Maestro del Debuff - Capítulo 1093

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Después de que Siegfried salió del salón de reuniones…

—¡Ja!

—Qué imprudente.

—Ese novato debería saber cuál es su lugar…

Los señores demonio chasquearon la lengua, incrédulos ante la temeridad de Siegfried.

Y, la neta, esa era la reacción más natural. El Laberinto del Mal era infame incluso dentro del Reino Demoníaco, al grado de que hasta los propios señores demonio evitaban entrar ahí a toda costa.

Creado por el mismísimo primer Rey Demonio, Tiamat, el Laberinto del Mal era absurdamente complejo. No solo era casi imposible orientarse dentro, sino que además estaba repleto de todo tipo de monstruos mortales.

En otras palabras: era un lugar donde un peligro inimaginable acechaba detrás de cada esquina.

A lo largo de la historia del Reino Demoníaco, solo dos individuos habían logrado conquistarlo, y eso era prueba suficiente de su mala fama. Era evidencia de que no debía tomarse a la ligera.

—¡Tsk, tsk! ¡Como era de esperarse, ese chamaco sí es de a de veras! ¡Eso, carajo, es el tipo de valor que debe tener un hombre de verdad!

En vez de temerle al Laberinto del Mal, Siegfried se lanzó directo sin la más mínima duda, y eso le encantó a Baal. No pudo evitar admirar la confianza de Siegfried.

—Miren nada más, bola de inútiles. ¡Miren el pinche fuego que trae ese señor demonio novato nacido humano! ¿Y ustedes qué? ¡Todos quieren ser Rey Demonio, pero no tienen ni tantitos huevos para demostrarlo!

Los señores demonio no pudieron soltar ni una sola palabra. Se quedaron como títeres mudos, totalmente silenciados por la regañiza de Baal.

Siendo justos, el comportamiento de Siegfried sí era temerario.

Sin embargo, actuó así porque no tenía ni idea de lo que era el Laberinto del Mal.

Visto desde otro ángulo, sus acciones irradiaban valentía, audacia y confianza en sí mismo, haciéndolo ver como un señor demonio que de verdad creía en su propia fuerza y capacidades.

—¡Pinches ratas cobardes! ¿Creen que lo dejaría ir si de plano fuera imposible de superar? ¡¿No les dije ya que yo mismo lo atravesé?! ¿Saben cuántas trampas desactivé y cuántos monstruos maté mientras lo recorría? ¡La dificultad del laberinto bajó un chingo después de que yo lo limpié! ¡Entonces qué demonios les da tanto miedo!

Esas palabras bastaron para sacudir a los señores demonio.

—¿E-Espera… hablas en serio?

—¡Ah! ¡Con razón decías eso!

Soltaron suspiros de alivio al escuchar que la dificultad del laberinto había disminuido de forma significativa.

Y no se les podía culpar por tenerle tanto miedo, porque su reputación era conocida en todo el Reino Demoníaco. De hecho, las madres demonio solían asustar a sus hijos mal portados con dos cosas.

“¡Si no le haces caso a tu mamá, el Arcángel Miguel va a venir por ti!” o “¡Te voy a encerrar en el Laberinto del Mal!”

—¡Así que dejen de temblar, bola de blandengues sin columna!

Baal rugió, regañándolos.

—Todo depende de la habilidad personal y de tantita suerte cuando se trata del Laberinto del Mal. Además, en cuanto alguien llega al corazón del laberinto y se convierte en Rey Demonio, el laberinto se abre temporalmente, así que siempre hay oportunidad de salir con vida. Y por si fuera poco, lancé un hechizo: ¡nadie va a morir ahí dentro! Aunque los maten, nomás serán expulsados a la fuerza del laberinto.

Esa última parte fue la clave.

—¿Qué? ¿En serio? ¿No voy a morir en el Laberinto del Mal?

—¡Ooooh!

—¡Entonces sí se puede!

Los señores demonio recuperaron el valor al saber que no había riesgo de muerte dentro del Laberinto del Mal. Ahora ya no tenían nada que perder. Incluso si “morían” ahí adentro, solo quedarían eliminados de la competencia por el trono.

Sería decepcionante, sí, pero seguía siendo mejor que morir de verdad.

Pero si la suerte les sonreía y eran los primeros en llegar al corazón del laberinto y superarlo, entonces se convertirían en el Rey Demonio y renacerían como el gobernante de todo el Reino Demoníaco.

En resumen: era un reto que valía la pena intentar, porque el riesgo era mínimo y la recompensa potencial, enorme.

—¿Por qué creen que dicen que la fortuna favorece a los valientes? ¡Con valor consigues poder, y con poder te ganas a las bellezas también! ¡Tsk, tsk, tsk! ¡Neta, la juventud de ahora! ¡Pinches mocosos sin huevos, sin agallas y sin espíritu de pelea!

Baal siguió aventándoles insultos a los señores demonio, pisoteándoles el orgullo y el ego. Pero no los estaba insultando nomás por insultar: todo lo que decía era cierto.

Toda la raza demoníaca se había ablandado comparada con el pasado. No había habido guerras de verdad en siglos, así que los demonios se volvieron complacientes. La falta de batallas hacía imposible que los demonios de rango bajo ascendieran, y los de rango alto no tenían riesgo real de caer.

Como resultado, el Reino Demoníaco se estancó hasta que, eventualmente, se fue para atrás. Lo único que hacían era pelearse entre ellos por tonterías o entregarse a la degenere, noche y día.

Por eso Baal solía decir que no eran más que puercos engordados, porque el espíritu ardiente de antes se les había apagado por completo.

—Me voy al Laberinto del Mal ahora mismo —dijo Belial, poniéndose de pie sin dudar.

Como el segundo al mando del Reino Demoníaco, Belial tenía toda la intención de conquistar el laberinto y reclamar el título de Rey Demonio.

—¡Yo también voy!

—¡Kehehe! ¡Qué oportunidad tan dorada!

—¡Yo soy el mejor candidato para ser Rey Demonio!

Uno por uno, los señores demonio también se levantaron y comenzaron a salir del salón.

El hecho de que fuera una prueba de bajo riesgo y alta recompensa significaba que no había razón para no intentarlo.

¿Quién podía asegurarlo? Tal vez la suerte le sonreía a alguno y lo coronaba como el siguiente Rey Demonio.

Siegfried y Metatron llegaron al Laberinto del Mal antes que cualquiera de los otros señores demonio.

Mientras los demás vacilaban, ellos avanzaron con seguridad y entraron de frente. Aunque, siendo honestos, quién entrara primero no era tan importante; si te perdías adentro, daba igual si habías entrado antes o después.

—¿De verdad no tienes nada de miedo, mi señor? —preguntó Metatron.

Su rostro estaba lleno de inquietud mientras miraba la entrada del Laberinto del Mal, que parecía la boca abierta de un demonio monstruoso.

—No, para nada —respondió Siegfried encogiéndose de hombros. Luego continuó—. No es como si fuera mi primera vez entrando a un lugar así. Hasta limpié el Gran Laberinto Subterráneo de Dédalo. Bueno… ese estaba de risa comparado con este, pero igual.

—Jaja… —Metatron soltó una risita nerviosa, con el sudor escurriéndole por la cara.

—¿Qué? ¿Te da miedo? —preguntó Siegfried.

—Sí, me da miedo —respondió Metatron con honestidad, sin ocultarlo. Luego explicó—. Decir que no me da miedo el Laberinto del Mal sería mentira. He escuchado historias terroríficas desde que era niño… es algo que nos meten desde chicos a los demonios, así que lo tememos por instinto.

—¿Ah, sí?

—Pero tengo que ir. Mi padre no me crió para ser un demonio débil. Superar el miedo también debe ser una virtud de un señor demonio, ¿no cree? —respondió Metatron con firmeza.

—Tú… —murmuró Siegfried con una sonrisa. Luego le dio una palmada en la espalda—. Eres bastante chido.

—¿Eh?

—Estoy seguro de que tu padre estaría orgulloso de ti.

—¡Jajaja!

—Debería haber ido a visitar a tu padre en su momento… lástima.

—¡N-No, no era necesario!

—Pero ya en serio, sí has crecido un montón. Deberías estar orgulloso de lo que has logrado.

—¡G-Gracias, mi señor!

—Vámonos.

—¡Sí, mi señor!

Siegfried caminó hacia la entrada del Laberinto del Mal con pasos seguros, y Metatron lo siguió rápidamente.

¡Ding!

[Laberinto del Mal]

¡Ding!

[Alerta: ¡Has entrado al Laberinto del Mal!]

[Alerta: ¡No temas, pues no morirás!]

[Alerta: Serás devuelto por la fuerza al Distrito Cero si tu HP cae a 0% mientras estés dentro del Laberinto del Mal.]

[Alerta: También serás devuelto por la fuerza al Distrito Cero si alguien obtiene el Legado del Rey Demonio en el corazón del laberinto.]

Siegfried captó rápido lo que decían las notificaciones y soltó una mueca.

—¿Neta? ¿Ni siquiera es una prueba de vida o muerte?

No pudo evitar sorprenderse al ver que el Laberinto del Mal prácticamente se había convertido en un campo de entrenamiento. Él esperaba algo emocionante y peligroso, pero resultó ser un dungeon donde podías fallar sin morirte.

Aunque bueno, el objetivo de la prueba era elegir al siguiente Rey Demonio preservando la fuerza militar del Reino Demoníaco, así que obviamente nadie debía morir ahí dentro.

—Bueno, por ahora…

Siegfried se giró para ver a Metatron, pero…

—¿Eh?

Inclinó la cabeza, confundido, al notar que Metatron había desaparecido sin dejar rastro en cuanto entraron al laberinto. Hace un momento entraron juntos, pero ahora ya no estaba por ningún lado.

—¿A dónde se fue? Ah, ¿qué? ¿Aquí no dejan entrar en party? —se preguntó Siegfried.

Había dungeons que, al entrar, separaban a los miembros del grupo en áreas distintas o incluso en líneas temporales diferentes. El Laberinto del Mal seguramente era uno de esos.

—Bueno, igual nadie va a morir —murmuró Siegfried, encogiéndose de hombros.

No vio necesidad de ir a buscarlo, ya que Metatron no corría peligro de morir.

—Mmm… a ver…

Siegfried avanzó unos pasos y activó Clarividencia de Inzaghi.

¡Ding!

Un minimapa del Laberinto del Mal apareció ante sus ojos, con una flecha verde indicando la dirección correcta.

—Sabía que sí —murmuró con una sonrisa.

La Clarividencia de Inzaghi era otra cosa. Incluso en un lugar como el Laberinto del Mal—un sitio que hacía temblar a cualquier demonio—seguía siendo confiable, mostrándole el camino correcto.

‘Pero esto va a tardar una eternidad’, gruñó por dentro.

El problema era que a Siegfried lo habían soltado en un punto extremadamente lejano del corazón del laberinto.

Aunque siguiera la ruta correcta, de todos modos tardaría varios días en llegar.

—Chingado…

Fue entonces cuando…

—¿Oh?

De pronto, apareció un punto rojo cerca del centro del laberinto, marcado como Belial.

Belial había tenido suerte, pues desde el principio lo dejaron cerca del corazón del laberinto.

‘Como si eso le fuera a servir’, pensó Siegfried, sin alterarse lo más mínimo.

A menos que Belial tuviera un artefacto roto como la Clarividencia de Inzaghi o una suerte de locos, llegar al corazón en poco tiempo era prácticamente imposible.

En resumen, Siegfried no tenía razón para preocuparse.

—Va. Hora de moverse.

Siegfried ignoró por completo a Belial y salió corriendo en la dirección que la flecha verde le indicaba.

Mientras Siegfried avanzaba por el Laberinto del Mal en el Reino Demoníaco…

—¡Todas las tropas, avancen! ¡Lanzaremos un asalto total contra el campamento de las Fuerzas Aliadas!

El general Deldelos lideró un ejército de un millón de soldados hacia la fortaleza donde estaban apostadas las Fuerzas Aliadas.

Era un espectáculo verdaderamente impresionante.

Incluso excluyendo a los no combatientes como los médicos o el cuerpo de logística, aún quedaban un millón de tropas listas para pelear.

La fuerza de ese ejército marchando era una escena grandiosa que aplastaría a cualquiera que la presenciara.

Mientras tanto, Hansen recibió el informe de que la Santa Alianza avanzaba hacia su fortaleza.

—Esto va a estar difícil…

Siendo sinceros, esta vez Hansen no se sentía confiado.

¿Por qué?

¿Cómo iban a detener un asalto total de un millón de enemigos solo con estrategia y táctica? La mayoría de los comandantes habría alzado las manos y se habría rendido, porque no había mucho que las Fuerzas Aliadas pudieran hacer si ambos bandos chocaban fuerza bruta contra fuerza bruta.

Si peleaban y de alguna manera ganaban, aun así sufrirían pérdidas devastadoras.

‘Si nos equivocamos en una sola jugada… podrían borrarnos del mapa’, pensó Hansen.

¿Y qué pasaría si perdían?

Se acababa todo.

Todo el continente caería en manos de la Santa Alianza, y los ángeles descenderían en masa para gobernar el mundo.

‘¿Qué hago…? ¿Qué se supone que haga en esta situación…?’

Fue entonces.

‘¡Ah!’ Una idea le cruzó la mente a Hansen. ‘¡Eso podría funcionar!’

Sin perder tiempo, se movió de inmediato para poner su idea en marcha.

Hansen se giró hacia su teniente y ordenó:

—Informa a todas nuestras tropas. A partir de este momento, nos retiramos de la fortaleza.

El teniente se quedó helado.

—¿¡Q-Qué!? ¡¿Señor?!

La Santa Alianza venía directo hacia ellos con un millón de soldados, ¿y aun así iban a abandonar la fortaleza?

No tenía sentido alguno.

—No hay tiempo. Difunde la orden ya y haz que nuestros hombres se retiren —ordenó Hansen.

—¡S-Sí, señor!

El teniente no entendía del todo, pero obedeció y transmitió la orden al resto de las Fuerzas Aliadas.

—Mayor Hansen.

No mucho después de enterarse, Oscar fue a buscarlo.

—¿Por qué estamos abandonando la fortaleza?

Su tono no era confrontativo ni acusatorio. Solo estaba confundida por una orden tan repentina que parecía ir contra toda lógica.

—Ah… no tengo intención de darles la pelea que están buscando —respondió Hansen.

—¿Hm? ¿No piensas pelear? —preguntó Oscar.

—Una batalla a gran escala es exactamente lo que la Santa Alianza quiere, ¿no?

—Lo es —asintió Oscar. Luego agregó—. Seguramente se están quedando sin suministros, así que están desesperados por una victoria rápida y decisiva.

—¡Exacto! Así que en vez de pelear, vamos a seguir retrocediendo y corriendo, alargando el tiempo.

—…!

—Mientras evitamos una batalla directa, la comida del enemigo se irá agotando. Sus tropas estarán cada vez más hambrientas y exhaustas. Y dime… ¿qué crees que pasará si golpeamos sus líneas de suministro ya extendidas y quemamos las pocas reservas que les quedan?

—Se van a secar todavía más rápido… —murmuró Oscar, atónita al entender por fin la razón detrás de la orden.

No pudo evitar maravillarse ante la genialidad táctica de Hansen.

¿Por qué?

Porque si las cosas salían como él lo planeaba, las Fuerzas Aliadas ganarían esta guerra sin duda alguna.

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