Transmigré como el hermoso hombre embarazado del protagonista obsesivo - Capítulo 38

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Zou Beiqi buscó a la niñera que solía tener más contacto con él y le envió la foto de frente de Heng Yu que Lu Feilin le había proporcionado, indicándole que cuidara bien de la niña.

—Llámame cuando la recojas. Hablaré un poco con ella, porque me preocupa que no quiera irse contigo.

La niñera aceptó y enseguida salió de la villa para dirigirse a la escuela primaria en el auto del conductor.

Mientras esperaba aquella llamada, Zou Beiqi permaneció pendiente del teléfono, incapaz de evitar preocuparse por Heng Yu. Solo esperaba que la fiebre no fuera demasiado alta.

No dejó escapar un suspiro de alivio hasta que recibió la llamada. Al menos habían conseguido recogerla sin problemas.

—¿Hola?

—Cuñadito, ¿la tía dice que tú le pediste que viniera a buscarme?

La voz de Heng Yu sonaba tan débil que a Zou Beiqi le dolió escucharla.

—Sí. La tía te llevará al hospital. Después de tomar la medicina y dormir un poco en casa, te sentirás mejor. Sé buena, Xiaoyu.

—Pero quiero ver al tío, quiero ver al cuñadito… —Heng Yu parecía a punto de echarse a llorar—. ¿De verdad la tía me llevará a casa?

—Sí. No te preocupes, Xiaoyu. Ella cuidará muy bien de ti.

—Pero le pregunté dónde está mi casa y no supo decírmelo. Cuñadito, ¿y si me equivoqué de tía? ¿Y si es una estafadora?

—No lo es. ¿Qué tal si te tomas una foto y me la mandas para que yo lo confirme?

—En la escuela no nos dejan llevar teléfonos. Yo no traje el mío.

Probablemente porque se sentía mal por la enfermedad, la niña perdió la paciencia al llegar a ese punto.

—¡No me importa! Si no veo al tío, al cuñadito, a mamá o a mi hermano, no me voy a ir.

—Entonces… Xiaoyu, espera un momento.

Zou Beiqi no tuvo más remedio que colgar. Heng Shi probablemente también estaría ocupado trabajando, así que contactó con Lu Feilin.

Zou Beiqi: 【¿De verdad no consigues comunicarte con su mamá? Si Xiaoyu no ve a alguien conocido, dice que no se irá de ninguna manera.】

Lu Feilin: 【Ay, normalmente no parece tan lista.】

【Voy a intentar llamarla otra vez.】

Tras esperar un rato, el resultado fue el mismo: Lu Yimei seguía sin contestar.

Zou Beiqi lo pensó detenidamente. Heng Shi solo le había prohibido ir a casa de otros hombres. Si él recogía a Heng Yu, la llevaba al hospital y después la subía al auto para que la niñera la acompañara a casa, no debería haber ningún problema.

Respondió brevemente a Lu Feilin para tranquilizarlo. Este parecía sentirse bastante culpable por las molestias y le dijo que, si necesitaba cualquier cosa, no dudara en pedírsela.

……

Zou Beiqi fue en el auto de Xiao Li hasta la escuela primaria. Solo entonces consiguió recoger a Heng Yu, que tenía el rostro pálido, y llevarla al hospital.

—Cuñadito, me siento muy mal…

Zou Beiqi y Heng Yu estaban sentados frente a la farmacia esperando que llamaran su nombre. La niña se aferraba con fuerza a su brazo y se negaba a soltarlo.

—Sé buena. No pasa nada. Pronto te sentirás mejor.

La niñera fue a recoger los medicamentos. Zou Beiqi acarició el cabello de la niña, pero Heng Yu seguía sin mostrar la menor intención de soltarlo. Sin otra alternativa, tuvo que subir al auto con ella y acompañarla hasta la entrada del complejo residencial.

—Cuñadito, no te vayas…

Zou Beiqi era incapaz de resistirse cuando una niña le suplicaba de aquella manera.

Solo iba a acompañarla dentro del complejo. Eso no contaba como entrar a casa de nadie.

La niñera llevaba en brazos a Heng Yu, que estaba débil por la fiebre, mientras una de las manos de la pequeña continuaba aferrada al brazo de Zou Beiqi. Cuando llegaron a la puerta del apartamento, Heng Yu ya se había quedado dormida.

Solo entonces Zou Beiqi hizo que la niñera sacara las llaves de la mochila de la niña. Le recalcó que debía darle los medicamentos y vigilarla hasta que mejorara antes de regresar a la villa.

Zou Beiqi salió del complejo residencial, subió solo al auto y le pidió a Xiao Li que lo llevara de vuelta.

Todavía faltaba para la hora de salida de Heng Shi. Siguiendo las recomendaciones del jardinero, Zou Beiqi volvió a fertilizar las plantas del jardín trasero. Después regresó a su habitación y se puso a hojear un libro sin demasiado interés.

Quizá porque el contenido era demasiado aburrido, terminó quedándose dormido sobre la cama sin darse cuenta.

Cuando despertó, encontró la palma de Heng Shi acariciando suavemente su vientre. Sus dedos recorrían una y otra vez la curva ligeramente abultada.

—¿Volviste tan temprano?

Zou Beiqi estaba a punto de incorporarse cuando, quizá por haber dormido demasiado, sintió dolor de cabeza y se detuvo a mitad del movimiento.

Heng Shi extendió una mano para ayudarlo y lo dejó apoyado contra la cabecera.

—Últimamente estoy saliendo del trabajo a mi hora. Así tengo tiempo para vigilarte bien.

Enfatizó especialmente la última parte.

Antes de que Zou Beiqi pudiera responder, Heng Shi tocó con aparente indiferencia una de las marcas de beso que tenía en el cuello.

—No hay más remedio. Qiqi nunca es obediente.

—Hoy yo…

Zou Beiqi había querido decir que se había portado bien y no había entrado en casa de nadie, pero las palabras se atascaron en su garganta. Tampoco podía decir que aquello fuera completamente cierto. Se encontraba en una incómoda zona gris.

—No entré a casa de nadie.

Era una manera bastante tramposa de aferrarse al significado literal de las palabras.

—Lo sé. Heng Yu estaba enferma y tú la acompañaste a casa porque la niña se aferraba a ti y no quería soltarte, ¿verdad?

—Sí. Ni Lu Feilin ni la mamá de la niña podían ir. Pensé que tú también estarías ocupado. Al principio mandé a la niñera, pero Xiaoyu se negó a irse con una desconocida.

—¿Cómo sabías que estaba ocupado? ¿Intentaste comunicarte conmigo? Hoy, aparte de una inspección, no tenía ningún trabajo especial.

—…

Heng Shi terminó apoyando toda la palma contra un lado del cuello de Zou Beiqi, como si estuviera sintiendo el latido de su arteria.

—Antes que molestarme a mí, prefieres…

—No entré. Solo la acompañé hasta la puerta. Si de verdad no hubiera tomado en serio lo que me dijiste, habría entrado directamente.

Zou Beiqi intentó defenderse.

La mano de Heng Shi ascendió desde su cuello hasta su mejilla.

—Entonces solo te castigaré por no haberme preguntado primero.

—Te prometo que, en adelante…

—¿Harás lo que te diga, verdad?

—Entonces…

Zou Beiqi pensó durante un buen rato, pero no sabía qué podía ofrecer para contentar a Heng Shi. Al final solo pudo tomar como referencia el supuesto castigo de la última vez.

—Puedes dejarme otra marca.

—Tienes razón. Debería dejarte alguna más. Después de todo, todas estas no bastaron para hacer que pensaras en mí de inmediato.

La mano de Heng Shi recorrió la mejilla de Zou Beiqi y descendió por su cuello, cubierto de marcas de besos. Pasó por las huellas que asomaban junto al cuello de su ropa y, finalmente, terminó sobre su vientre.

Abrió el cajón de la mesita de noche y sacó un marcador grueso. Con el extremo que todavía tenía la tapa puesta, tocó suavemente la mejilla de Zou Beiqi.

—¿Dónde quieres que escriba, Qiqi?

—¿Qué vas a escribir?

—No te pongas nervioso. Se puede lavar.

Heng Shi hizo descender lentamente el marcador hasta detenerlo sobre su pecho.

—Mi nombre.

—Haré lo que tú digas.

—Buen chico.

Apenas terminó de hablar, Heng Shi comenzó a desabrochar la ropa de Zou Beiqi hasta dejar expuesta una porción de piel clara sobre su pecho.

—A Qiqi no le gusta que los demás lo vean, así que lo escribiré aquí.

Quitó la tapa del marcador y la arrojó a un lado.

La punta rozó su piel. La tinta negra resaltaba con especial claridad sobre su tez pálida. Heng Shi escribió las iniciales de su propio nombre. No eran grandes, pero sí muy visibles; bastaba con bajar la mirada cuando los botones estaban abiertos para verlas.

Heng Shi tomó a Zou Beiqi en brazos y lo llevó frente al espejo, igual que había hecho antes.

Hasta entonces, Zou Beiqi solo había evitado mirarse al espejo cuando llevaba vestidos. Nunca imaginó que llegaría a tener otra razón para rechazar su propio reflejo.

Era demasiado vergonzoso.

No le gustaba aquello.

—¿Qué es esto?

El dedo de Heng Shi siguió los trazos negros.

—Es tu nombre. Heng Shi.

—Otra vez.

—El nombre de mi esposo.

—Muy bien.

Heng Shi depositó un beso ligero sobre su frente.

—Esto solo es un castigo. Si no me haces enfadar, no escribiré sobre ti.

—Mm…

Heng Shi volvió a depositarlo con cuidado sobre la cama y besó su pecho durante un buen rato. No se detuvo hasta dejar varias marcas nuevas junto a su clavícula. Solo entonces volvió a abrocharle la ropa.

—¿Hoy no puedo lavarlo? —preguntó Zou Beiqi, señalando el lugar donde había escrito su nombre.

—Claro que no.

Heng Shi volvió a besarle la punta de la nariz.

—Mañana veremos. Hace falta frotar para borrarlo. Lo revisaré.

……

Zou Beiqi obedeció y, cuando se bañó, evitó tocar el nombre escrito sobre su pecho. Aunque habían instalado una cámara en la habitación, esta no cubría el baño, así que al menos allí podía ducharse sin preocuparse.

—Ven aquí. Desabróchate.

Heng Shi estaba sentado frente al escritorio trabajando con su computadora portátil. En cuanto vio salir a Zou Beiqi del baño, cerró el equipo y le hizo una seña para que se acercara.

Zou Beiqi obedeció.

Al comprobar que las letras negras seguían intactas sobre su piel, la expresión de Heng Shi no cambió. Sin embargo, Zou Beiqi entendió perfectamente lo que significaba.

Estaba satisfecho.

Instintivamente, Zou Beiqi quiso volver a abrocharse la ropa, pero Heng Shi lo detuvo.

—¿Ya olvidaste que te dije que no puedes hacer las cosas por tu cuenta?

Zou Beiqi retiró las manos y dejó la ropa abierta.

—Siéntate aquí.

Heng Shi echó la silla hacia atrás para hacerle espacio. Zou Beiqi no se resistió y se sentó obedientemente sobre sus muslos, con las orejas enrojeciéndose sin poder evitarlo.

Una mano cálida rodeó su cintura.

—Mañana descanso. Xiao Cheng tendrá el día libre y yo mismo iré contigo. ¿Hay algo que quieras hacer?

—No tengo nada en particular.

—¿Ah, no?

La palma de Heng Shi ascendió lentamente.

—Entonces quizá debería preguntarlo de otra manera. ¿Adónde quieres ir conmigo en una cita?

—A cualquier lugar está bien. Haré lo que tú digas.

—Buen chico.

Heng Shi acarició con una mano el cálido lóbulo de su oreja.

—Tienes unas orejas muy bonitas. Te quedarían bien unos aretes.

—…No me gustan.

—Ya lo olvidaste otra vez. Conmigo no tienes derecho a elegir.

Zou Beiqi le dio varias vueltas y decidió probar con una explicación que quizá lograra ablandarlo.

—Me da miedo que duela. Tampoco quiero hacerme un agujero en el cuerpo sin ninguna razón. Me parece… aterrador.

—Yo te ayudaré. No dolerá.

Los dedos de Heng Shi recorrieron el borde de su oreja.

—Necesitas tener más marcas en el cuerpo.

Los dedos descendieron desde su oreja por el cuello hasta detenerse en un punto de su pecho.

—Si no quieres que los demás lo vean, también podemos perforar aquí.

Zou Beiqi se estremeció de pies a cabeza.

Pensó que Heng Shi debía de tener algo mal en la cabeza.

—De ninguna manera.

—Entonces serán las orejas.

Quería negarse, pero acababan de recordarle que no tenía derecho a elegir, así que solo pudo guardar silencio.

Probablemente al ver que su expresión no era buena, Heng Shi besó repetidamente su mejilla.

—No tengas miedo. De verdad no dolerá. Tampoco afectará tu vida después.

—…

Sabiendo que nada de lo que dijera cambiaría la decisión de Heng Shi, Zou Beiqi no respondió. Simplemente dejó que Heng Shi depositara sobre él aquellos besos tranquilizadores, tan ligeros como el roce de una pluma.

—¿De verdad tiene que ser así?

—Quiero hacerlo.

Zou Beiqi no volvió a hablar.

Había querido esconder el rostro en el hueco del hombro de Heng Shi como un avestruz, pero, preocupado por ejercer presión sobre su vientre, se limitó a apartar la mirada.

Heng Shi volvió a girarle el rostro hacia él y finalmente depositó un beso sobre sus labios.

—Buenas noches, cariño.

—…

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