Manual de supervivencia de un joven Omega interestelar - Capítulo 9
- Home
- All novels
- Manual de supervivencia de un joven Omega interestelar
- Capítulo 9 - Peligros por todas partes
Estación Espacial Jiuxiang.
La primera nave espacial del día despegaba a las ocho y media. Aunque apenas eran las siete, frente a las máquinas expendedoras de boletos ya se habían formado largas filas de viajeros interestelares.
Lin Xin llevaba puesta la capucha y esperaba en silencio entre la multitud, con una porción de pasta nutritiva entre los labios, absorbiéndola lentamente.
Quizá hacer fila resultaba demasiado aburrido, porque la señora Omega que estaba delante de él comenzó a buscar conversación.
Con toda naturalidad, se volvió hacia Lin Xin.
—Jovencito, ¿viajas solo?
Lin Xin levantó ligeramente los ojos y la miró en silencio.
La señora ni siquiera esperó su respuesta antes de empezar a hablar sin parar.
—El universo es demasiado grande. ¡Solo para visitar a un familiar hay que pasar uno o dos meses viajando por el espacio! Mira a mi hija, por ejemplo. Se casó con un Alfa del Reino Zhuque y emigró al planeta Jingmu. Hace tres años que no la veo en persona. Ayer nos encontramos en el mundo virtual y me dijo que tuvo a su tercer hijo. No puede cuidar sola de los tres, así que quiere que vaya a ayudarla. Si estuviera en la Tierra, tomaría un vehículo flotante y ¡zas!, llegaría enseguida. Pero para ir a Jingmu tengo que pasar un mes entero en una nave. Dime tú, ¿no es agotador?
Lin Xin no sabía cómo responder.
Nunca se le había dado bien tratar con desconocidos.
Mucho menos con una señora tan conversadora como aquella. Si le seguía la charla, probablemente no terminaría ni en media hora.
Al ver que permanecía callado, una joven Beta que esperaba detrás de Lin Xin intervino:
—¡Claro que es agotador! Mi hermano está de intercambio en la Alianza Baihu. Hace casi medio año que no tenemos contacto y mi madre no deja de insistirme para que vaya a visitarlo.
La señora por fin había encontrado un alma afín.
Con Lin Xin en medio, comenzó a conversar animadamente con la joven Beta.
Desde las cosas más insignificantes de sus familias hasta cualquier tema que se les ocurriera, las dos hablaban sin parar, zumbando junto a los oídos de Lin Xin como dos abejas laboriosas.
Lin Xin apretó el envoltorio vacío de la pasta nutritiva y comenzó a plantearse si debería intercambiar su lugar con la joven Beta.
Mientras lo consideraba, la señora volvió a dirigir el tema hacia él.
—Jovencito, ¿a qué planeta vas? Si vamos por el mismo camino, ¿quieres acompañarnos?
—¿Tú también eres Beta? ¿Ya eres mayor de edad? —preguntó la joven desde atrás.
Atacado por ambos lados, Lin Xin no tuvo más remedio que responder:
—Ya soy mayor de edad. Voy a recorrer el universo. No tengo un destino concreto.
La capucha ocultaba gran parte de su rostro, impidiendo distinguir sus facciones.
Sin embargo, su voz limpia y cristalina era extremadamente agradable al oído.
Las dos mujeres mostraron expresiones de sorpresa al mismo tiempo.
—¡Ay, jovencito! ¡Qué bonita voz tienes! ¿No serás cantante?
—¡Guau! ¿Cantante? ¿En qué página haces transmisiones? ¡Dime tu ID para seguirte!
Lin Xin frunció el ceño.
Sacó una mascarilla negra del bolsillo de su sudadera y tosió suavemente un par de veces.
—Lo siento. Estoy un poco resfriado.
Aunque la medicina de aquella época estaba muy avanzada y la mayoría de las enfermedades difíciles ya tenían tratamiento, los virus de la gripe evolucionaban con enorme rapidez y continuaban afectando a los seres humanos.
En cuanto Lin Xin se puso la mascarilla, la señora y la joven Beta reaccionaron exactamente igual.
Ambas se alejaron un paso de él y perdieron inmediatamente las ganas de conversar.
Un resfriado y la fiebre no eran demasiado peligrosos.
Pero la congestión nasal, el goteo y el dolor de cabeza seguían siendo muy molestos.
El mundo quedó en silencio al instante.
Lin Xin dejó escapar discretamente un largo suspiro de alivio.
Media hora después, finalmente llegó el turno de la señora.
Compró un boleto para las diez y se dirigió con su equipaje hacia el control de seguridad.
Lin Xin se colocó frente a la máquina expendedora, pasó su identificador e ingresó al sistema de venta.
Su mirada se detuvo sobre el boleto de las ocho y media con destino al planeta Yihuo, en el Reino Zhuque.
Vaciló ligeramente.
De los cuatro países interestelares, el Reino Zhuque era el único donde los Omega gozaban de la posición social más alta.
La razón era que su gobernante era una mujer Omega.
Desde que había asumido el poder, las mujeres Omega habían recibido muchos más beneficios y garantías.
La señora de hacía un momento había contado que su hija, gracias a su excelente capacidad y elocuencia, trabajaba como abogada en el planeta Jingmu y había conseguido tanto prestigio como riqueza.
Un país que respetaba a las mujeres Omega probablemente tampoco discriminaría a un Omega masculino, ¿verdad?
Lin Xin apretó ligeramente los labios.
Pulsó 【Comprar】.
—¡Presidente Huang, la presa compró un boleto en la Estación Espacial Jiuxiang con destino al planeta Yihuo!
En la pantalla virtual, un hombre Alfa vestido con una gabardina negra informaba respetuosamente a su superior.
El señor Huang sostenía un puro entre los dedos.
Dio una calada tranquilamente mientras contemplaba el paisaje fuera del vehículo flotante y expulsó una bocanada de humo.
El sistema de filtración del vehículo se activó y absorbió rápidamente el humo.
—¿Estación Espacial Jiuxiang? Ja…
Soltó una risita.
La presa era bastante inteligente.
Había elegido deliberadamente la estación espacial más alejada de su casa.
Para cuando sus padres descubrieran adónde había ido, ya sería demasiado tarde para llegar y detenerlo.
Los separaban mil kilómetros.
Incluso utilizando el vehículo flotante más rápido, necesitarían cuatro horas para llegar.
Para entonces, Lin Xin ya habría abordado una nave espacial y abandonado la Tierra.
Lástima que la presa hubiera subestimado la identidad de su «prometido».
De cara al público, Huang era el presidente de una empresa que cotizaba en bolsa.
En secreto, era el mayor contrabandista del espacio interestelar.
Mantenía una estrecha colaboración con piratas espaciales, ayudándose mutuamente y obteniendo beneficios de aquella relación.
En veinte años había amasado una fortuna gigantesca.
Gracias a esa riqueza, tanto él como los piratas espaciales habían conseguido incontables beneficios y recursos en los distintos países.
Originalmente, Huang no tenía demasiado interés en los Omega masculinos.
Pero ¿qué razón había para rechazar una mercancía que había llegado por sí sola hasta sus manos?
Después de investigar más a fondo, aquel pequeño Omega masculino despertó enormemente su interés.
Un Omega cuya fuerza no era inferior a la de un Alfa era algo excepcional.
Sin duda, los dignatarios de los distintos países que acudieran a la casa de subastas del planeta An se volverían locos por él.
Cuanto mejores fueran los genes de un Omega, más poderosos serían los Alfas que pudiera engendrar.
Y los poderosos estaban dispuestos a recurrir a cualquier medio para conseguir Omega de alta calidad.
En cuanto a por qué Lin Xin poseía unos genes tan extraordinarios, el señor Huang había investigado especialmente el asunto.
Y había encontrado la respuesta.
La familia Lin era un gran clan originario de la Tierra.
De su rama principal habían surgido varios generales.
El más famoso había sido el almirante Dragón Negro, doscientos años atrás.
Su flota espacial había ampliado varias veces el territorio de la República del Dragón Azul.
Posteriormente murió en una batalla contra bestias alienígenas y pasó a ser venerado como un gran héroe inmortal.
Durante los dos siglos siguientes, la familia Lin había ido decayendo poco a poco.
En la actualidad, la rama principal apenas había producido un capitán, mientras que las ramas secundarias habían terminado convertidas en civiles comunes.
Los padres de Lin Xin pertenecían precisamente a una de aquellas ramas secundarias.
Sin la protección de la familia, no eran más que ciudadanos corrientes.
Pero los genes poderosos eran algo grabado en la sangre.
Si Lin Xin se hubiera diferenciado en Alfa, sus logros futuros quizá no habrían sido inferiores a los del almirante Dragón Negro.
Sin embargo, el destino había jugado con él.
Se había convertido en Omega.
Y unos padres ignorantes habían decidido renunciar a él.
—Envía más hombres. Tienen que capturarlo dentro de las próximas cuatro horas —ordenó el señor Huang.
—¡Sí, presidente Huang!
El subordinado terminó la videollamada y comenzó inmediatamente la operación de caza.
El señor Huang siguió fumando y ordenó al sistema inteligente del vehículo flotante modificar la ruta hacia la Estación Espacial Jiuxiang.
El pequeño Omega creía que su plan de fuga era perfecto.
Lo que no sabía era que la influencia de Huang Yunkun se extendía por toda la Tierra.
Con una sola llamada podía reunir hombres en muy poco tiempo y desplegarlos en la Estación Espacial Jiuxiang para cercar a su presa.
Si ya estaba en sus manos, ¿cómo iba a permitir que escapara tan fácilmente?
Tenía muchas ganas de ver qué expresión lastimosa mostraría el pequeño cuando volviera a encontrarse con él.
Huang apagó el puro contra el cenicero y llamó a un viejo amigo.
—Segundo jefe, voy a subir el precio.
—…
Después de comprar el boleto, Lin Xin se disponía a dirigirse al control de seguridad.
Al pasar frente a una pastelería, sus pasos se detuvieron involuntariamente.
Hoy era su cumpleaños.
En años anteriores, su madre siempre le preparaba un pastel.
Hoy estaba solo en una estación espacial, a punto de abandonar la Tierra para dirigirse a un planeta desconocido.
Con las manos metidas en los bolsillos del pantalón deportivo, el joven contempló aturdido los hermosos y delicados pasteles expuestos en la vitrina.
¿Por qué los padres de otras familias se preocupaban tanto por sus hijos?
Cuando aquella señora Omega hablaba de su hija, su voz rebosaba orgullo.
Aunque las separaban sistemas estelares enteros, estaba dispuesta a abordar una nave y viajar por el espacio para visitarla.
Sus propios padres, en cambio, se avergonzaban de él.
Habían ignorado sus deseos y lo habían utilizado como moneda de cambio para conseguir cuatro millones.
Podían llamarlo «regalo de compromiso» todo lo que quisieran.
En términos más crudos, ¡era simplemente el precio por venderlo!
El dinero les había cegado hasta tal punto que ni siquiera eran capaces de distinguir la extraña forma en que el señor Huang lo miraba.
En aquellos ojos llenos de cálculos e intenciones ocultas, ¿dónde había siquiera una pizca de afecto?
Cuando sus padres comenzaron a hablar de tener más hijos, Lin Xin finalmente lo comprendió.
Lo habían abandonado.
Cerró los puños.
Bajo la capucha, su expresión se ensombreció.
No estaba dispuesto a permitir que otros decidieran su destino.
Había sido obediente durante dieciocho años.
Y aquella era la única vez que se había rebelado.
Había escapado.
El experto le había dado esperanza.
Le había enseñado técnicas de combate y a utilizar su fuente mental, aumentando enormemente su porcentaje de victorias en las arenas.
En apenas diez días, Lin Xin había ganado un total de tres millones setecientas mil monedas interestelares en premios.
Había gastado un millón trescientas mil en todo lo necesario para marcharse.
Treinta mil en el boleto de la nave interestelar.
Y había reservado ciento setenta mil para gastos de manutención.
Le quedaban dos millones doscientas mil monedas.
Planeaba transferírselas a sus padres en cuanto la nave entrara en el espacio.
El matrimonio se había arruinado, por lo que tendrían que devolver al señor Huang el regalo de compromiso.
Los dos millones entregados al hospital ya no podían recuperarse.
Así que aquellos dos millones servirían para cubrir esa cantidad.
Los doscientos mil restantes, sumados a los ciento veinte mil que ya le había entregado anteriormente a su madre, daban un total de trescientos veinte mil.
Consideraría que con eso había pagado los gastos de sus diez años de estudios.
En cuanto al dinero que sus padres habían gastado en criarlo durante dieciocho años…
Se lo devolvería cuando ganara más en el futuro.
Lin Xin observó obstinadamente el pastel más grande de la vitrina.
Quizá su figura parecía demasiado solitaria, porque una empleada de la pastelería reparó en él.
—Hola, ¿quieres comprar un pastel?
La dulce voz de una mujer Omega sonó de repente.
Lin Xin volvió en sí y sus mejillas se calentaron ligeramente.
—Todos nuestros pasteles fueron preparados hoy. Tenemos grandes y pequeños. Puedes mirar y elegir el que quieras. Y si ninguno te gusta, también podemos prepararte uno personalizado.
La empleada sonrió amablemente y lo invitó a entrar.
Lin Xin se sintió tentado.
Observó los distintos pasteles expuestos y enseguida se fijó en uno de crema y fresas, apenas del tamaño de una palma.
La empleada notó su interés y se lo presentó:
—Este lleva una capa de chocolate por dentro. Es dulce, pero no empalaga. A los más jóvenes les encanta. Y no es caro, solo cuesta cincuenta monedas interestelares.
¿Cincuenta monedas?
Para una tienda situada dentro de una estación espacial, realmente no era caro.
Lin Xin decidió darse un pequeño gusto.
—Quiero uno.
—Claro.
La empleada actuó con rapidez.
Sacó el pastel, lo colocó en una bonita caja y la envolvió con una cinta.
—¿Necesitas velas? ¿Cuántos años cumples?
Lin Xin asintió.
—Dieciocho.
—Un momento.
La empleada se inclinó y sacó dos velas con forma de uno y ocho.
Las colocó en el compartimento de la parte superior de la caja.
Lin Xin pagó con su identificador y recibió el pastel de manos de la empleada.
—No te muevas.
Sin saber en qué momento había aparecido, un hombre alto estaba de pie detrás de él.
El desconocido bajó la voz para advertirle.
Al mismo tiempo, Lin Xin sintió un objeto duro presionándole la zona lumbar.
No necesitaba adivinar qué era.
Una pistola.
Las manos de Lin Xin temblaron.
Por poco dejó caer la caja del pastel.
La empleada mostró una expresión desconcertada y observó con sospecha al Alfa de la gabardina que se encontraba detrás del joven.
—Ven conmigo —ordenó nuevamente el hombre.
Lin Xin apretó la cinta de la caja.
Sin resistirse, permitió que el Alfa lo obligara a abandonar la pastelería.
El hombre caminaba pegado a él.
Para los transeúntes, simplemente parecían dos conocidos caminando juntos.
Les dirigían una mirada y enseguida perdían el interés.
Lin Xin tensó todos los músculos del cuerpo.
Una frialdad helada apareció en sus ojos.
—¿Quién te envió?
El Alfa de la gabardina respondió con desprecio:
—Eso no te incumbe. Sígueme obedientemente y no intentes hacer nada raro.
Presionó la pistola con más fuerza contra él y obligó a Lin Xin a avanzar hacia la salida de la estación espacial.
Lin Xin no mostró ninguna reacción.
Poco a poco liberó su poder mental y lo extendió por todo el cuerpo.
Cuando estaban a punto de llegar a la salida, dos agentes de patrulla aparecieron caminando de frente.
Lin Xin redujo el paso.
—¡No te detengas! —lo amenazó el Alfa.
Lin Xin se volvió de repente.
La caja del pastel golpeó con fuerza el rostro del hombre.
Aprovechando que lo había tomado desprevenido, lanzó una rápida patada giratoria contra su muñeca.
La pistola salió despedida de su mano.
¡Clac!
El arma cayó al suelo, completamente expuesta ante los dos agentes.
Los policías hicieron sonar inmediatamente sus silbatos.
Lin Xin no se detuvo ni un instante.
Salió disparado como una ráfaga de viento hacia la salida de la estación espacial.
El Alfa de la gabardina intentó perseguirlo.
Pero los dos agentes se abalanzaron sobre él y lo inmovilizaron contra el suelo.