Renacimiento Un chico mantenido y mimado en ‘otro’ mundo - Capítulo 39
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- Capítulo 39 - Abrázame
—¡No quiero verte ahora! ¡Lárgate de aquí!
Bai Hao gritó con todas sus fuerzas. Se secó las lágrimas y se incorporó, dispuesto a echar a Hei Ming de la habitación. Pero justo en ese momento, su cuerpo se debilitó de repente y cayó de nuevo sobre la cama. Su rostro se sonrojó y su respiración se volvió cada vez más agitada.
‘La medicina… maldición, hoy no me la he inyectado.’
Bai Hao hizo todo lo posible por arrastrarse hacia la mesita de noche. Intentó abrir el cajón varias veces, pero falló una y otra vez, hasta que empezó a ver todo borroso y superpuesto.
Sabía que eran los efectos secundarios. Si no se inyectaba a tiempo, sus extremidades se volvían débiles y sin fuerza, su cuerpo ardía como si tuviera fiebre, y su mente se consumía en un deseo incontrolable.
‘No puedo dejar que este maldito lo descubra… ¡no! Tengo que encontrar la medicina… ahora.’
Bai Hao estaba empapado en sudor. Se mordió el labio con fuerza mientras se arrastraba lentamente hacia la mesita.
Pero en ese momento estaba completamente sin fuerzas. Primero jadeaba, luego su cuerpo se enrojeció por el calor, y su cabeza le dolía como si fuera a estallar.
Justo cuando volvió a estirar la mano, la figura borrosa de Hei Ming apareció ante sus ojos, y sintió un dolor en el brazo.
Su deseo fue reprimido de golpe. Bai Hao se encogió sobre la cama, jadeando mientras se abrazaba a sí mismo. Tragaba una y otra vez, como si acabara de atravesar el infierno.
Cuando sintió una leve calidez en la frente, abrió los ojos y vio a Hei Ming, que le tomaba la temperatura con la mano.
En ese instante, las lágrimas volvieron a brotar.
Bai Hao apartó su mano de un golpe y cubrió sus ojos llorosos con el brazo.
Ya no recordaba cuándo había sido la última vez que Hei Ming lo había tratado con tanta suavidad. ¿Cincuenta años? ¿Un siglo? ¿O incluso más?
Hei Ming sabía que reaccionaría así, por lo que no se sorprendió ni se enfadó. Lo único que sentía era dolor. Miró la espalda de Bai Hao mientras este lloraba, con los ojos llenos de tristeza.
—Siempre haces lo mismo… cuando más te odio, me das un poco de calidez. Pero cuando creo que aún hay una oportunidad entre nosotros, me devuelves al infierno. Ya no puedo más… me estoy volviendo loco. Así que deja de atormentarme. Ya no puedo soportar más dolor… ni quiero volver a sufrir.
Bai Hao rugió. Doscientos años atrás, cuando estaba embarazado, había creído que Hei Ming sentía algo por él, porque en ese tiempo había sido gentil. Pero luego… le abrió el vientre por la fuerza y le arrebató a su hijo, que apenas tenía seis meses.
Se odiaba por no haber podido hacer nada… pero tampoco podía odiar completamente a Hei Ming, a pesar de todo el daño que le había causado.
Hei Ming no respondió. Solo observó su espalda en silencio y suspiró.
Extendió la mano, queriendo tocarlo… quería abrazarlo, consolarlo, tranquilizarlo… pero no pudo.
Porque Bai Hao lo odiaba. Y cualquier gesto suyo solo haría que ese odio creciera aún más.
El silencio se prolongó hasta que Bai Hao dejó de llorar y se incorporó débilmente. Luego comenzó a desabrocharse el pijama.
Aunque la habitación estaba a oscuras, el cuerpo de Bai Hao se distinguía bajo la luz de la luna.
Hei Ming mantuvo la respiración estable, sin mostrar impaciencia. Solo lo observaba, con incredulidad en los ojos.
Lo conocía desde hacía siglos… y era la primera vez que lo veía tomar la iniciativa.
—Abrázame.
Sin adornos ni rodeos, Bai Hao pronunció esas dos palabras en voz baja y tranquila. Pero en sus ojos… aún brillaban las lágrimas.