Quedé embarazado del hijo de un magnate - Capítulo 80
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- Capítulo 80 - Arrepentimiento
Zu Qi no subió directamente al coche de la empresa. En cambio, buscó un lugar vacío, lejos de las cámaras de seguridad, y entró al espacio junto con las semillas de verduras y los plantones que había empaquetado.
Dentro del espacio tardó unos siete u ocho minutos en encontrar un arbusto adecuado. Escondió las semillas y los plantones entre la maleza y, cuando regresó a la realidad, no había pasado ni medio segundo.
Cuando volvió a salir por la puerta de la familia Xue para subir al coche, en sus manos solo quedaba una maleta.
…
La familia Xue seguía en absoluta calma, pero Sun Fei se enfrentaba al mayor obstáculo desde que conoció a Xue Yanjing.
Xue Yanjing parecía haber cambiado de sentimientos.
Dicen que el sexto sentido de una mujer es el más preciso. Desde el día en que Xue Hao fue llevado por la policía, Sun Fei había percibido el cambio en Xue Yanjing. Solo que al principio era tan sutil que, si uno no prestaba mucha atención, ni siquiera podía notarlo.
Hasta ahora.
Con el paso del tiempo, aquellos pequeños cambios se habían ido acumulando capa tras capa.
Y terminaron transformando a Xue Yanjing en un hombre completamente desconocido para Sun Fei.
Desde que se mudaron, Xue Yanjing rara vez volvía a casa a tiempo. Cuando regresaba temprano, casi siempre lo hacía borracho, y trataba a Sun Fei como a una sirvienta, dándole órdenes con arrogancia.
Sun Fei nunca había trabajado ni tenía ingresos propios. Necesitaba pedirle dinero a Xue Yanjing con lastimosa humildad. Si lo dejaba, quizá ni siquiera podría permitirse una comida decente.
Además, el caso judicial de Xue Hao seguía en curso. Xue Yanjing era la única persona que podía ayudarlo. Por mucha rabia que Sun Fei guardara en su interior, no se atrevía a demostrarla. Solo podía tragarse la humillación y soportar el mal carácter de Xue Yanjing.
Aquella madrugada, Xue Yanjing regresó completamente borracho, acompañado por dos jóvenes y hermosas asistentes.
Sun Fei se apresuró a recibirlo y quiso tomarlo de los brazos de las dos mujeres, pero antes de que sus dedos tocaran siquiera la ropa de Xue Yanjing, este, aún con algo de conciencia, la empujó con brusquedad.
—¡Lárgate!
El rostro de Xue Yanjing estaba completamente rojo. Su expresión feroz era como la de un rey del infierno recién salido del abismo.
Sun Fei se sobresaltó ante aquel estallido repentino.
Luego la invadieron una humillación y una rabia imposibles de contener.
Instintivamente miró a las dos mujeres que sostenían a Xue Yanjing, y descubrió que ellas también la observaban.
Sus ojos rebosaban una compasión y un desprecio imposibles de ocultar.
Sun Fei había creído que aún podía seguir soportándolo todo.
Pero al cruzarse con las miradas de aquellas dos mujeres, sintió como si una cuerda dentro de su mente se rompiera de golpe.
—Váyanse. Yo me encargo de cuidarlo.
Sun Fei respiró hondo, tratando de contener la acidez que le subía al pecho como una marea.
Se esforzó por mantener la calma mientras hablaba con las asistentes.
Las dos jóvenes dudaron.
—Pero el presidente Xue…
—No pasa nada. Déjenmelo a mí.
Sun Fei volvió a intentar sostener a Xue Yanjing.
Esta vez, la reacción de él no fue tan intensa como antes. Tal vez estaba demasiado borracho; ni siquiera podía distinguir bien el rostro de Sun Fei y, por puro instinto, se recargó sobre ella.
Al sentir aquel gesto de dependencia, Sun Fei no pudo evitar mostrar una expresión de alegría.
Incluso al enfrentarse a las dos asistentes, recuperó algo de seguridad.
Cuando levantó la cabeza y vio que aún permanecían indecisas en el mismo sitio, frunció el ceño de inmediato.
—¿Están sordas? ¿No oyeron lo que acabo de decir?
Su voz se volvió aguda y desagradable.
—Les dije que se largaran. Tan jóvenes y ya aprendiendo lo peor, imitando a ciertas zorras que seducen hombres. ¿Por qué no se miran primero la cara para ver si tienen siquiera derecho?
En el pasado, Sun Fei jamás se habría permitido decir palabras tan vulgares y crueles.
Había frecuentado durante años los círculos de las señoras ricas de la alta sociedad, y estaba acostumbrada a envolverse en una apariencia amable, considerada y comprensiva.
Pero ahora…
Aquella vida opresiva, sin ver la luz del día, había retorcido poco a poco sus pensamientos.
Ni siquiera se atrevía a salir de casa.
Tampoco se atrevía a ver a esas antiguas amistades superficiales.
Era como una rata que cruzaba la calle.
Aunque todavía no había llegado al punto en que todos la persiguieran a gritos, las palabras sarcásticas y crueles que esas personas usaban al hablar de ella eran como largos látigos que la azotaban de verdad.
Lo único que quedaba era un dolor desgarrador.
De pronto, Sun Fei recordó una frase que había leído en internet:
Ella había querido ser una dama, pero la vida la había obligado a convertirse en una arpía.
Y todo eso…
Era culpa de esa maldita Weng Yuxiang.
Sun Fei respiró hondo un par de veces y contuvo la ferocidad y el resentimiento de su expresión.
Ayudó a Xue Yanjing a subir tambaleándose las escaleras hasta el dormitorio y lo acostó con cuidado en la cama blanda.
—Cariño…
Sun Fei se inclinó junto a Xue Yanjing y lo llamó suavemente.
—¿Tienes sed? Voy a traerte agua.
Xue Yanjing abrió los ojos con dificultad.
En su visión borrosa apareció el rostro de Sun Fei a contraluz.
Al principio, su expresión estaba llena de confusión.
Luego pareció darse cuenta de algo.
Su rostro se suavizó poco a poco.
Levantó con esfuerzo la mano, como si quisiera acariciarle la mejilla.
—Cariño.
Sun Fei estaba emocionada y llena de expectativa. Rápidamente tomó con ambas manos la mano de Xue Yanjing, que había quedado suspendida en el aire, y la apoyó contra su propio rostro.
—Cariño, estoy aquí. ¿Qué pasa?
Xue Yanjing sonrió, con la voz ronca.
—Tengo mucha sed. Tráeme agua.
—Espera un momento.
Sun Fei bajó rápidamente de la cama. No tardó en regresar al dormitorio con un vaso de agua tibia.
Dejó el vaso sobre la mesita de noche, luego ayudó con esfuerzo a Xue Yanjing a incorporarse contra la cabecera y le entregó el agua apresuradamente, como si temiera que siguiera sediento.
Xue Yanjing realmente tenía sed.
Bebió el vaso entero de una sola vez.
—Gracias.
Sonrió mientras le devolvía el vaso a Sun Fei.
—Por suerte siempre has estado aquí.
Sun Fei ya no recordaba cuánto tiempo había pasado desde la última vez que Xue Yanjing le sonrió.
Se quedó inmóvil.
Poco después, las lágrimas brotaron de sus ojos como perlas de un collar roto.
—Somos marido y mujer desde hace tantos años. ¿Qué necesidad tienes de decirme gracias? Pase lo que pase, ahora o en el futuro, siempre estaré a tu lado.
Xue Yanjing levantó la mano con cierta ternura y le limpió las lágrimas del rostro.
—No llores, Yuxiang…
—Está bien, no lloraré.
Sun Fei sostuvo su mano mientras se limpiaba torpemente las lágrimas con la otra.
Al segundo siguiente, se dio cuenta de algo.
Todo su cuerpo se puso rígido.
Cuando reaccionó, su voz se elevó de golpe.
—¿Yuxiang? ¿Dijiste Weng Yuxiang?
Aquella voz repentinamente aguda hizo que los pensamientos nublados de Xue Yanjing recuperaran claridad al instante.
Su mirada se volvió mucho más lúcida.
Abrió los ojos y miró a Sun Fei durante largo rato.
Luego su rostro se enfrió de inmediato.
—¿Por qué eres tú? ¿Dónde está Yuxiang?
—Je, je…
Sun Fei soltó una risa helada.
En ese momento, su expresión era aterradora, retorcida por la rabia.
La oscuridad acumulada en sus ojos parecía a punto de derramarse.
—Weng Yuxiang está en su antigua casa. Si tanto la extrañas, ve a buscarla.
Xue Yanjing pareció no querer seguir viendo su rostro.
Cerró los ojos con cansancio, giró la cabeza y apoyó una mano sobre su frente.
—Sal.
Dijo en voz baja:
—Quiero descansar un rato.
Sun Fei se levantó de golpe.
Como si hubiera perdido la razón, arrancó la manta que cubría a Xue Yanjing.
Ya no podía contener los celos y el resentimiento que hervían en su interior.
Tampoco podía soportar más la frialdad y la indiferencia de Xue Yanjing.
—¿Por qué tendría que salir? ¡Esta también es mi habitación! Si alguien tiene que irse, eres tú. ¿No sigues pensando en Weng Yuxiang? Entonces ve a buscarla. ¡A ver si ella quiere siquiera mirarte!
Sun Fei gritaba fuera de sí.
Su cabello largo y desordenado caía sobre sus hombros, dándole un aspecto extremadamente espantoso.
La ira de Xue Yanjing también fue encendida por ella.
Pero no quería discutir con Sun Fei en plena madrugada.
Después de contenerse durante un buen rato, finalmente maldijo:
—¡Estás completamente loca!
—¡Tú me volviste loca!
Mientras hablaba, las lágrimas volvieron a cubrirle todo el rostro.
—No olvides que tú y Weng Yuxiang ya están divorciados. ¡Nosotros somos la pareja!
Xue Yanjing soltó una risa fría.
—¿Acaso firmamos un acta de matrimonio?
—…
La voz descontrolada de Sun Fei se cortó de golpe.
Miró a Xue Yanjing con incredulidad.
Tardó mucho en hablar, y cuando lo hizo, su voz sonaba ronca.
—¿Qué quieres decir con eso? ¿Quieres deshacerte de mí?
Al principio, Xue Yanjing no había pensado tanto.
Pero al escuchar sus palabras y mirar aquel rostro que en apenas medio año ya se veía envejecido y marchito, sintió de pronto una profunda repulsión.
Incluso mirarla un segundo más le parecía ensuciarse los ojos.
—Si ese es tu deseo, puedo hacerlo realidad.
Esta vez, Sun Fei ya no se atrevió a seguir armando escándalo.
Conocía demasiado bien lo despiadado que podía ser Xue Yanjing.
Si lo decía, era capaz de hacerlo.
Igual que cuando en su momento abandonó y humilló a Weng Yuxiang.
Por mucha inconformidad que tuviera dentro, solo podía tragarse todas las lágrimas.
—Cariño, me equivoqué. De verdad sé que me equivoqué. No quise gritarte hace un momento…
Sun Fei cayó de rodillas con un golpe seco.
Habló de forma lastimera y temerosa, como una gallina a la que alguien hubiera sujetado del cuello y que en cualquier momento podía dejar de respirar.
Xue Yanjing miró inexpresivamente a Sun Fei, que estaba desplomada en el suelo sin dejar de disculparse.
La repulsión en su pecho se intensificó aún más.
Sin la menor piedad, apartó la mano de Sun Fei que tiraba de su manga.
Y salió del dormitorio sin mirar atrás.
A sus espaldas se escucharon los sollozos ahogados y dolorosos de Sun Fei, que resonaban una y otra vez en la habitación silenciosa.
Eran muy bajos.
Pero parecían capaces de perforar los tímpanos de Xue Yanjing.
Por primera vez en su vida, Xue Yanjing tuvo el impulso de alejarse de Sun Fei.
Sin detenerse, abandonó aquel lugar que, por ahora, llamaba hogar.
El viento nocturno de invierno le golpeó el rostro con un dolor punzante.
Al menos consiguió despejarle un poco la mente.
Xue Yanjing no quería volver y enfrentarse a Sun Fei.
Mucho menos quería ver ese rostro envejecido y demacrado que ya le provocaba rechazo físico.
Caminó sin rumbo por la calle vacía.
Sin saber por qué, recordó de pronto la noche de hacía unos días, cuando volvió a ver a Weng Yuxiang.
Jamás habría imaginado que aquella Weng Yuxiang, antes sobria, madura y sin ningún rasgo llamativo, llegaría a verse algún día tan deslumbrante.
Cuando caminó entre la multitud, parecía que todas las luces del salón perdían color.
Noble.
Hermosa.
Gentil.
Elegante.
En aquel momento, Xue Yanjing se quedó completamente aturdido.
Solo cuando su sobrina Xue Man se plantó frente a él con una copa de vino en la mano y una sonrisa burlona, bloqueándole la vista, logró salir de su asombro.
—Tío, ¿te arrepientes?
Xue Man sonrió con picardía.
—Tu exesposa es mucho más hermosa que esa Sun Fei. Si yo fuera tú, jamás me habría fijado en ella.
Xue Yanjing abrió la boca.
Quiso refutar a Xue Man.
Pero tenía la garganta seca.
No logró pronunciar una sola palabra.
¿Se arrepentía?
Si aún estuviera en aquel salón de banquetes, habría dicho que no.
Pero ahora…
Realmente se arrepentía.