Plan para seducir a un Alfa - Capítulo 119
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- Capítulo 119 - Extra 4 — Controlar todo de ti (1)
Tang Yuan volvió a ver a Cui Yi en la boda de Lin Miao. Para entonces, ya había pasado bastante tiempo desde que su quinto hermano lo había llevado por primera vez a casa.
La boda estaba llena de invitados y el ambiente era animado. Los recién casados iban de mesa en mesa brindando con todos. Cuando llegaron a la mesa del quinto hermano, Tang Yuan notó que Cui Yi, sentado a su lado, tenía los ojos ligeramente enrojecidos.
Cui Yi apenas logró esbozar una sonrisa. Tomó la copa que Lin Miao le ofrecía y estaba a punto de beber cuando Tang Jiu lo detuvo.
—No sabes beber. ¿Para qué vas a hacerlo?
Quizá el ambiente entre ambos era demasiado extraño.
No solo Lin Miao, siempre atento a los detalles, se dio cuenta; incluso Tang Lie, que normalmente era bastante torpe para percibir esas cosas, frunció el ceño.
—Viejo quinto, ¿qué te pasa?
Tang Jiu mantuvo una expresión indiferente.
Retiró la mano con la que había bloqueado la copa, pero su mirada permaneció fija en Cui Yi.
Cui Yi tomó la copa y se la bebió de un solo trago.
—Cof, cof…
El joven realmente no estaba acostumbrado al alcohol.
El licor fuerte le quemó la garganta como fuego y comenzó a toser, haciendo que sus ojos se enrojecieran todavía más.
Tang Yuan se apresuró a acercarse, le tendió un pañuelo y le dijo que fuera a la sala de descanso de al lado a tomar algo.
Tang Jiu permaneció sentado sin decir nada.
Solo cuando Tang Yuan se acercó, le indicó en voz baja:
—Dale un poco de jugo de cítricos. No le gusta el té.
—…Está bien.
Tang Yuan sintió que entre ellos había algo raro.
Dejó a Xiaoman con Jiang Huaizhi, avisó a su familia y acompañó solo a Cui Yi a una habitación del piso de arriba para que descansara.
No sabía que Cui Yi tuviera tan poca tolerancia al alcohol.
Una sola copa bastaba para emborracharlo.
—Mayor Cui, ¿te sientes mal hoy? —preguntó Tang Yuan, preocupado.
Allí, además de él, solo Lin Miao conocía bien a Cui Yi. Los demás eran prácticamente desconocidos para él.
Pero aquel era el día de la boda del hermano Miao y Tang Yuan no quería molestarlo ni un momento.
Al mismo tiempo, Cui Yi le parecía demasiado solo.
Cui Yi negó con la cabeza.
Parecía no tener intención de hablar.
Le dio las gracias a Tang Yuan y dijo que solo necesitaba descansar un rato.
—Luego volveré a acompañar a Tang Jiu en la boda. No le gusta que la gente deje las cosas a medias.
—…
Tang Yuan siempre sentía que la relación entre Cui Yi y su quinto hermano era difícil de describir.
A veces parecían extremadamente íntimos.
Otras, eran fríos entre sí, casi como superior y subordinado.
Aunque, en realidad, sí eran superior y subordinado.
—¿Puedes contármelo, mayor? Sé que es un poco entrometido de mi parte, pero pronto seremos familia. No hace falta que nos guardemos tantas cosas.
Tang Yuan intentó tranquilizarlo.
—Mira a Jiang Huaizhi. Ya no le importa que tú y yo estemos a solas.
Y, en efecto, ya no le importaba.
Desde que Tang Yuan le contó que el mayor Cui era la pareja de su quinto hermano, Jiang Huaizhi ni siquiera se había mostrado demasiado sorprendido. Solo había dicho que era algo que sonaba muy propio de su quinto hermano.
Aquello hizo que Tang Yuan sintiera que quizá conocía demasiado poco a Tang Jiu.
En su memoria, el quinto hermano siempre había sido una persona amable, de buen carácter con todos, el que más se parecía a un estudiante ejemplar entre los siete hermanos.
Quizá Cui Yi sí estaba un poco borracho.
El apuesto joven tenía la mirada ligeramente nublada. Con las largas piernas flexionadas, se apoyó en el sofá y se masajeó la sien.
Después de un rato, habló lentamente:
—No es que quiera ocultarte nada. Solo… siento que contarlo es vergonzoso.
»Yo… ya se lo dije a mi familia. Mis padres no pueden aceptarlo.
—Esto…
Tang Yuan ya había imaginado que ese podía ser el resultado.
Intentó consolarlo lo mejor que pudo.
—Pero ustedes ya están juntos y ambos tienen ingresos propios. No necesitan preocuparse tanto por la presión de la familia. Además, escuché que pronto podrían aprobar leyes que reconozcan las uniones AA. Cuando eso pase, quizá los mayores también cambien poco a poco de opinión.
Cui Yi sonrió con amargura.
—Ojalá.
Tang Yuan continuó consolándolo, buscando todas las palabras que se le ocurrían.
Cui Yi escuchaba en silencio.
Sabía que ninguna de ellas le servía realmente.
Porque aquello no era lo que le importaba.
Su comportamiento extraño de ese día se debía a otra cosa.
A sus propios pensamientos.
Poco después, llamaron a Tang Yuan para una fotografía familiar.
No tuvo más remedio que despedirse temporalmente de Cui Yi, prometiéndole que volvería en un rato.
Cui Yi se quedó escuchando el tic-tac del reloj de pared.
Estaba ligeramente mareado por el alcohol, pero su mente se sentía más lúcida que nunca.
¿Cómo habían llegado exactamente hasta ese punto?
Al principio no había sido más que unas cuantas miradas.
Unas pocas conversaciones casuales.
En aquel entonces, a él le gustaba Tang Yuan.
Le gustaba aquel omega cuyos ojos se llenaban de estrellas cada vez que sonreía.
Por eso lo acompañaba cuidadosamente de regreso a casa, aunque casi siempre terminaba sufriendo las dificultades que le ponían sus posesivos hermanos.
Y Tang Jiu era el único de ellos que le hablaba con paciencia y amabilidad.
Incluso cuando lo echaban de la residencia Tang, Tang Jiu le indicaba en voz baja cuál era el camino más corto y seguro para volver.
Quizá por eso, aquella vez que lo vio bajo la lluvia, bajó completamente la guardia.
Aceptó sin pensarlo demasiado la invitación de Tang Jiu para ir a su casa.
Tontamente creyó que podía confiar en él.
Y precisamente aquella noche se había empapado bajo la lluvia y terminó con una fiebre alta.
Entre los recuerdos borrosos de aquella enfermedad, Tang Jiu lo había cuidado con una atención casi excesiva.
Le cambiaba una y otra vez las toallas húmedas sobre la frente.
Le daba la medicina cucharada a cucharada.
Para evitar hacerle daño, cada vez que tenía que ponerle una aguja terminaba en cuestión de segundos.
Cuando Cui Yi le preguntó, sorprendido, por qué era tan hábil, Tang Jiu respondió con indiferencia que había practicado consigo mismo.
Cuando Cui Yi vio el dorso de su mano, cubierto de pequeños pinchazos amoratados por haber practicado tantas veces, sintió que el mundo daba vueltas.
No supo qué hacer.
No comprendía por qué alguien con quien apenas había intercambiado unas pocas palabras llegaría a hacer tanto por él.
Pero Tang Jiu le dijo:
—Porque me gustas.
Aquella sola frase hizo que Cui Yi huyera aterrorizado.
Sin embargo, por mucho que corriera, parecía incapaz de escapar de la suave red que Tang Jiu había tejido a su alrededor.
Iba a clases y, de repente, el profesor de una de sus materias optativas era reemplazado temporalmente por Tang Jiu.
Su auto se averiaba al borde de la carretera y, por casualidad, quien pasaba por allí y podía llevarlo era Tang Jiu.
Incluso cuando llegó el momento de buscar prácticas y soñaba con obtener una oferta de uno de los mejores bufetes del país, descubrió que uno de los socios del despacho que más deseaba era, precisamente, Tang Jiu.
Uno siempre terminaba cayendo sin darse cuenta.
Tang Jiu era demasiado amable.
Demasiado perfecto.
Cuando decidía tratar bien a alguien, era difícil que esa persona pudiera resistirse a semejante tentación.
Por eso, seis meses después de entrar a trabajar en su bufete, Cui Yi terminó sucumbiendo a su insistente cortejo.
Poco a poco dejó atrás todos sus prejuicios y empezó realmente una relación con él.
Incluso había pensado que, si su familia nunca aceptaba su relación, rompería definitivamente con ellos…
Sus pensamientos comenzaron a alejarse.
De pronto, Cui Yi despertó sobresaltado.
Junto a su oído sonó una voz grave que se había vuelto todavía más suave.
—¿Te quedaste dormido? Ven, toma primero el jugo de cítricos.
—No…
Cui Yi abrió los ojos.
En cuanto vio a Tang Jiu, pareció un ciervo asustado.
Lo empujó de repente y trató de huir, igual que un año atrás.
—¿Adónde piensas ir?
La mano ligeramente fría de Tang Jiu se cerró alrededor de su muñeca.
—Portarte así no es ser obediente.
—Quiero volver. Tang Jiu, déjame volver. Por favor… por favor…
Los ojos del joven estaban completamente rojos.
Parecía aterrorizado y perdido.
Pero una mano sujetó firmemente su delgado tobillo y volvió a arrastrarlo hacia atrás.
—Espera y nos iremos juntos.
—No…
Cui Yi se cubrió el rostro con dolor.