Soy un villano, pero terminé teniendo un hijo con el héroe - Capítulo 29
—Nell.
La bestia, que había salido corriendo tras Uichan, se dio la vuelta de inmediato al escuchar la voz de su amo y regresó trotando.
Apoyó la cabeza contra la palma de Yeo Taehwon.
Su mano áspera acarició la cabeza de la pantera, y los ojos amarillos de la criatura parpadearon lentamente mientras lo miraban.
Era como si le preguntara por qué no iba tras él.
Yeo Taehwon no apartó los ojos de la entrada del parque mientras levantaba la mano que había tocado los labios de Uichan.
—Supongo que está bien darle tiempo para ordenar sus pensamientos. Después de hoy… será mío.
La lengua roja de la bestia lamió húmedamente las yemas de los dedos que habían rozado los labios de Uichan.
Uichan ni siquiera recordaba cómo había conseguido escapar.
Lo único que le quedaba era la sensación de haber corrido a ciegas, impulsado por el pánico.
La ansiedad le entrecortaba la respiración, pero seguía repitiéndose que no podía ser tan grave. Todo tenía que estar bien.
Cuando finalmente regresó a su apartamento, pasó junto a Park Rion, que estaba manipulando su equipo, y se encerró en el baño.
—¿Uichan? ¡Uichan! ¿Estás herido? ¡H-hay sangre en el suelo!
¡Pum, pum!
La puerta del baño vibró bajo los golpes mientras Rion lo llamaba con voz aterrada.
Uichan murmuró algo sobre haberse tropezado y caído.
Cuando Rion finalmente se alejó, todavía refunfuñando, Uichan se quitó la ropa y jadeó mientras examinaba sus heridas.
La pierna y la mano quemadas ya estaban hinchadas.
—El botiquín… Ja, está en la sala.
¿Debería salir a buscarlo?
Pero Rion estaba allí, con los ojos bien abiertos, y seguramente entraría en pánico si veía las heridas.
Aquel idiota entrometido probablemente estaba sentado justo afuera, esperando a que terminara de bañarse.
Y entonces gritaría:
«¡Uichan, ¿quién te hizo esto?! ¡¿En qué estabas pensando?! ¡Uno de estos días vas a volverme loco!».
Uichan sacudió enérgicamente la cabeza.
Decidió aguantar hasta que Rion se durmiera.
Podía soportar el dolor.
Mañana por la mañana saldría temprano, iría al médico y, ya que estaba allí, también comprobaría el estado de los bebés.
Decidido, tomó la ducha de mano.
Entonces, de repente, todo comenzó a darle vueltas.
¡Clang!
—¡Ja… aah!
Como niños que finalmente rompen a llorar después de haberse contenido, el dolor recorrió su cuerpo en una oleada brutal.
La ducha de mano cayó sobre los azulejos con un estridente golpe metálico.
Las rodillas le cedieron y se desplomó sobre el suelo mojado.
Sobresaltado por el ruido, Rion corrió hasta allí y golpeó la puerta.
—¡Uichan! ¡Uichan! ¿Qué pasó? ¡Voy a entrar! ¡Voy a entrar, ¿de acuerdo?!
Rion sacudió el picaporte cerrado y luego tomó sus herramientas y comenzó a desmontarlo a la fuerza.
La manija se desprendió y abrió la puerta de un tirón.
Una nube de vapor salió al exterior.
Su rostro palideció al ver lo que había dentro.
—¡Uichan!
Uichan estaba tendido en el suelo, empapado bajo el agua de la ducha, que seguía corriendo.
Le temblaban los brazos alrededor del estómago.
La sangre brotaba de su muslo.
Rion gritó.
—¡Uichan, tu pierna! ¡Estás sangrando!
Pero Uichan no se sujetaba la pierna.
Se aferraba al abdomen, claramente atormentado por el dolor.
—Tu estómago… ¿Te duele? ¿Es dolor abdominal? ¡¿Qué hago…?!
Presa del pánico, Rion lo ayudó a incorporarse.
El rostro de Uichan estaba pálido y sus labios temblaban mientras intentaba hablar.
Tenía las cejas contraídas por el dolor.
—M-mi estómago… Hospital… Tengo que ir… al hospital.
—H-hospital, claro. Está bien, te llevaré.
La mirada de Rion recorrió el cuerpo desnudo de Uichan, temblando violentamente por la impresión.
Cerró rápidamente el agua y se agachó frente a él.
—Súbete. Te llevaré cargando, Uichan.
Pasó los brazos de Uichan sobre sus hombros y lo subió a su espalda, balbuceando presa del pánico.
—Primero la ropa, la identificación… ¡Ah, el hospital! ¡Tengo que encontrar un hospital!
Después de vestirlo apresuradamente y secarle el agua, Rion lo sacó de casa cargándolo a la espalda.
—¿A qué hospital vamos? ¿A urgencias?
En medio de la noche completamente oscura, miraba de un lado a otro buscando alguna señal de un hospital.
Uichan logró pronunciar el nombre de uno entre respiraciones superficiales, y Rion corrió hacia las afueras de la ciudad.
¿Habría siquiera un hospital abierto a esas horas?
Aquella preocupación desapareció en cuanto vio el símbolo de una cruz roja brillando en lo alto de un edificio.
Un hospital privado de urgencias abierto las veinticuatro horas.
Entró corriendo y gritó:
—¡Traigo a un paciente! ¡Mi amigo… le duele mucho! ¡Doctor, por favor!
Varias miradas atentas se volvieron hacia él y una enfermera se apresuró a acercarse, guiándolos hasta una cama vacía.
Corrió la cortina con una carpeta en la mano.
—¿Qué los trae por aquí hoy? ¿Dónde le duele?
—T-tiene quemaduras en la pierna y la mano, pero es el estómago… Ahora le duele mucho más. ¿Qué hacemos?
Rion explicó lo mejor que pudo, entrelazando las manos con desesperación.
La enfermera se acercó al paciente, que permanecía encogido.
Uichan apenas consiguió susurrar:
—P-por favor… llame a un obstetra.
—¿Un obstetra? ¿Es usted… un paciente con embarazo masculino?
—S-sí.
—Por suerte, esta noche tenemos de guardia a un especialista en embarazos masculinos. Un momento, por favor.
Al ver la intensidad de su dolor, la enfermera salió apresuradamente para hacer una llamada.
Cuando regresó para informarles que el especialista estaba en camino, un pesado silencio llenó el espacio delimitado por las cortinas.
Rion contemplaba atónito a su amigo, que gemía de dolor.
—…¿Obs… obstetra…?
Al principio pensó que había escuchado mal.
Pero nadie lo corrigió.
La comprensión lo golpeó como un rayo y cayó hacia atrás de la impresión.
¿Uichan… embarazado?
¡¿Un paciente con embarazo masculino?!
—¡Eso es imposible!
Mientras Rion se sujetaba la cabeza, incapaz de creerlo, Uichan rezaba en silencio para que no fuera nada grave.
Unos instantes después, la cortina se abrió con un susurro y entró un hombre con bata blanca.
Uichan entrecerró los ojos a través del dolor.
Apareció el rostro familiar de su obstetra: el doctor Oh Juhyuk, el mismo hombre que le había informado de su embarazo.
—¿Puedes describirme tus síntomas? ¿Dónde te duele exactamente? Intenta darme todos los detalles que puedas.
—D-doctor… ¿A qué se refiere con embarazo? ¡No puede ser! ¡Mi amigo nunca ha mirado a nadie de esa manera! ¡No le interesa la gente! Se desplomó en la ducha. ¿Será una lesión en la cabeza?
Rion parloteaba sin parar, aferrado a la bata del médico.
Oh Juhyuk frunció el ceño y examinó a Uichan, que seguía gimiendo.
Entonces abrió los ojos de par en par.
—¿Ha Uichan?
—¿Lo conoce?
Oh Juhyuk se acomodó los anteojos, sujetó a Uichan por el hombro y lo ayudó a sentarse.
El sudor empapaba su rostro pálido.
La expresión del médico se endureció al examinar el abdomen hinchado.
—Por ahora… hagamos una ecografía. Preparen el equipo inmediatamente.
—¡Por favor, apresúrese, doctor! ¡Si no hace algo, se va a morir!
Uichan luchaba por mantenerse consciente.
Las cortinas se mecían en su visión nublada.
La intensa luz fluorescente del techo le quemaba los ojos, y los cerró con fuerza mientras se encogía de dolor.
Por favor.
Rodeó protectoramente su estómago con ambos brazos.
Por favor, que estén bien.
¿Se debía a que se había esforzado demasiado?
¿A que no había comido adecuadamente?
¿A que había estado saltando por las azoteas en lugar de descansar?
Quizá los bebés estaban luchando por marcharse porque sabían que aquel mundo no era seguro.
La culpa le desgarró profundamente el pecho.
Apretó los dientes con fuerza, temblando sobre la cama en movimiento mientras la mano de Rion le rozaba la mejilla, intentando consolarlo.
¿Había perdido el conocimiento por un momento?
Solo recordaba que el mundo se había vuelto blanco, como si se hundiera detrás de un muro.
Cuando abrió los ojos, una luz suave y resplandeciente ondulaba a su alrededor.
Movió un pie y le respondió el tenue susurro de la hierba.
Unos campos verdes se extendían ampliamente bajo un viento apacible, meciéndose entre flores silvestres.
Era un lugar que transmitía una sensación de pureza y solemnidad, como una altiplanicie situada más allá del mundo.
Uichan comenzó a caminar.
Despacio, tranquilamente.
A lo lejos, dos figuras pálidas aparecieron entre destellos.
Cuando se acercó, pudo distinguirlas con claridad: dos pequeños tigres blancos que jugaban a morderse entre sí, mostrando los dientes.
Incluso siendo cachorros, enseñaban los colmillos y arrugaban el hocico con una ferocidad fingida.
Temiendo que pudieran lastimarse, Uichan extendió la mano para separarlos.
Entonces ocurrió algo asombroso.
Los dos cachorros levantaron la mirada hacia él con sus ojos redondos y brillantes, como si reconocieran a su madre.
Sus miradas eran inocentes y confiadas.
Adorables, capaces de despertar una ternura que dolía en el pecho.
Apoyaron sus pequeñas cabezas contra su mano, frotándose en busca de consuelo, y comenzaron a llorar suavemente.
Sus orejitas cayeron mientras unas lágrimas grandes y relucientes se acumulaban en sus ojos: una aflicción y una tristeza demasiado profundas para unas criaturas tan pequeñas.