Soy un villano, pero terminé teniendo un hijo con el héroe - Capítulo 89
—Phantom está… hic… actuando raro. Arrojó a Komi, bek… Tiene la cara toda roja y se está arrancando el cabello, hic… hkk.
—…Phantom lo está pasando mal ahora mismo. Komi también lo sabe, ¿verdad? Komi sabe cuánto sufrió Phantom incluso antes de que Komi naciera. Por eso.
—Hkk… Lo sé. Komi sabe… bek. Phantom deja que todo se pudra dentro de él y siempre guarda sus emociones y recuerdos en una cajita dura, hkk… Me dijo, bek… que fuera con Uichan. Dijo que ahora mismo es un monstruo… bek.
Phantom jamás había superado su pasado.
Por eso había separado los recuerdos y emociones de aquellos años miserables y los había sellado dentro de una baraja de cartas.
A cada instante, a cada segundo, utilizaba su habilidad para impedir que escaparan.
Por eso Uichan sabía perfectamente que las emociones que Phantom sufriría ahora, sin su habilidad, serían tan violentas como una ola rompiendo con toda su fuerza.
Aquellas emociones habrían engullido por completo a Phantom Thief Kill como unas fauces hambrientas.
Así eran los recuerdos.
No tenían forma.
Ni siquiera eran dolor físico.
Y, aun así, podían derribar a una persona y dejarla completamente indefensa.
En aquel momento, Phantom seguramente se retorcía bajo emociones y recuerdos que lo apuñalaban y desgarraban desde dentro.
—Kkiuk…
Podo levantó la cabeza con todo el rostro empapado.
Cuando Uichan le secó las lágrimas, Podo y Komi lo miraron con ansiedad.
Era la primera vez que ocurría algo semejante, así que, por supuesto, estaban asustados e inquietos.
Podo siempre decía que Hyde era aterrador y horrible y lo evitaba cada vez que podía. Pero, aun así, reconocía a Hyde como el líder del grupo y lo obedecía.
Incluso el pequeño Podo comprendía que, mientras Hyde estuviera allí, la fortaleza de sus hermanos permanecería firme y segura.
Y ahora que ni siquiera Hyde podía solucionar aquello, el impacto debía haber sido enorme.
Aunque Uichan estaba ocupado consolando a Podo y Komi mientras ambos se acurrucaban entre sus brazos, seguía dudando.
Pero aquella vacilación no duró mucho.
—Ah…
Su vientre hormigueó y tembló.
Antes de que Uichan pudiera siquiera bajar la mirada, sorprendido, el chillido agudo y desgarrador de Podo atravesó el aire.
—¡Kkieee!
A Uichan le dolieron los oídos y no tuvo más remedio que hacer una mueca.
Podo corrió hacia la terraza y comenzó a lanzar chillidos ásperos y furiosos.
Solo entonces Uichan percibió el peligro y miró a través de la ventana de la terraza.
Allí…
—¡Kkiek! ¡Kkiek!
—¡No! ¡Phantom! ¡Mis hermanos!
Un enorme barco estaba cayendo.
Envuelto en llamas.
Aquella imagen, aquella lluvia de fuego precipitándose como bombas volcánicas, hizo que Uichan se quedara completamente rígido.
Su corazón latió fuera de control.
Sintió como si tuviera una piedra atascada en la garganta y no pudiera respirar.
Podo y Komi volvieron corriendo hacia él y se aferraron a la pernera de sus pantalones mientras lloraban.
Uichan contempló el barco que caía y retrocedió tambaleándose.
—……
Si ese Ark en llamas se estrella contra el centro de Seúl.
Entonces mis hermanos.
Entonces Hyde.
Uichan negó con la cabeza y apartó la mirada cuando las emociones crecieron dentro de él hasta volverse imposibles de contener.
—Ha… Ya no sé qué hacer.
Finalmente tomó la decisión de salvar a sus hermanos.
No era tan despiadado como para darles la espalda.
—Podo y Komi también vienen conmigo.
—¡Kkiuk! ¡Kkie!
—N-no, no podemos… bek, ¡no podemos! ¡El menor está en peligro!
Podo corrió rápidamente hacia él y se aferró al hombro de Uichan, mientras Komi continuaba diciendo que no debían ir al mismo tiempo que se deslizaba directamente dentro de su bolsillo.
Uichan actuó con rapidez.
Se puso la pulsera que bloqueaba el reconocimiento facial, fue hasta la entrada y se calzó.
Entonces lo invadió una culpa que no podía expresar con palabras.
Uichan apoyó una mano sobre su vientre y se mordió con fuerza los labios.
—…Lo siento. Solo una vez más. De verdad, cuando termine con esto, haré todo lo posible para que puedan crecer sanos y salvos… solo compréndanme una vez más.
Uichan estaba a punto de lanzarse nuevamente dentro de la tormenta.
Apretó los cordones de sus zapatos y salió por la puerta.
Abandonó el departamento e intentaba calcular dónde había surgido el árbol cuando…
—¡Uichan! ¡No! ¡Uichan!
A lo lejos, Park Rion corría hacia él con el rostro pálido como un cadáver.
Debía haber comprendido instintivamente adónde pretendía ir Uichan, porque agitaba los brazos frenéticamente.
—¡Tú! ¡¿Adónde crees que vas cuando ni siquiera estás solo en tu cuerpo?! ¡No! ¡No puedes ir! ¡Uichan, eres idiota! ¡Si vas a ir, deja a las estrellitas aquí y luego veee!
—¿Cómo voy a dejar a los niños? ¡Tú simplemente no me sigas!
Uichan echó a correr en dirección contraria para evitar a Park Rion.
Park Rion, que jamás había hecho ejercicio en su vida, pronto comenzó a jadear y rápidamente quedó rezagado.
Uichan consiguió quitárselo de encima, salió a la avenida principal y tomó un taxi.
Se bajó cerca del lugar donde había surgido el árbol y dirigió la mirada hacia el bulevar acordonado.
—¡Retrocedan! ¡No pueden entrar!
—¡Es Blacktan! ¡Oh, Noa también está aquí!
—¿Qué? ¡¿Solo ellos dos?!
Una multitud se agolpaba alrededor de la línea de control, convirtiendo el lugar en algo parecido a un mercado, todos ansiosos por ver a los héroes.
Pero, en medio de aquella multitud, Uichan vio algo increíble.
Una sombra negra y el viento sostenían el Ark que caía.
Quienes estaban sosteniendo el Ark eran Noa y Blacktan.
Alguien lo estaba llamando.
—¡Reacciona, Phantom! ¡¿De verdad vas a seguir así?! ¡Recobra el sentido!
Una mano fuerte sujetó las solapas de su esmoquin blanco y lo sacudió con violencia.
Sus oídos zumbaban como si hubiera caído bajo el agua, y sentía el cerebro pegajoso y pesado, convertido en una masa espesa.
—¡El Ark está cayendo! ¡Tienes que escapar!
—¡Maldita sea, pedazo de inútil! ¡Bien, yo me ocuparé de Phantom como sea! ¡Vieja, tú solo gira la maldita proa!
—¡¿Crees que la proa va a girar en este estado, idiota?!
—Los dos cálmense. Parece que algunos héroes están sosteniendo el Ark desde abajo. Podemos ganar algo de tiempo.
Phantom se sujetó la cabeza y se retorció bajo el dolor de los recuerdos que se abatían sobre él como un maremoto.
Escenas del pasado se clavaban en su cráneo como cuchillas.
En un momento era un recuerdo de su infancia.
En otro, un recuerdo de su juventud.
Durante una noche azotada por una feroz tormenta, un bebé recién nacido había sido abandonado frente a un orfanato.
El bebé lloraba con fuerza bajo las densas cortinas de lluvia.
Si un voluntario no hubiera escuchado el ruido y salido a buscarlo, probablemente habría dejado de respirar poco después.
El niño se llamaba Shin Taemun.
Aquella había sido la infancia de Phantom.
La mitad de su vida que había vivido como Shin Taemun.
El muchacho tenía manos hábiles, reflejos rápidos y una mente aterradoramente aguda.
A medida que crecía, aquel talento comenzó a brillar hasta un grado casi aterrador.
Resolvía acertijos y trucos que otros no podían descifrar y creaba sus propios problemas de gran complejidad, basados en razonamientos geométricos y secuencias numéricas.
Las respuestas no le importaban.
Solo la belleza del «proceso» y el «patrón» significaban algo para él.
Y, cuando tenía unos tres años, despertó la habilidad «Detección de Trucos».
Debió ser al año siguiente.
Una compañía circense de fama mundial llegó con la intención de adoptarlo.
Gracias a la audacia y a los abundantes recursos del director del circo, el muchacho tomó la mano de aquel hombre a los cuatro años y comenzó a recorrer el mundo.
Para un niño tan brillante, el mundo era misterioso y triste.
Estaba lleno de engaños y violencia.
Creció aprendiendo magia y arte, lógica y estética.
Creó innumerables dispositivos y trucos de magia y, a los veintitrés años, alcanzó la cima bajo los reflectores del mundo entero.
Mortis.
Un astuto mago capaz de engañar incluso a la propia muerte.
Pero detrás de aquella fama, la envidia y los celos siempre lo perseguían como sombras.
Mortis recibía con frecuencia miradas hostiles y acusaciones de sus propios colegas.
Cayó en la locura y la obsesión, atormentado en ocasiones por alucinaciones y sonidos fantasma.
Tienes que capturar sus miradas con un espectáculo artístico.
Tienes que investigar mecanismos magníficos, impredecibles y perfectos.
Tienes que convertirte en un showman cruel y provocador.
Se hundió cada vez más en la locura mediante una autoflagelación constante.
Cuantos más elogios y fama recibía, más se marchitaba, mientras la ansiedad lo roía desde dentro.
Pero entonces llegó el primer día en que sus alucinaciones y aquellos sonidos fantasma desaparecieron.
Mortis estaba encorvado detrás del escenario, con locura en los ojos, garabateando frenéticamente en su cuaderno mientras investigaba nuevos trucos.
Entonces vio a un niño tropezar mientras transportaba equipo de magia y caer de bruces justo frente a él.
La mano de Mortis, que había estado dibujando como si estuviera poseído, se detuvo por primera vez.
Exhaló temblorosamente y contempló al niño caído.
El pequeño, de cabello negro y ojos azul océano, sollozaba por lo bajo como si se hubiera golpeado la rodilla.
Pero, en cuanto se dio cuenta de que Mortis estaba allí, se levantó de un salto y sujetó su ropa sucia.
—P-perdón… No quería molestarlo. Mi pie se enganchó con el c-cable.
—Quién… eres. ¿Cómo entraste aquí?
El niño parpadeó nerviosamente y luego levantó la mirada hacia Mortis con cautela.
Por un instante, aquellos ojos azules parecieron ensombrecerse, como si se preguntaran por qué Mortis no lo reconocía.
Pero enseguida volvieron a iluminarse.
Un tenue moretón se extendía por la mejilla del niño, justo donde se marcaba su hoyuelo.
—T-trabajo aquí. Hace cuatro años, eh… me, me adoptaron. Conozco a M-Mortis-nim.
El niño tartamudeaba.
Se esforzaba mucho por hablar con claridad, pero los síntomas aparecían de manera impredecible y hacían que se encogiera sobre sí mismo.
—¿Cómo te llamas?
—B-Bom. Pero todos me llaman Ggo-Ggojil. Dicen que parezco su-sucio incluso cuando me baño…
—¿No… me tienes miedo?
El niño parpadeó y negó rápidamente con la cabeza.
Luego s-sonrió.
Mortis guardó silencio.
Ya tenía veintiocho años.
Todavía se encontraba en la cima del mundo, realizando espectáculos de magia con los que otros ni siquiera podían soñar.
Pero, por dentro, estaba destrozado.
Aplastado y calcinado como cenizas.