Super doctor interestelar - Capítulo 67
Xiào Mu estaba recostado en la cama, mirando el techo azul claro. Leo tenía la costumbre de no cerrar la puerta del baño, así que el sonido del agua corriendo le llegaba nítido a los oídos y éstos se le pusieron rojos. Sus pensamientos se dispersaron; no supo cuánto tiempo pasó. Pareció solo un instante… y entonces una figura alta se lanzó sobre él, haciendo vibrar la cama.
Xiào Mu alzó la cabeza y miró a Leo. Los ojos de Leo estaban oscuros, y su cabello, ya secado con la secadora, aún tenía gotitas que le resbalaban por el rostro y caían sobre la cara de Xiào Mu desde su barbilla. Le dio comezón y ladeó un poco la cabeza, alzando la mano para limpiarse. Antes de que sus dedos tocaran la piel, Leo le sujetó la mano y se la llevó a los labios para besarla. A Xiào Mu se le entumeció de golpe la mano y movió los dedos; al rozar los labios de Leo, los ojos de éste brillaron con una sonrisa fugaz.
Leo mordisqueó el índice de Xiào Mu y luego lo lamió. Después dejó besos a lo largo del dedo, el dorso de la mano, la muñeca y el brazo, sin dejar un solo centímetro sin atender. Una sensación de cosquilleo le subió a Xiào Mu desde la mano hasta el corazón. Su piel blanca como jade se fue tiñendo de rosa, la temperatura del cuerpo aumentó y su respiración se volvió un poco más rápida. Por fin, Leo subió desde el cuello de Xiào Mu hasta sus labios. Xiào Mu alzó el rostro, lo rodeó del cuello y le devolvió un beso intenso. Demasiada ternura lenta: ya no podía soportarla.
La mirada de Leo se hizo más profunda, como un mar azul sin fondo, gestando olas monstruosas listas para arrastrar al fondo a la persona que tenía enfrente. Besó a su pequeño guía cada vez más hondo y más pesado, y Xiào Mu fue perdiendo poco a poco la fuerza para resistirse. Le dolían levemente las mejillas y el nacimiento de la lengua se le adormeció. En el fondo, suspiró: comparado con la condición física de Leo, él estaba en clara desventaja. Entrecerró los ojos y le permitió seguir besándolo, a la vez que deslizaba la mano por la nuca de Leo. Empezó a desabotonarle la ropa, pero a mitad del camino se detuvo; metió la mano y palpó, centímetro a centímetro, los abdominales firmes. En contraste con su propio vientre suave, no pudo evitar que en sus ojos asomara un dejo de envidia.
Aquello hizo que el cuerpo de Leo se tensara de repente. Lo besó con ferocidad y se apartó apenas un instante. Al ver el hilo plateado y ambiguo entre sus bocas, a Xiào Mu se le encendió el rostro. Leo apoyó la frente contra la de él y jadeó con fuerza. Le sujetó la mano para que no se moviera y, con voz ronca, dijo:
—Déjame a mí. No te muevas, o… —en sus ojos relampagueó algo feroz— no voy a poder controlarme.
Xiào Mu pensó que no necesitaba que Leo se contuviera. Él ya estaba listo y no tenía nada de miedo. Abrió la boca para hablar, pero Leo inclinó la cabeza y lo volvió a besar, bloqueando cualquier palabra. Xiào Mu le lanzó una mirada de débil reproche y, cerrando los ojos, respondió al beso. No importaba si no lo decía: igual iban a hacerlo.
El ambiente estaba en su punto. Xiào Mu se entregó y cooperó. La temperatura del cuarto fue subiendo gradualmente. Se sentía como un gran pan al vapor: cada vez más caliente, incluso la cabeza parecía calentársele. En el aire había un leve aroma fresco que, al poco, se volvió más denso, cada vez más intenso.
De pronto, los movimientos de Leo se detuvieron y llamó:
—Xiào Mu.
Éste abrió los ojos, muy atraído por Leo, y se acercó a él por instinto:
—¿En?
Al escuchar su propia voz, suave y dulce, se quedó helado y volvió en sí. No supo cuándo su barrera espiritual había desaparecido y sus filamentos espirituales habían salido, tratando de alcanzar a Leo. Quiso retirar la mano con la que lo sujetaba por la cintura, pero cada célula de su cuerpo se resistía, negándose a separarse, a soltarlo. Comprendió la situación:
—¿Vamos a entrar en calor de unión?
Leo asintió. Con el ceño fruncido, se apartó con dolor del abrazo de Xiào Mu y retrocedió hacia su derecha, dejando una palma de distancia entre ambos:
—No podemos seguir; si no, no voy a poder contenerme.
La retirada de Leo dejó a Xiào Mu miserable. Tuvo que usar casi todo su autocontrol para no lanzarse de nuevo sobre él. Aun así, le echó una mirada feroz:
—¿Quién te pidió que te aguantaras? Me siento fatal.
Leo apretó los puños y lo miró como una bestia:
—¿Sabes lo que estás diciendo?
—Puras tonterías —bufó Xiào Mu, irritado por el malestar que nacía desde lo profundo. Se volteó, sacó todas las cosas del buró y se las aventó a Leo.
Leo, si bien inexperto, había investigado mucho al entender lo que Xiào Mu quería, para estar preparado cuando hiciera falta. Al ver los objetos que le arrojaba, se le enrojecieron los ojos. Las venas le saltaron en los brazos y, con la mirada encendida, dijo:
—Aún no estamos casados. Quería unirme contigo el día de la boda, pero ahora…
Levantó la mano para ponerse en movimiento cuando, de súbito, su expresión cambió y miró con agudeza hacia la puerta.
A Xiào Mu se le contrajo la mirada. Además de Leo, percibía a otros cinco centinelas, intentando atraerlo para obtener su respuesta. Desesperado, quería acercarse a Leo, pero a la vez sus filamentos se veían afectados por esos centinelas. El caos lo abrumó; sentía que la cabeza iba a explotarle, como si se fuera a desmoronar. Gimiendo de dolor, se encogió y rodó hacia Leo, tirando de su brazo:
—Leo, me siento muy mal.
Los músculos del brazo de Leo estaban tensos; sus ojos, llenos de angustia y culpa. Resistió el impulso de estrecharlo con fuerza y tomarlo ahí mismo. Le apartó la mano, se bajó de la cama y lo envolvió apretado en una sábana. Abrió la ventana del balcón y liberó al mecha Ying. Una vez en el aire, activó el modo vuelo y lo colocó a la altura del balcón. Regresó, tomó en brazos a Xiào Mu—hecho un ovillo dentro de la sábana— y saltó directo a Ying.
Se oían acercarse las sirenas de patrullas y ambulancias. Xiào Mu frunció el ceño:
—Leo, ¿pasó algo?
—Nada —repuso, sin detenerse—. No te preocupes.
Marcó un destino y Ying salió del apartamento a toda velocidad.
El espacio del módulo de descanso del mecha no era grande; en nada quedó inundado por el olor a feromonas de guía de Xiào Mu. A diferencia de la vez anterior, en que había resistido como pudo, ahora cooperaba activamente; como resultado, su reacción hacia Leo era más fuerte. Se retorció con impaciencia: estar sujeto por la sábana lo incomodaba y lo ponía ansioso. Le mordió el hombro a Leo y dijo, sin aliento:
—¡Bastardo! Cuando yo no quería, intentabas forzarme; y ahora que quiero, te contienes. ¿Por qué eres así?
Ante esas palabras, Leo relajó por reflejo la rigidez y lo abrazó con más fuerza, murmurándole al oído:
—No me voy a contener.
—Entonces suéltame de esta sábana, ¡me siento fatal! —Lo fulminó con la mirada, pero todo su cuerpo estaba blando; la voz, suave y dulce, y su “mirada feroz” no imponía nada.
Leo lo contempló como si fuera un pastel delicioso, cada gesto suyo volviendo el pastel aún más tentador. Bajó la cabeza y lo besó en los párpados:
—Ahorita te suelto.
A Xiào Mu le obligó a cerrar los ojos, y un pensamiento le inquietó al recordar la sensación de hacía un momento:
—¿Estarán bien los guardias del edificio?
Eran profesionales, y el estado que percibió de ellos indicaba claramente que habían caído en calor; de otro modo, no habrían intentado atraerlo por instinto, y menos aún subido a su cuarto. Cuando centinela y guía caen en calor y no se atiende a tiempo, se vuelve peligroso.
—Estarán bien. Ya se envió ambulancia —contestó Leo, besándolo con calma para tranquilizarlo.
—¿O sea que la ambulancia y las patrullas que escuché… fueron al edificio por ellos? —se sobresaltó Xiào Mu, abriendo mucho los ojos.
—Sí. Todos los centinelas solteros tienen un sistema de alarma en su terminal. Se activa automáticamente cuando entran en calor y la policía y el personal médico llegan de inmediato —explicó Leo.
Para desviar un poco la atención de Xiào Mu y que se sintiera menos incómodo, siguió:
—Es para proteger al centinela y, al mismo tiempo, evitar que uno fuerce a un guía a caer en calor de unión; así se puede intervenir a tiempo.
—¿Y tú? —preguntó Xiào Mu.
—Yo quité ese sistema hace mucho —Leo bajó la cabeza y lo miró hondo—. Antes de conocerte, no creía que hubiera alguien capaz de hacerme entrar en calor de unión.
Sin poder evitarlo, Xiào Mu alzó el rostro y se restregó contra él; el contacto le trajo un poco de alivio, pero no era suficiente. Su atención volvió al asunto principal y frunció el ceño:
—¿A dónde vamos?
De pronto, se le encendió un foco y se quedó rígido. Su voz también se puso tensa:
—Por lo que acabas de decir… ¿significa que la policía y el personal médico que fueron allá saben que yo estoy en calor?
—Sí —respondió Leo.
Xiào Mu suspiró:
—¿Y todos saben que estás conmigo?
—Sí. No es ningún secreto.
Xiào Mu apoyó la frente en el hombro de Leo, abrumado por la vergüenza. Con la velocidad a la que corrían los rumores, para mañana casi todo el imperio sabría que había tenido sexo con Leo. Le dio un topecito con la cabeza en el hombro, molesto:
—No quiero que algo tan privado se haga público, y tampoco quiero que cada vez que pase se arme un problema. Ya no quiero guardias.
La palma de Leo se posó en su frente:
—Cuidado con las charreteras. Tu cuarto no tiene instalado sistema de aislamiento de feromonas ni de poder espiritual; por eso tu reacción los activó. En adelante no tendrás que preocuparte.
Apenas terminó de hablar, Ying se detuvo. Leo cargó a Xiào Mu y saltó directo al balcón que quedaba frente al mecha. Xiào Mu echó un vistazo y reconoció la habitación en la mansión del mariscal. Leo lo depositó con cuidado en la cama, cerró todas las ventanas, activó los sistemas de aislamiento y lo inmovilizó bajo su cuerpo.
Xiào Mu estaba a medio desenrollarse de la sábana cuando Leo lo sujetó. Dio una patadita y exigió:
—Quita esto; es incómodo.
Leo lo liberó de la sábana y la arrojó al lado de la cama. Luego empezó a ordenar, una por una, las cosas que Xiào Mu le había arrojado antes sobre el buró. A éste se le calentó la cara: ni cuenta se dio de cuándo Leo las había rescatado. Tras acomodarlas, Leo lo miró intensamente. De pronto, estiró la mano, jaló la camisa de Xiào Mu hacia afuera y ¡zas!, los botones saltaron al instante.
—¡Ey! —Xiào Mu se sobresaltó por la fiereza del movimiento—. Tú…
Antes de que terminara, Leo le cubrió la boca con un beso. El contacto hizo que todo su cuerpo se aflojara; cada célula se sentía a gusto. Enredó los pies con los de Leo y dejó que sus filamentos espirituales lo alcanzaran.
…
Al principio, Xiào Mu creyó que no sería más que el encuentro más normal entre amantes; pero, tres días después, recargado sin fuerzas en el cabecero, pensó que había sido demasiado ingenuo. ¡Eso no tenía nada de “normal”! Al ver a Leo impecable con su uniforme militar y cara de fresco, Xiào Mu estiró la mano, furioso, y le gritó:
—¡Devuélveme todas las píldoras de impulso!