Soy un villano, pero terminé teniendo un hijo con el héroe - Capítulo 46
Era como si una bestia inimaginablemente grande se lo estuviera tragando entero. Sentía que todo su cuerpo era succionado y estirado al límite, mientras algo debajo de él lo rozaba y presionaba. Lo único que podía hacer era agitarse impotente, intentando apartar al hombre con las manos temblorosas. Cuando los dedos que habían estado frotando el glande descendieron de pronto por toda la longitud de su miembro, como si le estuvieran arrancando la piel, Uichan cerró los ojos con fuerza.
—Ah… Demasiado… demasiado fuerte…
—Uichan es muy sensible, ¿eh…? Si esto ya es demasiado, ¿cuánto más delicado tengo que ser?
La mano del hombre descendió más allá de su axila y le agarró el pecho. Rozó con los dedos el pezón endurecido de Uichan, luego lo atrapó entre ellos y lo apretó con fuerza, hasta que un líquido lechoso se acumuló en la punta de su miembro.
—Pero dijiste… que esto se siente bien.
La Épée, que mantenía separadas las piernas temblorosas de Uichan, bajó la mirada. Su piel estaba enrojecida, marcada por las huellas de sus manos. Apretó con más fuerza el miembro erecto de Uichan y comenzó a moverlo con tal intensidad que los gemidos escaparon de sus labios.
No entendía por qué… Por qué La Épée se limitaba a sujetarlo y sacudirlo de aquella manera. Uichan intentó hablar, pero, antes de que pudiera hacerlo, La Épée se inclinó hacia él y le susurró al oído:
—Uichan, si te chupo aquí… ¿te molestaría?
—N-no…
Uichan no entendía a qué se refería, pero negó instintivamente con la cabeza.
—Entonces, ¿qué tal aquí?
Los dedos del hombre descendieron y presionaron con firmeza debajo de sus glúteos. Cuando empujó ligeramente contra la entrada, que permanecía completamente cerrada, esta no cedió. Uichan, tenso y contraído, negó desesperadamente con la cabeza esta vez.
—Bueno… Está bien. Hoy no haré nada que no quieras.
Otra vez… Era ese tono.
No dejaba de recordarle a otra persona. La voz habitual de La Épée tenía un matiz frío y autoritario, pero ahora sonaba suave, casi gentil. El cambio desconcertaba a Uichan, aunque no sabía cómo expresarlo.
—Entonces no queda otra. Uichan tendrá que chupar bien.
Un pulgar firme presionó sus labios. Cuando abrió la boca, el dedo se introdujo en ella y presionó húmedamente su lengua.
—Chupa. Sí… Así, exactamente.
Cuando el dedo, que había llegado hasta el fondo de su garganta, finalmente se retiró, Uichan volvió a tensarse. Ya sabía instintivamente hacia dónde se dirigía aquella mano.
Descendió entre sus piernas abiertas, recorriendo el perineo antes de presionar aquel lugar profundo y oculto.
Entonces, el dedo se apoyó contra la entrada y empujó hacia dentro.
—¡Ah…!
La Épée dejó escapar un aliento ardiente mientras presionaba contra el estrecho conducto. Se quitó la ropa de la parte superior del cuerpo y acercó sus caderas, sujetando a Uichan por detrás de las rodillas para elevarle más la pelvis.
—Relájate, Uichan.
—Ah… Ngh.
No había manera de que pudiera soportarlo tan fácilmente. Sin embargo, los dedos continuaron abriéndose paso a la fuerza, empujando persistentemente cada vez más adentro, como si estuvieran excavando un camino.
Cuando Uichan se aferró a las sábanas por el dolor, La Épée intentó tranquilizarlo succionándole la oreja y el cuello, y luego comenzó a estimular su miembro con movimientos rápidos.
La espalda de Uichan se arqueó. Una insoportable oleada de placer se acumuló en su interior. Cuando la yema del dedo del hombre rozó la abertura de su uretra, sus caderas se sacudieron por sí solas.
—Espera, ah… Ah… Detente…
Las venas del antebrazo de La Épée se hincharon. Movía el miembro de Uichan a una velocidad imposible de seguir, mientras este enterraba el rostro en las sábanas, sollozando. Su visión alternaba entre destellos blancos y negros; sentía que se ahogaba y jadeaba en busca de aire.
Extendió una mano para apartarlo, atragantándose y respirando entrecortadamente, con la saliva escurriéndole de la boca. Se dio vuelta hasta quedar boca abajo e intentó alejarse arrastrándose, pero La Épée lo sujetó por la pelvis y lo atrajo de nuevo hacia él, presionándolo contra la dura protuberancia de sus pantalones.
A través de la tela, la gruesa erección se restregó contra el perineo de Uichan, provocándole una fricción dolorosa y ardiente.
—¿Adónde crees que vas?
—No… Ah… Detente, ah…
Negó con la cabeza, estiró las piernas e incluso tiró de las sábanas, pero nada sirvió. Respirando agitadamente, Uichan se retorció como alguien que se ahogaba bajo el agua, hasta que, de pronto, todos los músculos de su espalda se contrajeron.
Apretó los dientes, apoyó la frente contra la cama y se estremeció como si estuviera sufriendo una convulsión.
La Épée, que todavía movía con fuerza el pálido miembro que mantenía firmemente sujeto, envolvió rápidamente el glande con la mano y comenzó a estimularlo con movimientos circulares. La abertura palpitó y expulsó espeso semen en varias oleadas.
Uichan quedó completamente flácido, sin una pizca de fuerza.
Una mano perezosa recorrió su espalda arqueada.
Pero aquello no había terminado.
O quizá apenas estaba comenzando.
La Épée separó con la mano la suave carne de las nalgas elevadas de Uichan. Sin ninguna prisa, extendió el semen sobre la entrada y luego presionó hacia dentro.
Uichan, todavía desfallecido por el orgasmo, sintió que sus muslos temblaban.
—¡Ugh!
Un pulgar se abrió paso a la fuerza por el estrecho orificio, deslizándose gracias a la humedad. Al principio, apenas jugueteó con el borde, pero, conforme pasaba el tiempo, los dedos presionaron cada vez más profundamente, ensanchando las paredes internas.
Un dedo se convirtió en dos y luego en tres. Lo abrían mientras la palma giraba y se movía, distribuyendo cuidadosamente el semen en su interior.
—Ah… Ah…
Al principio, no sintió más que dolor.
Después, poco a poco, una comezón febril comenzó a extenderse por la parte inferior de su cuerpo, como si allí se hubiera encendido una llama.
Uichan apretó los labios y lo soportó hasta que los dedos del hombre tocaron un punto hinchado en lo más profundo de su interior. Sobresaltado, sus hombros se sacudieron violentamente.
El calor aumentó hasta alcanzar una intensidad aterradora, y sus pensamientos comenzaron a disolverse en una neblina.
Al final, incapaz de soportarlo, Uichan apoyó la frente contra las sábanas y habló.
Era el único que seguía esforzándose, el único que se estaba conteniendo.
—Solo… M-más rápido…
—¿Apenas tengo tres dedos dentro y ya quieres que vaya más rápido?
—Así vas a lastimarte.
Aunque decía eso, la respiración de La Épée era áspera, apenas controlada. Giró la mano con la palma hacia arriba y hundió los dedos con fuerza en su interior.
Uichan se mordió el labio y cerró los ojos con fuerza.
La entrada que se aferraba a sus dedos estaba enrojecida, húmeda e hinchada por la dilatación. Cada vez que aquellos dedos penetraban hasta el fondo y presionaban sus profundidades, Uichan se estremecía sin poder evitarlo.
Quería suplicarle que se detuviera, que ya era suficiente, que simplemente lo introdujera de una vez. Pero, cada vez que los dedos rozaban aquel punto, un escalofrío le recorría la columna y lo único que podía hacer era jadear en busca de aire.
Entonces se escuchó el sonido agudo de una cremallera al bajar.
Las manos de Uichan se cerraron con fuerza, como si se preparara para lo que venía.
Ni siquiera habían empezado y el cabello de sus sienes ya estaba completamente empapado de sudor.
De alguna manera, volvió a encontrarse frente a frente con La Épée.
—Si ya estás así antes de que empecemos, ¿qué vas a hacer después?
—Ahh… Ugh.
La Épée lo besó por todas partes: las mejillas húmedas, la frente, la piel detrás de las orejas. Lamió cada rastro de sudor.
Y entonces Uichan se estremeció.
Su mirada vaciló y su cuerpo se puso rígido por instinto.
Allí abajo…
—Esto… ¿Qué…?
Abajo…
Una columna de calor enorme, de un tamaño indescriptible, presionaba contra él, separándole la carne de las nalgas y restregándose contra la estrecha entrada.
Uichan bajó la mirada y sintió que el pecho le daba un vuelco por la impresión.
—N-no… Eso… Eso no puede…
—…Después de haber recibido tres dedos a la vez.
—Ah… Ah, ngh…
—¿Cómo podría no caber?
La entrada comenzó a dilatarse lentamente cuando el miembro empezó a penetrarlo.
La sensación desconocida hizo que Uichan abriera la boca sin emitir sonido alguno.
La Épée sujetó la base y empujó el glande hacia delante, presionando con fuerza.
Se sentía demasiado estrecho. Parecía imposible que pudiera entrar, pero, bajo aquella presión pesada e inexorable, comenzó a abrirse paso entre la carne sensible.
Su gran mano rodeó los muslos temblorosos de Uichan y los acarició para tranquilizarlo.
Entonces, con un sonido húmedo y espeso, el ancho glande se hundió profundamente entre las ardientes paredes internas.
Los hombros de Uichan se contrajeron y su cabeza cayó hacia atrás, dejando expuesta la línea de su garganta.
—¡Ngh, ah… Ahh!
¿Por qué…?
¿Por qué se sentía tan diferente de aquella noche?
Ahora le dolía más. Un dolor palpitante le quemaba por dentro.
No conseguía relajarse ni abrirse como lo había hecho antes.
En aquel entonces ni siquiera lo había visto. No se había dado cuenta de lo grueso que era.
Ahora percibía todo con demasiada intensidad: cada sonido, cada roce del aliento contra su hombro, cada caricia de aquella mano sobre su cuerpo, cada centímetro del grueso miembro que estiraba sus pliegues internos.
—¡Ngh… Ah!
—Uichan.
La mano de La Épée se deslizó dentro de la suya, que permanecía cerrada con fuerza, y entrelazó sus dedos.
Le dolían las caderas por tenerlas tan abiertas y, aun así, el miembro seguía avanzando.
¿Cuánto más podía entrar?
Jadeando, Uichan bajó la mirada justo cuando el aliento caliente del hombre le rozó la nariz.
Entonces, aquella voz gentil lo hizo levantar los ojos.
—Mírame, Uichan.
—No lo saques… Ah… Solo… Solo date prisa…
—Te dije que me miraras.
La punta que había estado penetrándolo retrocedió lentamente hasta quedar otra vez justo en la entrada.
Uichan jadeó y levantó la cabeza, alarmado.
Quería que volviera a introducirlo de una vez. No tenía sentido seguir retrasándolo.
Incluso aquella pequeña parte que había entrado lo había llenado por completo, y la presión resultaba abrumadora.
Quería que lo penetrara hasta el fondo, como aquella noche. Tan rápido y profundo que no tuviera tiempo siquiera de pensar, hasta que su mente quedara completamente en blanco.
Si perdía el sentido, quizá el tiempo pasaría como una flecha.
Una mano le levantó el mentón.
A través de la neblina provocada por el calor, Uichan vio el rostro de La Épée.
La punta rozaba su entrada, provocándolo, y sus caderas se movieron por sí solas.
—Uichan… ¿Por qué estás tan impaciente? ¿Quieres que me apresure?
—S-sí, solo… Mételo… Por favor…
Uichan asintió. Tenía la mirada medio desenfocada y los ojos tan húmedos que bastaría un solo roce para que las lágrimas se derramaran.
Con un sonido húmedo, el miembro volvió a deslizarse dentro de él, lenta y pesadamente.
El grueso glande comenzó a abrirse paso entre los estrechos pliegues de sus paredes internas…
—…Uichan. Concéntrate un momento.
La voz suave y firme lo sacó de su aturdimiento.
—Aunque tu primera vez haya sido… compartida, al menos deberías saber con quién estás ahora mismo.
¿Quién más podría ser?
Por supuesto, pensó Uichan, era La Épée…
—……
Pero entonces… ¿por qué?
¿Por qué había algo en los ojos de aquel hombre que no debería estar allí?
La visión aturdida de Uichan comenzó a aclararse.
El hombre esperó en silencio, permitiéndole ver, permitiéndole reconocerlo.
Y entonces, cuando Uichan distinguió la tenue constelación en aquellos ojos gris ceniza, lo empujó con tanta fuerza que la cama crujió.
Apenas consiguió desplazarlo el ancho de una mano.
Pero lo que había visto era inconfundible.
Aquel patrón.
La Osa Mayor.