei Sheng atrapó entre los labios el dedo con el que Gu Lin estaba tocando su boca—. ¿Qué quieres hacer?
—El pequeño Gu Lin quiere que lo toquen.
Gu Lin no retiró la mano. La yema de su dedo presionó la punta de la lengua de Pei Sheng con un claro gesto provocador.
—Perrito pervertido.
Pei Sheng le mordió el nudillo y le bajó directamente los pantalones.
La ropa de ambos fue quedando atrás desde la entrada hasta el baño.
El agua tibia cayó sobre sus cuerpos. Gu Lin estaba apoyado contra la pared, aferrándose con fuerza al cabello de Pei Sheng.
—Tus dientes me rozan.
La voz de Gu Lin temblaba mientras sus dedos tiraban del cabello del hombre arrodillado frente a él.
—Duele.
Pei Sheng no esperaba que tuviera tantas exigencias. Abrió la boca y le mordió la parte baja del abdomen.
—Aguanta.
—Tu técnica es mala. —Gu Lin rozó sus labios con la yema de los dedos—. Abre más la boca, esconde los dientes y hazlo con más suavidad.
Pei Sheng dejó de morderle el bajo vientre. Contuvo su torpeza y, siguiendo las indicaciones de Gu Lin, apartó los dientes y comenzó a tratarlo con mayor suavidad.
Las piernas de Gu Lin ya temblaban.
No se atrevía a ser demasiado exigente por miedo a que a Pei Sheng no le gustara, pero este parecía provocarlo deliberadamente.
Sentía una intensa tensión en el vientre. Su espalda descansaba contra la fría pared mientras el vapor los envolvía por completo.
—Pei Sheng… —gemía una y otra vez—. Ya está… ya está…
—¡Ah!
Su voz se elevó bruscamente. Sentía el coxis tan caliente que parecía estar ardiendo.
Al sentir que estaba llegando al límite, extendió instintivamente una mano para apartar la cabeza de Pei Sheng, pero no llegó a tiempo.
El hermoso y frío rostro de Pei Sheng terminó manchado por él.
La mente de Gu Lin quedó completamente en blanco durante un instante. Con los dedos temblorosos, rozó sus largas pestañas húmedas.
—Te ensucié…
Una sensación de conquista surgió en su interior.
Pei Sheng lo recogió entre sus brazos y lo llevó bajo el agua caliente para limpiarlo. Después se enjuagó la boca antes de volver a besarlo.
—¿Se sintió bien?
—Muy bien…
Gu Lin todavía estaba aturdido por el impacto.
Con los ojos desenfocados, levantó el rostro y frotó la punta de la nariz contra la barbilla de Pei Sheng. Lo contempló a través del vapor.
—Me gustó mucho.
Pei Sheng le acarició el cabello mojado como si estuviera acariciando a un cachorro.
—¿Y quién decía hace un momento que mi técnica era mala?
Gu Lin entrecerró los ojos con una sonrisa traviesa.
—Yo.
Le ofreció sus labios por iniciativa propia.
—Entonces castígame.
Poco después, Gu Lin se arrepintió de haberle pedido a Pei Sheng que lo castigara.
Su espalda estaba pegada al cristal del baño y todo su cuerpo colgaba de Pei Sheng. Ya no había una sola parte de sí mismo que pudiera controlar.
Los latidos de su corazón se volvían cada vez más fuertes y profundos, mientras las embestidas destrozaban rápidamente tanto su respiración como su razón.
Hasta su cuerpo entero se sacudía.
La respiración de Pei Sheng era pesada. Le sujetó la barbilla, la mordisqueó y succionó ligeramente antes de preguntarle en voz baja:
—¿Puedes soportarlo?
En cuanto Gu Lin abrió la boca, su voz salió entre sollozos. Negó repetidamente con la cabeza.
—Yo… yo ya no puedo más.
—¿Ya no vas a suplicármelo?
Pei Sheng parecía un demonio tentando a un muchacho inocente.
La espalda de Gu Lin golpeó con fuerza el cristal, amortiguada únicamente por la palma de Pei Sheng. Sus pantorrillas se tensaron al límite y, casi perdido por completo, gritó:
—Esposo…
—¿Me llamas esposo para que te deje ir? —Pei Sheng atrapó entre los labios su oreja completamente roja—. ¿O para que… te…?
Gu Lin escuchó la palabra que Pei Sheng pronunció deliberadamente junto a su oído con voz grave y ya no pudo contenerse.
Su corazón se descontroló y terminó desplomándose entre sus brazos.
La noche fue interminablemente larga.
La mirada de Gu Lin ya ni siquiera conseguía enfocar. Sentía como si todos sus huesos se hubieran derretido y permanecía tumbado sin fuerzas sobre la cama.
El poco raciocinio que le quedaba hizo que comenzara a alegrarse de haber sido él quien bebió aquellos dos tazones de sopa.
Si Pei Sheng hubiera sido quien los bebiera, realmente habría terminado con todos los huesos desarmados.
Al final, Gu Lin estaba envuelto en la manta mientras Pei Sheng le secaba el cabello con el secador. Acurrucado entre sus brazos y a punto de quedarse dormido, murmuró:
—Pei Sheng.
—¿Mm?
—Tienes prohibido beber cualquier sopa que sirva para aumentar la virilidad o tonificar los riñones.
Gu Lin tenía los párpados tan pesados que apenas podía abrirlos.
Pei Sheng soltó una risa impotente y acarició su cabello, que ya estaba seco.
—Mm. Tú puedes beber más.
—Está bien… yo beberé más…
Gu Lin respondió inconscientemente y finalmente se quedó dormido.
Pei Sheng contempló su tranquilo rostro dormido. Inclinó la cabeza hasta apoyar la mejilla contra la suya y susurró:
—No soy una buena persona, Gu Lin.
Pei Sheng nunca había pensado que fuera una buena persona.
La mayoría de sus métodos eran despreciables y vergonzosos.
Podía mentir, podía ser irracional e incluso era rencoroso y mezquino.
Pero, en el corazón de Gu Lin, parecía ser alguien completamente distinto.
Pei Sheng dejó el secador sobre la mesita de noche, se acostó junto a él y lo abrazó. Tomó el teléfono para mirar la hora.
Ya eran más de las tres de la madrugada.
Pei Sheng permaneció acostado y no volvió a levantarse, pero no lograba conciliar el sueño.
Tal vez las palabras que Gu Lin había pronunciado la noche anterior, diciendo que confiaba completamente en él, le habían hecho darse cuenta de que cada vez acumulaba más mentiras frente a Gu Lin.
La bancarrota era cierta.
Sin embargo, nunca había admitido que era el propietario de Wuji y Lingyun.
También estaban la pulsera y la casa. Tampoco le había contado la verdad sobre ellas.
Pensó en cómo debería confesárselo a Gu Lin, pero decirle todo aquello tampoco parecía tener demasiado sentido.
Las tres empresas apenas se encontraban en las primeras etapas de desarrollo. Quizá bastaría con que cometiera un solo error para que Cheng Zhiqing se las tragara.
Tal vez al final todo quedaría en nada.
Pei Sheng nunca había pensado demasiado en esas cosas, pero aquella noche lo hizo durante horas.
No se quedó dormido hasta alrededor de las cinco de la madrugada.
A la mañana siguiente, cuando Gu Lin despertó, Pei Sheng ya se había ido a trabajar. Le había dejado una nota diciéndole que, cuando despertara, fuera en bicicleta a buscarlo a la empresa.
Gu Lin miró la hora.
Eran las diez.
Si se arreglaba ahora, podría salir justo a tiempo para almorzar.
Sin embargo, recordó que tenía clases durante toda la tarde y que al mediodía debía ir al estudio de arte.
Así que llamó directamente a Pei Sheng por videollamada.
Por una vez, Pei Sheng no llevaba traje. Vestía un suéter de cuello alto que hacía que pareciera todavía más distinguido y distante.
—¿Por qué llevas suéter? —preguntó Gu Lin con curiosidad mientras se agachaba para abrazar a Laduo.
Pei Sheng bajó un poco el cuello del suéter.
Debajo había numerosas marcas de besos.
—¿Quieres que los demás vean las marcas que me dejaste?
Gu Lin se avergonzó.
—Ayer estaba demasiado acalorado. Tú tienes la culpa por ser tan malo y dejarme beber esa sopa.
Pei Sheng tampoco había esperado que Gu Lin, después de aquella sopa tonificante, fuera tan intenso.
Volvió a acomodarse el cuello.
Gu Lin, negándose a quedarse atrás, estiró el cuello y señaló el lugar donde estaba su pequeño lunar.
—Tú también volviste a dejarme una marca aquí.
Cada vez que los dos lo hacían, inevitablemente aparecía una marca de beso en ese lugar.
Pei Sheng contempló la marca que cubría aquel pequeño lunar escarlata.
—Es bonita, ¿no?
—No es bonita.
Gu Lin se cubrió el lugar con una mano. Incluso cuando lo fulminaba con sus brillantes ojos, había algo pegajoso y mimado en su expresión.
—Deja de hacerte el mimado.
Pei Sheng firmó varios documentos.
—¿Vienes a la empresa? ¿Quieres que mande a alguien por ti?
—No voy. Tengo que ir al estudio de arte. —Gu Lin tenía clases toda la tarde y planeaba aprovechar el mediodía para mejorar un poco su dibujo.
—¿Por qué vas otra vez al estudio?
Pei Sheng había olvidado preguntarle el día anterior por qué de repente había comenzado a ir allí.
Al mencionar el asunto, Gu Lin bajó la cabeza con desánimo.
—Para una de mis materias tengo que hacer los planos de diseño de una vivienda unifamiliar, pero dibujo fatal.
Pei Sheng pensó que la capacidad de dibujo era, en efecto, indispensable en arquitectura. Gu Lin probablemente nunca había recibido una formación artística sistemática.
Para él, aquello realmente era un problema.
—¿Te enseñan en el estudio? —Pei Sheng dejó de trabajar y se quedó pensativo.
—Mm, mm. Una clase normal cuesta trescientos, pero una clase con un profesor especializado cuesta varios miles. Planeo tomar algunas. Las pagué con tu tarjeta donde recibes el sueldo.
Gu Lin quería ahorrar su propio dinero para comprarle un regalo a Pei Sheng, así que había usado el dinero de este para pagar las clases.
—Puedes gastar como quieras el dinero de esa tarjeta, pero no puedes usarlo para ir a ver modelos masculinos —bromeó Pei Sheng.
Gu Lin ya no quiso hacerle caso.
—¡Voy a hacer pipí!
Dicho eso, colgó directamente la videollamada y comenzó a preparar sus cosas para ir al estudio.
Pei Sheng miró la llamada finalizada y luego el nuevo sticker de «te voy a matar» que Gu Lin acababa de mandarle.
Sonrió.
Le respondió que iría al estudio por la tarde a recogerlo y después volvió a ponerse en contacto con Pei Zhiwen.
Gu Lin seguía necesitando un profesor profesional.
Cuando Gu Lin llegó ese día al estudio, la estudiante de último año Zhao Kelan no estaba. Él también estaba pensando en cambiar de instructor.
Justo cuando iba a hablar con el dueño para preguntarle quién podría sustituirla, Zhao Kelan apareció con el cabello hecho un desastre y plantó una mano sobre la lista de profesores.
—¡Hermano menor Gu Lin! ¡¿De verdad estabas pensando en abandonarme?!
Zhao Kelan lo miraba con una expresión que parecía decir: «¡Desgraciado sin corazón!».
Gu Lin se quedó avergonzado.
—Xuejie, no te había visto.
—Perfecto. Voy a llevarte a ver a alguien. —Zhao Kelan tiró de él hacia afuera—. En cuanto veas a mi maldito tutor, entenderás cuánto se parecen ustedes dos.
Gu Lin no tenía el menor interés en conocer a su «maldito tutor».
Sin embargo, Zhao Kelan actuó con rapidez y prácticamente se lo llevó a rastras. Llegaron a una terraza al aire libre y miraron hacia abajo.
—Ese de ahí.
Señaló a un hombre que acababa de salir de la tienda de conveniencia del piso inferior. Llevaba en la mano el maletín para computadora que la universidad entregaba de manera uniforme a sus profesores.
—¡Viejo Lin! —gritó Zhao Kelan.
El hombre volvió la cabeza.
Desde un piso de altura, Gu Lin vio aquel rostro que se parecía al suyo en un sesenta o setenta por ciento.
Su corazón se estremeció de golpe.
Él…
De verdad se parece mucho a mí.