Plan para seducir a un Alfa - Capítulo 63
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- Capítulo 63 - La razón de la ruptura
Un silencio vacío se extendió por toda la habitación. Jiang Huaizhi exhaló profundamente, abrió las cortinas y se obligó a controlar sus emociones.
En ese momento estaba hablando con un paciente que acababa de sobrevivir a un intento de suicidio y cuyo cuerpo seguía muy débil, así que procuró mantener la voz lo más calmada posible. Aun así, no logró ocultar por completo la ira que se filtraba entre sus palabras.
—Yun Ran.
Pronunció el nombre del Omega con una mirada serena, pero tan afilada como un bisturí, como si estuviera diseccionando cada centímetro de su cuerpo.
—Los dos somos adultos. No vuelvas a hacer cosas tan absurdas. Si de verdad tienes algo que decirme, no necesitas recurrir a este método. ¿Lo entiendes?
Que pudiera sentarse frente a él y hablarle así, cara a cara, ya era la mejor respuesta que Jiang Huaizhi podía ofrecerle por todo lo que habían vivido en el pasado.
No podía darle nada más.
—Lo sé.
Yun Ran bajó la cabeza. Sus labios estaban tan pálidos que resultaban alarmantes.
—Te casaste. Escuché que es el joven señor de la familia Tang. Dicen que es una buena persona y que hace buena pareja contigo.
Jiang Huaizhi se frotó el entrecejo.
—Mientras lo entiendas, está bien.
—Solo que…
Jiang Huaizhi soltó una risa burlona.
—Siempre pensé que te odiaba muchísimo. Y, sin embargo, ahora descubro que todavía no quiero que mueras.
Yun Ran no volvió a hablar.
La figura del Omega era tan delgada como una rama de sauce, como si una ráfaga de viento pudiera quebrarlo. Sus omóplatos, finos como alas de mariposa, se estremecieron ligeramente, y la luz que entraba por la ventana dejó entrever un débil brillo húmedo.
Todo permaneció en completo silencio.
—Tiré todas las pastillas que tenías junto a la cama. Dentro de poco vendrán a vaciar el bote de basura. Pero seguramente no vas a rendirte. Quizá tengas más medicamentos escondidos en algún sitio que yo no conozco. O quizá hayas sobornado a algún médico para conseguir esas sustancias prohibidas.
Jiang Huaizhi se levantó y caminó hacia la puerta. Su voz se dispersó por la habitación sin rastro de calidez.
—Pero ya puedes olvidarte de seguir dependiendo de esas cosas. Dentro de un momento vendrá gente a revisar esta habitación de arriba abajo. También cambiarán a los médicos y enfermeros que te atienden. Si tienes algo que decir, será mejor que se lo digas a los nuevos médicos cuanto antes.
—… Jiang Huaizhi.
Yun Ran volvió a llamarlo por fin. Su voz parecía desgarrada, ronca hasta el extremo.
—No tienes por qué preocuparte por mí.
Pero el Alfa apenas detuvo sus pasos un instante. No respondió y cerró la puerta tras de sí.
Afuera, Xiao Sheng estaba sentado tranquilamente en un banco, esperándolo.
—¿Cómo está? —preguntó.
El hombre no mostró ninguna expresión.
—Todavía quiere morir.
Seguía conociendo muy bien a Yun Ran. Por su expresión y por la forma en que hablaba, podía darse cuenta de que no tenía en absoluto deseos de seguir viviendo.
Jiang Huaizhi no entendía por qué Yun Ran había terminado convirtiéndose de repente en alguien así.
En ese momento tenía muchas ganas de fumar.
Xiao Sheng sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo, tomó uno y se lo ofreció.
Jiang Huaizhi lo miró de reojo.
—¿Son tuyos?
Recordaba que Xiao Sheng nunca fumaba ni bebía.
—No. —Xiao Sheng negó con la cabeza—. Los acabo de comprar. Pensé que quizá querrías fumar uno cuando salieras. Vamos a la sala de fumadores.
—Bien.
El sabor acre del tabaco descendió por su garganta, atravesó sus pulmones y después salió lentamente entre sus labios. El punto encendido del cigarrillo brillaba y se apagaba entre los dedos del Alfa, oculto en la penumbra. Bajo la nube de humo, los rostros de ambos parecían algo borrosos.
Jiang Huaizhi llevaba bastante tiempo sin fumar.
Tang Yuan estaba embarazado, así que cada vez que encendía un cigarrillo en el balcón terminaba apagándolo casi por instinto. Incluso cuando tenía compromisos sociales fuera de casa, no quería regresar impregnado de olor a tabaco y alcohol.
Xiao Sheng esperó en silencio hasta que terminó aquel cigarrillo.
—Cuando estábamos en la universidad, todos pensábamos que ustedes dos acabarían casándose —dijo de repente.
—Eso fue hace mucho tiempo.
—Entonces, ¿puedes decirme ahora por qué terminaron? —preguntó Xiao Sheng—. ¿Fue por tu familia?
—No.
—¿Entonces por qué?
—No quiero hablar de eso.
Los rasgos del hombre eran fríos y duros como una escultura, y su expresión dejaba más que clara su postura.
No quería anunciarle al mundo entero que le habían sido infiel.
Después de pasar años rogándole a su padre, finalmente había conseguido su permiso para casarse con Yun Ran. Y apenas un mes antes de la boda, vio a su prometido con otro hombre.
Cuando Yun Ran fue descubierto, quizá mostró un breve instante de pánico, pero después se comportó con una tranquilidad sorprendente.
El Omega le dijo sin rodeos que sí, que le había sido infiel.
También le dijo que, si podía aceptarlo, podían seguir adelante con la boda. Si no podía, entonces debían separarse.
Jiang Huaizhi eligió terminar la relación.
Era cierto que no toleraba ni una sola impureza en una relación, y mucho menos a un prometido que hablara de una infidelidad como si fuera lo más natural del mundo.
Los primeros años habían sido bastante difíciles.
Pero ¿qué importaba eso?
Hasta los sentimientos más sinceros terminaban siendo desgastados por el tiempo hasta no dejar nada.
Jiang Huaizhi nunca le había contado a nadie la verdadera razón de su ruptura, y desde entonces tampoco había vuelto a sentir deseos de entregarse de corazón a otra relación.
Guardar silencio frente a todos sus amigos en común había sido la única consideración que le había dejado a Yun Ran.
Xiao Sheng dejó de preguntar.
Debajo de sus ojos había sombras azuladas. Las ojeras eran tan marcadas que ni siquiera podía ocultarlas, fruto de llevar demasiado tiempo con los horarios completamente alterados.
—Anoche pensaba ir a ver a Yun Ran. Últimamente no estaba muy bien, así que le llevé algunos libros y una nueva antología de poesía latina que acababa de traducir. Pero cuando llegué, nadie abrió la puerta. Llamé a su representante y me dijo que estaba en casa. Además, las luces estaban encendidas. Por eso terminé llamando a la policía.
Xiao Sheng le relató lo sucedido la noche anterior.
Por fortuna, tanto la policía como la ambulancia llegaron muy rápido. El médico dijo que, si hubieran tardado un poco más, Yun Ran probablemente habría muerto por la pérdida excesiva de sangre antes de poder ser reanimado.
—Seguramente él tampoco esperaba que yo todavía recordara que una vez me dijo que le gustaba mucho aquel poema que traduje —suspiró Xiao Sheng—. En fin, tampoco hace falta que te cuente todo esto. Hoy actué impulsivamente. Regresa a casa. Dale saludos a Tang Yuan de mi parte. Tengo un juego de pinturas muy bueno en casa; cuando tenga tiempo, se lo llevaré dentro de unos días como disculpa por lo de hoy.
—De verdad eres demasiado buena persona —comentó Jiang Huaizhi, lanzándole una mirada indiferente.
Xiao Sheng sonrió.
—No se puede comparar con alguien tan despreocupado como tú. Quizá, aunque hoy se desplomara muerto frente a ti, podrías pasar a su lado sin siquiera mirar.
Jiang Huaizhi apretó los labios, perdido en sus pensamientos.
Xiao Sheng se levantó, se despidió de él y dijo que volvería a ver a Yun Ran.
Sin embargo, Jiang Huaizhi habló de repente:
—Volveré dentro de unos días.
Xiao Sheng se dio la vuelta y lo miró con sorpresa, sin entender.
—Puedes vigilarlo durante un tiempo, pero no podrás hacerlo toda la vida. En cuanto te alejes, volverá a intentar suicidarse.
Jiang Huaizhi había visto claramente varias cicatrices horizontales en la muñeca derecha de Yun Ran, la que no estaba herida. Eran irregulares y profundas, y definitivamente no se trataba de heridas recientes.
Su instinto le decía que Yun Ran había terminado así por algo relacionado con él.
Le gustara o no, estuviera dispuesto o no, necesitaba encontrar una respuesta.
—Aunque pienses que soy un desgraciado sin corazón, no quiero cargar con la fama de haber provocado indirectamente la muerte de alguien.
Xiao Sheng sonrió con amargura.
—Está bien. No importa cuál sea tu motivo. Me disculpo por lo que dije antes.
—No hace falta.
El Alfa agitó una mano y, con largas zancadas, comenzó a caminar hacia la salida.
—Solo deja de ser tan estricto con las tareas de vacaciones de Xiao Yuan. Cuando ve que eres tú quien llama, se le pone la cara blanca del susto y ni siquiera se atreve a contestarte.
—…