Quedé embarazado del hijo de un magnate - Capítulo 71
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- Capítulo 71 - Caricia en la cabeza
Zu Qi arrastró la maleta de regreso al dormitorio a paso veloz. Al recordar la escena de hacía un momento, sintió que quizá debió saludar a los amigos de Xue Jue en lugar de salir corriendo sin mirar atrás.
Pero no tenía valor para hacerlo.
Si hubiera sido cuando acababa de transmigrar a este mundo, no le habría importado ese tipo de detalles. Habría actuado según su humor. Pero desde que confirmó que le gustaba un poco Xue Jue, sentía que todo lo que hacía lo volvía torpe y limitado.
Aquellos sentimientos ocultos en lo más profundo de su corazón eran como enredaderas largas y firmes que, sin hacer ruido, se extendían por todo su cuerpo y lo ataban.
Cuanto más luchaba, más se asfixiaba, como si todo el oxígeno de su pecho hubiera sido drenado.
Sentado junto a la cama, Zu Qi pensó en un montón de cosas caóticas. De pronto se sintió perdido. Pensó que quizá debería tantear la actitud de Xue Jue. Tal vez Xue Jue también sentía algo por él…
Pero al pensarlo con cuidado, se dio cuenta de que esa posibilidad no era muy alta.
Después de todo, el dueño original le había hecho cosas terribles a Xue Jue. Y ahora, a ojos de Xue Jue, él era el dueño original.
¿Cómo podría Xue Jue enamorarse de él?
Zu Qi se rascó el cabello con irritación.
Como por el momento no podía tomar una decisión, solo podía obligarse a no pensar más en eso.
El aire acondicionado central estaba encendido. Zu Qi seguía envuelto en ropa gruesa y, después de recibir un rato el aire cálido, ambas mejillas se le pusieron rojas.
Se levantó, se quitó el pesado abrigo y sacó de la maleta un conjunto limpio antes de entrar al baño.
Zu Qi se duchaba rápido.
En menos de media hora salió del baño con el cabello medio seco. Apenas levantó la vista, vio a una persona de espaldas frente al armario.
Al parecer, al oír sus pasos, Xue Jue se volvió lentamente y le hizo una seña.
—Ven.
Zu Qi:
—…
¿Qué era, un perrito?
Aunque en el fondo no quería, Zu Qi fue incapaz de rechazar la orden de Xue Jue. Caminó hacia él con los hombros caídos, cobarde como un cachorrito al que le habían pisado la cola.
Entonces, cuando aún estaba a tres pasos de Xue Jue, se detuvo en seco.
Esta vez fue Xue Jue quien se quedó sin palabras.
Miró con impotencia a Zu Qi, el cobarde, y simplemente avanzó para tomarlo de la muñeca.
—Tú sí que… —En el tono de Xue Jue había una pizca de frustración, aunque predominaba la resignación. Tuvo que tirar un poco de él para llevarlo hasta el armario—. No voy a comerte. ¿De verdad tienes que asustarte así?
Zu Qi pensó que no era miedo.
¡Era nerviosismo!
Además, estaban tan cerca. ¿Ni siquiera tenía permitido sentirse tímido?
Quiso refutarlo con toda seguridad, pero al llegarle las palabras a la boca, solo se convirtieron en un murmullo débil:
—¿Quién tiene miedo? No… no digas tonterías.
Xue Jue alzó una ceja.
—Entonces, ¿por qué tiemblas?
Zu Qi se aferró a su terquedad.
—No… no estoy temblando.
Antes de que terminara de hablar, Xue Jue extendió la mano y la apoyó sobre su cabeza.
Zu Qi, que hacía un momento temblaba sin parar, se quedó completamente inmóvil, como si alguien le hubiera sellado los puntos de acupuntura. Solo sus ojos negros y brillantes seguían moviéndose de un lado a otro.
Xue Jue soltó una risa.
Sus ojos, claros y hermosos como cristal, se llenaron de una sonrisa tan brillante como estrellas lejanas.
Por desgracia, Zu Qi, con la cabeza agachada y el rostro rojo, no lo vio.
—¿Y todavía dices que no tiemblas?
—…
Sabiendo que no podía ganarle con palabras, Zu Qi simplemente cerró la boca.
El calor de la palma de Xue Jue atravesaba su cabello y su piel sin pausa, logrando que el rubor de sus mejillas se extendiera hasta las orejas.
Quiso apartar aquella mano aprovechada.
Pero, al mismo tiempo, le daba pena hacerlo.
Después de dudar un momento, dejó que Xue Jue continuara.
Zu Qi acababa de secarse el cabello. Sus mechones sueltos eran suaves como plumas finas. Xue Jue, de pronto, sintió que no podía soltarlo. No pudo evitar frotarle suavemente la cabeza, como si acariciara a un conejo obediente.
Había que decirlo: hoy Zu Qi estaba especialmente dócil.
La mirada de Xue Jue descendió poco a poco hasta detenerse en sus mejillas blancas y sonrosadas. Tal vez por acabar de bañarse, su piel tenía un brillo húmedo, como si al pellizcarla pudiera salir agua.
De hecho, antes de que el cerebro de Xue Jue pudiera reaccionar, su mano ya había actuado por su cuenta.
Con el índice y el pulgar pellizcó cuidadosamente la mejilla de Zu Qi.
La sensación era mucho mejor de lo que había imaginado.
Como pellizcar una bolita de arroz glutinoso.
Por un instante, Xue Jue sintió que podía quedar atrapado en esa sensación.
—¿Xue Jue?
La voz de Zu Qi lo devolvió a la realidad.
Xue Jue retiró sus pensamientos y bajó la mano como si nada hubiera pasado.
—Ah, nada. Tenías algo en la cara.
Zu Qi estaba tan alterado por aquella provocación inconsciente de Xue Jue que casi le salía humo del cuerpo. Su rostro entero estaba rojo como el trasero de un mono.
En realidad no pensaba preguntarle nada, pero al oír esa explicación, se tocó la cara por reflejo y parpadeó confundido.
—¿Eh? ¿Qué tenía en la cara?
—Gotitas de agua —respondió Xue Jue con total calma—. No te secaste bien.
Zu Qi:
—…
¿Tenía que inventar una excusa tan obvia?
Aun así, Zu Qi no preguntó por qué Xue Jue había hecho aquello.
Su mente estaba hecha un desastre.
En ese momento, él era como un campo magnético interminable, y cada pequeño gesto de Xue Jue provocaba un efecto mariposa que lo desestabilizaba.
Antes de obtener una respuesta, debía mantener cierta distancia con Xue Jue.
De lo contrario, podía terminar hundiéndose poco a poco, mientras Xue Jue observaba fríamente desde la orilla como un simple espectador.
Al pensar en eso, su respiración se volvió un poco pesada.
Intentó ocultar la fuerte inquietud en su corazón mientras veía a Xue Jue sacar del armario un traje negro completamente nuevo.
—Mandé a hacerlo según tus medidas anteriores. Pruébatelo a ver si te queda bien.
Zu Qi tomó el traje y lo comparó frente a su cuerpo. El tamaño parecía adecuado, pero aun así alzó una ceja y bromeó deliberadamente:
—¿Y si no me queda? ¿No se habría hecho en vano?
Xue Jue abrió el otro lado del armario.
—Mandé a hacer una talla de cada medida que podrías usar. Aquí debe de haber alguno que te quede.
—…
Zu Qi miró en silencio la ropa extra.
Sintió como si oliera billetes quemándose en una hoguera.
Le dolió el corazón.
—¿Todos los ricos son así de caprichosos…?
Xue Jue no le dio importancia.
—El tiempo es más importante que el dinero.
Zu Qi recordó la imagen de sí mismo tirado en la cama como muerto, jugando con el teléfono y revisando Weibo.
No pudo evitar suspirar.
Aunque vendiera su tiempo por toneladas, nadie se lo compraría.
Después de pensarlo, abrazó el traje y corrió abatido hacia el baño.
Xue Jue miró la puerta cerrada y entrecerró los ojos.
Antes, a Zu Qi nunca le importaba cambiarse frente a él. A veces incluso lo hacía de cara a él a propósito, intentando ver qué reacción provocaba.
No esperaba que Zu Qi, cuya piel era tan gruesa como una muralla, también tuviera un día en que se avergonzara.
Cuanto más lo pensaba, más divertido le parecía.
Incluso quiso acercarse a tocar la puerta para asustarlo, pero al final reprimió ese impulso.
No cualquiera podía perder la vergüenza como Zu Qi.
Xue Jue se apoyó contra el armario y soltó un suspiro.
De pronto recordó todas aquellas frases con las que Zu Qi lo había coqueteado a propósito antes, y las comisuras de sus labios no pudieron bajar.
Abrió la boca y murmuró en voz baja:
—Sinvergüenza.
…
Cuando Zu Qi salió ya vestido, Xue Jue se había marchado después de avisarle.
Por la tarde, Xue Jue estuvo tan ocupado que no se le vio por ninguna parte.
Tampoco se sabía a dónde habían ido sus amigos.
Zu Qi buscó al mayordomo Zhang y preguntó. Solo entonces supo que algunos invitados habían llegado antes de tiempo y Xue Jue estaba ocupado recibiéndolos, mientras que aquellos amigos, incluido Jin Yu, parecían haber ido a un club.
Sin nada que hacer y sin poder ayudar, Zu Qi buscó a Weng Yuxiang y se sentó con ella en la luminosa sala, sosteniendo a Xue Qianwan mientras veían televisión.
Zu Qi y Xue Qianwan habían estado separados más de diez días. Pensó que el pequeño quizá estaría un poco distante con él.
Pero cuando Xue Qianwan aún estaba en brazos de Weng Yuxiang, apenas lo vio empezó a gimotear con fuerza, agitando sus manitas gorditas para intentar alcanzarlo.
—Papá ya llegó —dijo Weng Yuxiang, sonriendo de oreja a oreja. Jugó con Xue Qianwan un momento antes de entregárselo a Zu Qi.
Al quedar acostado en los brazos de Zu Qi, Xue Qianwan dejó de hacer ruido de inmediato.
Parpadeó con sus grandes ojos brillantes como uvas y miró fijamente a Zu Qi, haciendo sonidos suaves.
Zu Qi sostuvo aquel cuerpecito regordete y blando, sintiendo la confianza y dependencia puras del bebé. En ese instante, sintió que todo su corazón se derretía.
La nostalgia que había mantenido reprimida también se desbordó como agua saliendo de una bañera, llegando en oleadas.
Bajó la cabeza y mordisqueó suavemente la naricita tierna de Xue Qianwan.
El pequeño extendió las manitas, curioso, y empezó a tocarle la cara.
—Di papá —dijo Zu Qi. Luego bajó la voz y repitió lentamente—: Pa-pá.
Xue Qianwan soltó una risita.
—Ya, ya, ya, ya, ya…
Zu Qi se quedó sin palabras.
—Es papá, no “ya-ya”.
—¡Ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya, ya!
El pequeño pareció hacerlo a propósito. Emitió una larga serie de sonidos emocionados e ininteligibles mientras la saliva le corría por la mejilla.
Zu Qi se infló como un pez globo.
Pensó que cuando este mocoso creciera, lo obligaría a llamarlo papá cincuenta veces.
Weng Yuxiang no pudo contener la risa al verlos.
—Todavía es muy pronto. Al menos habrá que esperar a que cumpla seis meses para que empiece a aprender a decir papá y mamá.
Zu Qi se desinfló al instante.
—¿Todavía falta tanto…?
—Pasa rápido —dijo Weng Yuxiang con una sonrisa—. Aún recuerdo cuando di a luz a Xiao Jue. Era más gordito que Qianwan, y ahora, en un abrir y cerrar de ojos, ya tiene su propio hijo.
Weng Yuxiang sonaba nostálgica y emocionada.
El tiempo no perdona a nadie.
Se escurre como arena entre los dedos.
Xue Qianwan crecía cada vez más travieso. Con él moviéndose sin parar, Zu Qi tampoco se aburría.
Los dos adultos y el bebé apenas llevaban un rato descansando en el sofá cuando recibieron a la primera invitada que vino especialmente a buscarlos.
Liu Jing.
Weng Yuxiang y Liu Jing eran buenas amigas, así que naturalmente la había invitado. Pero la persona que Liu Jing quería ver más probablemente era Zu Qi.
Al ver la expresión de Liu Jing, como si quisiera hablar pero dudara, Zu Qi adivinó el propósito de su visita.
Así que entregó a Xue Qianwan a Weng Yuxiang y llevó a Liu Jing al balcón para conversar.