Maestro del Debuff - Capítulo 1099
Belial era fuerte.
Como era de esperarse del demonio más poderoso del Reino Demoníaco, Belial no solo bloqueaba cada uno de los feroces ataques de Siegfried, sino que incluso contraatacaba mientras se defendía.
‘¿Así es como se ve un verdadero señor demonio…?’, pensó Siegfried, genuinamente impactado.
No esperaba que Belial fuera tan fuerte.
Cada uno de sus ataques de hace un momento estaba potenciado con Temblor Aplastante, y aun así Belial bloqueó la mayoría. Incluso los golpes que lograron colarse y alcanzarlo no le hicieron un daño significativo.
Eso demostraba lo resistente que era Belial y lo excepcional de su defensa.
¡Whoosh!
¡Kwachik!
Belial atrapó la Garra del Vencedor +16 con la mano desnuda, sonrió y preguntó con burla:
—¿Eso es todo lo que tienes, Siegfried von Proa?
—…¡!
Siegfried se quedó helado.
Belial había atrapado con la mano desnuda la Garra del Vencedor +16 imbuida con Temblor Aplastante. Si hubiera sido cualquier otro, le habría volado el brazo.
Pero Belial ni siquiera se inmutó.
—Eres bastante fuerte para ser un señor demonio, te lo concedo —dijo Belial, sonando impresionado. Luego mostró una sonrisa y añadió—, pero te faltan diez mil años si quieres desafiarme.
—¡Ugh…! ¡Maldita sea…! —Siegfried apretó los dientes e intentó recuperar su arma.
—Tengo una propuesta para ti —dijo Belial con indiferencia—. Conviértete en mi mano derecha.
—…¿Qué?
—Si tú y Metatron se convierten en mi mano derecha y mi mano izquierda, solo sería cuestión de tiempo antes de que gobierne todo el Reino Demoníaco.
Belial no se equivocaba. Si tanto Siegfried como Metatron apoyaban a Belial, los conflictos internos que estaban por estallar en el reino se apagarían antes de siquiera encenderse.
Pero Siegfried no tenía la menor intención de respaldarlo.
¿Por qué?
Porque sus posiciones eran demasiado distintas.
Belial era un demonio de sangre pura, de linaje noble, así que era obvio que en cuanto tomara el control del Reino Demoníaco pondría la mira en el Reino Medio.
En cambio, Siegfried era un emperador del Reino Medio que, por circunstancias, se convirtió en señor demonio. No solo no tenía interés en conquistar el Reino Demoníaco, sino que además era claro que se inclinaba hacia el Reino Medio.
—Tienes un gran potencial, Siegfried von Proa. Conviértete en mi espada y ayúdame a gobernar el Reino Demoníaco. Y más allá de eso, el Reino Celestial y el Reino Me—
—No.
—…¿Qué?
—¿Cómo demonios va a servir un tigre a un perro callejero?
¡Whoosh! ¡Wham!
Siegfried giró en el aire y lanzó una patada que se estrelló contra el costado de la cabeza de Belial.
—¡Gurgh!
Belial fue tomado por sorpresa y salió disparado por el impacto.
—Ya deja de hablar y regresemos a lo bueno —dijo Siegfried con una sonrisa burlona.
Rechazó la oferta de Belial sin dudar ni un segundo y volvió a prepararse para el combate. Sin embargo, un escalofrío le recorrió la espalda.
‘Esto no va a estar fácil. No creo que pueda ganarle así nada más.’
¿Por qué?
Porque sabía que habría muerto desde hace rato si no fuera por los efectos de su título, “Cazador de Señores Demonio”.
Belial era así de poderoso. Tan fuerte que Siegfried no podía garantizar la victoria. Aun así…
‘Voy a ganar.’
Siegfried no dejó que el miedo se le metiera en la cabeza. Al contrario: su determinación ardió todavía más. Juró derribar con sus propias manos al demonio más fuerte del Reino Demoníaco.
Los quinientos mil soldados mejorados con estimulantes de combate alcanzaron a las Fuerzas Aliadas en un abrir y cerrar de ojos.
Las Fuerzas Aliadas se replegaron apresuradamente dentro de la Última Fortaleza. Fortificaron las defensas y se prepararon para el asedio inevitable.
Así, el plan original se hizo pedazos por culpa de los estimulantes de combate.
—¿Por qué justo ahora, durante la ausencia de Su Majestad Imperial…? —murmuró Hansen, mordiéndose con fuerza el labio inferior mientras observaba a lo lejos a las tropas de la Santa Alianza arremolinándose alrededor de la Última Fortaleza.
¡Thud! ¡Thud! ¡Thud!
Un ejército de medio millón marchaba al unísono.
El sonido de sus botas era tan ensordecedor que el propio cañón temblaba.
Pero eso no era todo…
Esa primera oleada de quinientos mil llegó primero por su velocidad de marcha antinatural, pero detrás venían otros quinientos mil avanzando con paso firme.
En una situación así, lo que más necesitaban era una fuerza capaz de compensar la abrumadora desventaja numérica: un Maestro o superior.
Sin embargo, el guerrero más poderoso de las Fuerzas Aliadas, Siegfried, no estaba por ningún lado. Era dolorosamente obvio que esta batalla sería cuesta arriba para las Fuerzas Aliadas.
—No se preocupe, mayor Hansen. Nuestras fuerzas no caerán. A partir de aquí, pongamos nuestra fe en nuestros soldados —dijo Oscar, tranquilizándolo.
Hansen, claramente tenso, se mordió los labios y respondió:
—Sí… lo haré…
Animado por las palabras de Oscar, eligió observar cómo se desarrollaba la batalla.
Ya no había nada más que pudiera hacer ahora que habían llegado a este punto. Había hecho todo lo posible como estratega, así que de aquí en adelante el resultado descansaba únicamente en manos de las tropas.
Unas horas después, llegó el grueso del ejército de la Santa Alianza.
—¡Valientes guerreros de la Santa Alianza! ¡Aplasten a esos herejes!
La Santa Alianza por fin atacó, poniendo sitio a la Última Fortaleza.
¡Thud! ¡Thud! ¡Thud!
El rugido atronador de un millón de soldados cargando al frente sonó como si se desatara una calamidad natural, y la espesa nube de polvo que levantaron solo hizo que la carga se viera aún más aterradora.
Desde lo alto de la muralla de la Última Fortaleza, Oscar rugió:
—¡Todas las unidades! ¡Prepárense para la batalla!
—¡Prepárense para la batalla!
—¡Prepárense para la batalla!
—¡Prepárense para la batalla!
Los soldados de las Fuerzas Aliadas repitieron su orden al unísono.
‘No vamos a caer aquí’, pensó Oscar, negándose a retroceder ante aquella situación sombría.
Sí, todo se veía terrible. Sin embargo, las Fuerzas Aliadas eran fuertes, y ella creía que no se derrumbarían solo por estar en desventaja numérica. Tenía fe en el poder militar que el Imperio Proatine había construido a lo largo de los años.
Creía que no era un ejército frágil, de esos que se desmoronan de un día para otro.
Aproximadamente cinco minutos después…
—¡Acaben con los herejes!
—¡Muerte a los paganos!
—¡Erradiquen a esos demonios!
El millón de soldados de la Santa Alianza cargó contra la Última Fortaleza al unísono, y estalló un asedio masivo. Era la batalla más grande y decisiva en la historia del continente, una que sería registrada como una batalla legendaria en los anales de la historia.
Mientras tanto, Siegfried se topaba con la dolorosa realidad de sus propios límites mientras combatía contra Belial.
‘No le estoy haciendo daño…’
Siegfried sentía como si estuviera frente a una montaña… no, frente a una cordillera gigantesca como los mismísimos Himalayas. Apenas lograba hacerle daño a Belial incluso después de golpearlo con Rompecalaveras.
Y eso no era lo peor…
¡Baaam!
Cada vez que chocaba con Belial, sufría un daño brutal. Con solo cruzar armas, se le entumían las manos, se le desgarraba la piel y se le rompía la postura. La diferencia de poder era tan abismal que el simple hecho de plantarse de frente ya lo estaba empujando al límite.
Lo más aterrador era que ya le había acumulado un montón de debuffs a Belial.
—Muere, mocoso —dijo Belial, como si ni le importara.
Luego lanzó su lanza demoníaca directo hacia Siegfried.
¡Whoosh!
‘¡E-Esto es…!’
Los ojos de Siegfried se abrieron de par en par al ver cómo la punta de la lanza desataba un vórtice salvaje, tan poderoso que podría destrozar incluso el metal más resistente.
‘¡Si eso me pega, estoy muerto!’
Entrando en pánico, Siegfried activó sus debuffs para debilitar el ataque de Belial. Al mismo tiempo, transformó su Garra del Vencedor +16 de vuelta en un escudo. Ya era demasiado tarde para esquivar, así que su única opción era defenderse.
¡Krwaaaang!
Cuando la lanza demoníaca de Belial impactó contra la Garra del Vencedor +16…
—¡Aaaaargh! —gritó Siegfried.
Salió girando por el aire y poco después se estrelló con fuerza contra el suelo.
La energía del vórtice canalizada por la lanza demoníaca explotó hacia afuera, despedazando a Siegfried como si fuera un muñeco de trapo atrapado en una tormenta.
[Siegfried von Proa]
[HP: ■■■■■■■□□□]
Treinta por ciento de su HP desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
Pero eso ni siquiera era lo peor.
[Alerta: ¡Afección de Estado!]
[Alerta: Has sido afectado por Sangrado.]
[Alerta: Tu HP está disminuyendo gradualmente.]
[Alerta: ¡Advertencia! ¡Advertencia!]
[Alerta: ¡Tu personaje entrará en estado de shock y quedará inconsciente si tu HP baja de cierto umbral!]
El vórtice casi destruyó la armadura de Siegfried y lo dejó hecho un desastre sanguinolento.
—Nunca me derrotarás —dijo Belial con una calma escalofriante mientras miraba a Siegfried desde arriba. Luego añadió—: Así que acepta la diferencia de poder y sírveme—
Fue entonces.
¡Shwaaaa!
Cuchillas de aura imbuidas con energía de atributo hielo cayeron como una tormenta torrencial, tragándose por completo a Belial. Incluso tirado en el suelo, Siegfried activó su habilidad, Lluvia de Flores Torrenciales Trascendente, para contraatacar.
—¡Argh!
Atrapado por la repentina ventisca de cuchillas de aura, Belial envolvió instintivamente sus diez alas alrededor de su cuerpo como una capa, protegiéndose.
‘¡Ahora es mi oportunidad!’
Siegfried aprovechó la abertura y desató Lluvia de Flores Torrenciales Trascendente una vez más.
Pero esta vez no estaba usando energía de atributo hielo.
¡Fwaaaaah! ¡Fwooosh!
Ahora aparecieron cuchillas de aura ardientes, descendiendo como un infierno desde los cielos y envolviendo a Belial en llamas abrasadoras.
Siegfried, sintiendo una oportunidad, corrió con todas sus fuerzas y encadenó Cero Absoluto, Desenvaine Rápido y Hoja Que Parte Cielo y Tierra—todo en un solo combo.
—…Te atreves.
Y aun después de recibir de lleno el combo de Siegfried, Belial no vaciló ni cayó.
De hecho, lo aguantó todo.
—¡¿Un humano miserable como tú se atreve a desafiarME?!
En ese instante—
¡Boom!
Una explosión de energía demoníaca estalló desde el cuerpo de Belial y se lanzó contra Siegfried, arrojándolo hacia atrás.
¡Bam!
Siegfried se desplomó con fuerza en el suelo al ser sobrepasado por el poder demoníaco.
—¡K-Khughh!
—¡Hora de conocer tu final!
Belial se lanzó sobre el caído Siegfried con una velocidad aterradora.
Después de eso, Siegfried no tuvo más opción que correr por su vida, esquivando y zigzagueando por el laberinto para mantenerse con vida.
‘¡Maldita sea! ¡Es fuerte! ¡Demasiado fuerte!’
Mientras huía con Mocoso Enfadoso activado, tuvo que admitir algo.
Estaba equivocado… muy equivocado.
Belial no era presa.
El demonio más poderoso del Reino Demoníaco estaba en un nivel completamente distinto al de los señores demonio que Siegfried había cazado antes.
Belial era un depredador.
Ahora que Baal había muerto, Belial era el ser más fuerte de todo el Reino Demoníaco. Por eso Siegfried no podía derrotarlo ni siquiera con el buff del título Cazador de Señores Demonio.
Así que lo único que podía hacer ahora era correr por su vida. No tenía ninguna posibilidad de sobrevivir, mucho menos de ganar, si seguía peleando contra Belial. Por el momento, decidió hacer una retirada táctica.
‘¿De verdad la brecha entre nosotros era tan grande?’, pensó Siegfried mientras corría.
—¡Rata asquerosa! ¿De verdad vas a huir con la cola entre las patas? —rugió Belial, persiguiéndolo a una velocidad aterradora.
—¡W-Whoa!
—¡Deja de correr! ¡Corre todo lo que quieras, pero solo te espera la muerte! ¡Hazlo más fácil para los dos!
La Velocidad de Movimiento de Belial era tan monstruosa que Siegfried ya habría sido alcanzado hace rato de no ser por Mocoso Enfadoso y Abrazo de la Desesperación.
‘Así no hay forma de llegar al núcleo’, pensó Siegfried.
Por un instante consideró abandonar a Belial y correr directo hacia el corazón del laberinto, donde lo esperaba el legado de Baal. Sin embargo, esa opción ya no parecía viable.
Belial era demasiado rápido, así que quitárselo de encima parecía imposible.
Si Siegfried corría directo hacia el legado de Baal, Belial sin duda se lo arrebataría de las manos.
‘Carajo… ¿qué hago…?’
Estaba acorralado. No podía pelear, no podía sacudírselo, y tampoco podía correr para siempre. Para colmo, morir ahora significaría entregarle el control del Reino Demoníaco a Belial, un demonio que soñaba con invadir el Reino Medio.
Siegfried estaba atrapado entre la espada y la pared, incapaz de avanzar o retroceder. Si al menos viera que Belial recibía algo de daño con sus ataques, tal vez se animaría a intentarlo.
Pero no: no parecía capaz de hacerle daño significativo al Señor Demonio del Odio. Todavía tenía Mundo de Desesperación y Toque de la Muerte, pero desperdiciar esas dos cartas bajo la manga ahora significaría quedarse sin opciones después.
‘Piensa… tengo que pensar. Tiene que haber una salida’, se dijo Siegfried, exprimiéndose el cerebro para encontrar una forma de derribar a Belial.
Fue entonces.
‘¡Ah! ¡Aquí tengo que saltar!’
Siegfried brincó limpiamente por encima de una trampa oculta en el suelo.
Gracias a Clarividencia de Inzaghi, pudo detectarla y evitarla con facilidad.
Belial, en cambio, no tuvo tanta suerte. Sin una habilidad como Clarividencia de Inzaghi, Belial no notó la trampa escondida en el piso.
¡Shwik, shwik, shwik!
Púas metálicas afiladísimas salieron disparadas desde el suelo, atravesando a Belial y ensartándolo como si fuera un kebab. Una de las razones por las que el Laberinto del Mal era tan temido eran las trampas regadas por todo el lugar, peligrosas al punto de poder herir incluso a un señor demonio.
—Grrrgh…
Belial gruñó mientras quebraba las púas que lo habían atravesado. Luego se las arrancó y retomó la persecución.
‘¡Sí! ¡Eso es!’, celebró Siegfried por dentro, con los ojos iluminándose al ver lo que acababa de pasar.
Por fin había encontrado una salida.
‘¡Lo voy a atraer a las trampas!’
Siegfried decidió usar las trampas mortales esparcidas por el Laberinto del Mal para derribar a Belial. Si un combate directo era imposible, entonces conduciría a Belial a través de las trampas… y daría el golpe final cuando llegara el momento indicado.