Si no cultivo la tierra, me comerán - Capítulo 1
La primera nevada del invierno acababa de pasar, pero aquel día el cielo estaba despejado como pocas veces. Un cálido sol colgaba en lo alto, y su tibio resplandor parecía capaz de disipar el frío que se había metido hasta los huesos.
En la aldea Qinghe, varias mujeres aprovechaban aquel raro buen tiempo para sentarse al sol. Mientras hacían sus labores frente a sus casas, charlaban sobre los asuntos cotidianos del pueblo.
—¿Ya se enteraron? Ese pequeño tonto de la familia Xia… me temo que no va a sobrevivir.
La que habló era una mujer regordeta. Mientras afilaba la aguja frotándola contra la manga brillante por el uso de su viejo abrigo acolchado, no podía ocultar la emoción en su voz.
—Habla más bajo.
Otra mujer le dio un golpecito en el brazo.
—La familia Xia trata a ese… joven amo como si fuera un tesoro. Si alguno de ellos te oye, no te irá nada bien.
—Pero si es un tonto de verdad, no estamos diciendo ninguna mentira. Cayó al río en pleno invierno y ni siquiera supo pedir ayuda. Si ese viejo taoísta que vive en las montañas no hubiera pasado por allí y lo hubiera sacado del agua por casualidad, ahora mismo la familia Xia estaría preparando un funeral.
Aunque lo dijo con desdén, bajó la voz sin darse cuenta y miró discretamente a su alrededor, temiendo que algún miembro de la familia Xia pudiera escucharla.
—Deja de mirar. Ahora mismo los Xia no tienen tiempo para salir de casa.
Otra mujer, que parecía estar mejor informada, intervino:
—Ese pequeño tesoro de la familia Xia lleva un día y una noche con fiebre. Ayer, mientras todavía nevaba, el segundo hijo de la familia condujo el carro de bueyes hasta la capital del distrito para traer a un médico de la clínica Bao’an. Han gastado un dineral, pero el niño no mejora. Toda la familia está cuidándolo.
—¡¿Un médico de la clínica Bao’an?! ¿Cuánto habrá costado la consulta?
Las mujeres que escuchaban el chisme no pudieron evitar chasquear la lengua. Los campesinos como ellas, cuando sufrían un resfriado o un dolor de cabeza, recurrían a remedios caseros. Y si aquello no bastaba, gastaban unas pocas monedas de cobre para comprar unas hierbas al curandero del pueblo. Ni siquiera se atrevían a pisar el suelo de piedra de una verdadera botica, mucho menos a contratar a un médico para que fuera a domicilio.
—¿Cuándo ha escatimado la familia Xia dinero para tratar a ese pequeño tonto? Con todo lo que han gastado podrían haber comprado varias parcelas de tierra. Pero no, prefieren derrocharlo en un tonto.
La mujer regordeta hablaba indignada, como si el dinero hubiera salido de su propio bolsillo.
—Y al final todo será en vano. Cuando el Rey del Inframundo llama tu nombre, nadie puede retenerte. Aunque logren salvarlo esta vez, después de dos días de fiebre acabará convertido en un idiota.
Una mujer de rostro redondo soltó una carcajada.
—¿Pero de qué hablas? Ya era un tonto. ¿Cómo va a volverse más tonto? A menos que la fiebre le queme el cerebro… y lo deje cuerdo.
Tras reír, suspiró con pesar.
—Siempre pensé que el joven amo de la familia Xia no duraría mucho. ¿Qué niño puede nacer con un rostro como el suyo? Ni los inmortales del cielo serían tan hermosos. Además, el señor Xia…
Se detuvo un instante antes de continuar.
—Si no hubiera nacido con esa discapacidad mental, me temo que ni siquiera habría llegado a vivir estos años.
Las demás recordaron el aspecto del joven amo Xia y todas asintieron. Incluso la mujer regordeta, que hablaba con tanta malicia, fue incapaz de encontrar palabras para rebatir aquello.
—Es realmente hermoso. Una vez fui al mercado del distrito y vi a la hija del magistrado. Ni siquiera ella era tan delicada y refinada como el joven amo Xia.
—Es curioso. Aunque sea un tonto, parece un niño completamente normal. Es obediente y nunca causa problemas. Qué lástima… Tal vez simplemente nació en el lugar equivocado y el Cielo quiera llevárselo de regreso.
—Así es…
Las habladurías continuaron sin cesar.
Sin embargo, el «pequeño tonto» del que hablaban no tenía la menor sensación de estar a punto de ser llamado por el Cielo. Al contrario, estaba tan emocionado que le daban ganas de salir corriendo y dar varias vueltas al patio.
Claro que eso era imposible.
Aunque su conciencia estaba completamente despierta, su cuerpo seguía tendido en la cama, consumido por la fiebre. Junto al lecho, la mujer que en esta vida era su madre lloraba hasta tener los ojos hinchados.
Así es.
Porque el joven amo Xia era un transmigrador.
Hoy en día, la transmigración ya no era ninguna rareza. No podía decirse que estuviera por todas partes, pero sí era mucho más común que antes. En teoría, cualquiera podía esperar que un buen día le tocara.
En su vida anterior, el joven amo Xia también se apellidaba Xia. Se llamaba Xia Chen.
El carácter Chen (琛) significa «tesoro». Solo por el nombre podía deducirse que, cuando nació, sus padres todavía se amaban.
Lástima que, desde que tenía memoria, ambos ya estaban inmersos en un interminable proceso de divorcio.
No fue hasta que Xia Chen entró en la secundaria cuando aquella pareja, unida únicamente por los interminables pleitos por la división de bienes, consiguió por fin librarse el uno del otro.
Y, de paso, también se libraron de él.
Para entonces, el hermano menor que su padre había tenido con otra mujer y la hermana menor nacida del nuevo matrimonio de su madre ya asistían a la escuela primaria.
El cariño paterno y materno que alguna vez le perteneció había sido repartido por completo entre aquellos dos hermanos menores, más pequeños y queridos.
Lo único que sus padres podían darle era, probablemente, dinero… muchísimo dinero.
Bueno.
Con eso bastaba.
Quizá porque había presenciado durante años aquella guerra matrimonial, las emociones que cualquier niño debería haber sentido —miedo, confusión, ira, tristeza o dolor— se fueron desgastando con el tiempo.
Xia Chen aceptó con tranquilidad el dinero que le daban sus padres.
Aunque su padre figuraba como su tutor legal, a veces pasaba un mes entero sin verlo una sola vez.
Cuando nació, sus padres, todavía enamorados, habían creado un fondo fiduciario a su nombre. Más tarde, durante el divorcio, ninguno quiso pelear por esa pequeña parte del patrimonio para no perder las apariencias.
Cuando Xia Chen cumplió dieciocho años, sumando aquel fondo y varios inmuebles que terminaron registrados a su nombre porque eran difíciles de repartir, ya podía considerarse un auténtico joven millonario.
Y ese joven millonario no tenía el menor deseo de transmigrar.
Tenía dinero, era atractivo y llevaba una vida cómoda.
Pero el dios de la transmigración era completamente irrazonable. Jamás pedía la opinión de sus víctimas antes de enviarlas a otro mundo.
Así que Xia Chen simplemente… transmigró.
Bueno, ya que había ocurrido, tampoco servía de nada lamentarse.
El joven amo Xia tenía una mentalidad bastante positiva. ¿Qué otra opción tenía? No podía regresar de todos modos, y en aquel mundo tampoco había nadie esperándolo.
Solo pedía una cosa.
Al menos denme un dedo de oro.
¡Si no hay dedo de oro, qué clase de transmigración es esta!
Desde que estaba en el vientre materno comenzó a preguntarse qué tipo de habilidad especial obtendría.
Había transmigrado desde el útero.
Al principio permanecía en un estado confuso dentro de un espacio oscuro y estrecho. Incapaz de mover el cuerpo, incluso llegó a pensar que había sido secuestrado y metido en un barco clandestino para robarle los órganos.
Solo cuando empezó a oír voces comprendió, gracias a las conversaciones de la gente de afuera, que había transmigrado… y que lo había hecho antes incluso de nacer, a una antigua dinastía de la que jamás había oído hablar.
Bueno, tampoco estaba mal.
Antes de transmigrar había estado leyendo novelas sobre los exámenes imperiales. Ver al protagonista superar un nivel tras otro, obtener el Pequeño Triple Primer Lugar, luego el Gran Triple Primer Lugar, convertirse en el primer erudito del imperio y desfilar orgullosamente por la capital antes de casarse con una bella esposa… era increíblemente satisfactorio.
Aunque, siendo sincero, cuando leía esas novelas siempre saltaba las interminables partes dedicadas al estudio y los exámenes.
Pero si conseguía un dedo de oro que le permitiera consultar todos sus recuerdos…
¡Problema resuelto!
Mientras seguía en el vientre de su madre, se esforzó por recordar el contenido de aquellas novelas, así como todos los poemas, textos clásicos e historia que había estudiado durante su época escolar.
Quería convertirse en un prodigio.
Gan Luo fue nombrado canciller a los doce años.
Él, como transmigrador, no aspiraba necesariamente a superar a Gan Luo, pero al menos debía convertirse en el primer erudito del imperio.
Lamentablemente, sus intentos de recordar cosas útiles desde el vientre no dieron muchos resultados.
Pensó que quizá se debía a que su cerebro todavía no estaba completamente desarrollado. Seguro que, una vez naciera, el dedo de oro aparecería.
Esperó y esperó.
Tan aburrido estaba que casi le daban ganas de ponerse a jugar con su propia placenta.
Por fin llegó el día del nacimiento.
Pero en el instante en que vino al mundo, antes siquiera de abrir los ojos para contemplar aquella nueva realidad…
Lo que apareció no fue el dedo de oro.
Fue él quien salió despedido.
Más exactamente…
Su alma.
El joven amo Xia no se convirtió en un niño prodigio.
Se convirtió en un tonto.
Xia Chen:
«…»
Si las palabras pudieran materializarse, probablemente el dios de la transmigración ya estaría convertido en un colador.
Lloró.
Maldijo.
Se derrumbó.
Y al final solo pudo aceptar la realidad.
Era un fantasma.
Ni siquiera tenía lágrimas.
Su cuerpo seguía siendo suyo, pero solo podía observarlo desde fuera, incapaz de utilizarlo.
Sin alma, aquel cuerpo no era más que un tonto.
Y, aun así, los padres y hermanos de esta vida trataban a ese pequeño tonto como si fuera el tesoro más preciado del mundo. Lo protegían, lo consentían y solo deseaban que el menor de la familia pudiera vivir sano y feliz.
Poco a poco, el resentimiento de Xia Chen fue desapareciendo.
Al menos ahora sabía que sus padres y sus hermanos realmente lo amaban.
No podía alejarse más de cinco metros de su propio cuerpo, así que pasaba todos los días acompañando a su familia.
Aunque no pudiera responderles…
Aquello era exactamente el hogar con el que siempre había soñado.
Pasaron siete años.
Siete años siendo un tonto.
Siete años siendo un fantasma.
Xia Chen casi se había acostumbrado a aquella existencia cuando, de repente, apareció una oportunidad.
Ese invierno, justo después de que cesara la nieve, los niños del pueblo, hartos de permanecer encerrados, salieron corriendo a jugar.
El pequeño tonto Xia Chen, a quien también habían dejado salir a tomar el aire, fue engañado por varios niños del pueblo para que caminara sobre la fina capa de hielo que cubría el río.
El Xia Chen fantasma entró en pánico.
Sabía perfectamente lo peligrosos que podían ser los niños traviesos.
Quizá solo pretendían gastar una broma.
Pero las consecuencias podían ser irreparables.
Y, efectivamente…
Ocurrió lo peor.
El hielo bajo los pies del pequeño tonto se resquebrajó.
Las aguas heladas lo engulleron al instante.
Los niños que habían provocado el accidente huyeron despavoridos.
Xia Chen gritó desesperadamente pidiendo ayuda, pero de su boca no salió ni un solo sonido.
No podía alejarse más de cinco metros de su cuerpo.
Solo pudo contemplar impotente cómo los demás niños escapaban mientras el pequeño tonto se hundía cada vez más en el agua, agitando inútilmente los brazos, con el rostro volviéndose poco a poco blanco y azulado.
Corrió hacia él.
Intentó sacarlo.
Sabía que era inútil.
Pero no tenía otra opción.
Entonces, al instante siguiente, un sonido electrónico resonó de repente junto a su oído.
Era igual al que hacían un teléfono o una computadora al encenderse.
Después sonó una voz mecánica y fría.
[Detectado que el cuerpo del anfitrión se encuentra en estado de peligro extremo. Las constantes vitales están a punto de desaparecer. Se suspende la absorción de energía. Encendido forzado.]
[Energía insuficiente. Imposible abrir el Espacio del Sistema por cuenta propia. Anfitrión, haga todo lo posible por salvarse.]
Xia Chen:
«…»
Ni siquiera había terminado de alegrarse por el despertar de su dedo de oro cuando estuvo a punto de desmayarse de la rabia.
¡¿Que me salve yo solo?!
¡Devuélveme primero mi cuerpo!
Apenas terminó de quejarse cuando sintió que una fuerza lo arrastraba violentamente hacia abajo.
Su alma perdió el control y comenzó a hundirse.
El frío cortante invadió todo su cuerpo.
Xia Chen quedó atónito por un instante.
Después comprendió lo que había sucedido.
Había recuperado su cuerpo.
Empezó a patalear desesperadamente mientras gritaba pidiendo ayuda.
Pero el cuerpo del pequeño tonto llevaba tantos años sin hablar que, además, tras forcejear durante tanto tiempo en el agua helada, apenas le quedaban fuerzas.
El «¡Auxilio!» que logró pronunciar salió deformado y tan débil que casi era inaudible.
La desesperación volvió a apoderarse de él.
Por suerte, aquel desastroso dedo de oro todavía conservaba un mínimo de conciencia.
En el último momento volvió a intervenir.
[Detectado que el anfitrión se encuentra en peligro crítico. Se activa el modo de rescate de emergencia del Sistema.]
[El saldo actual del anfitrión es cero. Se concederá un préstamo temporal. Los intereses quedarán registrados en la cuenta. Por favor, vincúlese al Sistema lo antes posible y salde la deuda cuanto antes.]
[Ding. Energía insuficiente. El Sistema entra en modo de espera.]
Xia Chen:
«…»
Ya ni siquiera tenía ganas de luchar.
¿De qué servía un dedo de oro como ese?
Mejor que se ahogue de una vez.
Sin embargo, ni siquiera ese pequeño deseo pudo cumplirse.
El Sistema había dicho que lo salvaría…
Y realmente lo hizo.
Un viejo taoísta descendió del cielo y, como si levantara un polluelo, sacó directamente del río al Xia Chen que estaba a punto de congelarse hasta convertirse en un bloque de hielo.