Soy un villano, pero terminé teniendo un hijo con el héroe - Capítulo 147
La vacilante lámpara de aceite se apagó sin hacer ruido.
Sin que ninguno necesitara decir nada, sus respiraciones se entremezclaron caóticamente. Uichan negó desesperadamente con la cabeza, insistiendo en que abajo no estaba permitido.
—Ha… mientras no lo meta, está bien, ¿verdad?
—Ah, hng… no… tampoco los dedos, eso tampoco… no, ¡ugh!
Aquella noche, Hyde sostuvo el miembro de Uichan, que temblaba entre la ansiedad y la excitación, y lo estimuló varias veces.
Ni una sola vez tocó su entrada. Solo juntó sus miembros, frotándolos y deslizándolos uno contra el otro.
Uichan, que se había quedado dormido sin saber siquiera en qué momento había perdido la conciencia, abrió los ojos cuando el aire frío se filtró en la habitación.
En el frío de la noche profunda, las estrellas parecían derramarse desde el cielo más allá de la puerta de papel completamente abierta.
Recostado entre los brazos de Hyde, Uichan contempló junto a él el paisaje nocturno.
—En realidad, hoy estaba pensando en pedirte que vinieras conmigo. El tiempo ha estado tan despejado que pensé que las estrellas se verían bonitas.
En el instante en que las palabras de Hyde, su mirada y aquella cascada de luz estelar se encontraron, Uichan tuvo la certeza de aquel vago presentimiento que llevaba tiempo albergando.
Aquella larga espera…
Pronto llegaría a su fin.
Y cuando llegara ese momento…
Fuera cual fuera el resultado, pensaba aceptarlo con calma.
El día en que se cumplieron dos meses y veinte días, Jekyll Jack irrumpió desde primera hora de la mañana.
—Empezaremos a reconstruir la casa mañana. Si aparece algún oso por ahí, simplemente lo atrapamos y lo criamos. Usamos la zona norte como campo de entrenamiento y espacio para que viva ese oso. Fácil, ¿verdad? ¡Ja! ¡Qué problema tan sencillo!
Ardiendo de entusiasmo, Jekyll Jack declaró que retomaría la construcción de la casa de los hermanos, que había quedado suspendida.
Luego, sin esperar respuesta, metió algo en la mano de Uichan, todavía medio dormido, y desapareció.
Mother Ship chasqueó la lengua, preguntándose qué demonios creía que estaba haciendo a aquellas horas de la madrugada.
Cuando Uichan abrió la mano con los ojos aún adormilados, encontró tres bellotas lisas y brillantes sobre la palma.
Bellotas en pleno verano.
Resultaba desconcertante imaginar siquiera dónde había conseguido algo tan preciado.
Tres bellotas redondas y regordetas.
Se parecían tanto a alguien que Uichan no pudo obligarse a hacerlas rodar descuidadamente entre sus dedos.
Al día siguiente, al ver a Uichan jugueteando con las bellotas con una expresión lastimera, el Ladrón Fantasma se acercó y, sin decir nada, aplicó sobre ellas la Habilidad de «detención del tiempo».
Las tres bellotas, que a partir de entonces jamás podrían pudrirse, fueron guardadas dentro de una bolsita de la suerte y colocadas en la parte más profunda del cofre del tesoro, junto al cuaderno de los bebés, los zapatitos y los anillos de oro.
Se convirtieron en el cuarto tesoro preciado de Uichan.
Ahora que lo pensaba, todos parecían ser incluso más incapaces que el propio Uichan de olvidar a los Kkomuls.
Aquellos sentimientos torpes resultaban conmovedores y, al mismo tiempo, dolorosos.
Bueno, ¿y qué?
Arropado por aquel afecto torpe, Uichan sonrió débilmente.
Solo tenía que esperar.
El final de aquella espera realmente…
Se acercaba.
Como siempre, Uichan decidió reprimir la inquietud de su corazón y esperar con calma.
Desde el principio, todo lo ocurrido aquel día fue extraño.
Como estaban en plena temporada de lluvias, durante toda la madrugada había caído un aguacero torrencial acompañado de truenos y relámpagos.
Pero cuando llegó la mañana, la lluvia cesó como si todo hubiera sido una mentira.
Contradiciendo el pronóstico del tiempo, las nubes se despejaron como si deliberadamente evitaran únicamente la cima de Homoksan, donde ellos se encontraban, dejando que la luz del sol cayera sobre aquel lugar.
Y las rarezas no terminaron allí.
La nave de Mother Ship, estacionada en la montaña, se elevó repentinamente hacia el cielo y comenzó a dar vueltas alrededor de Homoksan sin que su dueña la controlara.
Mother Ship dio un salto del susto, mientras Jekyll Jack resoplaba y se burlaba de ella por no ser capaz siquiera de vigilar su propia casa.
Y eso no fue todo.
Los animales de la montaña que habían huido del aguacero se reunieron alrededor de la residencia como si se hubieran puesto de acuerdo, formando un círculo.
Conejos.
Ciervos.
Zorros.
Incluso osos, sacudiendo el agua de su pelaje empapado.
Depredadores y presas olvidaron por igual sus instintos a pesar de verse unos a otros y simplemente se tumbaron alrededor de la mansión, descansando pacíficamente.
Llegados a ese punto, todos solo pudieron sumirse en una seria reflexión.
Sin embargo, los fenómenos milagrosos continuaron sin interrupción hasta el mediodía.
Rocas que llevaban siglos incrustadas en la tierra se arrancaron por sí mismas y cambiaron de lugar.
Los retoños crecieron hasta convertirse en árboles adultos en un abrir y cerrar de ojos.
Bandadas de aves de montaña llenaron el cielo hasta donde alcanzaba la vista, danzando en el aire.
En medio del alboroto provocado por Jekyll Jack persiguiendo a los pájaros y Mother Ship atando firmemente su nave fuera de control, Uichan comprendió algo de repente.
Aquel día se cumplían exactamente «tres meses» desde que los había dejado partir.
En el mismo instante en que se dio cuenta, una somnolencia incontrolable cayó sobre él.
La cabeza comenzó a vencérsele por sí sola, como si de pronto lo hubiera atacado el cansancio primaveral.
Al final, Hyde, incapaz de seguir observándolo así, preparó la cama y lo llevó al dormitorio.
Uichan se hundió profundamente en un sueño diurno que normalmente jamás tomaba.
Una extraña brisa rozó su piel.
Los párpados de Uichan temblaron y abrió cuidadosamente los ojos.
Lo que apareció ante él fue aquel exuberante paraíso que tanto había añorado.
La hierba silvestre le hacía cosquillas en los dedos de los pies.
Un cielo despejado y una deslumbrante luz solar.
El tenue aroma de la hierba llenó su nariz.
A lo lejos se alzaba una montaña blanca, y el murmullo de un arroyo llegó hasta sus oídos.
Reprimiendo el corazón que repentinamente había comenzado a latir con violencia, Uichan avanzó.
Sus pasos, dirigidos hacia un lugar desconocido, no contenían ni una pizca de vacilación.
Después de caminar durante mucho tiempo, Uichan finalmente se detuvo.
—…Ah.
Bajo la cálida luz del sol había una figura cubierta de abundante pelaje blanco.
Su corazón se llenó de urgencia.
Los pasos que se habían detenido volvieron a avanzar, cada vez más deprisa.
Finalmente, se detuvo frente al arroyo.
La hierba mecida por el viento ondulaba formando suaves patrones.
Y allí…
Había tres cachorros de tigre blanco.
Los dos hermanos que habían despertado primero lamían diligentemente la espalda del pequeño, que acababa de despertar.
Aunque sus propias patas todavía temblaban después de levantarse, seguían lamiendo insistentemente a su hermano, animándolo a ponerse de pie.
Un sentimiento de ternura floreció suavemente en su pecho.
Conteniendo una respiración ardiente, Uichan avanzó como hipnotizado.
—…
Entonces, el más pequeño, al que sus hermanos habían estado lamiendo con tanto empeño, levantó la cabeza.
Sus ojos, hasta entonces fuertemente cerrados, temblaron ligeramente.
Y finalmente se abrieron.
—Kkii…
En aquellos ojos negros, claros y puros, parecían haberse incrustado incontables estrellas.
Cuando parpadearon y contemplaron tranquilamente a Uichan, este no tuvo más remedio que comprenderlo.
—Tú… te pareces a mí.
Especialmente tú.
Te pareces muchísimo a mí.
El cachorro observó a Uichan durante unos instantes.
Luego se puso de pie con dificultad y avanzó tambaleándose hacia él hasta apoyar su húmeda nariz contra la pierna de Uichan.
Aunque era inmensamente feliz, su visión se volvió borrosa.
Uichan se agachó, hundió el rostro entre sus brazos y lloró sin parar.
Los tres tigres blancos se acercaron gateando y comenzaron a lamer con sus ásperas lenguas las manos y las mejillas mojadas de Uichan.
Uichan levantó la cabeza y no dejó de acariciarlos y abrazarlos, como si quisiera grabar en sí mismo cada una de aquellas sensaciones.
El lunar escondido junto a la comisura del ojo.
La marca semejante a una flor que florecía sobre el puente de la nariz.
La auspiciosa marca, redonda y llena, junto a los labios.
—…De verdad son… mis Kkomuls.
Los tres tigres que llenaban sus brazos eran más fuertes y nítidos que el día en que los había conocido por primera vez.
La suavidad de su pelaje.
Sus pequeños cuerpos inquietos.
El calor de sus cuerpos, impregnados de un tenue aroma a leche.
Todo era vívido.
—Por fin… regresaron.
Se lo había preguntado.
Si, por alguna remotísima posibilidad, los niños no habían desaparecido…
Si simplemente habían sufrido una Regresión hasta un momento anterior a la implantación…
Entonces, cuando el tiempo volviera a avanzar siguiendo su curso correcto, ¿no podrían regresar milagrosamente a él?
Era una espera tan absurda que cualquiera que la escuchara pensaría que estaba loco.
Una fantasía inútil que cualquiera descartaría como el delirio de alguien enloquecido por el dolor.
Pero Uichan no había podido soltar siquiera aquella hipótesis fina como un hilo.
Era la única abertura por la que podía respirar.
Por eso esperó.
Hasta que los Kkomuls lo recordaran y regresaran con él.
Y ahora, Uichan volvía a sostener entre sus brazos el fruto de aquella paciencia desesperada.
Como un sueño.
Y, al mismo tiempo, con el peso de la realidad.
¿Cómo podría volver a dejar partir a aquellas pequeñas vidas que regresaban para acurrucarse dentro de su vientre?
Al mirar atrás, Uichan comprendió que, al final, en realidad no había perdido absolutamente nada.
Simplemente habían permanecido fuera de su vista durante un tiempo.
Los niños siempre habían estado allí.
Esperándolo.
—De ahora en adelante… los pondré a ustedes primero. Ahora… está bien. Si esperamos solo un poco más, podremos conocernos.
Uichan sonrió débilmente y acarició sus pequeñas espaldas.
Quizá porque les agradaba el contacto, los cachorros se acurrucaron entre sus brazos y se acomodaron allí, cerrando los ojos mientras movían ligeramente las orejas.
Los cachorros de tigre, finalmente de regreso en el lugar al que pertenecían, parecían estar por fin en paz.
Sintiendo aquel calor, Uichan también cerró lentamente los ojos.
No podía dejar de sonreír.
Cuando despertara de aquel sueño, ¿qué debería decirles a todos?
Jekyll Jack daría saltos y gritaría.
Mother Ship rompería a llorar.
Y el Ladrón Fantasma probablemente se bajaría el sombrero para ocultar una expresión ahogada por la emoción.
Y los tres hombres de Uichan…
Le sonreirían en silencio.
Incluso ahora podía sentir ante él aquel largo camino lleno de expectativas.
Quizá, en medio de todo aquel dolor y confusión, convertirse en padre de alguien también era otra forma de salvación.
También había aprendido que los encuentros requieren espera.
No había necesidad de estar triste.
No había necesidad de sentir ansiedad.
Esperar, por sí mismo, ya era algo que valía la pena.
Por eso, aquella espera.
Aquella elección de Uichan…
Jamás había sido en vano.
Fin