Soy el Villano pero estoy Embarazado - Capítulo 67

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La conversación de Tae-seo con el presidente Kang Hak-jung se extendió hasta entrada la noche. Cuando Tae-seo insistió en que debían cenar juntos, el anciano finalmente cedió, fingiendo hacerlo a regañadientes. Como resultado, fueron los secretarios quienes tuvieron que correr para reajustar la agenda.

Incluso después de la cena, el tiempo siguió pasando, y cuando Kang Hak-jung por fin se levantó para marcharse, Tae-seo lo siguió de cerca, sin querer dejarlo ir.

—Mis nietos son todos callados y aburridos, pero tú…

Los ojos de Tae-seo brillaron de expectación, preguntándose qué iba a decir el presidente. Había logrado mantenerlo conversando durante horas, y aun así, Kang Hak-jung lo había escuchado sin interrumpirlo ni una sola vez.

—Contigo nunca hay un momento aburrido.
—¿Puedo tomar eso como un cumplido? Yo también me la pasé muy bien. La verdad, no suelo hablar tanto, pero por alguna razón, estar con usted me hace querer hablar más.

Tae-seo hablaba tan rápido que apenas dejaba espacio para respirar, y Kang Hak-jung no pudo evitar reír. Después de solo unas horas juntos, ese chico ya era más afectuoso que su propio nieto. No podía caerle mal, ni aunque quisiera.

—Volveré mañana.
—¿Mañana?

Tae-seo parpadeó, sorprendido por el comentario inesperado del presidente. El ambiente cambió de golpe, como si hubiera dicho algo ridículo. Al darse cuenta del malentendido, Tae-seo agitó las manos con rapidez.

—¡Ah, no, no es eso! Me dan el alta mañana. Así que la próxima vez, yo iré a visitarlo. Perdón por no haber ido a verlo antes.
—Concéntrate en tu salud.

Kang Hak-jung chasqueó la lengua y lo miró de pies a cabeza. Tae-seo, sintiéndose un poco avergonzado, sonrió con timidez. Sabiendo que su propia imprudencia lo había llevado al hospital, no tenía derecho a replicar.

—¿Y adónde piensas ir después de que te den el alta?

Tae-seo inclinó la cabeza, sin comprender del todo la intención detrás de la pregunta. Dudó un momento antes de responder, inseguro de si eso era lo que el presidente esperaba oír.

—¿A casa, supongo?

La respuesta pareció satisfacer a Kang Hak-jung, pues no insistió más. En cambio, hizo un leve gesto con los dedos hacia los secretarios que lo acompañaban. Tae-seo siguió naturalmente su mirada, encontrándose con los ojos de ellos, quienes se inclinaron cortésmente a modo de saludo. Entre ellos, su atención se detuvo en el que le había llevado el almuerzo en caja, con quien compartió una breve sonrisa.

—Avisaré a la oficina de mi secretario. Si alguna vez necesitas verme, solo comunícate. Enviaré un coche por ti.
—¿Eso significa que no tendré que esperar para verlo?
—Por supuesto.

Kang Hak-jung lo dijo como si fuera lo más obvio del mundo. Decirle que podía visitarlo cuando quisiera, sin preocuparse por su agenda, dejó a Tae-seo sorprendido.

—¿Está seguro de que está bien que me tenga tanto cariño? Solo nos hemos visto unas cuantas veces, y ya me trata con tanta afectuosidad. ¡Aunque no me quejo!
—No exageres. Hago lo mismo por mis nietos.

La implicación era clara: Tae-seo estaba recibiendo ese trato porque era el Omega de Kang Se-heon. Pero a Tae-seo eso no le importó; estaba encantado de todos modos.

—Entonces, ¿por qué está tan contento? Aunque mis nietos saben que pueden venir cuando quieran, nunca lo hacen.
—Ah, o sea que está diciendo que debería venir con Se-heon. Entendido, lo traeré conmigo.
—Yo no dije eso.
—Entonces iremos los dos. Y cuando bendición nazca, iremos los tres.
—…Está bien.

Parecía que Kang Hak-jung no tenía más remedio que ceder. Por muy descarado que fuera Tae-seo, no había motivo para negarse. Incluso si el chico solo lo decía por cortesía, el simple hecho de ofrecerse a visitarlo era razón suficiente para aceptarlo.

Entonces, como si acabara de recordarlo, el presidente habló:

—Hmm… Aunque no vengas a visitarme, nos volveremos a ver pronto.

Tae-seo parpadeó, sin entender el significado de sus palabras. Kang Hak-jung, sin embargo, asintió para sí mismo y se volvió hacia su secretario, haciendo un breve comentario sobre ajustar su agenda.

—¿Cuándo exactamente se refiere?
—Ya lo verás. Hasta entonces, cuídate.

Aunque Tae-seo preguntó, el presidente no dio una respuesta clara. En su lugar, simplemente se despidió y se marchó. Al verlo desaparecer, Tae-seo ladeó la cabeza, confundido, antes de regresar a su habitación.

—¿Qué habrá querido decir? ¿Cuándo se supone que nos veremos otra vez?

Si se tratara de una visita a Kang Se-heon, tendría sentido, pero ¿a qué se refería exactamente el presidente?

Sin encontrar una respuesta, Tae-seo terminó quedándose dormido.

A la mañana siguiente, aún medio adormecido, Tae-seo repasó en su cabeza la conversación que había tenido con el presidente. Mientras seguía atrapado entre la vigilia y el sueño, Kang Se-heon llegó.

—Vamos a casa.

Mientras el auto avanzaba, Tae-seo se apoyó contra la ventana, bajándola hasta la mitad para dejar pasar el viento. Aunque todavía tenía sueño, disfrutaba de la sensación del aire fresco.

Incluso en el hospital había podido ver el cielo y el clima desde su ventana. En los días de lluvia, el olor húmedo se filtraba, y en los días soleados, la luz cálida bañaba su rostro dormido.

Por eso, nunca se había sentido realmente encerrado durante su estancia. Gracias al presidente, había estado en una suite VIP, así que jamás se sintió apretado ni incómodo. Pero ahora que estaba fuera, la sensación era completamente distinta.

—Supongo que por eso dicen que uno debe salir de vez en cuando.

Tae-seo inhaló profundamente, disfrutando del aire fresco. Kang Se-heon, que estaba con el teléfono en la mano, lo miró al escucharlo. El sutil cambio de su atención fue perceptible incluso para Han, el secretario que conducía, quien lo observaba a través del retrovisor, atento a cada reacción que Se-heon tenía ante las palabras de Tae-seo.

—¿Quieres que hagamos una parada para caminar un poco? Han, ¿hay algún parque cerca?
—Buscaré uno.
—No, está bien.

Tae-seo agitó las manos rápidamente ante la sugerencia inesperada.

—Podemos salir otro día. No hace falta detenernos ahora. Solo sigamos.

Han lo miró por el espejo. Al ver que Tae-seo hablaba en serio y no por cortesía, asintió levemente y siguió conduciendo. Cuando Tae-seo notó que el auto no cambiaba de rumbo, se recostó en el asiento y se volvió hacia Kang Se-heon.

—Por cierto, este no es el camino a mi casa.
—Estamos yendo a casa.

Ante la insistencia de Se-heon, Tae-seo volvió a mirar por la ventana, pero la carretera seguía siendo distinta, y su confusión aumentó.

—¿No será que este camino lleva a otra parte? ¿Vamos a pasar por la casa de tu hermano?

Preguntó con inocencia, sin entender bien la situación. Se-heon guardó su teléfono, interrumpiendo el informe que había estado recibiendo mientras Tae-seo miraba hacia afuera. Tae-seo, sin saber si había dicho algo inapropiado, dudó en volver a hablar. No esperaba que ni siquiera hicieran una parada en el parque como habían mencionado.

—¿De qué hablaste con el presidente ayer?

Se-heon no volvió a sacar el teléfono mientras el auto avanzaba. En cambio, centró su atención en Tae-seo, preguntándole directamente.

Tae-seo, incapaz de resistirse a la atención, abrió la boca con cierta timidez. Después de todo, ¿a quién no le agradaría que le prestaran atención?

Pensando que solo harían una parada rápida, Tae-seo miró hacia atrás, algo confundido. Había entregado su bolso a Se-heon, quien lo sostenía ahora.

—Han, ¿ya terminaste tu trabajo por hoy?

Tae-seo se preguntó si Han debía dejarlo en casa de Se-heon. Pero no era tan simple. Se-heon aún tenía el bolso que le había pasado.

—La casa de la que hablo está aquí mismo.

Al introducir el código en la cerradura, el sonido del seguro abriéndose resonó claramente. Tae-seo lo comprendió al instante y entró detrás de él. Le recordó a aquella vez que había irrumpido en la casa de Se-heon sin previo aviso.

No le resultaba extraño, pero no podía evitar preguntarse por qué Se-heon se refería a eso como “nuestra casa”.

—¿Quieres que me quede aquí? ¿Tu hermano te pidió que me trajeras? ¿Piensas que viviremos juntos?

Mientras hablaba, la duda comenzó a crecerle. Entrecerró los ojos, mirando a Se-heon, que lo guiaba hacia adentro.

—Tus padres están demasiado ocupados para cuidarte, así que me pidieron que lo hiciera.

Explicó Se-heon con voz serena, aclarando que los padres de Tae-seo, preocupados tras su colapso, habían decidido que lo mejor era que se quedara con él. Sabían que Se-heon velaría por su seguridad antes que nadie.

—Pero ya soy un adulto… —murmuró Tae-seo, molesto, aunque sin insistir más. Sabía que, después de haber preocupado tanto a sus padres, no tenía derecho a quejarse por tener quien lo cuidara.

—¿No es en realidad algo bueno? —dijo Se-heon, como si hubiera leído sus pensamientos.

—Vas a vivir conmigo otra vez.

El tono en que lo dijo sonaba como si también lo deseara. Tae-seo lo miró con sospecha, entre incrédulo y curioso. ¿Estaría feliz por dentro de que vivieran juntos, aunque fuera idea de sus padres?

Tae-seo había esperado escuchar las dulces palabras que anhelaba de Se-heon. Algo como:

“Vivamos juntos, Tae-seo.”
“Quiero estar contigo.”
“Yoon Tae-seo, una llamada no me basta. Solo quiero estar a tu lado.”

Pero en lugar de eso, Se-heon solo le había dado razones prácticas. Aun así, Tae-seo sintió un leve revoloteo en el pecho, con la esperanza de que algún día esas palabras llegaran.

—Está bien. Pero… ¿no tienes algo que decirme? —preguntó Tae-seo con una sonrisa traviesa, rascándose la oreja como si lo incitara a hablar.

Ahora parecía el momento perfecto para escuchar esas palabras que tanto había esperado.

—Sí tengo algo que decirte… ¿Quieres oírlo?

En lugar de responder, Tae-seo se inclinó hacia el oído de Se-heon, invitándolo a hablar. Se-heon bajó un poco la cabeza, acercando los labios a su oído.

El aliento de Se-heon le rozó la piel, y Tae-seo se estremeció ligeramente, pero no se apartó, decidido a escuchar lo que iba a decirle.

—¿Ya salieron tus calificaciones?

Tae-seo se quedó helado. ¿Qué había pasado con las palabras románticas que había imaginado? En lugar de eso, Se-heon le preguntaba, con total naturalidad, por sus notas. Lo tomó completamente por sorpresa.

Y no pudo evitar pensar que… definitivamente no era el momento que había imaginado.

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