Reclutamiento de sectas puedo ver las etiquetas de atributos - Capítulo 209

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  4. Capítulo 209 - Hoy voy a cocinar para mis discípulos
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Primero que nada, Cui Hao no era ningún tonto, y segundo, desde luego no le picaba la mano por que le dieran una paliza.

Las palabras de su maestro traían una advertencia bastante pesada.

Cui Hao volvió a mover la mirada.

En ese momento, Qinghe entrecerró ligeramente los ojos, y sus labios se curvaron en una sonrisa ladina que parecía decir: “Mocoso, sí que tienes agallas.”

Cui Hao apretó un puño y lo estrelló contra la palma abierta de la otra mano con un sonoro ¡paf!

Luego, poniendo una cara de “ya caí en cuenta”, empezó a caminar de un lado a otro mientras hablaba:

—¡Ah! Últimamente me anda fallando la memoria. Me equivoqué, seguro. Lo que escuché fue que el dragón era tan poderoso que aplastó a sus enemigos en nada… ¡incluso despellejó a uno vivo!

—O sea, ¿en qué estaba pensando ese tipo? ¡Qué bruto, neta!

Cui Hao suspiró con dramatismo mientras se escabullía detrás de su maestro, y luego extendió la mano para aferrarse a la otra manga de la túnica de Chu Xingchen… igualito a como había hecho Chen Baiqing.

El mensaje era clarísimo: ¡Maestro, protéjame!

Chu Xingchen le siguió el juego, levantando la mano en un gesto protector.

La expresión de Qinghe no cambió, pero su voz subió en tono desafiante:

—¿Seguro que fue a un humano al que despellejaron?

—¡Totalmente! —Cui Hao asintió con entusiasmo—. ¡Estamos hablando de un dragón! ¡Una bestia divina legendaria e invencible!

Un destello de burla pasó por el rostro de Qinghe cuando volteó a ver a Chu Xingchen.

—Si no recuerdo mal, ese día tú fuiste el único humano que se movió. ¿Quieres contarnos qué se sintió que yo te despellejara?

De golpe, Cui Hao sintió que la manga que sujetaba se volvía helada.

¡Chingado!

¡Este dragón era bien mañoso! ¡Le tendió una trampa!

Volteó a ver a su maestro, listo para explicarse, pero Chu Xingchen ni parecía molesto. En cambio, le puso una mano tranquilizadora sobre el brazo.

Con una risita, Chu Xingchen dijo:

—Puro chisme, nada personal. ¿Le perdonas la vida a mi discípulo? Mira nomás qué asustado está.

A Cui Hao se le llenaron los ojos de gratitud al instante: ¡La palabra del maestro vale más que el cielo!

Chu Xingchen sostuvo su mirada y le lanzó una expresión que decía: Tranquilo, yo te cubro.

Conmovido, Cui Hao asintió con fuerza.

—Tch… —Qinghe volteó la cara, apoyando una mano en la silla de piedra.

Este tipo podía ser astuto, pero de verdad le importaban sus discípulos.

Ya fuera Li Yingling o Li Xingtian, Qinghe había pasado tiempo a solas con cada uno.

Y sin excepción, podía notar que todos le tenían un respeto profundo y sincero a su maestro.

Luego su mirada cayó sobre Lin Luoyu.

Su interés era simple: esa mujer parecía ser la única de la secta que era tan normal… que ya se volvía anormal.

Lin Luoyu, por supuesto, sabía que Qinghe —con sus cuernos de venado y un cultivo imposible de detectar— era alguien temible, al menos desde su perspectiva.

Pero jamás se imaginó que la aparentemente adorable Qinghe fuera en realidad un dragón tomando forma humana.

Al encontrarse con su mirada, Lin Luoyu no mostró nerviosismo; solo asintió ligeramente en señal de saludo.

Chu Xingchen palmeó a Cui Hao a su lado y lo presentó a Xie Lingyu:

—Este es mi quinto discípulo, Cui Hao. Tiene buen futuro. Dile “Tía-Maestra”.

Cui Hao juntó las manos.

—Saludos, Tía-Maestra.

Luego, señalando a Lin Luoyu, Chu Xingchen añadió:

—Mi cuarta discípula, Lin Luoyu. Excepcionalmente talentosa.

Lin Luoyu se levantó e hizo una reverencia.

—Saludos, Tía-Maestra.

—Xie Lingyu, de la Secta Tianyan.

Xie Lingyu consideró regalarles algunas píldoras refinadas por su propio maestro, pero dudó… al fin y al cabo, eran discípulos de Chu Xingchen.

Quizá le tuvieran una aversión natural a las píldoras…

Así que, en vez de eso, sacó dos artefactos protectores y les dio uno a cada quien.

—No es nada muy valioso, solo un detalle de buena voluntad —dijo.

Lin Luoyu y Cui Hao miraron a Chu Xingchen, esperando su leve asentimiento antes de aceptar los regalos.

Al unísono, respondieron:

—Gracias, Tía-Maestra.

Chen Baiqing soltó la manga de Chu Xingchen y tomó la tetera, comenzando a preparar té.

La mirada de Chu Xingchen recorrió el lugar.

Li Yingling estaba examinando el entorno, seguramente revisando si sus hermanos menores habían hecho un desastre en la secta durante su ausencia.

Li Xingtian estaba recargado con calma en su silla, su rostro serio suavizado por la más tenue de las sonrisas.

Si Zhang Yuanshan —que una vez se rió hasta las lágrimas junto a Li Xingtian en el Continente Central— siguiera con vida,

al ver esa expresión, probablemente pensaría que el mundo se estaba acabando.

Cada uno tenía una expresión distinta, pero una cosa era clara: todos estaban tranquilos.

A Chu Xingchen no pudo evitar sonreír también.

Esto estaba bien. Muy bien.

Cuando el té quedó listo, Chen Baiqing lo sirvió y, con un movimiento de energía espiritual, hizo flotar las tazas hacia cada quien.

Los ojos de Cui Hao se iluminaron al recibir la suya con emoción.

Como conocedor, sabía que las habilidades de la Tercera Hermana Mayor para preparar té rozaban lo divino.

Pero desde que su maestro se fue, ella no había preparado ni una sola taza.

Dio un pequeño sorbo y, de inmediato, sintió que el cuerpo y la mente se le relajaban.

A Qinghe no le encantaba el té, pero le gustaba encajar.

Al ver a todos beber, agarró su taza y, como siempre, se la empinó de un solo trago.

Pero esta vez, tras tragar, chasqueó los labios dos veces.

Inclinando la cabeza con curiosidad, extendió la taza otra vez:

—Otra.

Xie Lingyu la miró con extrañeza; aunque pedir una segunda taza no era tan raro.

Ella misma dio un sorbo y por fin entendió a qué se refería Chu Xingchen allá en Chizhou cuando dijo: “No se compara con el de Chen Baiqing”.

Este té…

estaba absurdamente delicioso.

—Mmm… —Qinghe se terminó la segunda taza, parpadeó y volvió a extenderla—. ¡Otra!

Chen Baiqing se la sirvió, y esta vez además le puso fruta confitada a un lado.

Aunque ya sabía que Qinghe era un dragón —con una edad imposible de medir en términos humanos—,

al verla con apariencia tan joven, Chen Baiqing no pudo evitar compartirle sus bocadillos.

Después de todo, Qinghe parecía disfrutar de verdad el té.

Qinghe aceptó ambas cosas y preguntó con curiosidad:

—¿Cómo se llama esta combinación?

Chen Baiqing respondió con toda seriedad:

—Las cosas buenas no necesitan razón para ir juntas.

Qinghe lo encontró inesperadamente profundo. ¿Quién diría que esta niña, pese a ser tan chica, podía soltar sabiduría así?

Claramente era un alma gemela… solo que un poquito demasiado joven.

Luego le pregunto tips para holgazanear.

Chu Xingchen aplaudió.

—Ya que estamos todos, vamos a acomodar. Hoy cocino yo.

A Li Yingling se le iluminó la cara.

—¿Qué quieren comer? ¡Yo voy a comprar los ingredientes!

La cocina de su maestro era el completo opuesto de su alquimia: una era para morirse de rica, y la otra era literalmente para morirse.

Li Xingtian fue el primero en responder esta vez:

—Quiero costillitas, Maestro.

Chen Baiqing levantó la mano.

—Yo cuido el fuego.

Con la insistencia de Chu Xingchen, Lin Luoyu y Cui Hao eligieron un par de platillos sin mucha ceremonia.

Xie Lingyu pidió una sopa.

Cuando Qinghe vio la mirada inquisitiva de Chu Xingchen, lo miró con desconfianza:

—¿De verdad sabes cocinar?

—Nomás procura no comerte los palillos al rato.

—¡Sigue presumiendo!

Una hora después.

Casi todos comían en silencio, y los palillos se movían rápido sobre la gran mesa de piedra.

Lin Luoyu tampoco se contuvo; se sirvió con ganas de los platillos.

Cui Hao mantenía la cabeza agachada, completamente concentrado en la comida, sin soltar ni una plática inútil.

Li Yingling comía con una expresión de felicidad total, de vez en cuando tomando comida para Chen Baiqing a su lado.

Li Xingtian era el más sereno, comiendo con el porte más refinado.

Qinghe tenía las mejillas infladas de tanto masticar, y sus palillos ya iban directo hacia las costillitas agridulces.

Xie Lingyu, al menos, conservaba algo de compostura. Al ver a Qinghe —boca llena, el tazón todavía repleto, y aun así estirando los palillos para agarrar más— le dio un toquecito en el dorso de la mano con el extremo romo de sus propios palillos.

—Modales.

Qinghe le lanzó a Xie Lingyu una mirada herida, mascullando con la boca llena:

—Ni dejar comer a Qinghe cuando tiene hambre…

Chu Xingchen arqueó una ceja y se burló:

—A ver, pequeña Qinghe, ¿qué tal?

—¡Qinghe te va a enseñar cómo se comen los palillos al rato!

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