Maestro del Debuff - Capítulo 945
Siegfried no trajo a Hamchi en esta aventura, y había una razón simple detrás de ello.
‘Es nuestro primer viaje juntos, así que debería ser solo entre nosotros dos.’
Ya que era la primera vez que él y Brunhilde iban a algún lugar juntos, no quería a un tercero estorbando.
Además, el Monte Amon no era tan alto como el Monte Kunlun, así que la subida no sería tan difícil para Siegfried y Brunhilde. Por eso, pensó que podrían tratarlo como un paseo tranquilo.
‘Y será un buen cambio de ritmo para ambos.’
Después de obtener los documentos secretos del imperio, Siegfried ya había decidido caminar por el Camino del Rey Supremo. Este viaje con Brunhilde era una forma de despejar su mente y sacudirse todos los pensamientos que lo agobiaban.
Siegfried llegó cerca del Monte Amon usando una puerta de teletransportación, y abordó un dirigible para la siguiente etapa del viaje.
Ahora bien, había una razón por la que no usó el Hurracan, su superdirigible.
El Hurracan fue un juguete que el Señor Dragón Gerog construyó por aburrimiento, pero estaba equipado con tecnología de punta muy por encima de los estándares humanos. En otras palabras, era una aeronave de última generación, muy superior a cualquier otro dirigible moderno.
El Hurracan estaba siendo desmantelado en ese momento como parte del proyecto de investigación y desarrollo del Reino Proatine para su nueva generación de acorazados.
Esa nueva generación sería una fusión entre el Hurracan, la Flota de Hierro y la Armada Invencible del Imperio Marchioni.
Una vez completado, se convertiría en el acorazado más temible del mundo, y si se producía en cantidad suficiente, sin duda se transformaría en la armada más poderosa.
Pero…
‘Tengo un mal presentimiento sobre esto…’
Siegfried no podía deshacerse de esa inquietud mientras estaba sentado en el viejo dirigible civil. Sus ojos miraban nerviosamente a su alrededor mientras se retorcía en su asiento. La nave estaba hecha de madera, con clavos faltantes en varios lugares y grietas visibles por todas partes.
Click, click, cliiiick…
Para colmo, el motor era tan viejo que vibraba violentamente y hacía un sonido metálico constante.
Desde su perspectiva, esa nave podía estrellarse en cualquier momento.
—¿Qué ocurre, querido? ¿Te sientes mal? —preguntó Brunhilde al verlo tan inquieto.
Siegfried dudó antes de responder:
—Ah, bueno… verás… es que tengo malas experiencias con los dirigibles.
—¿Eh?
—Siempre terminan estrellándose cuando me subo a uno. Jajaja… ja…
Si tenía una maldición, sin duda era esa.
Cada vez que abordaba un dirigible civil, algo salía mal.
Lo habría tomado como coincidencia si solo hubiera pasado una o dos veces, pero ya había ocurrido tantas veces que era normal que sintiera ansiedad cada vez que subía a uno.
—Todo está bien, querido. Estoy contigo —dijo Brunhilde con una sonrisa cálida mientras le tomaba la mano con firmeza.
—Jeje…
—Y además, ¿ya puedes volar, no?
—Bueno, sí, eso es cierto.
—No pasará nada.
Con su traje de alas Alas del Cuervo Negro +10, Siegfried tenía garantizada la supervivencia incluso si el dirigible se estrellaba.
‘Sí, ¿qué tan probable es que vuelva a pasar algo?’
Tratando de tranquilizarse, Siegfried le apretó la mano de vuelta a Brunhilde y se esforzó por calmar sus nervios.
Diez minutos después…
Vroooom…
El viejo motor rugió como si fuera a explotar en cualquier momento. A pesar de eso, el dirigible se elevó alto en el cielo y se dirigió al Monte Amon.
—Es muy agradable viajar así —dijo Brunhilde con una sonrisa.
—Estoy de acuerdo —respondió Siegfried con una sonrisa también.
Verla tan relajada después de tanto tiempo lo alegraba. Había estado tan agotada por criar a su hija y encargarse del reino que este viaje era un descanso muy necesario para ella.
—¿Qué te parece si vamos a algún lugar después de que todo esto termine? —preguntó Siegfried.
—¿En serio?
—Nunca tuvimos una luna de miel, ¿cierto? Así que estaba pensando que tal vez podríamos—
En ese momento…
Creak…
La puerta de la cabina se abrió y un hombre con uniforme de capitán salió.
—Damas y caballeros, seré su capitán hoy.
—¿¡H-Hiiiiik!? —chilló Siegfried como si acabara de ver un fantasma.
¿Por qué?
Todo era porque—
—¡¿T-Tú qué haces aquí?! —
El hombre frente a él, el capitán del dirigible, no era otro que Alfred, el mismo que había causado su fobia a los dirigibles desde un principio.
¿Quién era el Capitán Alfred?
Para responder esa pregunta, hay que volver en el tiempo.
Todo comenzó hace dos años y medio, cuando Siegfried acababa de obtener su clase, el Maestro del Debuff.
En aquel entonces, abordó un dirigible en busca del legado del herrero legendario, Herbert.
Apenas unas horas después de despegar… la nave se estrelló.
¿La razón?
El capitán había gastado todo el presupuesto de mantenimiento para pagar sus deudas personales.
Como resultado, Siegfried aterrizó forzosamente en una isla donde se celebraba el Torneo de Supervivencia Más Grande del Mundo. Por suerte, ganó el torneo y eso eventualmente lo llevó a convertirse en el gobernante del Reino Proatine.
El capitán de ese dirigible era nada más y nada menos que Alfred, el mismo hombre que ahora estaba frente a Siegfried.
En cierto modo, Alfred fue quien lo puso en camino para convertirse en rey.
Aunque no fue intencional.
—¿Lo conoces, querido? —preguntó Brunhilde.
—¡Tenemos que bajarnos! ¡Ahora mismo! —gritó Siegfried con desesperación.
—¿Eh?
—¡Ese tipo es un desastre andante! ¡Este dirigible definitivamente se va a estrellar!
Y justo entonces…
—¿Qué demonios…? ¿No eres ese escuincle de hace tiempo? —preguntó Alfred, entrecerrando los ojos al reconocer a Siegfried—. ¡Vaya, sigues con vida! Qué aguante tienes, chamaco.
—¡¿Qué dijiste, viejo borracho?! —gruñó Siegfried, enseñando los dientes.
En ese momento…
Sniff… sniff… sniff…
Siegfried arrugó la nariz al percibir un hedor que lo golpeó como un gancho en la cara. Era una mezcla repugnante de cigarro, alcohol y sudor que emanaba de Alfred. Era como si soltara una aura tóxica.
Miró más de cerca y notó que la nariz de Alfred estaba enrojecida: una clara señal de embriaguez.
—Espera… ¿¡Estás borracho!?
La cara de Siegfried se volvió blanca como el papel.
Al menos la vez pasada, Alfred no estaba bebiendo en servicio.
¿Pero ahora iba a pilotar estando ebrio?
—¡¿Estás loco?! ¡Eres el capitán! ¿¡Cómo se te ocurre volar borracho!? —gritó Siegfried.
—¿Y qué? ¿Miedoso? ¡Hic! Llevo veintidós años en esto. ¿Y sabes qué? ¡Cero accidentes en esos veintidós años! ¡Un historial limpio!
—¡¿Historial limpio mis huevos?! ¡Te estrellaste la última vez que volé contigo!
—Oh, cierto… ¡Jejeje, me atrapaste! ¡Bwahaha!
—¡T-Tú…! —Siegfried tartamudeó de rabia.
Su barra de ira se llenó al máximo y estaba a punto de lanzarse sobre el viejo piloto cuando…
—Todo está bien, querido. Podemos volar si es necesario —dijo Brunhilde, jalándolo para que no lo golpeara.
—Ugh… está bien…
A regañadientes, Siegfried respiró hondo y se obligó a calmarse.
—¿Pero qué pasó? —preguntó Brunhilde.
—Bueno… —Siegfried le explicó su desafortunado encuentro con el viejo piloto borracho.
—Ya veo… pero si lo piensas desde otra perspectiva, ¿no fue una bendición disfrazada?
—¿Eh?
—Si no hubiera despilfarrado el dinero y estrellado la nave, nunca habrías terminado en el Reino Proatine, ¿cierto? Y sin eso, no te habrías convertido en rey.
—Cierto…
—Y no nos habríamos conocido ni casado.
—Jeje… viéndolo así, supongo que sí.
—¿Ves? Intenta pensar positivo, querido. No es como si fuéramos a estrellarnos otra vez o—
¡BOOM!
Una explosión ensordecedora sacudió el dirigible.
—¡¿OTRA VEZ?! —gritó Siegfried con furia. Luego dijo rápidamente—: ¡Tenemos que salir de aquí, ya!
—¡O-Ok!
Desafortunadamente, la explosión no fue por una falla en el motor.
¡Shwoooong… boom!
Un objeto no identificado había impactado contra el dirigible.
Lo siguiente que Siegfried supo fue—
—¿H-Huh…?
La nave explotó en pedazos justo frente a sus ojos, y luego perdió el conocimiento.
[¡Alerta: Estado alterado!]
[¡Has quedado inconsciente!]
El dirigible había sido derribado.
Algo —o alguien— lo había atacado.
Su visión se tornó completamente negra.
[¡Alerta: Estado alterado!]
[¡Recobrarás la conciencia en 5 horas, 59 minutos y 53 segundos!]
[5:59:52… 5:59:51… 5:59:50…]
[¡Tu estado de supervivencia será revelado cuando se levante el estado alterado!]
[¡Reza para que tu personaje no esté muerto!]
Han Tae-Sung se quedó paralizado dentro de su cápsula de RV, mirando fijamente la notificación en la pantalla negra.
—Ah…
Justo cuando pensó que había roto la maldición, el dirigible explotó sin razón aparente. Parecía que su historial maldito con dirigibles civiles estaba lejos de terminar.
—Esto es una locura…
Pero lo que más lo frustraba no era eso…
Podía aceptar la penalización por muerte y reaparecer si Siegfried había muerto.
¿Pero Brunhilde?
Ella no era una aventurera. Era una NPC.
—Por favor… que esté bien… —Tae-Sung rezaba con todo su corazón.
Perder a Brunhilde en un accidente como ese era algo que no podía siquiera imaginar.
—Por favor… que esté a salvo…
Incapaz de hacer nada, Tae-Sung permaneció atrapado dentro de la cápsula, esperando ansiosamente que el contador terminara.
El tiempo avanzaba a paso de tortuga, como si se burlara de él.
[¡Alerta: 3 segundos restantes!]
[2 segundos… 1 segundo…]
La visión completamente negra de Siegfried comenzó a aclararse lentamente.
[¡Has recuperado la conciencia!]
[Faldas del Monte Amon: Aldea de los Dragonkin]
Una notificación con su ubicación actual apareció frente a sus ojos en cuanto recuperó la visión.
—¿Qué demonios…? —murmuró Siegfried, incorporándose.
Entonces, una voz le preguntó:
—¿Estás despierto?
Siegfried levantó la vista y vio un par de ojos dorados con pupilas rasgadas mirándolo desde arriba.
—¡…!
Siegfried se sobresaltó. Rápidamente abrió su Inventario y sacó su Empuñadura del Vencedor +16, preparado para atacar si el Dragonkin se movía en falso.
—No hay necesidad de tanta hostilidad, humano. Estabas inconsciente en el bosque, así que simplemente te traje aquí —dijo el Dragonkin con una sonrisa.
—Ah… —Siegfried murmuró al darse cuenta de que no era enemigo. Bajó la guardia y guardó el arma.
Poner su arma sin asegurarse de la situación era un riesgo.
Pero Siegfried no tenía problema.
¿Por qué?
Porque sabía que podía defenderse incluso sin arma.
El Rey Leonid lo había entrenado en combate cuerpo a cuerpo, así que podía desatar un poder devastador con sus propias manos.
—¿Dónde estoy? —preguntó Siegfried.
—En nuestra aldea.
—Ya veo… gracias por salvarme, pero—
—¿…?
—¿Hubo sobrevivientes?
Para Siegfried, la seguridad de Brunhilde era lo más importante. Lo único que tenía en mente ahora era asegurarse de que estuviera bien.
—Sí, hubo uno.
—¡…!
—Aterrizó no muy lejos de donde estabas tú.
El Dragonkin señaló justo al lado de donde Siegfried había estado recostado.
Siegfried miró rápidamente, rezando: ‘¡Por favor…!’
Irrónicamente, la realidad tenía un cruel sentido del humor.
Zzz… ZzzZz… ZzzZz…
Tirado en el suelo y roncando como motosierra estaba nada más y nada menos que el Capitán Alfred. Por el apestoso hedor a alcohol que salía de él, era evidente que no se había desmayado por el accidente.
‘¿¡Estás bromeando!? ¿¡Por qué este desgraciado tiene tanta suerte!?’
Siegfried rugía por dentro.
Pero su ira duró apenas un segundo…
—¿Hubo más sobrevivientes? ¿Encontraron a alguien más? —preguntó rápidamente.
—No. No hallamos a nadie más aparte de ustedes dos. Descubrimos los restos de un dirigible, así que sin duda se estrelló —respondió el Dragonkin.
—Lo sabía…
—No encontramos más sobrevivientes, pero tampoco hallamos cadáveres. Así que quien sea que estás buscando… podría seguir con vida.
—Maldición…
Siegfried se puso de pie de inmediato y se dirigió a la salida.
‘Tengo que encontrarla. Ella no está muerta. ¡No puede estar muerta!’
En ese momento, solo pensaba en una cosa: Brunhilde. Tenía que encontrarla a toda costa, y no iba a perder ni un segundo más sin hacer nada.
—Espera —lo detuvo el Dragonkin.
—Tengo que ir a buscarla.
—No sé a quién estás buscando, pero no puedes salir de la aldea por ahora. Así que quédate aquí y espera un poco.
—¿Qué quieres decir con eso? ¿Por qué no?
—Los ángeles están allá afuera.
—¿Eh?
Siegfried no esperaba que esas fueran las siguientes palabras del Dragonkin.
—¿Qué dijiste?
—Nuestro hogar, el Monte Amon, ha caído bajo el control de los ángeles. Si andas por ahí, te matarán al instante.