Maestro del Debuff - Capítulo 1126

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Michele estaba sinceramente impactado de lo rápido que Siegfried había armado un plan detallado para manejar a los refugiados que se aproximaban.

Dicen que el puesto hace al hombre… supongo que es cierto. De veras piensa de otra manera ahora.

Recordó la primera vez que se conocieron.

En ese entonces, Siegfried era un completo novato en política. No entendía absolutamente nada de política.

Era un guerrero, de pies a cabeza. Vivía y respiraba el campo de batalla; definitivamente no era alguien apto para gobernar.

Pero Siegfried von Proa había cambiado drásticamente, ¿y ahora?

¿Quién diría que iba a soltar una política así de fácil, como si nada…?

—Oye, ¿por qué me estás viendo así? —gruñó Siegfried.

—¿E-eh?

—¿Por qué me miras de esa manera?

—N-No es nada, sire.

—¿Nada? Sí, cómo no —se burló Siegfried. Luego entrecerró los ojos con sospecha—. Oye, tú…

—¿S-Sí, sire?

—Estás pensando que me volví más listo, ¿verdad?

—¡E-eso…!

—No esperabas que yo dijera todo eso. Por eso te quedaste tan sorprendido de que un tipo como yo se sacara algo así de la manga, ¿no?

—¡N-No! ¡Para nada!

—¡Sí, cómo no! ¿Me crees idiota? —rugió Siegfried. Luego frunció el ceño y dijo—. ¿Crees que no puedo adivinar lo que estás pensando nomás con ver cómo se te mueven los ojos? ¿¡Ah?!

—¡H-Hiiiik!

—¿Has oído hablar de leer el lenguaje corporal?

—¿P-Perdón…?

—Puedo verte por dentro si quisiera.

—¡A-Ajem! ¡Ajem!

Michele empezó a carraspear, haciendo todo lo posible por evitar la mirada asesina de Siegfried.

—¿Me estás… carraspeando en la cara ahorita?

—¡N-No, sire! ¡De repente me dio comezón en la garganta!

—Y a mi martillo también le está dando comezón. Aguas, mocoso.

—Y-yo… no… no entiendo bien…

—Déjalo así —dijo Siegfried con una sonrisa ladeada. Luego, con un tono más suave, agregó—. En fin, sé que estás hasta el cuello con la reconstrucción de la posguerra, pero asegúrate de cuidarte también.

—Su gracia es inconmensurable, sire.

—Y empieza a preparar la celebración. Al final es una victoria. Mucha gente pasó por el infierno en esta guerra, así que tendremos que repartir muchas recompensas.

—Como ordene.

—Por lo menos parece que por fin se va a calmar todo un poco.

Fue entonces.

—¡Su Majestad Imperial!

Una voz llegó desde fuera de la sala.

—El Arcángel Principal Michael solicita audiencia.

—…¿Eh? —murmuró Siegfried, parpadeando sorprendido.

No esperaba que Michael, quien ya había regresado al Reino Celestial, apareciera de nuevo tan pronto.

—Déjenlo pasar.

—Como ordene, sire.

Momentos después, Michael entró. Parecía un humano común: no tenía alas ni un aura divina irradiando de él. Era lógico, ya que ningún ángel podía descender al Reino Medio con todo su poder sin que existiera una Puerta Celestial abierta.

Michael tampoco podía descender con ni una pizca de su poder, así que había tomado la forma de un humano normal.

—Bienvenido, Michael —lo recibió Siegfried con calidez.

—Hola, Siegfried. ¿Cómo has estado? —respondió Michael con una sonrisa.

—De maravilla. Pero… ni siquiera ha pasado tanto, ¿no? ¿Qué, seis días?

—¡Jajaja! Supongo que tienes razón.

—¿Ya me extrañabas? —bromeó Siegfried. Luego añadió—. Me imagino que el Reino Celestial debe estar hecho un desastre. Seguramente no has parado de un lado a otro.

—Sí, el Reino Celestial está en ruinas. Tomará cientos de años restaurarlo por completo. Pero está bien; mis hermanos han vuelto a ser como antes, así que reconstruiremos nuestro hogar poco a poco, con firmeza.

—Me da gusto escuchar eso. ¡Jajajaja!

—Pero, Siegfried… hay algo urgente que necesito discutir— —dijo Michael, cambiando de pronto a un tono serio.

—Alto. No. Ni lo digas —lo cortó Siegfried.

—…¿Perdón? —murmuró Michael, parpadeando, tomado por sorpresa ante tanta brusquedad.

—No. Simplemente no. No quiero escucharlo —dijo Siegfried, levantándose de inmediato y tratando de irse.

—¡Siegfried! ¡Por favor! ¡Solo déjame explicar—

—¡La la la~ no te oigo! ¡La la la la la!

Siegfried se tapó los oídos con los dedos y se negó a escuchar.

¡No! ¡Otra vez no! ¡Ni de broma!

Con solo ver la reacción de Michael, ya podía decir que algo enorme había pasado otra vez.

Y él no iba a aceptar eso.

El continente apenas estaba empezando a estabilizarse, y lo último que quería era que lo arrastraran a otro incidente monstruoso sin siquiera poder disfrutar el descansito que por fin había conseguido.

—Sé que debes estar muy cansado, Siegfried. Lo entiendo… —dijo Michael, mirándolo como si le diera lástima.

—¡No! ¡No escucho!

—Sí, sé que ya has sufrido suficiente, Siegfried. Ya no debería molestarte… no estaría bien que lo hiciera.

—No escucho~ Lalala~

—Supongo que tendremos que resolver esto con nuestra propia fuerza. Al parecer nos toca solos recapturar a los monstruos antiguos que escaparon del Purgatorio… —dijo Michael, moqueando con ojos llorosos.

—…

Siegfried se quedó sin palabras. No esperaba que Michael, precisamente Michael, sacara la carta de la lástima. El Arcángel Principal se veía tan miserable… como un perrito empapado bajo la lluvia.

Maldita sea… así que hasta alguien tan noble y puro como él puede recurrir a un truco sucio cuando está desesperado… ¿Qué demonios aprendió durante su estancia aquí? pensó Siegfried, negando con la cabeza.

Estaba impactado por lo que el Reino Medio le había hecho al arcángel.

Irónicamente, quien le había enseñado esas cosas a Michael no era otro que el mismo Siegfried. Pero, por supuesto, él ni en cuenta.

Siegfried realmente no quería escuchar lo que fuera que saliera de la boca de Michael, pero cedió y decidió oírlo, aunque fuera un poco; al final, tampoco podía ignorarlo para siempre.

—Entonces… ¿los monstruos antiguos escaparon del Purgatorio, la Prisión Celestial?

—Sí, eso es correcto, Siegfried. Es una situación grave —respondió Michael con solemnidad.

—Bueno, ¿no pueden simplemente reunirlos y regresarlos ahí?

—Ese es el problema… Los monstruos sellados en el Purgatorio son tan aterradores como las Cuatro Apocalipsis que derrotaste antes. Hay una razón por la que ni siquiera nosotros pudimos destruirlos en el pasado; lo único que pudimos hacer fue sellarlos en la Prisión Celestial.

—¿Qué? ¿De verdad son así de peligrosos?

—Sí. Son extremadamente peligrosos.

—¿Ni siquiera tú puedes matarlos, Michael?

—No, Siegfried. No puedo controlarlos ni derrotarlos, incluso si usara todo mi poder como Arcángel Principal.

—Carajo…

—Si ni siquiera alguien tan poderoso como Lucifer pudo con ellos y solo logró sellarlos en el Purgatorio, eso debería decirte todo sobre lo aterradores que son, ¿no?

—Sí… eso está muy, muy mal… —murmuró Siegfried, haciendo una mueca. Luego preguntó—. ¿Y ahora qué? ¿Están haciendo destrozos en el Reino Celestial? Espera… pero si eso fuera así, tú no estarías aquí en persona, ¿verdad? No… no me digas que… no es eso, ¿verdad? Dime que lo que estoy pensando está mal…

—…

—Por favor, dime que estoy equivocado, Michael.

—…Lo siento —dijo Michael, bajando la cabeza. Luego explicó—. Parece que los monstruos antiguos que escaparon… han huido al Reino Medio. De verdad me disculpo por volver a cargarte esto…

—…

—De verdad lo siento…

—…

—¿Siegfried…? —Michael notó que algo andaba mal con la expresión de Siegfried.

¡TUMP…!

—¿S-Siegfried?

—¡Suéltame! ¡Dije que me sueltes!

—¡No! ¡No debes, Siegfried!

—¡Te juro que me voy a aventar por esa ventana!

—¡Siegfried!

Michael tuvo que batallar diez minutos enteros para evitar que Siegfried se aventara por la ventana.

Diez minutos después…

—Entonces lo que me estás diciendo es… ¿que el Reino Medio va a volver a convertirse en una zona de guerra?

—Sí.

—¿Ni siquiera ha pasado una semana desde que detuvimos la invasión?

—…Así es.

—Ay, mi pinche mala suerte… —gimió Siegfried.

Al menos durante el incidente anterior pudo aguantar gracias a su poder de transformación, pero ese poder ya no existía.

En otras palabras, ahora tenía que pelear usando solo su propia fuerza contra monstruos antiguos que ni Michael ni Lucifer podían derrotar.

—Debe haber una forma… pero ¿cómo…? —murmuró Siegfried, con la mirada vacía.

—Mis hermanos y yo haremos todo lo que podamos para ayudar —dijo Michael, mezclando culpa con determinación.

—Sé que lo harás —asintió Siegfried.

Nunca dudó de la sinceridad de Michael.

Lamentablemente, eso no cambiaba el hecho de que la situación era sumamente sombría.

Antes de que los ángeles caídos invadieran el continente, hubo señales de advertencia, profecías e incluso presagios. Eso le dio a Siegfried y a los demás bastante tiempo para prepararse, y además contaban con Michael guiándolos en todo.

¿Pero ahora?

Lo único que sabían era que los monstruos antiguos habían escapado del Purgatorio y estaban en algún lugar del Reino Medio, y ya.

Iban a entrar a ciegas, lo que volvía todo aún peor.

—Los monstruos antiguos sellados en el Purgatorio son criaturas del amanecer de la creación. Tendrás que prepararte por completo para los horrores que enfrentarás, Siegfried —advirtió Michael, con voz grave.

Apenas terminó de hablar…

¡Ding!

Una notificación apareció frente a los ojos de Siegfried.

[Alerta: ¡Se ha desbloqueado un nuevo escenario!]

[Alerta: ¡Uno de los escenarios principales de Brave New World, el Legado del Creador, ha comenzado!]

El tercer escenario principal del juego—después del Culto del Caos y la Guerra Santa—por fin se había desbloqueado.

Era natural que Siegfried, el protagonista principal del juego, fuera el primero en desbloquear el siguiente escenario principal.

¿“Legado del Creador”? ¿Qué clase de escenario se supone que es este? se preguntó.

Lamentablemente, no tenía forma de saberlo por ahora. Así que decidió concentrarse en lo que tenía enfrente: la recuperación de la posguerra.

—Está bien, ya entendí. Haré lo que pueda para detener esto —dijo Siegfried.

—Te estaré eternamente agradecido, Siegfried —dijo Michael, inclinando la cabeza.

—Oye, no lo menciones. Esto no es culpa tuya.

—Aun así, me avergüenza.

—De verdad, está bien. Por ahora, concéntrate en reconstruir el Reino Celestial mientras yo veo qué hacer aquí en el Reino Medio.

—De acuerdo…

Con eso, Michael volvió al Reino Celestial después de advertir a Siegfried.

Hamchi levantó la vista hacia Siegfried con ojos preocupados.

—¡Kyuuu! ¿Es otro desastre, dueño mocoso? ¿Por qué nunca hay un día tranquilo en este mundo?

—Ni me digas —respondió Siegfried, suspirando. Luego agregó—. Y justo cuando la campaña contra la Raza Coral todavía sigue…

El Imperio Marchioni seguía enfrascado en una guerra feroz contra la Raza Coral.

Por suerte, el Emperador Stuttgart se dio cuenta de que pelear contra los invasores alienígenas sería inevitable, y decidió adelantarse lanzando una campaña de contraataque hacia el planeta de ellos.

Eso resultó ser una decisión extremadamente sabia, ya que el campo de batalla se trasladó del continente al planeta natal de la Raza Coral.

Sí, les costaría una fortuna y muchas vidas, pero al menos el continente no quedaría devastado por la guerra.

Dicen que la mejor guerra es la que ocurre en el territorio de otro.

Incluso el Imperio Proatine rara vez peleó guerras en sus propias tierras desde su fundación, y eso fue una parte enorme de su ascenso al poder.

Preservar la infraestructura nacional y las tierras de cultivo era crucial para el crecimiento de una nación, y evitar guerras dentro del propio territorio era clave.

El Emperador Stuttgart está peleando su propia batalla para proteger al mundo, así que eso significa que yo tengo mi propio papel… pero no esperaba que fuera pelear contra monstruos antiguos escapados del Purgatorio, carajo…

Mientras Siegfried pensaba eso…

—Su Majestad Imperial.

Michele, que se había retirado brevemente, regresó con un informe.

—El Emperador Stuttgart ha emitido un edicto imperial.

—¿Eh? ¿De qué se trata?

—¿Desea leerlo? Bueno, no dice gran cosa.

—¿Qué dice?

—El Emperador Stuttgart lo está convocando.

—…¿A mí?

—Sí, Su Majestad Imperial.

—¿Cuándo?

—Pide que vaya al palacio imperial del Imperio Marchioni tan pronto como su agenda se lo permita.

—¿En serio? Entonces iré ahora.

—Una decisión sabia, sire.

—¿Eh? ¿Por qué sería una decisión sabia? Solo voy porque me llamó y estoy libre ahorita.

Michele sonrió levemente y respondió:

—Es lo más inteligente que puede hacer en este momento, sire. Bajar la cabeza y mostrar sumisión absoluta ante el Emperador Stuttgart.

—¿Eh? ¿Y eso qué? ¿De dónde salió de repente?

—No es repentino en absoluto, sire —respondió Michele, negando con la cabeza.

—¿A qué te refieres…?

Michele suspiró, como si no pudiera creer que le hicieran esa pregunta, y respondió con otra:

—¿Quién cree usted que es la mayor amenaza para el Emperador Stuttgart en este momento?

—Bueno, obviamente, el líder de esos Coral—

—No, Su Majestad Imperial.

—¿Eh?

—Es usted.

—…¿Qué?

—La persona número uno a la que el Emperador Stuttgart le pondrá el ojo no es otra que usted, Su Majestad Imperial.

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