Mi esposo despertó del coma y ahora quiere echarme - Capítulo 50
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- Capítulo 50 - El pasado... Ah~ ¿Qué clase de relación tenías con él?
—¿Estabas planeando casarte con Fu Chong?
Después de regresar al hotel y calmarse, Qing Yao finalmente se lo preguntó a Enbo.
Estaba un poco alterado.
Apenas dos días atrás se había sentido profundamente conmovido por lo bien que Ye Enbo lo trataba.
En su corazón, ya lo había perdonado.
Durante todo el camino de regreso había estado pensando en aquello.
Con razón Ye Enbo había sido tan frío con él anteriormente.
Teniendo semejantes planes y aun así permaneciendo a su lado…
¡Ye Enbo realmente era un demonio!
—No. Aquello solo era una solución temporal.
—Él dijo que era tu prometido —replicó Qing Yao, casi gritando.
—Eso no es cierto. Ya estamos casados. Si volviera a casarme, ¿no estaría infringiendo la ley? ¿Prefieres creerles a los demás antes que a mí?
—¡Para empezar, tienes que ser digno de confianza! —respondió Qing Yao con dureza.
No podía soportar asuntos de ese tipo.
Con solo pensarlo ya se sentía terriblemente mal.
Antes no se había atrevido a preguntar, pero ahora tenía que hacerlo.
En ese momento, Yun Jian sostenía una brocheta de larvas de cigarra asadas y preguntaba con una sonrisa maliciosa:
—¿Crees que el matrimonio estará peleándose ahora mismo?
—¿Cuándo vas a quitarte esa costumbre? —Che Jingzhong jamás había conocido a alguien tan entusiasmado con provocar problemas en las relaciones ajenas.
—No puedo cambiarla. Si me preguntas a mí, tú y Xiang Tingting deberían divorciarse. Tener un hijo y luego hacerle una prueba de paternidad… ¿no te resulta agotador?
—¿Ni siquiera la comida puede mantenerte la boca cerrada?
A Xiang Tingting le gustaba divertirse por su cuenta, pero al mismo tiempo tenía un fuerte deseo de controlar a Che Jingzhong.
Realmente era algo difícil de comprender.
—¿En qué sentido no soy digno de confianza?
Ye Enbo se acercó para abrazarlo, pero el forcejeo de Qing Yao terminó golpeándolo en el rostro.
—Ah… Tss…
—¿Qué pasa? ¿Dónde te duele?
Al final, Qing Yao no pudo seguir enfadado.
Ye Enbo tenía moretones en la mejilla y en la comisura de los labios.
—Ese tal Yun Jian fue demasiado despiadado. ¿Y por qué ese Che no los separó?
En ese momento, Qing Yao refunfuñaba como una madre preocupada.
—No entiendo cómo puedes tener amigos así.
¡Ninguno parecía una persona normal!
—Primero ve a ducharte. Cuando salgas, te pondré medicina.
Como siempre, Qing Yao fruncía el ceño de preocupación.
—¡Oye! ¿Qué haces?
Ye Enbo atrapó a Ye Qingyao entre sus brazos y comenzó a reír con tanta fuerza que le temblaban los hombros y el pecho.
—Gracias por salvarme, señora Ye.
Cuando Ye Qingyao se había lanzado contra Yun Jian para golpearlo, Ye Enbo había sentido, por primera vez en mucho tiempo, que alguien lo protegía y lo valoraba.
En el pasado, siempre había sido él quien daba.
Él era quien planeaba, organizaba y calculaba cada paso del futuro que quería construir junto a Fu Chong.
Pero las cosas rara vez salían como uno las planeaba.
—Me duele cuando me muevo. Ayúdeme, señora Qing Yao, señora Ye.
—Te lo mereces. Sabías perfectamente que todavía no te has recuperado y aun así te pusiste a pelear. Mira lo grande que es Yun Jian. ¡Qué tonto eres!
Qing Yao acababa de llamar tonto a Enbo.
¡Qué enorme malentendido!
A ojos de los demás, Ye Enbo era como un elefante: parecía gentil y educado por fuera, pero poseía una memoria aterradora cuando se trataba de guardar rencor.
Sin embargo, en ese momento, a ojos de Qing Yao, Ye Enbo no era más que un perro grande y tonto que se le había pegado al cuerpo.
—Date la vuelta. ¿Cómo quieres que te quite la ropa así?
—Levanta los pies… Ahora el pantalón.
—¡Eres tan perezoso que hasta te daría flojera salir a tomar el sol!
Ye Enbo rio.
—Las serpientes no se quedan bajo el sol.
¡Solo era una metáfora!
¿Tenía que ponerse tan quisquilloso incluso con eso?
Durante los días en que Enbo no había regresado a la Isla Dorada, Qing Yao había esperado por él con la mirada perdida y una profunda sensación de soledad.
—No hay nadie más. Nadie. La señora Ye es la única.
—¿De verdad? —Qing Yao sonrió y se abrazó todavía más fuerte a Enbo.
—De verdad. Lo juro. Si le miento a la señora Ye sobre esto, me convertiré en un perro.
—Ya eres un perro —dijo Qing Yao entre risitas.
Pero, después de pensarlo un poco, volvió a preguntar:
—Entonces… ¿alguna vez lo besaste?
Una pregunta mortal.
Ye Enbo respondió:
—Desde que desperté, no.
En cuanto al pasado, quince años atrás…
Sí, había ocurrido.
En aquel entonces, sus sentimientos por Fu Chong habían llegado a su punto más intenso y ambos siempre buscaban estar cada vez más cerca el uno del otro.
—¡Hmph!
Qing Yao levantó la cabeza y volvió a morderlo.
Hasta las piernas que balanceaba parecían estar enfadadas.
—No te muevas tanto. Vas a caerte.
—¡Ojalá me caiga y me rompa algo! ¡Eres una desgracia!
Ye Qingyao sentía que él mismo se había buscado aquel disgusto.
¡No debería haber hecho esa pregunta adicional!
—La señora Ye está celosa. En un momento como este, ¿podría concentrarse un poco más en mí y preocuparse menos por los asuntos de otras personas? —dijo Ye Enbo, intentando consolarlo.
—¡Eres insoportable!
Qing Yao soltó una risa y se apartó hacia un lado.
Pensó que el Enbo de aquella noche debía de haberse contagiado de Yun Jian.
Se había vuelto completamente loco.
—Señora Ye, es usted muy adorable —susurró Enbo suavemente.
—¡Qué fastidio!
Qing Yao levantó la mano e intentó darle una bofetada.
Aquella noche, Qing Yao tuvo un sueño precioso.
Soñó que se casaba con Enbo sobre un mar dorado cuya superficie estaba completamente cubierta de perlas.
Qing Yao llevaba un traje blanco adornado con un hermoso broche de tulipán.
Enbo apareció entre las nubes y extendió la mano hacia él.
—Señora Ye, conviértase en mi perla. La amaré durante toda mi vida.
En sueños, Qing Yao sonrió.
Como si hubiera estado esperando aquel momento desde hacía muchísimo tiempo.