Transmigré después de que el CEO villano quedara en bancarrota - Capítulo 110

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La mirada de Gu Lin descendió instintivamente por debajo de la cintura de Pei Sheng y, acto seguido, cerró la puerta de golpe.

La noche anterior, Pei Sheng había dormido abrazado por Gu Lin y había terminado cubierto de sudor por el calor. Además, Gu Lin tenía malos hábitos al dormir: le gustaba mover las manos por todas partes. Desde primera hora de la mañana lo había dejado terriblemente excitado, así que Pei Sheng no había tenido más remedio que darse una ducha fría.

Al ver a Gu Lin huir despavorido, Pei Sheng soltó una carcajada.

Ahora era muy tímido.

Antes, en cambio, habría querido meterse con él a la ducha a toda costa.

Apenas terminó de pensar aquello cuando vio que la puerta volvía a abrirse unos centímetros.

Una voz extremadamente débil llegó desde el otro lado:

—¿Quieres acostarte conmigo?

Pei Sheng cerró el agua y asomó la cabeza. Vio a Gu Lin junto a la puerta, con las manos entrelazadas nerviosamente.

—¿Si quiero, puedo acostarme contigo?

—No. Eres un mentiroso.

Gu Lin volvió a cerrar la puerta, pero su rostro ya estaba completamente rojo.

Aquel hombre era realmente peligroso.

¡Él no iba a dejarse seducir por una cara bonita!

Gu Lin salió primero y se lavó la cara en el grifo de afuera. Solo entonces consiguió reducir el calor de sus mejillas.

Cuando regresó a la habitación, vio al hombre apoyado junto a la puerta.

Gu Lin entró fingiendo que no había ocurrido nada y Pei Sheng lo siguió.

No dijo una palabra, pero sus ojos parecían pegados al cuerpo de Gu Lin.

—¡Tú…!

Gu Lin se volvió para mirar al hombre que claramente no tramaba nada bueno. Estaba a punto de insultarlo cuando sintió que Pei Sheng inclinaba repentinamente la cabeza hacia él.

La distancia entre ambos se redujo de golpe.

Gu Lin se quedó completamente rígido y abrió mucho los ojos.

Al verlo petrificado de una manera tan adorable, Pei Sheng no pudo contener la risa.

Le resultaba imposible relacionar al Gu Lin que antes se aferraba a él para besarlo varias veces incluso antes de irse a trabajar con este muchacho que se quedaba atontado con solo verlo acercarse.

Parecía que el actual Gu Lin todavía no había sido corrompido demasiado por las novelitas eróticas.

La mirada de Pei Sheng cambió ligeramente y se llenó de ternura.

Al mirar sus ojos, Gu Lin tuvo la extraña ilusión de que, hiciera lo que hiciera, aquel hombre jamás se enfadaría con él.

Aquella sensación era demasiado extraña.

Gu Lin retrocedió instintivamente y prácticamente salió huyendo.

Pei Sheng no esperaba que desapareciera sin que él hubiera hecho absolutamente nada.

No sabía si reír o llorar.

Seguía teniendo deseos lascivos, pero no el valor para llevarlos a cabo.

Gu Lin se arrepintió apenas salió corriendo.

Todavía no se había aseado y ni siquiera había recogido las llaves de su bicicleta eléctrica.

Con el dinero que llevaba en el bolsillo, fue a desayunar. Después de pasar media hora preparándose mentalmente, decidió regresar.

Sin embargo, cuando volvió al dormitorio, aquel hombre ya había desaparecido.

Sobre su cama había una nota.

Salí a ganar dinero. Hoy te devolveré lo que te debo.
—Pei Sheng

Gu Lin contempló la bonita caligrafía de la nota y acarició con los dedos los dos caracteres que formaban el nombre de Pei Sheng.

Así que se llamaba Pei Sheng.

Era un nombre bonito.

Gu Lin volvió a dejar la nota en su lugar, se arregló rápidamente y salió.

Tenía que llevarle el desayuno a su madre al hospital.

Hoy pensaba quedarse allí para acompañarla. Había terminado el trabajo del día anterior, así que podía tomarse un día de descanso.

Le enseñó a su madre a utilizar el nuevo teléfono y, cuando encendió el suyo, vio una nueva solicitud de amistad.

El nombre que aparecía era Pei Sheng.

Inexplicablemente, recordó aquel rostro acercándose al suyo.

Hasta las puntas de sus dedos temblaron.

Después de vacilar unos instantes, terminó aceptándolo.

Estaba a punto de preguntarle cómo había conseguido su cuenta de WeChat cuando Pei Sheng le transfirió directamente dos mil yuanes.

Fei: Quinientos son por lo de anoche. El resto es por el alojamiento.

Gu Lin no esperaba que fuera tan generoso, pero inmediatamente le devolvió mil quinientos.

AA Maestro Gu Remodelaciones: No hace falta tanto.

Fei: ¿Y qué se supone que es el dinero que me devolviste? ¿El pago por el próximo beso?

Al leer aquello, Gu Lin sintió que su rostro estaba a punto de cocinarse.

Recordó lo que había visto aquella mañana y el corazón le dio un vuelco.

AA Maestro Gu Remodelaciones: ¡Dijiste que no te vendías!

Fei: Entonces, ¿qué son esos mil quinientos?

AA Maestro Gu Remodelaciones: ¡Devuélvemelos!

Pei Sheng volvió a transferirle los mil quinientos.

Esta vez, Gu Lin los aceptó al instante.

Pensó que a los sinvergüenzas no había que consentirlos.

Aun así, después de recibir los dos mil yuanes, seguía sintiéndose intranquilo.

Era demasiado dinero.

Después de pensarlo un poco, volvió a preguntar:

AA Maestro Gu Remodelaciones: ¿De dónde sacaste el dinero?

Fei: Acabo de asaltar un banco.

AA Maestro Gu Remodelaciones: …

Fei: Lo conseguí legalmente. Esta noche iré a buscarte al hospital.

Gu Lin tampoco sabía cómo se había enterado de que estaba en el hospital.

Solo respondió que no era necesario.

Pei Sheng no volvió a contestar, así que Gu Lin no sabía si siquiera había visto el mensaje.

Pei Sheng encontró un hotel, compró algunos artículos de uso diario, se dio una ducha caliente, se cambió de ropa y continuó buscando formas de ganar dinero por internet.

Aunque sus posibilidades estaban limitadas y no podía conseguir unos cuantos millones de inmediato, ganar decenas de miles todavía era perfectamente posible.

Gu Lin pasó todo el día cuidando de su madre en el hospital.

Para la cena compró algunos ingredientes y fue a una cocina comunitaria cercana para preparar algo que llevarle a su madre.

Mientras esperaba a que terminara la persona que estaba usando la cocina antes que él, aprovechó para mirar el teléfono.

Descubrió que Pei Sheng le había enviado un mensaje preguntándole qué quería cenar.

Pero aquel teléfono destartalado ni siquiera le había avisado que tenía un mensaje nuevo.

Gu Lin respondió que él mismo había preparado la cena y que no hacía falta.

Antes de poder enviarlo, el teléfono volvió a apagarse.

—Ah… ¿otra vez sin batería?

Parecía que realmente había llegado el momento de cambiar de teléfono.

Gu Lin se apoyó contra la pared.

Pensó en Pei Sheng.

La forma en que aquel hombre lo miraba no era en absoluto la manera en que se mira a un desconocido.

Parecía contemplar a su amante.

Sus ojos siempre estaban llenos de ternura y una sonrisa.

Y su propio corazón…

Gu Lin sintió aquella extraña familiaridad una vez más y levantó la mano para tocarse la coronilla.

Qué hombre tan extraño.

Y qué extraños eran también los latidos de su corazón.

Gu Lin apretó los labios.

Cuando quedó libre un lugar, tomó los ingredientes y fue a preparar la comida.

Después llevó los recipientes al hospital y, al llegar a la habitación de su madre, vio a Pei Sheng sentado afuera.

Se había cambiado de ropa.

La chaqueta negra que llevaba hacía que resultara todavía más llamativo.

Gu Lin se sorprendió un poco.

Pei Sheng levantó la cabeza para mirarlo, pero sus ojos se dirigieron primero al recipiente de comida que llevaba en la mano.

—¿Ya comiste? —preguntó Gu Lin, comprendiendo inmediatamente lo que estaba pensando.

—No. Pensaba llevarte a comer.

Pei Sheng se levantó.

—¿Vas a cenar con tu madre?

—Sí. Ve tú a comer.

Gu Lin rara vez comía fuera.

Incluso si alguien lo invitaba, normalmente se negaba, porque no tenía dinero para devolver la invitación.

—Primero llévale la comida a tu madre.

Pei Sheng le indicó que entrara.

Gu Lin tampoco discutió y abrió la puerta.

Pei Sheng permaneció afuera.

A través de la estrecha ventana de la puerta contempló a la envejecida mujer acostada en la cama, con el rostro consumido por la enfermedad.

Gu Lin se parecía más a su madre.

—Xiao Lin, no trabajes demasiado. Tienes que cuidarte bien —dijo la madre de Gu, mirando con dolor a su hijo, que se esforzaba tanto.

—Mamá, no estoy cansado.

Ahora Gu Lin consideraba a su madre su único sostén emocional.

Por mucho que sufriera, no sentía que aquello fuera demasiado.

Se acercó a la cama y dejó la comida sobre la pequeña mesa.

—Mamá, hoy te preparé pollo guisado con papas. Es el que te gusta.

Pero la madre de Gu no mostró alegría.

—Todavía eres muy joven. ¿Por qué no haces el examen para entrar a un instituto para adultos? Escuché al profesor de la cama de al lado decir que, con tu situación, sí puedes presentarlo.

—Mamá, no me gusta estudiar.

Gu Lin interrumpió a su madre.

—Come. Tengo algo que hacer y me iré primero. Cuando termines, deja el recipiente aquí. Mañana vendré a recogerlo.

—Sí, no te preocupes por mí. Ve a hacer tus cosas.

La madre de Gu también sabía que era una carga para su hijo.

—Ya eres adulto.

Gu Lin no respondió.

Simplemente le sirvió un vaso de agua caliente y salió.

Apenas cruzó la puerta vio al hombre que todavía esperaba allí.

Se sintió un poco incómodo.

—¿Por qué sigues aquí?

Pei Sheng contempló el cansancio de su rostro.

A una edad tan temprana, soportaba una carga demasiado pesada.

—Voy a llevarte a cenar.

—No voy. No puedo devolverte la invitación.

Ya había aceptado mil quinientos yuanes de Pei Sheng sin dar nada a cambio y se sentía terriblemente culpable.

—Entonces cocíname algo algún día.

Pei Sheng simplemente extendió la mano, sujetó su muñeca y se lo llevó.

Gu Lin caminó detrás de él mientras lo arrastraba hacia afuera.

Al contemplar su espalda, sintió inexplicablemente que alguien finalmente había extendido una mano para sacarlo de allí.

La palma de Pei Sheng era muy cálida.

Pei Sheng no obligó a Gu Lin a cocinar otra vez.

En cambio, lo llevó a comer hot pot.

Para Gu Lin, el hot pot era como la fruta: un lujo.

Pero ahora estaba sentado en un restaurante, contemplando la olla de caldo picante que hervía sobre la mesa.

Por primera vez comprendió por qué todos decían que el hot pot era delicioso.

Las últimas defensas de Gu Lin desaparecieron por completo.

Sus ojos brillaban de felicidad.

—Está delicioso. Gracias, Pei Sheng.

Al ver su expresión tan sincera y emocionada, Pei Sheng pensó que realmente no había cambiado en absoluto.

Gu Lin comió hasta quedar completamente satisfecho.

Al final incluso se acarició el vientre abultado.

—Voy a regresar. Ya encontraste dónde quedarte, ¿verdad?

Pei Sheng asintió.

—¿Quieres ir a verlo?

—Está bien.

Una sola comida de hot pot había comprado completamente a Gu Lin.

—¿Dónde te estás quedando? ¿Es seguro?

—Es seguro.

Pei Sheng pidió un taxi y lo llevó al hotel.

Después de comer hasta quedar satisfecho, Gu Lin parecía haberse vuelto mucho más hablador. Durante todo el trayecto no dejó de parlotear.

Por mucho que una personalidad fuera reprimida, tarde o temprano terminaba revelándose de manera inadvertida.

Pei Sheng escuchó tranquilamente.

Lo oyó hablar de la obra, del hospital…

Y el pasado de Gu Lin fue tomando una forma cada vez más completa en su mente.

Había sido digno de compasión.

Pero también era valiente, resistente y optimista.

Cuando llegaron frente al hotel, el parlanchín Gu Lin se quedó repentinamente mudo.

—¿Te estás quedando en un hotel?

Alzó la cabeza y contempló el lujoso edificio.

—Este hotel debe ser muy caro.

Pei Sheng lo condujo hacia dentro.

—Entra y lo sabrás.

La imaginación de Gu Lin volvió a descontrolarse.

Dos hombres entrando juntos a un hotel…

Definitivamente se veía extraño.

Además, ¿acaso la gente no iba a los hoteles precisamente para hacer cosas indecentes?

Gu Lin caminó lentamente varios metros detrás de Pei Sheng.

Mientras esperaba el elevador, Pei Sheng se volvió y descubrió que estaba lejísimos.

No supo si reír o llorar.

—¿Por qué caminas tan lejos de mí?

Solo entonces Gu Lin se dio cuenta de que, sin notarlo, había creado varios metros de distancia entre ambos.

Se acercó rápidamente.

—Solo voy a mirar y luego me marcho.

Pei Sheng revisó el pronóstico.

Dentro de un minuto comenzaría un chubasco.

Así que asintió sin vacilar.

Solo entonces Gu Lin lo siguió tranquilamente al piso superior.

Al llegar a la habitación, Pei Sheng introdujo la contraseña.

Gu Lin entró y descubrió una habitación lujosa e impecable con dos camas.

—¿Tú solo duermes en dos camas?

Miró alrededor con evidente envidia.

Una habitación tan buena debía ser increíblemente cómoda.

—Uso una para dejar mis cosas.

Pei Sheng quería que Gu Lin pudiera dormir en un lugar mejor.

Aunque solo fuera una noche, quería que estuviera cómodo.

Sabía que el Gu Lin actual jamás aceptaría dormir con él en la misma cama, por eso había reservado una habitación con dos.

Qué desperdicio…

pensó Gu Lin.

—Ya la vi. Está bastante bien. Entonces me voy.

Estaba a punto de marcharse cuando afuera comenzó a caer una lluvia torrencial.

Gu Lin miró por la ventana.

—¿Está lloviendo?

—Sí. Es un chubasco. Espera a que pare antes de regresar.

Pei Sheng lo condujo hacia el interior de la habitación y cerró la puerta.

Con aquel clic, también cerró por completo la posibilidad de que Gu Lin regresara de inmediato.

Gu Lin permaneció algo rígido dentro de la habitación.

Había un tenue aroma de ambientador.

Por una vez, no olía a cigarrillos.

—¿Cuánto cuesta pasar una noche aquí? —preguntó con curiosidad.

—Unos cien.

Pei Sheng encendió el proyector.

—¿Quieres ver una película?

—Nunca he visto una película. ¿Qué tal si vemos una de terror?

A-Ping le había dicho que las películas de terror eran buenas.

Pei Sheng:

—¿…?

El miedo a las películas de terror parecía estar grabado en su alma.

Pero, para conseguir que Gu Lin se quedara, Pei Sheng aceptó.

Frente a la proyección había un sofá.

Ambos se sentaron juntos.

Pei Sheng había comprado con anticipación las frutas y los bocadillos que a Gu Lin le gustaban.

Apenas comenzó la película, todo el cuerpo de Pei Sheng se puso tenso.

Realmente no soportaba las películas de terror.

La primera vez que Gu Lin sintió que lo abrazaba, su cuerpo se puso rígido.

Pero cuando volvió la cabeza y vio a Pei Sheng con los ojos fuertemente cerrados por el miedo, no pudo contener la carcajada.

—¡Jajajaja! ¿Le tienes miedo a los fantasmas?

No era exactamente que Pei Sheng temiera a los fantasmas.

Simplemente detestaba aquella clase de atmósfera.

Al ver a Gu Lin reír tan abiertamente, extendió la mano y le apretó la cabeza.

—Cállate y mira.

Después le metió una fresa en la boca.

Era la primera vez que Gu Lin probaba una.

Sus ojos se iluminaron.

—¿Las fresas son así de ricas?

—Sí. Cómetelas. Mañana se echarán a perder. También hay esto.

Pei Sheng le entregó una enorme bandeja con fresas, melón y cerezas.

—Las regaló el hotel. A mí no me gustan.

—Ah. Entonces te ayudaré a comértelas.

Gu Lin comenzó a comer las frutas con un tenedor.

Eran dulces.

Le gustaban mucho.

Cuando la película llegó a la mitad, Gu Lin ya estaba completamente acomodado entre los brazos de Pei Sheng.

Pei Sheng no prestaba absolutamente ninguna atención a la película.

Solo contemplaba a Gu Lin comer fruta con las mejillas llenas.

Realmente le encantaban aquellas frutas.

Ahora no tenía dinero para comprarlas.

Más adelante, cuando tuviera dinero, seguirían gustándole igual.

Las comía hasta que sus labios quedaban impregnados de dulzura y después se acercaba para darle un beso.

Pei Sheng quería besar al Gu Lin actual.

Pero sabía que lo asustaría.

Cuando Gu Lin terminó la fruta, Pei Sheng le abrió unas papas fritas y después un paquete de carne seca.

Todos eran bocadillos que a Gu Lin le encantaban.

Deseaba que el Gu Lin de ahora pudiera vivir con la misma sencillez y felicidad que el Gu Lin del futuro.

Cuando terminó la película, Gu Lin se dio cuenta repentinamente de algo.

—¿Qué hora es?

—Bastante tarde. ¿Quieres regresar?

Pei Sheng se levantó y caminó hasta la ventana.

El cielo parecía estar ayudándolo.

Afuera seguía lloviendo con fuerza.

El chubasco se había convertido en una tormenta.

Gu Lin sacó su teléfono sin batería.

Como allí tampoco tenía su cargador, solo podía pedirle prestado el teléfono a Pei Sheng.

—Préstame tu teléfono. Quiero llamar para preguntar por mi mamá.

Pei Sheng se lo entregó y tomó ropa para ir a ducharse.

Gu Lin llamó al cuidador que atendía a su madre.

Le dijeron que ya se había dormido.

Solo entonces se tranquilizó.

Miró la hora.

Ya eran las once de la noche.

A esas horas ya no había transporte público y el metro había cerrado.

Un taxi era demasiado caro.

Podría regresar en una bicicleta compartida, pero su teléfono estaba sin batería.

Aquello realmente puso a Gu Lin en aprietos.

Regresar se había convertido en un gran problema.

Solo podía esperar a que Pei Sheng terminara de ducharse y pedirle que solicitara un taxi para él.

Se sentó en el sofá.

Sin embargo, después de un día agotador, su cuerpo no pudo resistirse a un ambiente tan cómodo.

Se quedó dormido apoyado contra el sofá.

Cuando Pei Sheng salió del baño, vio a Gu Lin acurrucado allí, profundamente dormido.

Caminó hasta el sofá y se agachó a su lado.

Contempló el cansancio entre sus cejas.

Después inclinó la cabeza y depositó un beso muy suave en su frente.

—Bebé, cuando crezcas un poco más, me encontrarás.

Murmuró aquello y volvió a besarle la mejilla.

En su corazón deseó que creciera rápidamente.

Que creciera hasta llegar al día en que entraría en su mundo.

Pei Sheng lo levantó en brazos y lo llevó hasta la otra cama.

Lo cubrió cuidadosamente con la manta.

Después humedeció una toalla con agua tibia y le limpió el rostro y las manos.

Las manos de Gu Lin eran muy ásperas en aquella época.

Estaban cubiertas por los callos acumulados tras años de trabajo.

Pei Sheng acarició sus dedos.

Sacó crema para manos del cajón y comenzó a aplicársela suavemente.

Cuando Gu Lin estudiaba su posgrado, tenía que dibujar mucho y entraba en contacto con numerosos pigmentos, por lo que sus manos se habían vuelto secas y sensibles.

Pei Sheng le aplicaba crema todos los días.

Con el tiempo aquello se había convertido en una costumbre.

Cada vez que Gu Lin se lavaba las manos, Pei Sheng le ponía un poco de crema.

Incluso era él quien se encargaba de comprarla.

Después de terminar, Pei Sheng apagó la luz, se acostó en la otra cama y tomó la computadora para seguir ganando dinero.

Sabía que la madre de Gu Lin necesitaba muchísimo dinero para su tratamiento.

Él podía asumir esa carga en su lugar.

La tranquila habitación ya no estaba impregnada de un fuerte olor a cigarrillos.

Tampoco había duras tablas de madera bajo su cuerpo.

Solo una manta suave envolviendo su cuerpo agotado.

Cuando Pei Sheng finalmente apagó todo y se acostó a dormir, Gu Lin, que supuestamente dormía profundamente, abrió los ojos.

Giró cuidadosamente la cabeza hacia el hombre de la otra cama.

Había escuchado aquellas palabras:

«Bebé, cuando crezcas un poco más, me encontrarás».

En aquel momento estaba entre dormido y despierto.

Había sentido que alguien besaba su frente.

Supuso que era Pei Sheng.

Y entonces escuchó aquella frase.

¿Qué quería decir?

Gu Lin permaneció tumbado, envuelto en la manta.

Se dio la vuelta y volvió a cerrar los ojos.

No consiguió encontrar ninguna explicación, así que intentó dormir nuevamente.

Era la primera vez que dormía en un lugar tan cómodo.

Sin embargo, después de dar varias vueltas, seguía sin poder conciliar el sueño.

Volvió el rostro hacia Pei Sheng.

En la oscuridad contempló a aquel hombre que había aparecido repentinamente y que, sin ninguna razón aparente, lo trataba tan bien.

¿De verdad no era un estafador?

Pero…

¿Qué podía querer estafarle?

Gu Lin no encontraba respuesta.

No tenía dinero.

Incluso si quisiera aprovecharse de su cuerpo, podría haberlo hecho mientras dormía.

Y, además, tampoco creía que su cuerpo tuviera nada particularmente atractivo.

Cuanto más pensaba, menos entendía.

Finalmente sintió ganas de darse una ducha antes de dormir.

Después de vacilar un poco, se levantó.

Pei Sheng despertó inmediatamente y lo miró con los ojos todavía somnolientos.

—¿Qué pasa?

Encendió la luz.

—Voy a bañarme. Sigue durmiendo.

Gu Lin entró al baño.

Apenas abrió el agua, escuchó la voz de Pei Sheng desde afuera:

—Usa agua caliente. Gira la llave hacia la izquierda. No te bañes con agua fría.

Gu Lin se colocó bajo la ducha y giró la llave hacia la izquierda.

El agua tibia comenzó inmediatamente a caer sobre su cuerpo.

Hacía muchísimo tiempo que no sentía agua caliente salir de una ducha.

Así que…

el agua tibia sobre el cuerpo podía sentirse tan bien.

Gu Lin permaneció allí bastante tiempo.

Principalmente porque ducharse con agua caliente era demasiado agradable.

Sentía como si hubiera sido ciego toda su vida y, de repente, alguien le hubiera concedido un poder milagroso que le permitiera ver.

Entonces…

¿Pei Sheng era el milagro que le habían concedido?

¿Había aparecido para permitirle experimentar durante un día una vida tan cómoda y feliz, y después desaparecería?

Si era así…

Cuando se marchara, lo extrañaría.

Después de todo, incluso un solo día de felicidad seguía siendo felicidad.

Cuando terminó de ducharse, Gu Lin comenzó a preguntarse qué ponerse.

Entonces llamaron nuevamente a la puerta.

—Te traje un pijama.

Gu Lin abrió un poco.

Pei Sheng le pasó un pijama de tela suave y con un estampado adorable.

Gu Lin tampoco había usado nunca un pijama tan cómodo.

Sus «pijamas» siempre habían sido ropa vieja.

Bueno…

En realidad ni siquiera tenía pijama.

La ropa con la que dormía era simplemente la que usaría al día siguiente.

Cuando salió, Pei Sheng estaba apoyado junto a la cama mirando el teléfono.

Al verlo aparecer con el pijama nuevo y el cabello suave y esponjoso, pareció mucho más dócil.

Pei Sheng lo observó.

La versión bronceada de Gu Lin seguía siendo adorable.

Gu Lin caminó hasta la cama.

Contempló a Pei Sheng como si hubiera tomado una decisión importante.

De repente se abalanzó sobre él.

Mirándolo directamente a los ojos, preguntó:

—Eres un estafador, ¿verdad?

Pei Sheng vio la cautela de pequeño animal salvaje en sus ojos y sonrió.

—No. Ve a dormir.

Con una sola mano rodeó la cintura de Gu Lin, dispuesto a devolverlo a la otra cama.

—Tranquilo. No voy a hacerte daño.

Pero Gu Lin volvió a lanzarse sobre él.

Bajo la tenue luz nocturna, examinó fijamente cada cambio de su expresión y de sus ojos.

Finalmente, con la torpeza impetuosa de alguien completamente inexperto, bajó la cabeza y estampó sus labios contra los de Pei Sheng.

Si solo podía tener un día de felicidad…

entonces quería disfrutarlo hasta el final.

Quería besarlo.

Llevaba queriendo hacerlo desde hacía mucho.

Incluso quería acostarse con él.

Gu Lin sentía que aquello parecía ser un instinto de su propio cuerpo.

Pei Sheng no esperaba que, aunque este Gu Lin fuera mucho más reservado, tampoco pudiera contenerse eternamente.

Al final igualmente se lanzaría sobre él sin importarle nada.

Pero todavía era inexperto.

Después de pegar sus labios contra los de Pei Sheng, ya no supo qué hacer.

Pei Sheng acarició suavemente su nuca.

Con paciencia y ternura, lo guio para que entreabriera los labios y aprendiera a besarlo.

Cuando sus lenguas se tocaron, Gu Lin sintió como si fueran sus almas las que entraban en contacto.

Y descubrió que aquella sensación no le resultaba desconocida.

Al contrario.

Era extremadamente familiar.

Como si él y Pei Sheng ya se hubieran besado así innumerables veces.

Cuando Pei Sheng finalmente lo soltó, dejó otro beso sobre el centro de su labio.

—¿Ya estás satisfecho?

—Sí… ¿tengo que pagarte?

Gu Lin estaba avergonzado.

Así que terminó diciendo algo todavía más vergonzoso.

Pei Sheng se rio y lo empujó para que se acostara a su lado.

—Para ti siempre es gratis.

Las comisuras de los labios de Gu Lin se elevaron.

—Entonces… ¿puedo besarte otra vez?

Pei Sheng:

—…

Realmente daba igual en qué momento de su vida estuviera.

Jamás conseguiría quitarse aquella mala costumbre de tomar la mano entera después de que le ofrecieran un dedo.

Pei Sheng tomó la manta y cubrió directamente a Gu Lin.

—Duerme.

Gu Lin tuvo un hermoso sueño.

Soñó que se había casado con Pei Sheng.

También había ido a la universidad.

Tenía muchos amigos que lo querían.

Incluso criaban un adorable gatito y un perro enorme.

Deseó no despertar jamás.

Pero los sueños siempre terminaban.

A la mañana siguiente, Pei Sheng lo despertó sacudiéndolo.

—Es para ti. Llaman del hospital.

La expresión de Pei Sheng era grave.

Gu Lin despertó de golpe y tomó el teléfono.

Del otro lado dijeron:

—Gu Lin, ven rápido al hospital. Tu madre entró al quirófano.

Gu Lin sintió que aquel maravilloso día finalmente había terminado.

Se levantó presa del pánico y tomó la ropa que se había quitado el día anterior.

Descubrió que estaba lavada.

Incluso desprendía un tenue aroma floral.

Al ponérsela, casi parecía que ya no fuera su propia ropa.

—Te llevaré.

Pei Sheng acababa de revisar el calendario.

Hoy era el Día de la Madre.

El día en que la madre de Gu Lin había fallecido.

Sacó de allí a Gu Lin, que estaba completamente perdido, y pidió inmediatamente un taxi hacia el hospital.

Gu Lin le había contado que uno de sus mayores arrepentimientos era no haber llegado a tiempo para ver a su madre por última vez.

Ahora, sentado en el taxi, Pei Sheng sujetó con fuerza la mano helada de Gu Lin.

—No tengas miedo.

La mirada de Gu Lin estaba perdida.

Un terrible presentimiento había comenzado a apoderarse de él.

En el fondo sabía que su madre no podría resistir mucho más.

Pero seguía aferrándose a la ilusión de que estaría bien.

El tráfico quedó completamente detenido por la hora pico de la mañana.

Pei Sheng miró la hora.

Abrió directamente la puerta del taxi, agarró a Gu Lin y comenzó a correr con él sin importarle nada más.

Gu Lin sintió el viento pasar junto a sus oídos y agitarle el cabello.

Aquella sensación nebulosa que había tenido antes, como si alguien hubiera extendido una mano para tirar de él, se volvió completamente real en aquel instante.

De verdad había alguien sujetándolo y corriendo con él hacia delante.

Pei Sheng lo arrastró entre la multitud y a través de las calles.

Todo el ruido pareció quedar aislado.

Solo permanecían sus respiraciones agitadas y el sonido entremezclado de sus corazones.

El calor de aquella mano sobre su muñeca era tan intenso que parecía capaz de derretirle el corazón.

En aquel instante…

Pei Sheng era su salvador.

Corrieron varias calles.

Cuando llegaron al tramo cercano al hospital, Pei Sheng se detuvo.

Gu Lin contempló todo a su alrededor.

De repente, fue como si cada cosa hubiera encontrado su origen.

Aquella familiaridad extraña le hizo comprender qué momento estaba viviendo.

Entonces fue Gu Lin quien agarró a Pei Sheng y comenzó a correr.

El viento sobre su piel era real.

Pei Sheng vio una floristería.

Gu Lin le había contado que lamentaba profundamente no haberle regalado un ramo a su madre aquel Día de la Madre.

Estaba a punto de pedirle que se detuviera cuando Gu Lin se paró por iniciativa propia frente a la tienda.

Se quedó delante de un ramo y lo señaló.

—Por favor, envuélvame este. Quiero regalárselo a mi mamá.

Pei Sheng lo contempló.

De repente, sus ojos se llenaron de una profunda sonrisa.

—Gu Xiaolin.

Gu Lin volvió la cabeza hacia él.

Levantó el ramo de claveles.

En sus ojos había alivio.

—¡Pei Sheng, esta vez sí podré regalarle flores a mi mamá!

Pei Sheng contempló aquella luz firme en sus ojos y extendió la mano para sujetar la suya.

—Ve a ver a tu madre por última vez.

—¡Sí!

Pero fue Gu Lin quien tiró primero de él y comenzó a correr.

Esta vez era valiente y libre como el viento.

Pei Sheng había enfermado y tenía fiebre.

Sintió que había tenido un sueño extremadamente largo.

Cuando abrió los ojos, vio a Gu Lin inclinado a su lado, mirándolo fijamente.

Gu Lin ya tenía más de treinta y cinco años, pero sus ojos seguían siendo igual de claros y limpios.

Pei Sheng contempló aquel rostro claro y hermoso.

Levantó un poco la cabeza y le dio un beso en los labios.

—Esposo, soñé contigo. Con mi esposo bronceadito.

Gu Lin sabía que aquello no había sido un sueño.

Él y Pei Sheng habían regresado juntos al mundo de su pasado.

La fiebre era una secuela de aquel viaje.

Gu Lin inclinó la cabeza y besó suavemente sus labios.

—Pei Sheng, gracias.

—¿Por qué?

—Gracias por haber visto mi mundo.

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