Quedé embarazado del hijo de un magnate - Capítulo 1
A primera hora de la mañana, la tenue luz del sol iluminaba el pequeño jardín. Las sombras de los árboles se mecían suavemente mientras un rayo dorado atravesaba el bosque y caía sobre una hermosa villa de paredes blancas y techo rojo.
Las cortinas marrón oscuro cubrían por completo el ventanal del lado derecho del segundo piso, de modo que la luz del amanecer solo dibujaba un resplandor difuso sobre la tela.
El interior seguía envuelto en una ligera penumbra. Todo estaba tan silencioso que parecía posible escuchar el fluir del aire.
Zu Qi estaba acostado de espaldas, con los brazos y las piernas extendidos, ocupando el centro de la enorme cama de dos metros. Aunque la habitación no estaba muy iluminada, solo tenía que bajar la vista para ver su vientre, tan redondo y abultado como si llevara una pelota dentro.
Dejó escapar un suspiro de incredulidad y llevó la mano derecha hasta su abdomen, donde llevaba más de seis meses de embarazo.
El pequeño que estaba dentro pareció sentir la caricia y, de pronto, se movió ligeramente. No sabía si había sido una mano o un pie presionando contra su vientre, pero aquel pequeño movimiento quedó perfectamente atrapado en la palma de Zu Qi.
Si aquello hubiera ocurrido cinco días atrás, se habría llevado un susto de muerte. Sin embargo, ahora no sintió la menor emoción. Con expresión impasible, incluso dio un par de suaves palmadas sobre su vientre desnudo.
—Tranquilo.
Como si realmente hubiera entendido sus palabras, el pequeño dejó de moverse.
Con el rostro inexpresivo, Zu Qi contempló el techo decorado con intrincados relieves. Dudaba si volver a dormirse cuando, en medio del silencio, unos suaves golpes sonaron en la puerta.
—Joven señor, ¿ya despertó? —preguntó con cautela la criada que esperaba afuera, seguramente porque había oído el sonido que él hizo momentos antes—. El desayuno ya está listo.
Zu Qi se cubrió el vientre con la fina colcha.
—Pasa.
Al poco rato, la puerta se abrió y varias criadas, vestidas con uniformes de blanco y negro, entraron una tras otra llevando bandejas.
La que iba al frente descorrió las cortinas, dejando que una cascada de luz dorada inundara la habitación. Luego sacó un conjunto de ropa del armario y lo colocó cuidadosamente al pie de la cama.
Las demás tampoco permanecieron ociosas. Con movimientos ágiles instalaron una pequeña mesa junto a la cama y fueron acomodando ordenadamente un desayuno humeante.
Envuelto aún en la colcha, Zu Qi siguió mirando el techo en silencio.
La primera mañana después de despertar en el mundo de aquella novela, había sentido una vergüenza insoportable. Incluso había deseado darse una palmada tan fuerte en el vientre que desapareciera.
Pero cinco días habían pasado.
Ahora se había acostumbrado a que las criadas lo atendieran, del mismo modo que se había acostumbrado a la existencia del pequeño dentro de su vientre.
—Xiaoya.
La criada llamada Xiaoya inclinó ligeramente la cabeza y se acercó.
—¿Qué desea, joven señor?
—Hazme el favor de llamar al mayordomo Zhang.
—Sí.
Xiaoya respondió respetuosamente y salió de la habitación junto con las demás criadas sin hacer el menor ruido.
Diez minutos después, volvió a escucharse un llamado rítmico en la puerta.
Para entonces, Zu Qi ya se había aseado, cambiado de ropa y estaba sentado junto a la cama. Frente a él había una pequeña mesa donde elegantes platos de oro y plata contenían una gran variedad de exquisitos bocadillos que despertaban el apetito.
Sostenía un sándwich a medio comer. En apenas un par de bocados terminó la otra mitad y luego tomó una taza de leche tibia, de la que bebió más de la mitad de un solo trago.
Entonces dijo:
—Adelante.
El mayordomo Zhang entró en silencio, ligeramente encorvado.
Zu Qi levantó apenas la vista para observar el rostro tenso del hombre y preguntó con indiferencia:
—Mayordomo Zhang, ¿ya reservaste los boletos de avión y el hotel que te pedí ayer?
—Sobre eso… —respondió el mayordomo, alargando la voz con evidente incomodidad—. Joven señor, ¿por qué no espera un poco más? Al avión del señor le quedan solo unas horas para aterrizar.
La mirada de Zu Qi permaneció tranquila sobre él.
Enseguida comprendió que el hombre simplemente había hecho oídos sordos a lo que le dijo la noche anterior.
—Entonces no hiciste las reservas.
El mayordomo guardó silencio, bajó la cabeza y, tras un largo momento, respondió:
—Joven señor, cualquier asunto debería esperar a que el señor regrese…
No había terminado de hablar cuando Zu Qi se levantó bruscamente de la cama.
Sin embargo, debido al enorme vientre que cargaba, perdió el equilibrio y cayó pesadamente de nuevo sobre el colchón.
El mayordomo Zhang, que hasta entonces había permanecido sereno, palideció al instante. Corrió a sujetarlo por el brazo mientras decía con voz temblorosa:
—¡Joven señor, tenga mucho cuidado! ¡No vaya a afectar al bebé! Si ocurre algo antes de que el señor regrese, ¿cómo podría darle una explicación?
Al ver lo preocupado que estaba el mayordomo por el niño, Zu Qi entrecerró los ojos.
Aprovechó el momento.
Volvió a ponerse de pie y comenzó a caminar lentamente hacia la salida con pasos pesados y torpes.
El mayordomo lo siguió de inmediato. Parecía querer detenerlo, pero no se atrevía siquiera a tocarlo, y el sudor frío ya cubría su frente.
Zu Qi apartó suavemente al hombre que le bloqueaba el paso y arqueó una ceja con una sonrisa que no era del todo una sonrisa.
—Ya que no quieres ayudarme a reservar el vuelo ni el hotel, tendré que hacerlo yo mismo.
Continuó avanzando.
Por el camino estuvo a punto de chocar contra un jarrón colocado sobre un mueble, lo que hizo que el mayordomo se lanzara instintivamente para sujetar tanto el mueble como el jarrón.
Zu Qi ni siquiera se molestó en mirar al hombre, que estaba a punto de perder el alma del susto.
Abrió la puerta y llamó:
—¡Xiaoya! Ayúdame a preparar el equipaje. Lleva también mi identificación, mi pasaporte y todas mis tarjetas bancarias.
Xiaoya, que esperaba afuera, quedó desconcertada.
—¿Joven señor…? ¿Va a salir?
—Voy a viajar al extranjero para despejarme un poco.
Miró el reloj de pared mientras calculaba el tiempo que faltaba para que aterrizara el avión de Xue Jue.
No quedaba mucho.
Con algo de impaciencia, dio unas palmadas en el hombro de Xiaoya.
—Date prisa.
Xiaoya respondió con un aturdido:
—Sí…
Miró al mayordomo Zhang, cuyo rostro estaba completamente rojo por contenerse, y tras pensarlo un momento decidió obedecer la orden de Zu Qi.
Pero justo cuando iba a entrar al dormitorio, el mayordomo levantó un brazo para cerrarle el paso.
Apretó los labios y fijó la mirada en Zu Qi, que seguía sonriendo con tranquilidad.
En ese instante incluso sintió el impulso de dejarlo inconsciente de un golpe.
Había servido durante muchos años al lado de Xue Jue.
Había visto con sus propios ojos cómo Zu Qi, un actor de tercera categoría, terminó en la cama de Xue Jue, quedó embarazado de su hijo y, de la noche a la mañana, pasó de ser un desconocido a convertirse en alguien de la alta sociedad.
Los hombres capaces de embarazarse y dar a luz no eran nada raro en ese mundo.
Mientras Zu Qi permaneciera tranquilo, cuidara bien del embarazo y diera a luz a un heredero de la familia Xue, el mayordomo estaba dispuesto a llamarlo «joven señor» de todo corazón.
En realidad, Zu Qi nunca había sido una persona particularmente problemática.
Como mucho, era algo vanidoso y calculador. Apenas quedó embarazado, ya había empezado a codiciar el título de pareja oficial de la familia Xue.
Pero, por muy caprichoso que fuera antes, jamás había mencionado la posibilidad de marcharse.
Xue Jue era el puente que le permitía entrar en la alta sociedad.
Jamás abandonaría ese puente por iniciativa propia.
¿En qué había salido todo mal?
El mayordomo no lograba entenderlo.
Pero también tenía que admitir que aquel Zu Qi que de pronto había decidido abandonar a Xue Jue lo había tomado completamente por sorpresa.
Aunque antes había deseado que eso ocurriera, ahora no era el momento adecuado.
—¿Mayordomo Zhang?
La voz clara y agradable de Zu Qi lo sacó de sus pensamientos.
El mayordomo volvió en sí y frunció ligeramente el ceño al mirar aquel rostro limpio y atractivo.
Los labios de Zu Qi se curvaron en una leve sonrisa.
Sus hermosos ojos de flor de durazno parecían contener un cielo lleno de estrellas.
Había nacido con un rostro naturalmente simpático, capaz de despertar la buena voluntad de cualquiera con solo sonreír.
—Joven señor, con su embarazo no es conveniente viajar. Si siente que estar en casa es aburrido, cuando el señor regrese podrá acompañarlo a salir a pasear.
—Si realmente quisiera volver, ya habría regresado hace tiempo. No me habría dejado aquí más de un mes sin preocuparse por mí.
La sonrisa seguía en su rostro, pero no alcanzaba sus ojos.
—Tú no eres ciego… y yo tampoco soy un idiota.
El mayordomo abrió y cerró la boca varias veces.
Mirando aquellos ojos tan claros que casi podía verse el fondo, descubrió que todas las excusas que había preparado se quedaban atoradas en su garganta.
Después de un largo silencio, finalmente soltó un suspiro de resignación y llamó a Xiaoya, que apenas se atrevía a respirar.
—Ve. Llama a más personas para que ayuden a preparar el equipaje.
Una hora después, dos relucientes Rolls-Royce negros salieron lentamente de la residencia de la familia Xue.
El destino era un complejo turístico ubicado en las afueras de la ciudad.
Lo de viajar al extranjero tendría que esperar.
Permitirle salir de casa ya era la máxima concesión que el mayordomo Zhang estaba dispuesto a hacer.
En realidad, Zu Qi nunca había pensado irse de vacaciones al extranjero.
Todo aquello no era más que una pequeña estrategia para obligar a Xue Jue, que lo evitaba como si fuera una plaga, a presentarse por iniciativa propia.
Después de pasar toda la mañana armando aquel alboroto, Zu Qi empezó a sentirse cansado.
Acomodó la postura en el asiento trasero y pronto se quedó dormido.
Sin embargo, su sueño no fue tranquilo.
O, mejor dicho, desde que había despertado dentro de aquella novela, no había vuelto a dormir bien.
Jamás habría imaginado que un simple sueño terminaría llevándolo al mundo de una novela que acababa de leer.
Lo peor era que allí ni siquiera era un personaje secundario.
Su nombre apenas aparecía unas cuantas veces antes de convertirse en simple carne de cañón.
Y el otro padre del niño que llevaba en el vientre, Xue Jue, presidente del Grupo Xue, no era más que el trágico segundo protagonista masculino enamorado sin esperanza de la heroína.
Dicho de otro modo…
Un eterno suplente.
Xue Jue se enamoró de la protagonista a primera vista y, desde entonces, la amó obsesivamente.
Gastó toda su fortuna con tal de obtener una mirada más de ella.
Incluso abandonó cruelmente a «Zu Qi», quien había arriesgado la vida para darle un hijo.
Toda la novela estaba narrada desde la perspectiva del protagonista masculino.
Desde ese punto de vista, Xue Jue, que competía con él por el amor de la protagonista, era naturalmente el enemigo número uno.
En aquel entonces, Zu Qi también pensó que Xue Jue era un completo desgraciado.
Tenía pareja y aun así fingía estar soltero mientras perseguía desesperadamente a la protagonista.
Pero ahora…
¡Maldición!
¡Xue Jue no era solo un desgraciado!
¡Era un veneno capaz de matar!
¡Bastaba con acercarse a él para terminar muerto!
Zu Qi era alguien que conocía perfectamente sus propios límites.
Sabía muy bien cuál era su lugar en el corazón de Xue Jue.
Y no tenía ninguna intención de desafiar el destino de la protagonista, respaldada por el propio autor.
Si quería escapar del desarrollo original de la historia, solo tenía un camino por delante…
Romper con Xue Jue.
No sabía cuánto tiempo había dormido.
Cuando abrió los ojos aturdido, descubrió que el coche estaba detenido al borde de la carretera.
Movió ligeramente la mano y la manta que, sin saber cuándo, habían colocado sobre su vientre resbaló al suelo.
Sentado a su lado, el mayordomo Zhang la recogió a la velocidad del rayo y volvió a cubrir cuidadosamente su abdomen, con la mirada llena de compasión y ternura.
Zu Qi: «…»
¿De verdad era tan evidente el trato preferencial hacia el bebé?
Al ver que había despertado, el mayordomo sonrió con cierta incomodidad.
—Hemos llegado. Ya llamé para que preparen el almuerzo. Xiaoya y las demás llevarán el equipaje a la habitación. ¿Qué le parece si vamos directamente al restaurante?
Zu Qi asintió.
—Está bien.
Entonces el mayordomo lo ayudó cuidadosamente a bajar del coche.
Aunque Zu Qi llevaba ropa muy holgada, el enorme vientre seguía siendo imposible de ocultar.
Lo sostenía con ambas manos mientras caminaba con dificultad.
Por suerte, llevaba además un abrigo largo sobre los hombros, lo que hacía que el embarazo resaltara un poco menos.
Había oído decir que aquel complejo turístico estaba rodeado de montañas y agua, con un paisaje de extraordinaria belleza.
Además, su cocina privada era famosa por ser exquisita, convirtiéndolo en uno de los lugares favoritos de los ricos para vacacionar y entretenerse.
Naturalmente, los precios eran altísimos y las reservas debían hacerse con mucha antelación.
Afortunadamente, el complejo pertenecía al Grupo Xue.
Bastó con que el mayordomo Zhang avisara con anticipación a la administración para que le prepararan de inmediato la mejor habitación disponible.